CAPÍTULO 43
Junio - Rian
D iez pasos. Sólo diez pasos más. Nueve, ocho…
Respirar profundo. Otra vez. Cinco, cuatro…
Respirar, respirar, respirar. Dos, uno… Aflojé el ritmo de golpe, como si aquel último sprint hubiera agotado todas mis fuerzas y, en parte, así era.
Llevaba dos horas corriendo, dando vueltas a la escuela y aquella sensación de no estar avanzando me perseguía, pisándome los talones.
Era como si me hubiera quedado atascado en un punto.
Por mucho que retrocediera para coger carrerilla, al final chocaba con una barrera invisible.
No podía correr más rápido ni más tiempo. No podía mejorar mi técnica ni acumular más poder. No conseguía ganar resistencia ni fuerza. Quizás… quizás había llegado al límite. Quizás aquello era todo a lo que podía aspirar.
Recogí la mochila del suelo y emprendí el camino de vuelta a mi cuarto. Intentaba que aquellos entrenamientos matutinos no perjudicaran mi rendimiento el resto del día, pero ya había comprobado que no era así.
Aiden, por el contrario, avanzaba a un ritmo imposible de seguir.
En aquellos seis meses había pasado de ser un mago mediocre a destacar entre todos los demás.
Consiguió pulir su técnica, igualándose cada vez más a su poder.
Yo seguía siendo mejor, lo sabía, pero no estaba seguro de que pudiera decirlo durante mucho más tiempo.
Siempre pensé que tener de compañero a un mago con un nivel inferior era una mala decisión.
Si lo pensaba con frialdad, todavía era algo que rondaba mi mente.
En un duelo, cada uno debe sacar lo mejor de sí mismo para enfrentarse a los adversarios.
Por ese motivo había rechazado durante tanto tiempo la idea de tener a Aiden en el Kettou.
Pero si todo seguía igual, si no encontraba algo que pudiera hacer, acabaría siendo yo el lastre del equipo.
Cuando llegué a mi cuarto, Lev no estaba.
Seguro que estaría pasando el rato con Thiago y sus amigos.
Dejé la mochila en el suelo y me tiré sobre la cama.
Necesitaba pensar, tomar decisiones. No sabía cuál era la mejor elección o hacia dónde debería enfocar mis esfuerzos.
Todo aquello me producía una frustración difícil de gestionar.
Sin ir más lejos, el día anterior había discutido con Aiden de una forma bastante brusca.
Habíamos empezado con opiniones dispares sobre algo que ni siquiera lograba recordar; pero había acabado cuando le empujé del hombro con fuerza, haciendo que se tropezara y cayera de culo sobre el suelo.
No estoy orgulloso de cómo me comporté y todavía me invade el sentimiento de culpa cuando recuerdo la forma en la que me miró. Sus ojos estaban llenos de decepción.
Otra vez.
Aiden se levantó del suelo sin mediar palabra y, tras chocar contra mí a propósito, haciéndome retroceder, se alejó sin mirar atrás.
¿Por qué no podía ser más fuerte? ¿Por qué no podía notar ningún progreso? Estaba seguro de que si pudiera hacerlo todo iría mejor. Yo estaría mejor.
Unos golpes en la puerta me sacaron de mis pensamientos. Miré la hora en el reloj de la pared, confuso. A aquellas horas no era habitual que nadie viniera a molestar. Me incorporé a regañadientes de la cama y abrí la puerta.
No me sorprendió encontrarlo ahí. Siempre me iba a buscar. Ni siquiera se me daba bien aquello de ser amigos.
—¿Qué estabas haciendo? —me preguntó Aiden, intrigado al ver mi ropa de entrenamiento y mi pelo empapado de sudor.
—Salí a correr —confesé después de dos segundos en silencio. No merecía la pena mentirle. En aquellos momentos, me conocía demasiado bien.
Aiden puso una cara extraña que no supe identificar y, en ese momento, me fijé en la guitarra que descansaba sobre su hombro.
—¿A qué has venido? —pregunté sin saber qué decir. Le debía una disculpa que parecía atascada en mi lengua.
—Quería ver cómo estabas. Ayer perdiste un poco los nervios…
Era cierto. Me había portado como un capullo y aun así no pude disculparme ni nada. Lo seguí mirando en silencio, invitándole a continuar hablando.
—Pensé que igual estabas algo estresado y que quizás era buena idea pasar un rato juntos sin hacer nada relacionado con los duelos —me confesó al final.
Mi cara no cambió mientras me decía aquellas palabras. Había aprendido a mantener el semblante serio, tuve muchos años de práctica. Por dentro, me sentí todavía más culpable. Definitivamente Aiden era tan buena persona que rozaba lo absurdo.
Me aparté hacia un lado, despejando la puerta para que pudiera pasar.
—Necesito que me des unos minutos para ducharme —le pedí mientras cerraba la puerta tras él—. Estoy sudado.
—Claro —afirmó sin mucho entusiasmo mientras se acomodaba en el suelo, a los pies de mi cama. Ya era algo habitual que ocupara ese espacio y parecía que se sentía cómodo en él.
—No tardo.
Me encerré en el baño y cuando abrí el grifo, esperando que saliera el agua caliente, empecé a escuchar los acordes. Algo en mi pecho se contrajo al oír esa melodía, aunque no era la primera vez que la escuchaba. Ni la segunda. Ni la tercera. Posiblemente, hasta podría tocarla yo.
Me metí en la ducha y dejé que el agua borrase la extraña sensación que notaba por dentro. Al salir, me puse ropa cómoda y volví con Aiden. Seguía en la misma posición, pero no tocaba. Estaba recostado sobre el suelo mientras anotaba algo en una libreta.
Me senté frente a él sin mediar palabra. Con Aiden no tenía que rellenar los silencios. Él siguió anotando cosas en la libreta durante un rato y, al terminar, levantó la vista hacia mí.
—Creo que tengo el final —comentó con una sonrisa, aunque no le llegaba a los ojos. Estaba algo tenso, quizás por mi reacción del día anterior.
—¿Puedo tocarla? —pedí sin pensar.
No era un experto con la guitarra ni mucho menos, aunque me podía defender.
—Claro —respondió, cediéndome el instrumento.
Coloqué la guitarra en mi pierna y me acomodé, preparándome. Aiden giró la libreta en mi dirección para que pudiera ver la partitura y las anotaciones.
—Creo que si en esta parte —dijo señalando un pentagrama— subimos una nota, podría quedar perfecto. Puedes probarlo si quieres.
Asentí, sintiéndome parte de aquello, aunque no había colaborado en nada.
Empecé a tocar y todo fue sencillo. Tenía la melodía demasiado grabada en la mente como para dudar, aunque en varias notas no apreté con la suficiente fuerza las cuerdas, haciendo que el sonido saliera distorsionado.
A Aiden no parecía importarle. Tenía los ojos cerrados y movía un pie al ritmo de la música.
Las comisuras de su boca se curvaron ligeramente hacia arriba cuando llegué a la parte final y no pude evitar fijarme en sus rasgos. Posiblemente por primera vez.
Me fijé que tenía la nariz pequeña y algo torcida.
Tenía pecas salpicadas por toda la cara, incluso en los párpados, aunque eran muy pequeñas y podían pasar desapercibidas a simple vista.
Tenía las pestañas largas y la ceja derecha bastante más poblada que la otra.
A la izquierda parecía que le faltaban los últimos centímetros, como si se la hubiera afeitado, aunque estaba seguro de que no lo había hecho.
El pelo le había crecido bastante en los últimos meses y había cogido la manía de meterse un par de mechones detrás de la oreja.
Por alguna razón, era un gesto que me molestaba.
Estaba tan sumido en mis pensamientos que me equivoqué en un par de notas seguidas, pero no paré de tocar.
Aiden sonrió como respuesta, sin abrir los ojos.
Tenía una sonrisa bonita. No tenía los dientes torcidos, pero una de las paletas se montaba ligeramente sobre la otra y le faltaba una de las esquinas.
No era perfecta, pero a él le quedaba bien.
Quizás era porque siempre estaba riendo y su cara se adaptaba a ella.
O quizás era porque era natural, perfectamente imperfecta.
No lo sabía. Por alguna razón, me gustaba verlo sonreír.
Cuando terminé de tocar, Aiden abrió los ojos, todavía con ese gesto alegre en la cara.
—Te has equivocado siete veces —apuntó.
—Era para comprobar que estabas atento —mentí.
—Deberías hacerte un pendiente en la oreja —me sugirió de repente y la sorpresa se adueñó de mí. Tenía que confesar que aquello era lo último que me esperaba escuchar.
—¿Por qué lo dices? —pregunté intrigado, llevándome la mano a la oreja, dejando la guitarra a un lado.
—No sé, creo que encaja contigo —contestó alzando las manos—. Te lo podría hacer yo —me lo dijo con tal convencimiento que no pude reprimir una ligera sonrisa.
—¿Lo has hecho antes?
—Sí. A mi madre el año pasado. Es muy fácil. Se hace todo con magia y apenas duele. ¿Quieres probar?
No. Sí. Sí quería. Era una estupidez y no estaba acostumbrado a hacer esa clase de estupideces. No había ninguna razón por la cual dejarme hacer un pendiente por Aiden fuera una buena idea y, aun así, acabé aceptando. ¿Por qué acepté?
—Si te crees capaz de hacerlo…
Aiden levantó las cejas, sorprendido. Seguro que no se creía que hubiese sido tan fácil convencerme. En realidad, yo tampoco daba crédito. Deseé de corazón que no se me infectara y me tuvieran que cortar una oreja.
—Dame un minuto —pidió. Se puso de pie y salió corriendo de la habitación.
Me quedé mirando la puerta por donde se había ido, intentando entender por qué había accedido a semejante estupidez.
No pude meditar mucho más mis acciones porque Aiden volvió a la habitación con una pequeña caja.
—¿Qué es eso? —pregunté cuando se sentó a mi lado.
—Una caja de clips.
—¿Y para qué la necesitas?
—Para colocarte uno como pendiente. Si no, el agujero se te va a cerrar.
—¿Y no puedo cambiarlo?
—Sí, cuando tengas otro te lo puedes cambiar sin problema. Ahora te lo voy a poner, ¿vale?
Asentí como respuesta. Vaya tontería estábamos haciendo. Sentados en el suelo de mi cuarto, a punto de agujerearme la oreja en vez de estar entrenando. Todo parecía una estupidez y, aun así, me sentí a gusto.
Aiden se colocó de rodillas, enfrente de mí, después de coger uno de los clips color negro de la caja.
—¿Te gusta aquí? —me pregunto dibujando un punto con un bolígrafo en mi oreja.
—Mmm, un poco más arriba.
—¿Aquí? —volvió a preguntar, colocando la marca un par de milímetros más arriba.
—Ahí está perfecto.
—Vamos allá.
Sentí su magia por toda la habitación, como siempre.
Los hilos dorados nos rodearon y, en ese momento, pensé que no me importaba ser un mero espectador de vez en cuando.
Quizás esa era la respuesta que estaba buscando.
Quizás tenía que ser yo quien arrancase todo el potencial de Aiden.
Quizás no pasaba nada si, solo él, era mejor que yo.
—Ya está —anunció Aiden de repente, confundiéndome.
Me había pillado distraído. Me llevé una mano a la oreja y noté el clip incrustado en la parte superior del cartílago.
—No lo he notado —confesé.
—Ya te dije que se me daba bien. Te lo he dejado curado, así que no debería molestarte.
Fruncí el ceño como respuesta.
—¿Desde cuándo tienes nociones de curación?
—Estamos hablando de un mini agujero. No hace falta saber mucho para poder curar una herida de ese tamaño —respondió restándole importancia, como siempre.
Se infravaloraba constantemente.
—Oye, Aiden.
—¿Qué pasa?
La culpa me pesaba como un bloque de hormigón.
—Siento lo que pasó ayer —me disculpé sin entrar en detalles. No hacía falta. En su cara pude ver cómo entendía lo que le estaba diciendo.
—Da igual —repuso encogiéndose de hombros—. Yo también reaccioné parecido.
Decía que le daba igual, pero yo no lo tenía tan claro. ¿Qué podría decir para remediar la situación? No lo sabía.
—Pero… —añadió sin terminar la frase.
—¿Pero qué? —Estaba claro que iba a haber un pero .
—Me gustaría que no pagases conmigo tus problemas. No me malinterpretes, somos amigos y quiero que te puedas apoyar en mí si necesitas algo. Podemos hablar de cualquier cosa, solo que no quiero seguir siendo tu saco de boxeo.
—Lo siento.
Mierda. Tenía razón. Él no tenía la culpa de mis debilidades.
Yo era el problema.