Capítulo 22
Laurie
Mis emociones están a flor de piel, oscilando como un péndulo entre el dolor por Elise y la inmensa gratitud que siento por estar rodeada de tanto apoyo.
Desde que Tori me mima como una gallina clueca hasta que Angelo me da ese abrazo rápido, es como si acabaran de decidir que me adoptarán, lo cual es un reconfortante bálsamo para mi destrozado corazón.
—No, ya vimos La Casa del Lago un millón de veces —se queja Tiny—. Elijan algo con acción para variar.
—¡Acción, mi nalga izquierda! —gruñe Big Ricky mientras hojea la selección de películas en el enorme televisor de Adriano—. ¿Qué tal La Boda de mi Mejor Amigo ?
—Uf —gime Angelo—. No nos tortures con eso.
—Vamos —gruñe Big Ricky—. Me estás matando. ¿Qué pasa con El Diario de Noah ?
—Te voy a asfixiar con este tazón de palomitas si vuelves a poner eso —dice Adriano de repente, y giro la cabeza bruscamente hacia él.
Se quitó la chaqueta y se remangó la camisa. Ver sus tatuajes y las venas que le recorren el antebrazo me produce una sensación de mariposas en el estómago.
Cuando se da la vuelta y veo la pistola escondida en la parte trasera de sus pantalones, mi reacción no es la misma que la de ayer.
Fue entonces cuando me di cuenta de que ya no le tenía miedo.
Mientras él y Little Ricky llenan la mesa de centro con bocadillos, le echo un vistazo a todos los que están aquí por mi culpa.
Tori está sentada a mi lado, y Angelo está a su izquierda, acariciando con el pulgar la hermosa alianza de bodas y el anillo de compromiso que lleva en el dedo.
Bajo la mirada hacia mi propia mano y veo las iniciales A y L en un perfecto remolino sobre el anillo de bodas de oro, luego contemplo el enorme diamante que Adriano colocó en mi dedo sin pestañear siquiera por el precio desorbitado.
Las demás joyas. La ropa y los accesorios, caros pero absolutamente preciosos.
Los abrazos, los besos y la atención incondicional que me brindó.
El momento picante que compartimos antes. No tuve tiempo de procesar todo lo que Adriano me hizo sentir, el descomunal tamaño de su erección, o lo increíblemente atractivo que se veía mientras bajaba por mi garganta.
Pero de todo lo que pasó desde que Adriano irrumpió en mi vida, lo que más me impactó fue cómo entró en aquella habitación para llegar hasta mí. Cómo me abrazó, ofreciéndome un refugio donde asimilar la conmoción de perder a Elise.
Nunca me había pasado eso. La gente corriendo a mi lado para consolarme.
—La mayoría de la gente tiene una vida de mierda.
Fue lo que dijo Austin cuando le conté lo de mis padres.
—Sí, todavía necesito que termines esa hoja de cálculo.
Fue la reacción de Heather cuando un pesado frasco me cayó en el dedo gordo del pie y la sangre se acumuló debajo de mi uña. Dios, sentí como si me la estuvieran arrancando poco a poco.
—No, no puedo faltar al trabajo.
La respuesta de mi madre cuando la llamó la escuela porque estaba vomitando mucho.
—Surgió un imprevisto. Haremos planes para otro momento.
Papá, cancelándome por enésima vez.
—Mantente ocupada.
—Ahora mismo no tengo tiempo para ti.
—Ocúpate tú misma.
—No me importa.
Adriano se apretuja en el espacio que hay entre yo y el reposabrazos, me sujeta y me acerca a su lado mientras se acomoda.
Baja la cabeza, su preocupada mirada se posa brevemente en la mía antes de susurrarme al oído:
—¿En qué estás pensando tan profundamente?
—En todo… En el pasado —respondo bajo para que los demás no me oigan—. Tu familia es muy amable conmigo.
—Es porque ahora eres una de nosotros. —Su brazo se aprieta alrededor de mis hombros, y cuando apoyo mi mejilla contra su pecho y coloco mi mano sobre sus abdominales, su aroma llena mis pulmones.
Mi esposo.
No es un chico con el que esté pensando salir.
No es mi novio.
Es mi esposo.
Angelo también obligó a Tori a casarse con él, y todavía se les ve muy enamorados y devotos uno del otro.
Inclino la cabeza hacia atrás y veo que Adriano sigue mirándome fijamente mientras su pulgar acaricia mi bíceps. Nuestras miradas se cruzan y, mientras empieza una película en la televisión, me enamoro perdidamente de mi marido.
Se inclina y me da un suave beso en la boca que me provoca un cosquilleo que se extiende por todo mi cuerpo antes de concentrarse en mi corazón, despertándolo de golpe para que lata solo por este hombre.
Los ojos de Adriano se llenan de ternura, mirándome de una manera que nadie lo hizo jamás.
Tiny suelta una carcajada, y eso desvía mi atención hacia el resto de la habitación.
Acurrucada contra el pecho de mi marido, me doy cuenta de que estamos viendo La Ciudad Perdida con Sandra Bullock.
Solo alcancé a ver el principio antes de que Austin me robara el control remoto para poder poner algún documental, que siempre le gustaba tener de fondo mientras dormía la siesta en el sofá.
Tori agarra un tazón de palomitas de maíz y nos lo ofrece. Adriano toma un puñado y luego me dice:
—Ayúdame. Tengo el otro brazo ocupado.
Mis labios se curvan hacia arriba mientras recojo un grano y se lo doy de comer.
—Qué adorables —murmura Big Ricky con una amplia sonrisa mientras nos observa.
—Mira la película que elegiste —le refunfuñó Angelo.
—¿Qué tal si te comes unos caramelos para endulzar tu mal humor? —responde Big Ricky con sarcasmo.
—Silencio. Estamos intentando ver la película —les dice Tori para que guarden silencio, pero es inútil porque los hombres no paran de discutir durante toda la película.
Cuando aparecen los créditos en la pantalla, me siento como en casa entre el grupo de personas que ahora son mi familia.
En los pasados cuatro días, estuve alternando entre sentirme bien y tener ganas de llorar desconsoladamente.
Mientras Little Ricky nos lleva en auto a la iglesia donde se celebra el funeral de Elise, contemplo por la ventana el extraño paisaje donde Elise nació y se crió.
Dios mío, es un mundo completamente diferente.
Pasamos junto a pequeños cafés escondidos entre antiguas fachadas, con sus mesas al aire libre apiñadas junto a la calle. Luego, el paisaje cambia a hileras de estrechos edificios de ladrillo con jardineras bajo las ventanas y bicicletas alineadas a lo largo de las aceras.
Es muy bonito aquí.
Adriano me da un beso en el cabello y luego pregunta:
—¿Cómo estás?
Giré la cabeza para verlo y respondí:
—Bien.
El vuelo de Estados Unidos a Bélgica fue una experiencia de lujo. Adriano trajo a todo un equipo de hombres, y me dijeron que Marco y Paulie serán mis guardaespaldas.
Tendré que acostumbrarme a llevarlos conmigo cada vez que salga.
Little Ricky detiene la camioneta y me doy cuenta de que todos los demás vehículos negros se estacionan delante y detrás de nosotros. Los hombres bajan y revisan la zona antes de que Little Ricky salga de la camioneta.
Mientras abre la puerta de Adriano, Marco abre la mía. Al rodear el vehículo, me acaricio con las manos el nuevo vestido negro que llevo puesto.
Adriano se abrocha la chaqueta, luego me tiende la mano y, cuando la tomo, me conduce al interior de la iglesia.
Mientras caminábamos por el pasillo, algunos de nuestros guardias se dispersaron y buscaron asientos.
—¡Laurie! —oigo que me llama una mujer, y al mirar a la derecha, la veo acercándose—. Soy Hilde, la madre de Elise.
—¡Oh! —Sin pensar si comparte la misma aversión al contacto físico que su hija, me acerco y le doy un rápido abrazo—. Siento mucho su pérdida. Elise era una persona maravillosa.
Cuando me aparto, el rostro de Hilde se descompone y se lleva un arrugado pañuelo a la nariz.
—Habló tanto de ti que siento que te conozco. Es un placer conocerte en persona, aunque me hubiera gustado que fuera en mejores circunstancias. Elise tenía muchas ganas de visitarte.
—Yo también. —De nuevo extiendo la mano hacia ella, acariciándole el brazo de arriba abajo.
Le dirige a Adriano una severa mirada y luego pregunta:
—¿Este es el novio? Creí que habías terminado con él.
—¡Oh, no! —Le aprieto la mano, rogándole a Dios que no se haya ofendido—. Es mi esposo. Adriano Rizzo.
Los ojos de Hilde se abren como platos.
—Elise no dijo nada sobre que te fueras a casar.
—No pude decírselo.
Un hombre le toma el hombro a Hilde y le susurra algo al oído; ella me dedica una rápida sonrisa.
—El servicio está a punto de comenzar. Hablaremos más tomando un café.
Cuando sigue al hombre hacia el frente, Adriano me lleva a un asiento libre. Al sentarnos, su costado queda pegado al mío.
—Lo siento —susurro.
Él niega.
—No te preocupes, mia piccola farfalla.
Mientras comienza la ceremonia, se dicen cosas hermosas sobre Elise, y mientras lucho por contener las lágrimas, Adriano saca un pequeño paquete de pañuelos de su bolsillo. Saca uno y me lo da antes de rodearme con su brazo.
Me quedo viendo los pañuelos de papel que pensó en traerme.
Un acto tan simple, pero Dios mío, ¡qué impacto tan fuerte tiene!
Cuando los hombres de la familia de Elise toman su ataúd y lo llevan por el pasillo, pierdo la batalla y me aferro a Adriano mientras contemplo la madera pulida.
Todos se levantan, y espero a que la mayoría de la gente se vaya antes de ponerme de pie y caminar hacia el frente, donde una gran foto de Elise se encuentra entre bonitos arreglos florales.
La miro fijamente a los ojos, y cada vez que mi vista se nubla, parpadeo para poder seguir viéndola.
Fuiste una parte muy importante de mi vida, Elise. Dios, es tan injusto.
Levantando la mano, acaricio su mejilla con los dedos.
Gracias por ser mi mejor amiga y por preocuparte tanto por mí.
Te quiero.
Exhalo temblorosamente mientras intento contener las lágrimas, y cuando me doy la vuelta, Adriano está justo detrás de mí.
Da un paso al frente y me atrae hacia su pecho.
—Pronto se irán al cementerio —murmura Little Ricky.
—¿Sigues queriendo ir? —pregunta Adriano.
Niego y lo abrazo, sollozando contra la chaqueta de su costoso traje.
—Shh… —Su mano roza mi espalda antes de posarse detrás de mi cabeza—. Estoy aquí, amore mio. Tómate todo el tiempo que necesites.