Vicious Devil (Kings Of Mafia 9) Capítulo 3​
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Capítulo 3​

Laurie

Mientras Heather se iba a hacerse las uñas, aproveché la oportunidad y salí sigilosamente de la oficina durante quince minutos para echarle un vistazo a una habitación que estaba disponible para rentar.

Tomarme un tiempo libre del trabajo ya era bastante estresante, pero entonces esos hombres aparecieron de la nada fuera del club, y el más grande me estampó contra la pared.

Siento dolor en los omóplatos por la fuerza que usó, y tengo marcas rojas e irritadas alrededor del cuello. No tengo ni idea de cómo voy a explicarlo si alguien se da cuenta.

Y casi me atropellan.

Uf, hoy no es mi día.

Pero ¡qué horror esos hombres! La impresión que me dieron me aterrorizó. Dios mío, no sé cuál daba más miedo, si el mamut o el guapo que me miraba como si fuera a acabar conmigo mientras cruzaba la calle corriendo.

Trago con dificultad, sintiendo los nervios aun agitados en mi estómago.

Todo eso para nada. La habitación no era más que un armario, y el dueño parecía un asesino en serie. El lugar estaba asqueroso y el aire olía mal.

Mientras abro la hoja de cálculo en la que estoy trabajando, mis pensamientos le dan vueltas al incidente tan extraño.

Creo que el hombre atractivo era el mismo que vi hace un par de noches. Tengo que admitir que de cerca es aun más guapo.

Sacudo la cabeza, intentando borrar su imagen de mi mente, pero solo funciona durante unos segundos.

Es extraño. Por muy guapo que fuera, una sola mirada suya hizo que todos mis instintos de supervivencia me gritaran que huyera.

Lo cual es una locura, porque era, sin duda, el hombre más guapo que jamás había visto. Un rostro como el suyo no debería tener unos ojos tan fríos que me helaban la sangre.

¡Olvídate de ese tipo y concéntrate en tu trabajo!

Me lleva un par de minutos, pero finalmente logro concentrarme en la hoja de cálculo hasta que Heather entra en la oficina.

Mi mirada se clava en sus manos y fuerzo una sonrisa.

—Tus uñas se ven bonitas.

Heather me ve con desprecio las manos que descansan sobre el teclado.

—Sabes, no te vendría mal un poco de atención a tu aspecto. Tus manos de hombre son una vergüenza cada vez que entra un cliente.

La fingida sonrisa desaparece de mi rostro mientras la observo cuando camina hacia su oficina.

Me encantaría hacerme la manicura, pero no tengo ni el dinero ni el tiempo.

La llamaría zorra, pero sería un insulto para todas las demás zorras.

Haciendo todo lo posible por ignorar el golpe a mi autoestima, me quedo contemplando la pantalla del ordenador. Una vez más, las hirientes palabras de Heather me afectan, y bajo la vista hacia mis manos.

Siempre llevo las uñas cortas y bien arregladas, pero noto que tengo la piel muy seca.

Tras soltar un profundo suspiro, niego y repaso los números que introduje en la hoja de cálculo.

Una hora más tarde, suena el timbre. Me inclino hacia la izquierda para poder ver a través del panel de cristal junto a la puerta.

—¡Es mi almuerzo! —grita Heather desde su oficina.

Le llamo al repartidor antes de abrir la caja chica que tengo en el cajón del medio.

—Entrega para Heather —dice el joven.

El delicioso aroma a pizza inunda el ambiente mientras pregunto:

—¿Cuánto te debo?

Cuando me da la cantidad, cuento los billetes de la caja y le entrego el efectivo. Al notar que hay mucho menos dinero que la última vez que abrí la caja, frunzo el ceño.

Me aseguro de que el repartidor cierre la puerta antes de llevar la pizza a la oficina de Heather.

—¿Tomaste dinero de la caja chica?

Una maliciosa sonrisa se dibuja en sus labios cuando le dejo el almuerzo sobre el escritorio, y luego dice:

—Por supuesto que no. Más vale que no falte dinero, o te lo descontaremos del sueldo.

La miro fijamente mientras me invade un irrefrenable impulso de mandarla al infierno.

Moviendo el dedo índice hacia la puerta, dice con tono pausado:

—Cierra la puerta al salir.

Conteniendo las palabras, hago lo que me dice, y cuando me siento en mi escritorio, reviso el saldo que queda en la caja.

Mierda. Faltan doscientos dólares.

Mis ojos se dirigen rápidamente a la ventana de la oficina de Heather, y la observo mientras me sonríe antes de hincarle el diente a una porción de pizza.

Dios, ojalá pudiera permitirme el lujo de levantarme y dejar este trabajo de mierda.

Justo cuando vuelvo a prestarle atención a la pantalla del ordenador, suena el teléfono. Al ver que es una llamada interna, suelto un leve gemido.

—¿Sí, Heather?

—Más vale que termines las proyecciones para finales de mes.

—¡Pero eso es en cuatro días! —exclamo—. Sabes que se necesita mucho más tiempo para terminarlo todo.

—Este año no. Quiero que esté terminado para el día treinta, Laurie.

La miro a través de la ventana. Ver la sonrisa cruel en su rostro mientras cuelga el teléfono me hace perder los estribos.

Me levanté de un salto, me dirigí a su puerta cerrada y la abrí de golpe.

—Deja de tratarme como una basura, Heather. Le he dedicado seis años de mi vida a este lugar y soy muy trabajadora. Lo mínimo que podrías hacer es mostrarme algo de respeto. Sabes que siempre se tardan unas seis semanas en terminar esas hojas de cálculo.

Ella levanta las cejas.

—Esa actitud no te sentará bien cuando le cuente a mi hermano por qué te despedí.

Un miedo familiar se instala en mi pecho.

—¿En serio estás amenazando mi trabajo solo porque te pedí que me trataras como a un ser humano?

Heather toma otra porción de pizza y recoge un trozo de queso con sus garras recién afiladas.

—Los seres humanos se ganan el respeto, Laurie. No entran a mi oficina a gritarme. —Se mete el queso en la boca y me sonríe con picardía mientras mastica.

Aprieto los puños a mis costados.

—No te grité.

—Vuelve al trabajo antes de que decida que hoy será tu último día en esta empresa.

La amenaza atraviesa directamente mi ira.

Heather sabe lo atrapada que estoy en este trabajo mal pagado, y ya usó esa amenaza conmigo antes.

Tragando con dificultad, salgo al pasillo, pero justo cuando agarro la manija para cerrar la puerta, añade:

—Y si fuera tú, trataría a mi hermano con mucho más respeto. Estás jugando con fuego.

Mi mirada se dirige a la suya y, una vez más, desearía poder mandar al infierno a Heather y a Austin, pero no puedo. Todavía no.

Tras cerrar la puerta de golpe, regreso a mi escritorio mientras siento como si me hirviera lava en el pecho.

¿Cómo voy a terminar todo este trabajo en menos de una semana?

Me empieza a temblar la barbilla, pero me niego a llorar, respiro hondo y me obligo a calmarme.

Tienes un plan. Solo trabaja hasta fin de mes para que puedas cobrar tu sueldo.

Por suerte, mañana a las ocho de la tarde tengo otra cita para ver una habitación disponible, y parece más prometedora que la casa del asesino en serie.

Aguantaste hasta ahora. Podrás aguantar unos días más.

Adriano

Mientras espero en la calle, cerca de la empresa constructora, llevo una sudadera con capucha debajo de mi chaqueta de cuero, con la capucha puesta para proteger mi rostro del sol.

Mientras Little Ricky espera en la camioneta estacionada frente al club, planeo seguir a Laurie a pie en cuanto salga del trabajo.

Estoy armado y tengo mi rastreador activado, así que no debería haber ningún problema.

Ayer, Rosie me dio todo lo que pudo encontrar sobre mi pequeña mariposa.

Laurie tiene una vida predecible, así que será fácil vigilarla mientras intento averiguar qué haré con esta repentina obsesión que me tomó desprevenido.

Son pasadas las once cuando finalmente sale a la acera. La observo mientras cierra la puerta con llave y, una vez que se dirige hacia la intersección, la sigo a una distancia prudencial.

Laurie espera a que cambie el semáforo y, mientras cruza la calle, no deja de mirar de reojo la camioneta.

Saco mi teléfono y le envío un mensaje rápido a Little Ricky.

Adriano: Mantente al margen. Te está observando.

Little Ricky: Lo vi. Por cierto, tienes un aspecto espeluznante, hombre.

Disminuyo el paso, dejando que la distancia entre Laurie y yo aumente para que, si mira hacia atrás, no se dé cuenta de que la estoy siguiendo.

Se abraza a sí misma y camina a paso ligero hasta la estación de tren.

Cuando se levanta una helada brisa, me fijo en el traje de pantalón que lleva puesto.

Entrecierro los ojos al ver su espalda mientras encorva los hombros y se frota los bíceps con las manos.

Saber que tiene frío me irrita.

Por un instante, me planteo la idea de acortar la distancia que nos separa para poder darle mi chaqueta.

Pero eso delataría mi presencia, y no estoy preparado para que suceda.

En la estación, las brillantes luces fluorescentes iluminan su pálido rostro; el único color que se aprecia son las sombras bajo sus ojos.

Se ve jodidamente agotada.

Me apoyo en una columna y finjo estar ocupado con mi teléfono mientras veo a Laurie sentarse en uno de los bancos.

Además de nosotros dos, hay un hombre que ni siquiera nos ve. Parece dormido de pie.

El teléfono vibra en mi mano y abro el mensaje.

Little Ricky: La zona está tranquila. No hay señales de problemas.

Adriano: Gracias.

Al mirar de nuevo a Laurie, veo que está sacando el celular de su bolso, y cuando lo revisa, una sonrisa asoma en la comisura de sus labios.

Un momento después, parece enviar una nota de voz diciendo:

—Hola, amiga. Estoy esperando mi tren. Mi jefa, que es una bruja, quiere que las proyecciones estén listas para la semana que viene. —Suelta una incrédula carcajada—. ¿Puedes creerlo? Uf, perdón por quejarme. Ojalá estuviera en Bélgica contigo. Cuéntame algo bueno.

Su voz es suave, lo suficientemente dulce como para hacer que la posesividad que ya estoy experimentando crezca a un ritmo vertiginoso.

Tras enviar el mensaje, Laurie sigue mirando el celular y luego arruga la nariz.

—Dios mío, ¿para qué te molestaste en contestar, mamá? —Un profundo suspiro se le escapa mientras una expresión de fragilidad cruza su bello rostro.

Al segundo siguiente, creo que Laurie está reproduciendo un mensaje de voz porque oigo a una mujer que dice: