Chapter 59
CAPÍTULO XVI. EL AbrAZO ETERNO
N unca había sentido algo igual. Entrar por aquel portal fue como darme el abrazo más cálido del mundo.
Como si cada mota dorada de su entrada se hubiera adherido a mi piel y me estuviera sanando por dentro.
Fue maravilloso. Definitivamente lo necesitaba después de haber tenido que despedirme de mi padre de nuevo.
Cuando abrí los ojos me enfrenté al más oscuro de los vacíos.
Hubiera creído que flotaba en la nada si no fuera porque sentía el suelo bajo mis pies.
Era muy extraña la sensación que tenía. Ya me había enfrentado a la penumbra antes, pero esta vez era diferente: casi sentía que podía ver a través de ella.
Como si la oscuridad, en realidad, no fuera absoluta.
Como si mis ojos pudieran ver a pesar de no ofrecerme ninguna imagen.
Sin dudar ni un segundo, di un paso al frente.
De nuevo no sabía que había al otro lado, pero algo había cambiado dentro de mí: ya no vivía con miedo.
Volví a dar otro paso más y algo mágico sucedió: el espacio a mi alrededor brilló por un instante.
Fue precioso, casi como el latido dorado del tronco del almendro.
Si la luz provenía de mis pasos, sin duda debía seguir dándolos.
No dejé de caminar en dirección recta, permitiendo que la luz naciera a mi paso, como si cada movimiento encendiera una pequeña llama en la oscuridad.
Por suerte, esa misma luz me permitió guiar mínimamente mis pasos por el estrecho puente que parecía que estaba atravesando.
Esta vez no me fijé en el vacío que había a su alrededor, sino del camino que me estaba ofreciendo. No tenía tiempo para dudar.
Tras cruzarlo, me encontré de lleno con la pared.
Pasé mi mano por ella y esta me respondió iluminando donde tocaba.
Era curioso, pues parecía rugosa y lisa al mismo tiempo; fría, pero cálida; oscura, pero brillante…
Como todo en este viaje, presentaba una dualidad mágica, casi divina.
Miré al suelo, que brillaba tanto como la pared esta vez, como si condujera la luz por mi cuerpo.
Y entonces la vi: una escalera dorada de caracol emergiendo bajo mis pies, invitándome a seguir descendiendo.
A cada paso que daba por la escalera dorada, algo cambiaba a mi alrededor.
Los escalones, que parecían etéreos se iluminaban intensamente a mi paso y con ellos, las paredes, que comenzaron a cubrirse con trazos de luz.
Letras doradas aparecían lentamente, como si alguien, o quizá yo mismo, las escribiera desde el aire.
Al principio eran solo destellos sueltos, palabras sueltas flotando en la penumbra… pero poco a poco, los versos comenzaron a tener sentido, hasta formar un poema entero. Los versos se iluminaban con cada peldaño, vibrando con el mismo ritmo que mi respiración.
Era como si cada palabra surgiera desde mi pecho y quedara grabada en el muro al pasar. Ya no recitaba poemas ajenos, ni versos rescatados del pasado: era mi propia voz la que me guiaba ahora.