Victoria colateral (Victoria 1) CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

Tocar fondo

L os entrenamientos empezaron dos semanas antes que las clases.

Aiden llevaba desde principios de agosto sin volver a casa, desde que había ido con Rian, y no podía seguir posponiéndolo.

O no debería. A pesar de que su madre se había mostrado bastante comunicativa durante las últimas semanas, su padre lo había llamado dos veces, exigiéndole volver antes de que terminaran las vacaciones.

Si fuera por él, no se encontraría en aquel momento subido en un avión de camino a casa, pero todos se lo habían recomendado.

Incluso Thiago. Desde que Rian se había ido, todos hablaban con él con pies de plomo, sugiriendo que necesitaba vacaciones, desconectar.

En realidad, lo único que quería era que le dejasen tranquilo un tiempo, lo necesario para ser capaz de reconducir su vida.

Tan pronto como bajó del avión y salió del aeropuerto, se encontró a su padre esperándolo en la parada de taxis.

Aiden buscó a su madre con la mirada, pero no había ni rastro de ella.

Suspiró hondo antes de acercarse al coche.

Daniel, su padre, estaba en el asiento del conductor entretenido con un juego del móvil.

Llevaba puesta ropa cómoda, como si solo hubiera salido para ir a buscarlo. Tenía una leve sonrisa en la cara.

Aiden golpeó la ventanilla con los nudillos para llamar su atención. En cuanto Daniel levantó la vista y lo vio, desbloqueó las puertas del vehículo para que se pudiera subir.

—¿Qué haces aquí? ¿Dónde está mamá? —Aiden colocó la mochila en el asiento de atrás y se sentó en el asiento del copiloto.

—No pudo venir, tenía lío —contestó su padre antes de encogerse de hombros.

—No me dijo nada.

—Se le olvidaría.

Aiden no respondió. Sabía de sobra que su madre no se olvidaría de avisarle de algo así.

Ella era muy consciente de que la relación que tenía con su padre no era la mejor de todas.

La mayoría de las veces era capaz de hablar con él controlando sus sentimientos.

Sin embargo, aquel día no se veía con fuerzas.

Todavía estaba aprendiendo a lidiar con las emociones que le había dejado la marcha de Rian.

Solo esperaba que su padre se lo pusiera fácil.

Durante todo el trayecto en coche, Aiden estuvo en silencio, mirando por la ventanilla. El otoño había cambiado bastante el paisaje en aquellos meses. Ya no quedaba rastro de los colores vivos, solo tonalidades de amarillo y marrón. Parecía que iban a juego con su estado de ánimo.

Apoyó la cabeza en la ventanilla y cerró los ojos. Llevaba varias semanas fingiendo delante de todo el mundo que estaba bien, viviendo con el piloto automático puesto.

Daniel rompió el silencio.

—Me ha dicho tu madre que no estás pasando por una buena época.

Abrió los ojos y miró a su padre. No sabía qué decir o qué quería escuchar por lo que, al final, le terminó dando la razón.

—Ya.

—Está preocupada por ti.

Lo sabía. Aiden sabía de sobra que, aunque su madre hubiera tenido que volver a casa, parte de ella se había quedado con él. Con Hanna no le valía fingir que estaba bien. Ella lo conocía mejor que nadie.

—Eso también lo sé.

—Si lo sabes, ¿por qué no le pones remedio de una vez? Por lo que me ha dicho, llevas más de un mes con esa actitud.

Aiden se molestó con aquel comentario. No debería responderle, había aprendido a lo largo de los años que su padre era como era y no conseguiría más de él, pero a pesar de ello no pudo contenerse.

—Claro que te lo ha tenido que contar, porque tú no te preocuparías por mí de otra manera…

—Claro que me preocupo por ti, pero no es la primera vez que unos amigos te dejan de lado. Tienes que aprender la lección y centrarte en lo que importa. —Daniel no lo miraba. Seguía conduciendo con calma, como si aquella conversación fuera sobre quién ganó el duelo del día anterior.

La mención indirecta de Lily y Leo le dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir. Su relación con Rian no podía compararse. Puede que lo conociera durante menos tiempo, pero todo había sido más.

—Solo sabes eso porque mamá también te lo ha contado. —Aiden apretaba los puños con fuerza. Estaba muy enfadado—. Y no me puedes comparar a Rian con otra persona. Él era mi compañero.

Daniel negó con la cabeza, como si no pudiera entender lo que su hijo le estaba contando. Sus dedos tamborileaban con lentitud sobre el volante. No parecía alterado por la conversación. Era como si no le pudiera dar más igual.

—No digo que no te importe, Aiden, solo que le estás dando más importancia de la que deberías. Es una afición. Dentro de un par de años irás a la universidad y te olvidarás de los duelos y toda esa chorrada. Cuando seas adulto te reirás de esta situación. Hazme caso, sé de lo que hablo.

Aiden cerró los ojos, intentando no llorar.

Nada había cambiado. Habían pasado los años y para su padre seguía siendo un desconocido.

No se había molestado nunca en entenderle, en conocerle.

Todo lo que sentía lo infravaloraba. Todo lo que era importante para él parecía ser una chorrada.

Las manos le temblaban de frustración. No podía más.

—No sabes nada —contestó en un susurro con la voz rota.

—Te conozco de sobra para saber que…

—¿Perdona? —le interrumpió elevando la voz—.

¿Que me conoces? Tú no sabes nada de mí.

No tienes ni idea. ¿Te crees que porque mamá te cuente tres cosas sobre mí, ya eres el padre del año?

Spoiler : no. —Aiden sabía que no debería hablarle así.

Que aquella guerra llevaba perdida muchos años.

Aun así, no podía frenarse—. No sabes cómo soy, no sabes qué es importante para mí, no tienes ni la más remota idea de absolutamente nada.

Te fuiste. Te largaste durante seis años.

Seis largos años. No te molestaste en dar señales de vida, nos dejaste tirados.

—Eso no… —Daniel intentó intervenir, algo nervioso. Aiden no le dejó.

—No. Cállate. Llevo escuchándote hablar durante los últimos tres años como si nada hubiera pasado.

Nunca me has dado una explicación, nunca te has preocupado por mí, nunca te he interesado lo más mínimo, así que ahora no te molestes en fingir que es de otra manera.

Estoy harto de tus consejos de padre. No eres nadie.

Nadie. Te largaste de casa cuando te enteraste de que no tenía magia y volviste milagrosamente cuando descubriste que sí.

¿A qué juegas? ¿Qué intentas conseguir de mí?

—Aiden, no…

El corazón le latía tan rápido que pensaba que se iba a morir. Las manos le temblaban y estaba empezando a ver nublado. Necesitaba salir de aquel coche. Necesitaba aire. Necesitaba respirar.

—Para el coche —susurró—. Para el coche.

—¿Qué dices? No voy a parar ahora.

—Para el coche.

—Aiden, tranquilízate. Ahora llegamos a casa y hablamos con calma.

—No pienso ir a tu casa. Para el coche.

—Aiden…

En ese instante notó cómo su magia se revolvía en su ser. Estaba a punto de perder el control.

—¡Que pares el coche! —gritó desesperado.

Aiden abrió los puños, estirando los dedos y, con ese gesto, hizo que la puerta del copiloto se abriera de golpe. Había destrozado la cerradura. El aire empezó a entrar en el vehículo de golpe, mientras Daniel ponía las luces de emergencia y empezaba a reducir la velocidad.

En cuanto el vehículo frenó por completo, las manos de Aiden ya estaban terminando de desenganchar el cinturón y se precipitó fuera sin pensarlo demasiado.

Habían parado justo en el arcén de la autovía que rodeaba la ciudad, por lo que estaban en medio de un campo.

Colocó las manos en el quitamiedos y, dando un salto, empezó a alejarse de su padre.

—¡Aiden! ¡¡Aiden!! ¿A dónde vas?

Pero él no paró. Siguió caminando durante veinte minutos, adentrándose en los campos, solo centrado en el ruido que hacían sus zapatillas deportivas contra la hierba. Durante ese rato, no pudo pensar nada. En su cabeza escuchaba un pitido ensordecedor que aplacaba sus pensamientos.

Se dejó caer en las raíces de un árbol un rato después.

Le dolían los pies y estaba mentalmente agotado.

Tenía un fuerte dolor de cabeza, seguramente de llorar.

Aunque no había sido consciente, sus lágrimas no habían parado de salir desde que bajó del coche.

Se pasó la manga de la sudadera por la cara.

No sabía qué hacer. No tenía frío, pero no podía parar de temblar.

No tuvo que esperar mucho tiempo para ver a su padre acercarse. Llevaba su mochila en la mano y andaba cojeando. Cuando llegó a su lado, se dejó caer en el suelo y apoyó la espalda en el tronco del árbol. Suspiró sin decir nada y se quedó allí a su lado.

No supo cuánto tiempo estuvieron allí sentados.

Estaba casi anocheciendo cuando Aiden sintió cómo su padre se quitaba la cazadora que llevaba puesta y se la puso por encima de los hombros.

En ese momento, al sentir la calidez de la prenda, se dio cuenta que estaba congelado.

Aiden se abrazó las piernas mientras agarraba con fuerza la cazadora.

Olía a su padre. Posiblemente llevaba usando la misma colonia desde siempre porque odió ese olor durante mucho tiempo.

En aquel momento, solo le produjo tristeza.

—¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me abandonaste?

Daniel resopló y parecía devastado por la conversación.

—No me veía capaz de asumir la responsabilidad de criar a un niño sin poder. No era lo suficiente fuerte como para poder apoyarte. Me asusté. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que había cometido un error. Lo siento mucho, hijo, de verdad.

Aiden no abrió la boca, no se sentía capaz y su padre no añadió nada más.

—¿Nos podemos ir? —preguntó Aiden rompiendo el silencio un rato después.

—Claro, vamos —contestó incorporándose y tendiéndole una mano.

La rechazó y empezó a andar de camino al coche… O a lo que quedaba del coche. Cuando llegaron a la carretera, no quedaba ni rastro de él. Un taxi los estaba esperando.

—¿A dónde los llevo? —preguntó la taxista.

Daniel miró a su hijo.

—¿Qué? —preguntó Aiden al ver que su padre no decía nada, solo se limitaba a observarle.

—¿Dónde quieres que te deje? ¿Quieres ir a casa?

Aiden asintió y Daniel le dio la dirección de su madre.

Durante todo el trayecto se mantuvieron en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

Cuando el taxi se paró delante del edificio, Aiden se bajó sin esperar a que su padre pagara.

En ese momento, el portal se abrió y Hanna salió con gesto preocupado.

Fue hasta donde estaba su hijo y lo rodeó con los brazos.

Aiden apoyó la frente en su hombro, disfrutando del abrazo.

Su padre se bajó poco tiempo después y se quedó a un par de pasos, respetando la distancia. Tampoco había vuelto a abrir la boca.

—Cariño, ¿por qué no vas subiendo? —le preguntó su madre, agarrándole la cara con las manos y mirándolo con ternura—. Yo voy ahora.

Aiden asintió y entró en el portal cerrando la puerta tras él, sin molestarse en despedirse de su padre. Luego, en vez de subir, se quedó en un rincón para escuchar la conversación.

—¿Se puede saber qué ha pasado? —preguntó Hanna y sonaba furiosa.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Creo… creo que Aiden necesita ayuda —dijo finalmente.

Su voz sonaba apagada, como si realmente estuviera arrepentido de algo. O de todo. Aiden notó un nudo en el estómago.

—¿A qué te refieres? —la preocupación de la voz de su madre era inconfundible.

—Sé que, como padre, he dejado bastante que desear, pero tú no le has visto perder el control hoy.

—¿Lo dices por el coche? Ya te he dicho que te lo cubrirá mi seguro…

—No lo digo por eso, Hanna, por favor… El coche es lo que menos me importa ahora.

—¿Entonces?

—Aiden necesita ayuda.

—Lo lleva pasando muy mal desde que Rian se fue. Ya te lo dije.

—Sí, lo sé. No es solo eso. El daño que yo le hice…

está ahí. Creo que la marcha de ese chico, del mismo modo que me fui, ha vuelto a abrir una herida.

Creo que no hemos sido conscientes de lo mal que lo ha pasado.

Sé que es mi culpa y me mantendré alejado si es lo que él quiere, pero necesita ayuda y no se la podemos dar nosotros…

Aiden lloraba en silencio. Todo lo que estaba diciendo su padre era cierto. No estaba bien y llevaba tiempo sin estarlo. Lo de Rian solo había sido el detonante.

Todos sus sentimientos se amontonaban en su interior y no sabía qué hacer con ellos.