CAPÍTULO 27 — EL COCHE NEGRO #2
Y mientras observaba el camino vacío a través de la ventana, Carol comprendió algo aterrador.
Quizá Villa Restrepo nunca había sido realmente un lugar.
Quizá siempre había sido una condena.
CAPÍTULO 27 — EL COCHE NEGRO
Después de aquella noche, la segunda casa dejó de parecer segura.
No ocurrió nada realmente.
El coche simplemente pasó despacio junto al cierre y desapareció.
No hubo amenazas.
No hubo llamadas.
No hubo hombres bajándose del vehículo.
Y aun así el ambiente cambió completamente.
Porque todos pensaron exactamente lo mismo al verlo.
El mismo coche.
O uno demasiado parecido.
Negro.
Silencioso.
Moviéndose despacio.
Observando.
Villa Restrepo había vuelto a entrar en la casa sin necesidad de cruzar la puerta.
Los días siguientes estuvieron marcados por una tensión constante.
Ya nadie hablaba con naturalidad del futuro.
Ni de piscinas.
Ni de columpios.
Ni de empezar de cero.
Ahora las conversaciones volvían siempre al mismo punto.
—¿Y si realmente nos encontraron?
Carol intentaba convencerse de que podía ser casualidad.
Un coche cualquiera.
Un vecino perdido.
Alguien buscando una dirección.
Pero en el fondo sabía que no.
Porque el miedo ya había aprendido a reconocer ciertos detalles.
La velocidad.
Las ventanas oscuras.
La forma de detenerse apenas unos segundos.
Como si alguien estuviese memorizando el lugar.
Guille intentaba mantener la calma.
Seguía arreglando cosas dentro de la vivienda.
Instalando luces.
Reparando puertas.
Intentando construir normalidad.
Pero Carol lo veía mirar cada vez más veces hacia el camino exterior.
Y eso le preocupaba más que cualquier palabra.
Porque significaba que incluso él empezaba a creerlo.
Mauro volvió a obsesionarse.
Otra vez.
Pasaba horas hablando de la organización.
De los coches.
De cómo seguramente sabían perfectamente quiénes eran.
Y cuanto más hablaba…
más miedo generaba en todos.
Roi directamente dejó de ir a la casa durante varios días.
Solo escribía mensajes cortos.
Siempre iguales.
—No os confiéis.
—Esto no terminó.
—Esa gente no olvida.
Carol odiaba leerlos.
Pero no podía dejar de pensar que quizá tenía razón.
Una tarde, mientras limpiaba una habitación del piso superior, escuchó un motor fuera.
Se acercó inmediatamente a la ventana.
Y lo vio.
El coche negro.
Detenido junto al cierre.
Quieto.
Durante apenas unos segundos.
Después arrancó lentamente y desapareció otra vez.
Carol sintió cómo el cuerpo entero se le congelaba.
No era casualidad.
No podía serlo.
Cogió el teléfono inmediatamente.
—Ha vuelto.
El grupo respondió al instante.
Guille bajó corriendo desde la planta inferior.
Mauro quería salir detrás del coche.
Y Roi escribió algo que dejó a todos completamente helados.
—Os están marcando.
Esa noche nadie consiguió relajarse.
El salón permanecía casi a oscuras mientras la lluvia golpeaba suavemente las ventanas.
Galicia parecía haberse convertido en una mezcla constante de humedad y paranoia.
Dani también apareció.
Escuchó la historia sin interrumpir.
Después permaneció varios segundos callado.
Pensando.
—¿Seguro que era el mismo coche?
Carol asintió inmediatamente.
—Estoy casi segura.
Dani respiró hondo.
Y entonces dijo algo que hizo que el ambiente empeorase todavía más.
—La gente así no suele amenazar directamente.
El silencio volvió a llenar la casa.
—Primero observan.
Carol sintió un escalofrío.
Porque ya había escuchado aquella frase antes.
Observar.
Esperar.
Hacer sentir miedo.
Todo parecía seguir exactamente el mismo patrón.
Mauro empezó a caminar nervioso de un lado a otro.
—Entonces ¿qué hacemos? ¿Esperar a que aparezcan?
Nadie respondió.
Porque nadie tenía una solución real.
¿Ir a la Guardia Civil?
¿Decir qué?
¿Que un coche pasaba despacio por delante de una casa?
Todo parecía demasiado ambiguo.
Demasiado gris.
Y precisamente por eso resultaba todavía más aterrador.
Carol apenas habló el resto de la noche.
Se limitó a mirar constantemente por las ventanas.
Escuchando motores.
Analizando luces a lo lejos.
Esperando volver a ver aquel coche aparecer entre árboles.
Entonces ocurrió algo pequeño.
Casi ridículo.
Pero suficiente para romper la poca tranquilidad que quedaba.
El contador de luz se apagó de golpe.
La casa quedó completamente a oscuras.
Mauro soltó una maldición.
Guille salió inmediatamente hacia fuera.
Carol sintió auténtico pánico.
Porque durante una fracción de segundo volvió mentalmente a Villa Restrepo.
Los cables.
Los enganches.
Las sombras moviéndose alrededor de la finca.
Dani encendió la linterna del móvil.
Y durante varios segundos todos permanecieron completamente quietos en mitad de la oscuridad.
Escuchando.
Entonces llegó el sonido.
Un coche.
Lejano.
Deteniéndose junto al camino.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Solo respiraban.
Esperando.
Y mientras la lluvia seguía cayendo lentamente sobre la segunda casa, Carol comprendió algo aterrador.
Ya no sabía si realmente estaban siendo perseguidos…
o si Villa Restrepo les había destrozado la cabeza para siempre.
CAPÍTULO 28 — EL SILENCIO
El coche nunca llegó a entrar en la finca.
Después de detenerse unos segundos junto al camino, el sonido del motor volvió a alejarse lentamente entre lluvia y árboles.
Nadie salió fuera a comprobarlo.
Nadie se acercó al cierre.
Porque todos estaban pensando exactamente lo mismo.
¿Y si esta vez sí había alguien esperando?
La casa permanecía completamente a oscuras.
Solo las linternas de los móviles iluminaban parcialmente el salón vacío.
Las sombras parecían moverse por las paredes cada vez que alguien respiraba o cambiaba ligeramente de posición.
Carol seguía sintiendo el corazón desbocado.
Y lo peor era que empezaba a no saber si el miedo venía de fuera…
o ya vivía permanentemente dentro de ellos.
Guille regresó finalmente desde el exterior.
Empapado.
Serio.
—Saltó el automático general.
—¿Seguro? —preguntó Mauro.
Guille asintió lentamente.
—Sí. Pero no sé por qué.
El silencio volvió a instalarse dentro de la casa.
Roi seguía sentado sin apenas moverse.
Observando la oscuridad a través de la ventana.
Como alguien esperando ver aparecer algo.
Dani permanecía apoyado contra la pared con los brazos cruzados.
Pensando.
Siempre pensando.
Y precisamente por eso fue él quien terminó diciendo lo que todos tenían dentro de la cabeza.
—Esto ya no es normal.
Nadie respondió.
Porque todos llevaban demasiado tiempo sintiéndolo.
Villa Restrepo había cambiado algo dentro de ellos.
Ya no reaccionaban como personas normales.
Ahora analizaban todo.
Miradas.
Luces.
Motores.
Sombras.
Cualquier detalle podía convertirse en amenaza.
Y cuanto más intentaban volver a la normalidad…
más imposible parecía conseguirlo.
Carol volvió lentamente a la ventana.
Fuera seguía lloviendo.
El camino permanecía vacío.
Oscuro.
Silencioso.
Pero aun así tenía la sensación constante de que alguien seguía observándolos desde algún punto del monte.
Entonces Mauro habló.
Por primera vez en toda la noche sonaba realmente cansado.
—Igual nos estamos volviendo locos.
Roi soltó una pequeña risa seca.
—¿Igual?
El comentario dejó un silencio incómodo inmediatamente después.
Porque en el fondo todos llevaban tiempo haciéndose exactamente la misma pregunta.
¿Y si nada de aquello estaba ocurriendo realmente?
¿Y si Villa Restrepo simplemente les había destrozado psicológicamente?
Pero entonces Carol recordó la llamada.
La fotografía de su coche.
El arma.
Los hombres gritando dentro de la plantación.
No.
Eso había sido real.
Demasiado real.
Dani encendió finalmente una pequeña lámpara portátil.
La luz amarilla suavizó ligeramente el ambiente.
Pero no consiguió romper la tensión.
—Escuchadme.
Todos levantaron la vista.
—Hay dos posibilidades.
Mauro resopló nervioso.
—Genial.
Dani ignoró el comentario.
—La primera es que realmente alguien os esté vigilando.
Carol sintió un escalofrío.
—¿Y la segunda?
Dani tardó unos segundos en responder.
—Que llevéis tantos meses viviendo con miedo que ya veáis amenazas en todas partes.
El silencio volvió inmediatamente.
Porque ambas opciones daban miedo.
Y quizá lo peor era que podían ser ciertas al mismo tiempo.
Guille consiguió finalmente devolver la luz a la casa.
Las bombillas parpadearon lentamente antes de estabilizarse.
Y durante unos segundos todos respiraron un poco mejor.
Como si la oscuridad hubiese amplificado todavía más sus paranoias.
Pero la tranquilidad duró muy poco.
El móvil de Carol vibró sobre la mesa.
Número oculto.
El corazón se le congeló.
Nadie habló.
Todos miraban la pantalla iluminada.
El teléfono siguió sonando.
Una vez.
Dos.
Tres.
Carol dudó.
Después respondió lentamente.
—¿Sí?
Silencio.
Solo respiración.
Igual que la otra vez.
Lenta.
Fría.
Después la misma voz.
Tranquila.
Casi educada.
—Bonita casa nueva.
Carol sintió cómo el cuerpo entero se paralizaba.
Nadie dentro del salón necesitó escuchar más.
Porque la expresión de su cara ya lo decía todo.
La llamada se cortó inmediatamente.
El silencio posterior fue absoluto.
Nadie se movió.
Nadie habló.
Hasta que Roi murmuró algo casi inaudible.
—Nos encontraron de verdad.
Fuera, la lluvia seguía cayendo sobre el monte gallego.
Y mientras el sonido golpeaba lentamente las ventanas de la segunda casa, Carol comprendió algo aterrador.
El miedo ya no estaba alrededor de ellos.
Ahora vivía dentro.