Victoria colateral (Victoria 1) CAPÍTULO 7
13%

CAPÍTULO 7

El entrenador

C uando Aiden llegó a la zona de la lavandería se podría decir que llevaba unos veinticinco minutos perdido.

Se había cansado de recorrer los pasillos una y otra vez, pensando en las indicaciones que le dio Nadya, sin resultado.

Como no intercambió el número de teléfono con nadie, tampoco tuvo a quién pedir ayuda.

La sala estaba distribuida en la zona de lavadoras, zona de secadoras y un pequeño mostrador atendido por un hombre de mediana edad.

Aiden rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar el documento que le había dado la directora para elegir el uniforme.

El Bhainn Daiocht había sido uno de los primeros centros del continente en permitir a los alumnos elegir las prendas del uniforme acorde a sus gustos, sin necesidad de ir sujeto al género.

Las opciones eran pocas: falda o pantalón.

El resto del uniforme era estándar con camisa blanca y cárdigan color caqui.

Además, no había diferencia entre el uniforme de invierno y verano, y las cazadoras para el invierno eran unisex, negras con capucha.

Aiden se acercó al mostrador donde un hombre con un amplio bigote aporreaba las teclas del ordenador.

—Hola —saludó el muchacho, llamando su atención—. Venía a buscar mi uniforme.

El señor lo miró con mala cara.

—¿Falda o pantalón? —preguntó sin mucho entusiasmo.

—No sé… ¿pantalón?

—A mí no me preguntes, no soy yo el que se lo va a poner.

—El pantalón está bien —eligió algo más confiado, recordando que se lo había visto puesto a Nadya.

El hombre sacó cinco pantalones, cinco camisas y dos cárdigan. Todas las prendas iban envueltas en una bolsa de papel ecológica. Después colocó dos conjuntos deportivos, dos mochilas, una para clase y otra para entrenar, y una cazadora.

—Esto sería todo. Si necesitas más ropa puedes solicitarla y te avisaremos cuando llegue. Te recuerdo que el uniforme es obligatorio durante el periodo lectivo desde las nueve de la mañana a las cinco de la tarde —dijo con voz monótona.

—Gracias.

El hombre no le respondió y Aiden cogió las bolsas y se fue sin despedirse.

Estuvo recorriendo los pasillos un rato hasta que llegó a la puerta principal y desde allí supo encontrar el camino de vuelta a su habitación.

Cuando llegó, Thiago ya no estaba. Guardó la ropa en el armario y se tiró en la cama.

No tenía intención de descansar más de cinco minutos, pero en cuanto cerró los ojos, el sueño se adueñó de él y se quedó profundamente dormido.

Un suave golpeteo lo despertó un rato después.

Era un sonido constante y, cuando abrió los ojos, se encontró a Thiago escribiendo en su portátil, sentado en el escritorio.

Aiden se frotó los ojos y se incorporó despacio.

No fue hasta que vio el sol poniéndose en el horizonte cuando saltó de la cama y comprobó la hora en su móvil.

Eran cerca de las siete de la tarde. Llevaba durmiendo todo el día, incluso se había perdido la charla con el entrenador.

—¿Cómo no me has despertado? —preguntó disgustado mientras se ataba los zapatos de deporte, dispuesto a salir a toda velocidad de la habitación.

—¿Por qué debería haberlo hecho? —replicó Thiago sin desviar la mirada del ordenador y sin dejar de teclear.

—¡Te dije que tenía una reunión con Loan a media tarde!

—¿Y?

—¿Acaso no somos compañeros de equipo?

—Sí, pero repito: ¿y?

—Olvídalo —respondió enfadado y salió del dormitorio dando un portazo.

Fue corriendo lo más rápido que le permitían sus piernas hasta llegar a las escaleras, las cuales bajó saltando por encima de la barandilla, hasta que llegó a la planta baja y se desvió hasta la sala de entrenamiento.

Cuando llegó, la puerta estaba entornada.

No se lo pensó demasiado antes de empujarla y entrar.

No había estado en muchas salas de combate.

Solo las había visto en los documentales que veía en el canal de deportes.

Normalmente eran salas muy amplias, donde había todo tipo de máquinas para adaptarse a las condiciones climáticas deseadas.

Además, solían tener una zona despejada para combates de cuerpo a cuerpo y estanterías con objetos para practicar la concentración.

Todos los elementos eran extremadamente caros, por eso era tan importante para los equipos contar con la financiación necesaria.

Por eso le sorprendió ver que aquella sala estaba destrozada.

Había astillas de madera dispersas por todo el suelo, fragmentos de cristal y máquinas estampadas contra las paredes.

Las cortinas estaban ennegrecidas, como si hubiera habido fuego cerca de ellas y las ventanas…

las ventanas no tenían ni un cristal entero.

Aiden dio un paso al frente, impactado por el estado de la sala cuando se dio cuenta que había una persona en la sala adjunta. Se acercó a paso apurado hasta lo que parecía un pequeño despacho. Un hombre abrió la puerta justo en el momento en el que levantó el brazo para llamar.

—Tú debes de ser Aiden, ¿verdad? —Al ver cómo el joven asentía, sonrió satisfecho—. Pensé que al final te habías echado atrás. Soy Loan, el entrenador. Te estuve esperando.

—Lo siento mucho. Me quedé dormido… entrenador. No tengo ninguna excusa. Le prometo que no volverá a pasar —se disculpó.

—Puedes llamarme Loan. Entra y hablamos un rato. —Hizo un movimiento con la cabeza, invitándolo a pasar.

Aiden entró. Tal y como se había imaginado, era un despacho; con una gran mesa situada en un extremo, un par de sillas y un pequeño sofá con aspecto descolorido.

—Siéntate —dijo Loan señalando una de las sillas.

Aiden tomó asiento y observó cómo Loan rodeaba la mesa y se sentaba al otro lado.

Después, cruzó los brazos a la altura del pecho y se le quedó mirando fijamente.

Loan tenía el pelo teñido de rubio y le llegaba casi hasta el hombro.

Llevaba una cinta en la frente, impidiendo que los mechones se le metieran en los ojos, marrones y pequeños.

Tenía un aspecto bastante juvenil y Aiden estaba seguro de que no llegaba a los treinta.

Tenía la nariz recta, la mandíbula cuadrada y estaba perfectamente afeitado.

Llevaba un chándal muy parecido al del uniforme, que le marcaba los músculos de los brazos, y las uñas pintadas de negro.

Loan le pasó un horario de entrenamientos y esperó su reacción. Aiden lo leyó con calma. Tenía entrenamientos todos los días de cinco a nueve y los sábados de nueve a dos, haciendo un total de veinticinco horas a la semana.

—Es imposible… —llevaba mucho tiempo esperando aquel momento, pero hasta su motivación tenía un límite. Era inviable que pudiera estudiar y aprobar diez asignaturas sin apenas tiempo libre. Eso sin tener en cuenta los deberes que le pondrían los diferentes profesores…

—Es complicado. Exigente. Duro. Puedes buscar adjetivos y te aseguro que imposible no es uno de ellos. Además, nadie te está obligando a aceptarlo. Tienes la puerta detrás de ti si crees que esto es demasiado para ti —dijo señalando la salida.

—No me voy a ir a ningún lado —respondió tajante. No se había esforzado tanto para rendirse a las primeras de cambio.

Loan asintió y mostró una pequeña sonrisa.

—Esperaba que dijeras algo así porque no tenemos mucho tiempo.

Si queremos tener un equipo fuerte, capaz de hacerle frente al resto de escuelas, debemos esforzarnos el triple.

Muchos de los equipos definieron sus dúos a principios de curso y son magos que llevan entrenando juntos meses o años.

La mayoría, seguramente, ya haya participado en algún torneo antes.

Si queremos estar a la altura tendremos que hacer sacrificios.

En la modalidad escolar de duelos había tres competiciones importantes y eran anuales: el torneo de invierno, el de primavera y el de verano.

El de invierno había sido en el mes de diciembre y, por lo que Aiden sabía, el Kettou no había conseguido clasificarse en buena posición.

El siguiente duelo sería en abril y el último en septiembre, dos semanas después de los exámenes de fin de curso.

—¿Crees que tenemos posibilidades?

—Sin duda. Rian, tu compañero, tiene un talento desbordante. No dejes que eso te intimide, porque tú tampoco te quedas atrás. Tienes una energía infinita que complementa a la perfección las habilidades de tu compañero. Estoy deseando veros entrenar juntos. —Sonrió de oreja a oreja.

—Yo también lo estoy deseando —respondió contagiándose con la sonrisa.

—Me alegro. Empezaremos mañana, a las cinco. Te presentaré al resto del equipo. No llegues tarde, ni te quedes dormido.

—¡No, no lo haré! —exclamó Aiden, poniéndose en pie.

—Antes de irte, una cosa más. Ya has visto cómo está la sala de entrenamientos… Lo cierto es que lleva así un par de semanas. Gracias al patrocinio de la empresa de tu familia volverá a estar disponible la semana que viene. Mientras tanto, entrenaremos fuera.

—Sé que no es de mi incumbencia, pero ¿por qué está así?

Loan suspiró y se frotó la cara con las manos. De repente, parecía varios años mayor y se le veía cansado.

—Digamos que un entrenamiento se salió un poco de control y alguno de tus nuevos compañeros pasaron ciertas líneas.

—¿Tanto como para dejar así la sala de entrenamientos? Lo único que queda en pie son las paredes.

—Escucha, Aiden, no sé cómo pedirte esto, pero necesito que seas paciente.

Rian no es una persona fácil y te hará querer abandonar cuatro de cada tres días.

Solo tienes que darle tiempo. Cuando vea de lo que eres capaz, de tu energía, entrará en razón.

Te lo prometo. Con los demás estoy seguro de que no vas a tener ningún problema.

—No me preocupa, he tratado con gente peor —respondió Aiden.

Tenía muy claro cuál era su objetivo y por qué estaba luchando. No iba a permitir que nada ni nadie le impidiera alcanzar su meta.