Villa Restrepo CAPÍTULO 8 — VILLA RESTREPO
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CAPÍTULO 8 — VILLA RESTREPO

Después de la cerradura, ya nadie volvió a hablar de Villa Restrepo como una simple casa abandonada.

Ahora había pruebas.

No pruebas reales.

No algo que pudiesen enseñar.

Pero sí suficientes señales como para que todos sintiesen lo mismo.

Alguien seguía entrando allí.

Y lo más inquietante era otra cosa.

Esa persona sabía perfectamente que no estaba sola.

El grupo de WhatsApp se convirtió entonces en algo completamente distinto.

Ya no era solo un sitio donde compartir teorías.

Ahora parecía una investigación improvisada.

Cada detalle importaba.

Cada foto se analizaba como si escondiese una pista.

Cada movimiento alrededor de la finca se convertía en una conversación de horas.

Carol empezó a despertarse por las mañanas mirando directamente el móvil.

Lo primero que hacía antes incluso de levantarse era abrir el grupo.

Y casi siempre había algo nuevo.

Un audio de Guille.

Una captura de Roi.

Una teoría absurda de Mauro.

Una foto borrosa hecha desde el coche.

Y cuanto más hablaban sobre Villa Restrepo, más real parecía todo.

Fue Mauro quien empezó a exagerarlo todo.

—Os lo digo en serio. Ahí dentro pasa algo gordo.

Carol escuchó el audio varias veces.

Mauro siempre hablaba como si estuviese dentro de una película.

Pero lo peor era que empezaba a contagiar a los demás.

—¿Y si están cultivando algo?

—¿Y si esconden mercancía?

—¿Y si realmente vive alguien dentro desde hace años?

Cada teoría parecía más absurda que la anterior.

Y aun así ninguna terminaba de sonar imposible.

Una noche quedaron otra vez cerca de O Pallote.

No para entrar.

Solo para mirar.

Pero Carol empezaba a entender que ya no existía el “solo mirar”.

Todo acababa yendo siempre un paso más lejos.

El cielo estaba completamente negro aquella noche.

No llovía, pero el ambiente seguía húmedo y pesado.

Cuando aparcaron cerca de la finca, ninguno bajó inmediatamente del coche.

Villa Restrepo permanecía completamente oscura.

Silenciosa.

Como si no hubiese nadie.

Como si nunca hubiese habido nadie.

Y quizá precisamente eso era lo más perturbador.

—Mirad eso.

Guille señaló hacia la fachada lateral.

Carol tardó unos segundos en verlo.

El contador.

Una pequeña luz roja parpadeaba lentamente.

Roi se inclinó hacia delante desde el asiento trasero.

—Eso está funcionando.

—Ya lo sabemos.

—No. Quiero decir funcionando de verdad.

Durante varios segundos ninguno dijo nada.

El pequeño piloto rojo seguía parpadeando junto a la fachada.

Silencioso.

Constante.

Vivo.

—No tiene sentido que una casa así siga gastando tanto.

Roi parecía cada vez más incómodo.

Carol lo miró por el retrovisor.

—¿Qué piensas realmente?

Roi tardó un poco en responder.

Después habló muy despacio.

—Creo que ahí hay algo conectado las veinticuatro horas.

El silencio dentro del coche se volvió incómodo.

Porque todos pensaron exactamente lo mismo.

El zumbido.

Las luces.

El consumo.

La cerradura cambiada.

Todo empezaba a formar una imagen.

Aunque todavía no entendiesen cuál.

Fue entonces cuando Mauro mandó un mensaje.

Una foto.

Carol abrió inmediatamente la imagen.

Era la parte trasera de la finca.

Había sido tomada desde muy cerca.

Demasiado cerca.

—¿Cuándo sacaste esto?

El audio de Mauro llegó unos segundos después.

—Hoy.

—¿Entraste solo?

—Solo un momento.

Carol sintió inmediatamente un escalofrío.

Porque aquello ya estaba dejando de parecer una broma.

En la fotografía se veía claramente algo extraño junto a la pared trasera.

Un cable grueso.

Negro.

Entrando directamente hacia el interior de la vivienda.

Roi amplió inmediatamente la imagen.

—Eso no es normal.

—¿Qué es?

—No lo sé… pero no debería estar ahí.

Carol volvió a mirar la fotografía.

El cable desaparecía directamente dentro de la pared.

Sin contador.

Sin protección visible.

Como si alguien hubiese llevado electricidad hacia dentro por otro camino.

Y por primera vez una idea empezó a tomar forma dentro de la cabeza de Carol.

No era todavía una teoría.

Ni siquiera una sospecha clara.

Era solo una sensación.

La sensación de que Villa Restrepo no escondía simplemente a alguien viviendo dentro.

Escondía algo mucho más grande.

Esa noche apenas durmió otra vez.

El móvil vibraba constantemente sobre la mesilla.

Audios.

Mensajes.

Fotos ampliadas.

Mauro quería volver a entrar.

Guille empezaba a estar igual de obsesionado.

Y Roi, aunque seguía intentando parecer racional, cada vez hablaba menos.

Carol permaneció largo rato mirando el techo en silencio.

Escuchando la lluvia caer fuera.

Pensando en el contador.

En el cable.

En la cerradura cambiada.

Y sobre todo en una pregunta que no conseguía quitarse de la cabeza.

Si alguien escondía algo dentro de Villa Restrepo…

¿qué pasaría el día que los descubriese?

CAPÍTULO 8 — VILLA RESTREPO

Fue Mauro quien empezó a llamarla así.

Villa Restrepo.

Al principio sonaba ridículo.

Como el nombre exagerado de una mansión de narcos en una serie mala.

Pero cuanto más repetían el nombre, más natural parecía.

Y cuanto más natural parecía, más dejaba de sentirse como una simple casa abandonada.

Ahora tenía identidad.

Historia.

Presencia.

Carol empezó a darse cuenta de que hablaban de la vivienda como si fuese una persona.

—Hoy Villa Restrepo estaba distinta.

—Anoche había movimiento en Villa Restrepo.

—Creo que alguien nos vio en Villa Restrepo.

El nombre terminó convirtiéndose en algo real.

Y quizá precisamente por eso la obsesión empezó a crecer todavía más.

Durante las siguientes semanas, la casa pasó a formar parte de su rutina diaria.

Ya no hacía falta quedar expresamente para hablar de ella.

Aparecía constantemente.

Durante la cena.

En el coche.

En mitad del trabajo.

Antes de dormir.

Era como si aquella finca hubiese encontrado la forma de colarse poco a poco dentro de todos ellos.

Carol empezó a notar algo preocupante.

Cada vez le costaba más pensar en otra cosa.

Le ocurría trabajando.

Conduciendo.

Incluso hablando con otras personas.

Siempre terminaba volviendo mentalmente a Villa Restrepo.

A las ventanas.

Al zumbido.

Al contador.

Al cable negro entrando directamente en la pared.

Y sobre todo a la sensación constante de que había alguien dentro observándolos.

Una tarde, mientras tomaban café en un bar cerca de Santiago, Mauro volvió a sacar el tema.

—Os digo una cosa. Ahí dentro tiene que haber algo gordo.

Roi soltó una pequeña risa cansada.

—Tú siempre piensas que todo es una película.

—No, en serio. Piénsalo.

Mauro empezó a enumerar cosas con los dedos.

—Casa enorme. Abandonada pero cuidada. Consumo eléctrico raro. Zumbidos. Cerraduras cambiadas. Cable directo. Luces por la noche.

Carol permaneció en silencio.

Porque escuchado así sonaba incluso peor.

—Puede ser cualquier cosa —insistió Roi.

—¿Como qué?

Roi abrió la boca.

Y volvió a cerrarla.

Porque realmente tampoco encontraba una explicación lógica.

Esa misma noche volvieron a pasar por delante.

Ya casi ni lo hablaban.

Simplemente acababan allí.

Como si la carretera hacia O Pallote hubiese terminado convirtiéndose en un hábito automático.

La lluvia caía despacio sobre el parabrisas mientras el coche avanzaba lentamente junto al cierre.

La casa seguía completamente oscura.

Pero ahora Carol tenía la sensación de que la oscuridad era intencionada.

Como si alguien quisiese precisamente eso.

No llamar la atención.

—Para un momento.

Guille frenó junto al arcén.

Carol observó la fachada principal durante varios segundos.

Había algo distinto.

Muy pequeño.

Casi imposible de detectar.

—La persiana.

—¿Qué pasa con ella?

—Está más subida.

Guille entrecerró los ojos.

Roi se inclinó desde atrás.

Y entonces los tres lo vieron.

Era apenas unos centímetros.

Pero suficiente.

La persiana del piso superior estaba ligeramente más levantada que la última vez.

—Eso no lo mueve el viento —murmuró Carol.

El silencio volvió a llenar el coche.

Porque todos pensaron exactamente lo mismo.

Alguien seguía dentro.

Y quizá llevaba observándolos mucho más tiempo del que imaginaban.

Cuando se marcharon, Carol miró varias veces por el retrovisor.

La casa desapareció lentamente entre árboles y niebla.

Y aun así seguía sintiendo la presencia de Villa Restrepo dentro de la cabeza.

Esa noche apenas durmió otra vez.

El grupo no dejó de sonar hasta casi las tres de la mañana.

Mauro quería volver a entrar.

Guille decía que primero necesitaban entender mejor la finca.

Roi insistía constantemente en que aquello empezaba a ser peligroso.

Pero incluso él seguía investigando.

Carol abrió otra vez el catastro desde el móvil.

Ampliando imágenes.

Mirando límites.

Calculando accesos.

Como si estuviese estudiando un mapa militar.

Y entonces se dio cuenta de algo.

La casa ya no era el centro de la historia.

Ahora el centro eran ellos.

Porque Villa Restrepo estaba cambiándolos lentamente.

Los estaba convirtiendo en personas capaces de hacer cosas que semanas antes habrían considerado una locura.

Y lo peor era otra cosa.

Que ninguno quería parar.

CAPÍTULO 9 — EL ESTAFADOR

El nombre apareció por primera vez un jueves por la noche.

Sin contexto.

Sin explicación.

Solo un audio de Mauro enviado al grupo a las once y cuarenta y siete.

—Creo que ya sé quién vivía ahí.

Carol abrió el mensaje inmediatamente.

Durante los últimos días el grupo se había convertido en lo primero que miraba al despertarse y lo último antes de dormir.

Villa Restrepo ya no era una curiosidad.

Era una presencia constante.

Una especie de agujero negro mental del que ninguno conseguía salir.

—¿Quién? —preguntó Guille.

El siguiente audio tardó casi un minuto en llegar.

—Un estafador.

Carol frunció el ceño.

—¿Qué clase de estafador?

—Ni idea exactamente. Pero pregunté por el pueblo y todo el mundo cuenta cosas raras.

Roi apareció entonces.

Como siempre.

Silencioso al principio.

Observando.

Analizando.

—¿Qué tipo de cosas?

Mauro parecía disfrutar teniendo la atención de todos.