27. Capítulo 27
Rita se quitó el sudor de la frente con el dorso de la mano.
En cuanto Carlo la hubo liberado de su apuro y se hubo llevado el coche con la grúa, se había lanzado de nuevo al trabajo.
Quizá debería haber aceptado la petición de Leo de disfrutar del día con él en mitad de la nada, pero no podía.
Primero tenía que aclarar ella misma qué era lo que quería.
Aquella noche en la cabaña lo había puesto todo patas arriba.
Había sido apasionado y abrumador, pero al mismo tiempo le daba un miedo atroz que ella y Leo se hubieran vuelto tan cercanos.
No había pensado. A toro pasado se maldecía por su acto impulsivo.
Pero la atracción había sido tan poderosa que toda su fuerza de voluntad se había desvanecido.
Rita se dejó caer al suelo y posó las tijeras con las que había estado trabajando las vides en la hierba, a su lado.
Por más vueltas que le daba, no lograba comprender a Leo.
Aquel niño de mamá mimado se había convertido en un hombre atractivo que había vencido todas sus resistencias, incluidos sus altos muros de protección. ¿Cómo lo había logrado?
Suspiró. Ya era hora de admitir ante sí misma que se había enamorado de Leo.
Aquella noche quizá fuera un error terrible, pero había sido inevitable acercarse tanto a él.
En las últimas semanas había sentido esa atracción cada vez con más fuerza.
Día tras día había ido en aumento hasta alcanzar su punto álgido la noche pasada.
Rita se dejó caer hacia atrás sobre la hierba blanda. El sol brillaba desde un cielo azul oscuro y sin nubes. Una gota de sudor le recorrió la sien y se filtró en la tierra.
Cerró los ojos e inmediatamente volvió a sentir las manos de Leo sobre su cuerpo.
Mientras su pasión la impulsaba, él la había tratado con tal delicadeza y ternura, como si fuera una joya frágil que solo pudiera tocarse con sumo cuidado.
Había recorrido su cuerpo con la punta de los dedos, había besado cada centímetro de su piel y la había hecho sentir la mujer más deseada del mundo.
En Rita despertó el sentimiento de culpa.
Por primera vez en años, no había pensado en Alberto durante un largo periodo de tiempo.
Lo había borrado de su mente mientras disfrutaba con Leo.
Se había olvidado de su marido. Pero en aquel momento había sido lo único correcto; después de todo, no quería acabar en la cama con Leo y estar pensando en Alberto.
Habría sido injusto. Además, los dos hombres eran totalmente distintos, y Leo la había amado de forma diferente.
El corazón de Rita latió un poco más rápido al visualizar el cuerpo desnudo y tonificado de Leo. Había sido una sensación tan intensa ser tocada por él y, al mismo tiempo, deslizar sus propios dedos por su pecho musculoso.
Suspiró y volvió a incorporarse. No servía de nada darle vueltas.
Lo que había pasado, pasado estaba, y tenía que lidiar con las consecuencias.
Pero ¿cómo? ¿Podía darles a Leo y a ella misma una oportunidad justa?
¿Podía abrirse por completo a él? El primer paso sería hablarle de Alberto.
Hasta ahora siempre había evitado el tema, lo había esquivado cuando la conversación derivaba en esa dirección.
Ni ella misma sabía por qué, pero hasta el momento no había querido contarle a Leo lo de su gran amor.
Nunca habría creído posible volver a encontrar en esta vida a una persona que le provocara tales sentimientos de felicidad.
Esa sensación de flotar y de sacudirse todo lo que hasta entonces le había impedido despegar los pies del suelo.
Leo le había quitado todo el lastre de encima y la había hecho volar.
Aun así, ¿cómo debía comportarse ahora con él?
La había mirado con tanta tristeza cuando ella le había mostrado su indiferencia por la mañana.
No se merecía que jugara con él. Leo hablaba abiertamente de sus sentimientos, y ella le ocultaba su pasado.
Ni siquiera conocía su verdadero apellido.
Por fin tenía que contarle la verdad, hablarle de Alberto y luego esperar su reacción.
Rita encogió las rodillas y apoyó la cabeza sobre ellas. El sol caía a plomo sobre ella, pero en ese momento no le importaba. Su piel estaba acostumbrada a los rayos solares, hacía mucho que no se quemaba, sin importar cuántas horas trabajara bajo el sol.
Una sensación fría en la nuca la hizo sobresaltarse.
—¡Te pillé! ¿De verdad estás tan agotada que te has quedado dormida en el trabajo?
Rita se llevó la mano a la nuca. Agua clara resbalaba de sus dedos y goteaba en la hierba.
—¡Eres imposible! Casi me das un infarto.
Julia sonrió. —Pensé que un poco de frescor no te vendría mal. ¿Quieres un trago?
Rita asintió, se incorporó y cogió la botella de agua que Julia le tendía.
—¿Qué haces aquí? ¿De verdad solo querías traerme agua o puedo hacer algo por ti?
Julia se cruzó de brazos y puso un mohín.
Hoy volvía a parecer sacada de un libro de ilustraciones: llevaba un vestido blanco y ligero que se mecía suavemente con el viento, y su pelo rubio le caía sedoso sobre los hombros bronceados.
Calzaba unas chanclas brillantes y en la mano sostenía un ramo de flores silvestres recién cortadas.
—En realidad, pensaba que yo podía hacer algo por ti.
Rita enarcó una ceja. —¿A qué te refieres?
—Oh, vamos. Leo y tú habéis estado fuera toda la noche.
Y cuando habéis vuelto a casa este mediodía, estabais de lo más extraño.
Como era de esperar, tú te has refugiado enseguida en el viñedo, mientras que Leo ha huido a su pensión sin decir palabra.
—Julia se inclinó hacia su hermana con aire conspirador—.
Algo pasó anoche, y quiero saber qué. Además, tienes cara de necesitar urgentemente a alguien con quien compartir tus experiencias.
Rita se echó un poco de agua en el hueco de la mano y se refrescó la cara.
Quizá una charla entre hermanas la ayudaría a despejar la cabeza.
Julia era la romántica de la familia, la que podía presumir de una experiencia mucho mayor en lo que a hombres se refería. Podría darle a Rita algunos consejos.
—Tienes razón, hay unas cuantas cosas sobre las que tengo que reflexionar hoy.
—¿Lo ves? Pues habla conmigo. —Julia se sentó en la hierba sin dudarlo, a pesar de su vestido blanco.
Una vez más, no le importaba si su ropa se manchaba de tierra.
Por lo general, Julia se preocupaba poco; iba por la vida como una mariposa de flor en flor, siempre de buen humor y viendo lo positivo tanto en la vida como en las personas.
Rita envidiaba su carácter despreocupado y deseó, no por primera vez, ser igual que ella.
Entonces simplemente habría disfrutado de aquel día con Leo, se habrían amado de nuevo, en el cobertizo o en el prado de enfrente.
Pero ella siempre tenía que complicarse la vida, ver problemas donde no los había y pasarse el día dándole vueltas a todo.
Suspirando, se sentó y se abrazó las rodillas, como para protegerse de lo que vendría a continuación.
Julia le pasó un brazo por los hombros y la acarició con ternura. —Venga, dime de una vez, ¿qué ha pasado?
Con vacilación, Rita le contó lo ocurrido el día anterior.
Desde el viaje en un silencio incómodo y la cita con el viejo viticultor al que le había comprado la máquina, hasta la tormenta y su huida al cobertizo.
En ese punto enmudeció. ¿Debía contárselo todo a Julia?
Le daba un poco de apuro hablar con su hermana sobre la pasión que la había asaltado en aquella cabaña destartalada, lo poderosa que había sido la atracción y que se hubiera entregado a Leo sin pensarlo.
Julia arqueó las cejas. —¿Es broma, no? ¿Me aburres con los detalles sobre vuestra fantástica compra de maquinaria y te guardas la parte emocionante? Eso es muy injusto.
Rita suspiró y arrancó una margarita de entre las briznas de hierba. Pensativa, empezó a quitarle los pétalos uno a uno.
—No estarás con ese juego infantil de «me quiere, no me quiere», ¿verdad?
Rita soltó una risa forzada y lanzó a un lado la flor desplumada. —No, esa duda ha quedado más o menos aclarada. Y yo, bueno...
—Lo habéis hecho, ¿a que sí?
Rita asintió. —Sí.
Julia se llevó la mano a la boca, como si estuviera horrorizada de que su hermana se hubiera divertido con el ayudante en un viejo cobertizo.
Su brillo se desvaneció y una sombra cubrió el rostro de Julia.
Rita se esperaba cualquier cosa, menos que Julia reaccionara con tanta seriedad.
Normalmente ella era la despreocupada, la que cambiaba a menudo de pareja y opinaba que había que disfrutar de la vida de todas las formas imaginables.
Rita había supuesto que Julia la felicitaría por haberse quedado con aquel «bombón», como ella llamaba a Leo.
—¿Y estás segura de que quieres tener algo serio con él?
Rita tragó saliva. ¿Qué quería insinuar Julia con eso? ¿Tenía dudas respecto a Leo?
—Es solo que... no estoy segura de si es realmente la pareja adecuada para ti. Sé que no te lanzas a cualquier aventura con hombres sin pensarlo. No es tu estilo. Y por eso supongo que él significa algo para ti. Seguro que no ha sido un rollo de una noche sin importancia. Eso no encajaría contigo.
Rita asintió pensativa. Era cierto, nunca había compartido la cama con un hombre sin tener sentimientos.
Lo que sentía por Leo era grande e intenso, pero igual de confuso y aterrador.
Las dudas de Julia la contagiaron. ¿Acaso no debería haber tenido nada con él?
¿Y por qué su hermana reaccionaba de forma tan atípica?
¿Desde cuándo Julia ponía tantas objeciones?
Julia respondió a la pregunta no formulada de Rita. —Solo no quiero que te hagan daño, eso es todo.
—¿Y crees que Leo me hará daño? ¿Por qué?