Viñedos, amor y tú: Latidos en Montalcino (Latidos en la Toscana 4) 25. Capítulo 25 #2
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25. Capítulo 25 #2

Leo miró a Rita con fijeza. Una leve sonrisa asomó al rostro de ella. Él parecía tener pensamientos similares a los suyos; él también sentía lástima por el viticultor, así lo indicaba su expresión, que ella ya conocía tan bien.

—Bien, ya ha dado el primer paso en su nuevo camino.

El viticultor asintió y una tímida sonrisa apareció en su rostro. —Entremos entonces y hablemos de los detalles tomando un café.

Rita asintió y siguió al anciano al interior de la estancia, decorada con sencillez.

Una vez más fue consciente de lo dura que era la vida del viticultor.

Los tiempos cambiaban, pero en comparación con aquel hombre roto que había sacrificado su vida por su bodega y que ahora, a pesar de todo, tenía que abandonarla, ella se encontraba en una posición privilegiada.

Sintió que se le ensanchaba el corazón al imaginar que, al menos, estaba ayudando un poco al anciano con la compra de aquella máquina. Quizá él la recordaría con una sonrisa.

En el camino de vuelta, Leo se esforzó por esquivar la mayor parte posible de los numerosos baches del camino de tierra. Rita se sentía como en un barco a la deriva.

Le daba pena el anciano, y aquel ambiente de abatimiento la había dejado sumida en sus propios pensamientos.

Un silencio tenso pendía entre Leo y ella.

—Al hombre le ha golpeado duro la situación, ¿verdad?

Rita miró hacia Leo. —Es un ejemplo más de que nuestro sector va cuesta abajo a toda velocidad. No es el único que tiene que rendirse. En la Toscana hay varias bodegas que han tenido que enterrar el sueño de generaciones enteras.

Leo asintió. —Yo también lo he visto. Casi siempre las pequeñas y humildes bodegas son las primeras a las que les toca.

Rita enarcó una ceja. Algo en el comentario de Leo la hizo desconfiar. —¿Y por qué sabes tanto del tema? ¿Te has informado sobre todas las bodegas de la región?

Observó atentamente cada uno de sus movimientos. Había algo, lo presentía.

—Bueno, ahora trabajo en este sector, por eso me interesaba saber qué pasa con la competencia.

Leo anduvo con evasivas y, de repente, pareció ponerse nervioso. Rita se preguntó, y no por primera vez, qué le estaría ocultando.

Dejó que su mirada se perdiera por la ventanilla. Un frente de tormenta oscuro se había formado y venía directo hacia ellos. Otra vez no, por favor. Ojalá su bodega se librara esta vez.

A Rita se le aceleró el pulso mientras las nubes negras se abalanzaban sobre ellos.

Se dirigían directos al corazón de la tormenta.

Las primeras gotas, gruesas, golpearon el pequeño coche.

El viento arreció considerablemente y el vehículo se balanceaba sin piedad de un lado a otro.

La visibilidad era nula. A lo lejos se oían truenos y, de vez en cuando, un relámpago bañaba el entorno con una luz fantasmal.

La tormenta se había echado encima tan rápido que apenas se habían dado cuenta.

Leo intentaba desesperadamente mantener el coche en la carretera llena de baches.

Se le marcaban los nudillos por la fuerza con la que aferraba el volante.

El limpiaparabrisas corría de un lado a otro, acompañado de un chirrido agudo.

La lluvia tamborileaba sobre el techo y el corazón de Rita latía al mismo ritmo.

Se agarró con fuerza a la manilla de la puerta, pues el coche se sacudía violentamente.

De improviso, el vehículo se inclinó, patinó fuera de la carretera y quedó encallado en la cuneta con un estruendo.

Rita cerró los ojos y trató de sentir su cuerpo. ¿Estaba herida? No. Estaba ladeada, sujeta por el cinturón de seguridad.

—¿Rita? ¿Estás bien?

Giró la cabeza hacia Leo en la medida en que su precaria posición se lo permitía. Él colgaba del cinturón igual que ella; su cabello rubio le cubría gran parte del rostro.

—Estoy bien, pero ¿cómo vamos a sacar el coche de la cuneta?

—Me temo que no podemos. Lo importante ahora es que salgamos de aquí.

Leo se apoyó contra la consola central, se desabrochó y salió a través de la ventanilla que había bajado. Todo aquello resultaba tan irreal que Rita lo observaba como a cámara lenta. Sus movimientos eran enérgicos, los músculos se le marcaban bajo la camiseta y, de pronto, desapareció.

—¿Leo? No me vas a dejar aquí tirada, ¿verdad?

Leo se asomó al interior del coche y le tendió la mano a Rita. —¿Pero qué piensas de mí? ¿Acaso crees que te he acompañado en este viaje para dejarte aquí abandonada ahora?

Rita frunció el ceño. No, en realidad no lo creía capaz de algo así, pero tratándose de Leo, por otro lado, no le sorprendería nada.

Se desabrochó el cinturón y le cogió la mano.

Él tiró de ella para sacarla del coche, le rodeó la cintura con los brazos y la estrechó contra sí.

Hundió el rostro en su cabello y su inconfundible aroma a madera de cedro y agua de mar la envolvió.

Permanecieron un instante bajo la lluvia torrencial antes de que Rita se apartara de él.

—Gracias a Dios que no te ha pasado nada. Lo siento mucho. Debería haber parado.

La miró compungido, mientras las gotas de agua resbalaban de su pelo por la frente. A ella le bullían los pensamientos, era incapaz de ponerlos en orden lógico. Apartó la mirada de los ojos de Leo y observó los daños.