Viñedos, amor y tú: Latidos en Montalcino (Latidos en la Toscana 4) 31. Capítulo 31
73%

31. Capítulo 31

Rita se pasó la lengua por los labios con nerviosismo.

Para celebrar el día, se había quitado la ropa de trabajo; llevaba unos pantalones cortos negros y un top de color crema con un escote pronunciado que, si bien le quedaba de maravilla, resultaba del todo poco práctico para el día a día.

Lo había comprado en su última incursión de compras por Pisa y, desde entonces, había estado guardado en el armario.

Stella le había aconsejado en aquel momento que comprara esa prenda tan cara, y ella se había preguntado más de una vez por qué se había dejado convencer.

Volvió a retirarse el pelo detrás de la oreja. Sabía de sobra que su agitación emocional no se debía al atuendo inusual, ni tampoco al cumpleaños de Enrico ni a la pequeña fiesta familiar que tradicionalmente se celebraba en la bodega con ese motivo.

Rita se calzó las sandalias y salió de su casita bajo el cálido sol del mediodía. Leo se había tomado la tarde libre porque Enrico insistía en que la familia estuviera a solas para tal acontecimiento.

Al acercarse a la casa principal, la recibieron unas voces excitadas y las risas animadas de Massimo y Lissy.

Le caía bien la novia de su hermano. Todavía se sentía culpable por haber intentado meter cizaña entre ambos al principio de su relación.

Pero entonces ella era otra persona, atrapada en su duelo por Alberto y en la sensación de que nunca más podría volver a amar.

Por eso no había soportado ver el amor de Massimo y Lissy.

Ahora, la novia de su hermano la estrechó entre sus brazos con tanto afecto que no cabía duda de que la había perdonado.

—¡Hala!, estás fantástica. Estás radiante, deberías ponerte este color más a menudo.

Lissy había puesto las manos sobre los hombros de Rita y la examinaba de arriba abajo. Aquel escrutinio la hacía sentirse incómoda.

—En realidad, estás demasiado guapa. No puede ser solo por el top. ¿Me he perdido algo?

A Rita le ardían las mejillas; a buen seguro, el rubor del rostro la delataba. Se dio la vuelta rápidamente.

—En la bodega todo sigue igual. Se acerca la cosecha y cada día es una pequeña batalla. Pero me alegro de que podamos celebrar hoy todos juntos, el descanso me viene bien. Stella y Nevio llegarán de un momento a otro.

Rita se volvió hacia su hermano y dejó que la envolviera con sus brazos.

—Lissy tiene razón, estás de verdad fantástica. Me alegro mucho, sea cual sea el motivo.

Rita asintió. No le revelaría a nadie por qué no solo se veía de maravilla, sino que se sentía como si pudiera volar y abrazar al mundo entero de pura felicidad.

—¡Rita!

Se volvió hacia la voz, que venía del otro lado de la terraza. Corrió sobre las baldosas de terracota, con un repiqueteo acompañando cada paso, y estrechó a su mejor amiga entre sus brazos.

—Me hace mucha ilusión que hayáis podido venir.

Stella soltó una risita. —Enrico no le dio a Nevio mucha elección. Le recordó con vehemencia que ahora era un miembro de esta familia y que, por lo tanto, su presencia era obligatoria.

Rita irradiaba alegría tanto como el sol.

Se alegraba de ver a su amiga tan feliz.

Además, estaba contenta de tener a Stella a su lado en este día tan especial.

Porque la sorpresa que tenía planeada bien podría causar cierto revuelo, y le vendría bien un poco de apoyo.

Stella estaría de su parte, siempre lo estaba.

Después de que todos se hubieran saludado afectuosamente, se sentaron a la larga mesa, que estaba repleta de delicias.

Stella no había querido dejar pasar la oportunidad de preparar varios pasteles y postres, materia en la que era la maestra indiscutible.

La madre de Rita se había encargado de los platos salados.

Julia la había ayudado con diligencia, mientras Rita había estado trabajando en el viñedo durante la mañana.

Unas grandes sombrillas daban sombra a la mesa y una suave brisa disipaba el calor asfixiante. Era un día perfecto, ojalá fuera un buen presagio para lo que Rita tenía planeado.

Stella se sentó a su lado y le contó sobre el café-atelier que ella y Nevio regentaban en Pisa. Se iban pasando todo tipo de fuentes por la mesa.

Rita solo la escuchaba a medias. Estaba nerviosa con solo imaginar que el ambiente podría cambiar en unos pocos minutos.

De momento predominaba la alegría del reencuentro, incluso Enrico parecía relajado hoy.

La madre de Rita se sentó en el respaldo de su silla; él apoyó la cabeza contra su costado y ella le apartó con ternura un mechón de la cara.

Era una imagen poco frecuente ver a sus padres tan cariñosos el uno con el otro.

Rita sabía que se querían, pero también que habían pasado por tiempos difíciles.

Enrico tenía un hijo extramatrimonial que apenas formaba parte de la familia desde hacía un año: Nevio Fontana, el famoso artista, que ahora estaba sentado justo al lado de Stella y no le soltaba la mano ni para comer.

Cuando Massimo le contó a Rita el secreto, se quedó de piedra, debatiéndose entre las ganas de cantarle las cuarenta a su padre y las de abrazar a Nevio.

Enrico nunca podría recompensar a su hijo ni a la madre de este por lo que les había hecho, poco importaba si lo invitaba a estas celebraciones familiares y a todas las que vinieran después.

Sin embargo, su hermanastro parecía tan feliz que era como si este encuentro fuera exactamente con lo que había soñado toda su vida.

Rita se alegraba por él. Aunque le había llevado un tiempo aceptar que tenía otro hermano, ahora estaba contenta de que formara parte de la familia.

El mejor amigo de Massimo le había parecido durante mucho tiempo un libro cerrado con siete llaves; Nevio había sido reservado, inalcanzable.

Pero la propia Rita se había recluido en su dolor tras la muerte de Alberto, por lo que seguramente ella había resultado igual de esquiva.

—Leo, ¿qué haces tú aquí?

Julia se había levantado de un salto, con los puños cerrados, como si quisiera alejar a Leo de la celebración por la fuerza.

Leo miró a su alrededor cohibido. Tenía las manos entrelazadas y su mirada parpadeaba con inquietud. La camisa blanca que se había puesto para la ocasión relucía bajo el sol.

Rita se levantó, caminó hacia él y le tomó la mano. Le sonrió para tranquilizarlo y sintió cómo él se relajaba poco a poco ante su presencia.

—Yo lo he invitado.

—Rita, ¿a qué viene esto? Sabes que quiero celebrar mi cumpleaños en el círculo íntimo de la familia.

—Espero que me perdones, padre. Pero quiero deciros algo y he pensado que este era el mejor momento. Quiero decir, ¿cuándo os tengo a todos juntos a una mesa?

A Rita le temblaba la voz. No pudo evitar que su nerviosismo fuera palpable para cada una de las personas sentadas a la larga mesa.

Llevaba días sopesando si debía aprovechar este encuentro para desvelar por fin su pequeño secreto.

Había notado que a Leo cada día le costaba más mantener su relación oculta y no poder tocarla en público.

Leo sonrió tenso. Rita le apretó la mano con fuerza. Se sentía aliviada de que aquel juego del escondite fuera a terminar. No quería renunciar nunca más a las caricias de Leo. Era un paso que ya tocaba dar.

Rita condujo a Leo hacia la mesa e intentó dar más fuerza a su voz. —Este es Leo. Mi nuevo novio. Y creo que eso le da derecho a ocupar un lugar hoy en esta mesa.

Se hizo un silencio sepulcral, solo interrumpido por el tintineo de una cuchara al caer en el bol de cristal de la ensalada de tomate.

Rita irguió la espalda y miró a los presentes. No iba a pedir perdón por haber encontrado por fin a una persona con la que era feliz.

Julia la miraba indignada, con las mejillas encendidas. Su madre sonreía de forma forzada y su padre fruncía el ceño de forma amenazadora.

El corazón de Rita latía tan fuerte en su pecho que sentía que le iba a saltar en cualquier momento. ¿Por qué nadie decía nada?

Leo se quedó allí inmóvil, esperando a ser saludado como correspondía. Pero el silencio funesto se extendió hasta que Lissy se levantó y aplaudió con ganas.

—Qué bien. Todos nos alegramos por vosotros, ¿verdad?

Le dio un codazo a Massimo, que también puso una sonrisa forzada y asintió.

—Por supuesto.

Stella se levantó de un salto y corrió hacia Rita. La estrechó en sus brazos y le susurró al oído: —Me alegro mucho por ti, pero esta entrada es tan típica tuya... Espero de verdad que no te corten la cabeza.

Le acarició la mejilla con ánimo, le dio la mano a Leo y se sentó.

La madre de Rita se aclaró la garganta. —Leonardo, siéntate, por favor. Por lo visto, ahora tú también eres parte de esta familia. Iré a por un plato para ti.

Stella y Nevio se corrieron una silla más allá para que Leo pudiera sentarse justo al lado de Rita.

Enrico seguía sin decir nada, pero ella notaba que estaba echando humo por dentro.

No había querido estropearle el cumpleaños, pero tenía que dar este paso.

Llevaba semanas escondiendo a Leo en su cama, aquello no podía seguir así.

Se lo debía: el reconocer su relación y demostrarle que lo amaba.

El resto de la comida transcurrió mayormente en silencio. Solo Stella se inclinaba de vez en cuando hacia Rita y le susurraba que se alegraba y que esperaba un informe detallado más tarde sobre cómo había surgido aquello. Hasta entonces no le había mencionado a Leo a su mejor amiga ni una sola vez.

Solo Julia estaba al tanto de lo que pasaba entre ellos, pero no parecía alegrarse lo más mínimo por el anuncio de Rita. Con la cabeza baja, jugueteaba con la ensalada, con las cejas juntas y los labios apretados. Del ambiente festivo y soleado del cumpleaños no quedaba nada.

Después de comer, Rita quiso ayudar a su madre a recoger la mesa, pero Julia la detuvo.

—¿Puedo hablar contigo un momento?

Rita se volvió sorprendida hacia su hermana. El tono habitualmente despreocupado de Julia se había transformado en un susurro contenido. Parecía que le costara un esfuerzo sobrehumano reprimir su rabia.

—Claro, ¿qué pasa?

Ante el leve gesto de negación con la cabeza que Leo le dedicó a su hermana, Rita le acarició a él el brazo para tranquilizarlo antes de dejarse llevar.

—¿Estás segura de verdad de que quieres embarcarte en algo con Leo?

Rita se echó hacia atrás. ¿Por qué su hermana no podía alegrarse por ella? ¿Por qué no podía desearle ese amor al que tanto tiempo había tenido que renunciar y que ya creía perdido? Era como si tuviera a una desconocida delante y no entendía cuál era el problema de Julia.

—¿Pero qué te pasa? ¿No me dijiste hace poco que debía darle una oportunidad a la vida y volver a vivir por fin? Llevas meses dándome la tabarra con que no me encierre tanto en mi viñedo, ¿y ahora has cambiado de opinión?

Julia permanecía rígida frente a Rita, con los puños cerrados y la mirada baja.

—Tengo miedo de que te lances a ciegas a esta relación. Al fin y al cabo, Leo es un extraño para ti. Todavía no lo ha contado todo sobre sí mismo y sus intenciones son de lo más dudosas.

Un dolor profundo estalló en el pecho de Rita. ¿A qué se refería Julia exactamente? ¿Por qué su hermana tenía que arruinar ese momento tan importante para ella y sembrar la duda?

—Dilo claro o cállate. Pero deja de estropearme esto.

—Solo quiero que tengas cuidado y que no le entregues tu corazón a la ligera al primer tío que pase.

Rita resopló y se dio la vuelta. Regresó enfadada hacia la terraza.

Justo antes de doblar la esquina para volver con los demás, se detuvo y cerró los ojos.

El sol cálido brillaba sobre ella, los pájaros piaban su canción alegre y el viento suave le acariciaba la cara.

Este día era perfecto y no iba a dejar que Julia se lo estropeara.

Estaba aliviada de que el juego del escondite hubiera terminado al fin, pero su hermana había logrado sembrar una semilla de inseguridad.