Chapter 63
Al pronunciar la última palabra, la luz dentro de la esfera titiló como si respirara.
El niño levantó la mirada por primera vez y, durante un instante, por fin me vio y sonrió.
Sin embargo, a mí me fue imposible aguantar el llanto y, como a mi niño, también se me empezaron a escapar las lágrimas.
Verlo tan pequeño e indefenso, saber que estaba aquí por mi culpa… Fue algo que me superó completamente
Me sentía fatal por haberlo arrojado a este reino de dolor.
Y, en ese instante, entendí por qué durante tanto tiempo, me había sentido muerto en vida.
Pero ya no era momento de lamentos ni arrepentimientos.
Si algo me había enseñado este viaje, era que el pasado no puede cambiarse, pero sí puede convertirse en un cimiento sólido para construir sobre él. Y eso mismo iba a hacer.
Golpeé el cristal con la mayor de las fuerzas tratando de romperlo de una vez y liberarlo.
Visto que era imposible usando la fuerza, traté de llamar su atención de todas las formas posibles para que mi niño se acercara a mí.
Pero lo notaba asustado, casi dudando de qué hacer.
Y no le juzgo. Yo hubiera estado igual que él sabiendo todo lo que había sufrido.
Finalmente accedió y se acercó poco a poco al cristal que nos separaba.
Traté de justificarme y pedirle perdón de mil formas distintas.
Pero a pesar de estar casi gritando, veía a mi niño confuso.
Al principio creía que estaba confundido por mi atropellado discurso de disculpa.
Pero nada más lejos de la realidad: a pesar de las grietas, era incapaz de oírme.
Como si el sonido no pudiera traspasar esa barrera física.
Suspiré desesperado y apoyé la mano sobre el cristal.
No sabía cómo hacerlo, cómo conseguir liberarlo.
De nuevo, las lágrimas invadieron mis ojos.
Era inevitable sabiendo lo cerca y a la vez tan lejos que estaba de recuperarlo.
De pronto mi niño se acercó y posó la mano donde la mía.
Fue lo más cercano a tocarle que había conseguido y no pude evitar sonreír inocentemente. Mi niño sonrío de vuelta.
Instintivamente cerré los ojos y dejé que mi voz surgiera de lo más hondo de mi ser, dejando que cada palabra atravesara la esfera como un hilo de luz dorada.
—Lo siento… —susurré primero para mí mismo, y luego con más fuerza—. Me siento…
Y entonces, como si la esfera entendiera, los copos de luz empezaron acelerarse, formando palabras que flotaban a mi alrededor. Mi corazón latía al ritmo de cada frase, y, poco a poco, mi voz y la luz se hicieron una. Lo que antes estaba encerrado empezó a resonar conmigo, mientras pronunciaba:
«Llevo un tiempo escuchándote.
Desde lo profundo de mi ser sigues pidiendo auxilio…
Y fue hace poco cuando llegó a mí tu voz…»
Con cada verso, la esfera temblaba y emanaba cada vez más luz.
Por primera vez, no había distancia entre nosotros.
Gracias a los copos de luz, por fin podía escucharme, comprenderme.
Mis palabras se mezclaban con las suyas, con la luz, con cada lágrima convertida en resplandor, hasta que la esfera volvió a agrietarse.
Temblando y brillando incluso más que antes.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que volvía a conectar con mi esencia. Con aquella que me hacía ser quien soy. Y supe que esto, más que un perdón, era una promesa. La declaración de amor más grande que podía hacerle: