28. Capítulo 28
—¿Qué haces? —Rita se zafó indignada de los brazos de Leo y lo miró con severidad.
Leo suspiró. Estaba tan enamorado que apenas podía pensar en otra cosa que no fuera su piel perfumada y sus besos apasionados. Cuando ella estaba cerca, sentía la necesidad imperiosa de tocarla.
En los últimos días se habían citado en secreto por las noches, y él había disfrutado cada momento con ella con cada fibra de su cuerpo.
Pero de día todo era distinto; Rita seguía tratándolo como a un ayudante.
Fingía que no se consumía por él y por sus caricias cada noche; que no susurraba su nombre; que no había nada entre ellos.
A él le bastaba con mirarla para sentir el impulso de acariciarla, de besarla, de estrecharla entre sus brazos.
Sin embargo, Rita le marcaba sus límites.
En cuanto él estiraba la mano hacia ella, se daba la vuelta.
Si le rodeaba la fina cintura con los brazos, ella se escabullía.
Ni hablar de permitir un beso a plena luz del día, a pesar de que la mayor parte del tiempo trabajaban codo con codo en el viñedo sin que nadie los molestara.
Cuántas veces había estado a punto de llevarla entre las vides para seducirla.
Pero Rita no estaba dispuesta a reconocer su relación en público.
—Oh, vamos, solo un besito, no quiero nada más.
Rita sacudió la cabeza; él reconoció la inseguridad en sus ojos.
—Sabes que eso no puede ser.
—¿Por qué no? Por mí, todo el mundo puede saber que estamos juntos. ¿Qué tiene de malo?
—Simplemente, no quiero. —Rita se apartó el pelo de la frente y puso los ojos en blanco—. No tengo ni idea de cómo reaccionaría mi padre si supiera que hay algo entre nosotros. Probablemente te pondría de patitas en la calle para que no me distraigas de mi trabajo.
Leo soltó una carcajada sin alegría. —Como si alguien pudiera distraerte de tus obligaciones. La bodega es tu prioridad número uno, hasta tu padre debería haberse dado cuenta ya.
Rita dio un paso hacia él y le apartó un mechón rubio de la cara. Su toque estaba lleno de ternura y amor, y sin embargo contrastaba con la expresión gélida con la que lo había enfrentado hacía un momento.
Él le tomó rápidamente la mano y depositó un beso en ella.
—Quiero que estemos juntos de verdad, ¿qué hay de malo en ello?
Este juego constante de esconderse, el escabullirse en secreto por la noche...
ya no eres una niña. Eres una mujer adulta y nadie puede decirte con quién pasar el tiempo o compartir la cama.
Rita se estremeció y le dio la espalda. Al instante, Leo se arrepintió de sus palabras tan duras. Ella seguía sin contarle qué le había ocurrido en el pasado, qué la había herido de tal forma que le parecía imposible entregarse por completo a una nueva relación.
Lo que sentía por Rita crecía cada día; su anhelo alcanzaba proporciones enormes.
Incluso teniéndola justo al lado, la echaba de menos entre sus brazos.
Jamás habría creído posible que ella pudiera despertar tales sentimientos en él.
Pero así eran las cosas, y él no lo ocultaba.
Rita sí, y su reticencia le pesaba enormemente.
Lo intentaba, intentaba comprenderla. Pero no le gustaba la incertidumbre que conllevaba su frialdad.
¿Se trataba de él, o es que Rita seguía luchando contra sus propios demonios?
¿Era la responsabilidad de la bodega? ¿Por qué no daba la cara por su relación?
¿Se avergonzaba de haberse liado con el ayudante?
¿Y de verdad le importaba más la opinión de su padre que una relación amorosa feliz y plena?
Leo no lograba entender el comportamiento de Rita, y le dolía que lo rechazara una y otra vez.
En la oscuridad ella se acurrucaba contra él, haciéndole sentir como si fuera el único hombre en el mundo.
Le susurraba al oído, lo seducía con todas las de la ley.
Y por la mañana volvía a interpretar el papel de reina del hielo.
No sabía cuánto tiempo más podría aguantar aquello.
Quería estrechar a Rita entre sus brazos y besarla cuando le apeteciera.
Sin importar quién estuviera cerca. Quería que todo el mundo supiera que eran pareja.
—Rita, ahí estás.
Leo y Rita se giraron bruscamente hacia la voz que resonaba por el viñedo.
—Massimo, ¿qué haces aquí? —Ella corrió hacia su hermano y lo abrazó con cariño.
Leo no se había cruzado con Massimo desde que trabajaba en la bodega. El hijo de la casa aparecía por allí en raras ocasiones. Solo cuando venía a recoger vino para su negocio se acercaba al campo.
—¿También está Lissy?
Massimo sacudió la cabeza, agitando sus rizos negros.
—No, está trabajando. Ya sabes, desde que abrió su salón de manicura, apenas se la ve.
Se desvive por su trabajo y los clientes están encantados.
Tiene la agenda completa con semanas de antelación, trabaja incluso los fines de semana y por las noches.
A veces echo de menos los tiempos en que estaba conmigo todo el día.
Rita le dio un cachete a su hermano. —Ni se te ocurra pensar eso. Alégrate de que tu novia sea tan feliz. Sabes tan bien como yo que todo el mundo necesita un propósito en la vida para sentirse realizado.
Massimo asintió y pasó el brazo por el hombro de Rita. Juntos caminaron los últimos pasos hacia Leo.
—Este es Leo. Es... mi ayudante.
Leo se tensó. Como siempre, Rita lo había presentado como si fuera un simple asistente sin importancia. Le dolía que hablara de él como si no ocupara un lugar especial en su vida. Y en su corazón.
Se sacudió el malestar y tendió la mano a Massimo con una sonrisa. —Leonardo Vitale.
Massimo frunció el ceño. —Julia ya me ha contado que tienes un empleado que te echa una mano. Pero... de algo me suena ese nombre. ¿Me ayudas a hacer memoria, por favor?
La amplia sonrisa que Massimo le había dedicado a su hermana había dado paso a una expresión de concentración. Un rastro de sospecha asomó a sus ojos oscuros; examinó a Leo de arriba abajo mientras le sostenía la mano con firmeza.
—Me crié en Montalcino y luego me mudé con mi familia a Florencia. Mi padre es Giovanni Vitale, seguro que has oído hablar de él.
El hermano de Rita soltó por fin la mano de Leo y se pasó los dedos por sus rizos oscuros. —Cierto, el magnate inmobiliario. Perdona que sea tan directo, pero ¿qué lleva exactamente al hijo de una familia rica a emplearse como ayudante en una bodega de tamaño medio?
Leo se echó a reír. Le gustaba la franqueza de Massimo.
—Digámoslo así: estaba harto de la vida de niño rico, como a tu hermana le gusta llamarme, y quería vivir nuevas experiencias.
A mi padre no le hizo gracia, pero para mí era importante ver algo distinto.
Además, Montalcino es mi hogar. —Leo señaló a su alrededor con el brazo extendido—.
Aunque haya pasado la mayor parte de mi vida en Florencia, algo me empujaba a volver.
Cuando tu padre publicó esta vacante, aproveché la oportunidad.
Por cierto, tu hermana ya no es tan antipática como al principio de mi contrato.
Massimo soltó una carcajada. —Entonces, todo en orden.
Se llevó a Rita unos pasos más allá y se pusieron a hablar de las ventas y de nuevas ideas para que el vino tuviera mejor salida en la tienda de artículos de piel de Massimo.
Leo solo escuchaba a medias. Estaba seguro de que ninguno de los dos tenía especial interés en que él se metiera en sus asuntos. Massimo parecía no fiarse de él y le daba la espalda mientras hablaba en susurros. Y Rita actuaba como si él ni siquiera estuviera presente.
Seguía sintiendo esa punzada en el corazón al ver que ella seguía presentándolo simplemente como su empleado. Pero ¿qué esperaba? ¿Que en unos pocos minutos ella echara por tierra sus reparos y le contara a su hermano que ella y el ayudante disfrutaban el uno del otro cada noche?
Resopló decepcionado y volvió a agacharse hacia las vides.
Podía olvidarse de eso. Rita no iba a reconocer su relación.
Al menos no todavía. Tenía que darle el tiempo que necesitara.
No le quedaba otra opción, pero no tenía la menor gana de seguir con ese teatro.
Llevaba meses usando una máscara y no quería ponerse una segunda.
Rita seguía sin tener la menor idea de qué lo había impulsado a buscar trabajo en la bodega. Y cada día le resultaba más difícil ocultarle aquel secreto.
—Bajo con Massimo, vamos a tomarnos un café rápido. ¿Quieres venir?
Él observó el vaivén de emociones en la mímica de Rita. Por un instante vio el amor brillar en sus ojos, del mismo modo que lo miraba por las noches cuando estaban solos. Pero al momento siguiente, su rostro volvía a parecer cerrado y distante.
Sacudió la cabeza con tristeza. —No, id vosotros. Yo seguiré por aquí mientras tanto.
Rita asintió y se dio la vuelta. Tras dar unos pasos, lo miró de reojo por encima del hombro, y a él le pareció ver una expresión de disculpa en su rostro. Quizá se lo estuviera imaginando.
Leo siguió trabajando en silencio bajo el calor del mediodía.
Rita apenas llevaba unos minutos fuera y ya anhelaba su cercanía.
Su corazón solo pensaba en ella, y cuando no estaba a su lado, sentía un vacío que amenazaba con devorarlo.
Se concentraba en su tarea, pero todo parecía carecer de sentido si ella no estaba a su lado.
No deseaba nada con más fuerza que Rita también se entregara a la relación sin miedo a las posibles consecuencias.
—¿A qué viene esto?
Leo se sobresaltó. No se había dado cuenta de que Julia se había acercado sigilosamente. Se incorporó y se sacudió las manos en el pantalón.
—¿A qué te refieres?
—Sé perfectamente que has seducido a mi hermana y que os escapáis juntos cada noche en secreto. —Sonrió con amargura—. Rita está en las nubes y, aunque intente ocultarlo, noto el cambio en ella. Pero supongo que todavía no le has dicho por qué estás aquí.
Leo tragó saliva. Julia le había dado un ultimátum y él, a pesar de su promesa, no lo había cumplido. Tenía todo el derecho del mundo a estar enfadada con él.
—Julia, por favor. Todo esto es mucho más complicado de lo que parece.
—A mí me parece bastante sencillo: te estás aprovechando de mi hermana, le estás sorbiendo el seso y haciendo que se enamore de ti. Y todo eso mientras quieres quitarle lo que más le importa. Ah, sí, y de paso, tú también sales ganando, claro. ¿Al menos te diviertes?
—Sé que tiene que parecerte así, pero entiéndelo: amo a tu hermana. Quiero ser feliz con Rita. Nada me dolería más que hacerle daño.
—¿Y por qué no le has contado la verdad de una vez? Leo, ya te advertí una vez. Si no se lo dices tú, lo haré yo.
Leo caminó hacia Julia y le puso las manos en los hombros, pero ella se apartó con un escalofrío. —Ni se te ocurra tocarme, cerdo. Lo que le estás haciendo a mi hermana es imperdonable.
Él se apartó el pelo de la frente. ¿Qué podía decir para calmar a Julia? Estaba indignada, y tenía razón en todo lo que le reprochaba, pero él no veía salida.
—Amo a tu hermana, y precisamente por eso no se lo he dicho todavía.
Le va a doler mucho, a pesar de que mis motivos han cambiado por completo en los últimos meses.
Ya ni siquiera quiero comprar la bodega.
Solo quiero estar cerca de Rita. La quiero más de lo que he querido jamás a nadie.
No sé si puedes entenderlo, pero tengo miedo de perderla.
Julia se dio la vuelta y se alejó unos pasos, para luego volver.
—Me pones en una situación jodidamente difícil, ¿lo sabes? Llevo demasiado tiempo engañando a mi hermana porque confié en que tú le dirías la verdad. Sencillamente no puedo seguir viendo cómo le mientes día tras día.
—Julia, te lo ruego, dame un poco más de tiempo. A mí también me pesa. Hablaré con Rita y se lo confesaré todo. Aunque en este momento todavía no sepa cómo hacerlo sin herirla.
—Ese no es mi problema, pero tú estás haciendo que lo sea.
Me conviertes en tu cómplice aunque no quiera en absoluto.
—Julia tomó aire bruscamente—. Día tras día miro a mi hermana con mala conciencia, y cuando me confesó que se había acostado contigo, estuve a punto de decirle lo rematadamente mentiroso que eres.
Pero me miró tan feliz... volvía a tener ese brillo que hacía tanto tiempo que no veía en sus ojos.
Y no he tenido valor para arrebatárselo.
Unas lágrimas rodaron por las mejillas de Julia, y en ese momento Leo se dio cuenta de que ella sufría tanto por la situación como él mismo. Aun así, tenía que conseguir que guardara el secreto.
—Déjame hablar con ella, Julia. Pero no puedo soltárselo a quemarropa a Rita ahora mismo, eso le dolería demasiado. Hablaré con ella, lo prometo, pero déjame elegir el momento adecuado.
Julia se secó las lágrimas de las mejillas y cerró los ojos un instante.
Respiró hondo antes de dedicarle una mirada gélida.
Luego se acercó a él y siseó: —Te lo advierto, Leonardo Vitale.
Y esta vez hablo jodidamente en serio. Habla con Rita y dile lo asquerosamente mentiroso que eres antes de que sea demasiado tarde.
Julia se levantó el vestido de flores rosas y echó a correr viñedo abajo.
Leo suspiró. Lo suyo con Rita era demasiado bonito para ser cierto. Solo que aún había demasiadas cosas entre ellos, rocas enormes que tendrían que apartar del camino para poder recorrerlo juntos.
Julia tenía razón, tenía que hablar con Rita. Ella merecía saber por qué él había aceptado ese trabajo. Al mismo tiempo, le aterrorizaba destruir su frágil relación antes de que hubiera empezado de verdad.
Volvió a ponerse de rodillas, pero no lograba concentrarse en la tarea.
Quería a Rita para el resto de su vida. Y esa mentira, que flotaba sobre todo como una nube negra, podría echarlo todo a perder.
Pero ¿cómo explicárselo? ¿No sería mejor disfrutar de los momentos que pasaban juntos para fortalecer el vínculo entre ellos?
Rita aún no estaba preparada para mostrarse con él en público, pero ¿llegaría ese momento alguna vez si ella descubría la verdad?
¿Y tan importante era que supiera lo que hace meses —en otra época— lo había impulsado a volver a Montalcino?
¿Acaso importaba ya aquello? Él había cambiado, sus prioridades ahora eran otras completamente distintas.
La bodega le daba igual, ni siquiera había pensado en el proyecto turístico en días.
Lo único importante era Rita. Quería estar con ella, colmarla de amor y darle fuerzas.
No solo por un momento, sino para siempre.