Versos para Caronte Chapter 58
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Chapter 58

Cuando terminé de leer, era tanta la luz dorada que emanaba el árbol, que casi consiguió cegarnos. Parecía un faro que iluminaba con la luz de todas las estrellas del universo.

—Desde luego, tete. No puedo estar más orgulloso de cómo escribes —dijo mi padre sonriendo mientras se frotaba los ojos intentando recuperar la vista—. Prométeme que jamás dejarás de hacerlo.

Le sonreí de vuelta, orgulloso y satisfecho. Escuchar esas palabras de mi padre me reconfortaba por dentro y emocionaba a partes iguales.

—Te lo prometo, papá —le contesté aún con la sonrisa en la boca—. Aunque ya te adelanto que serán versos más felices que los que guarda este poemario.

—No espero menos.

Tras un rato, el árbol por fin dejó de emanar tantísima luz y pudimos ver sin forzar la vista.

Aproveché el momento y me preparé para sacar el poemario del tocón.

Sin embargo, fue tan exagerada la fuerza con la que lo hice que salí disparado hacia atrás de nuevo.

Definitivamente el poemario ya no me ofrecía ningún tipo de resistencia, pero eso no lo sabría hasta estar tirado en tierra.

Cuando me incorporé, miré a mi padre y me quedé confuso: estaba absorto contemplando el árbol, con una sonrisa tímida que no lograba ocultar la lágrima que caía por su mejilla.

Seguí su mirada y me quedé helado: justo del hueco donde antes había estado incrustado el poemario, ahora nacía un portal de luz dorada.

—Bueno, creo que nuestros caminos se separan, tete —dijo mi padre, con esa mezcla de serenidad y ternura que siempre le acompañaba.

—Ven conmigo, por favor… —le supliqué mientras las lágrimas me nublaban la vista—. Al menos acompáñame lo que me queda de camino.

—Sabes bien que no puedo —me respondió, acercándose para abrazarme—.

No te haces una idea de lo mucho que me ha costado poder llegar hasta aquí y pasar tiempo contigo.

El resto del viaje tendrás que hacerlo tú solo…

aunque recuerda que, aunque no me veas, siempre estaré contigo. En tus pasos, en tus versos, en tu luz.

Le abracé con todas mis fuerzas. Sabía que era imposible que viniera conmigo, pero necesitaba que aquel gesto quedara grabado en cuerpo y alma.

—Gracias por todo, papá. Te echaré de menos —susurré con la voz entrecortada mientras me acercaba al portal.

—No más que yo a ti, Atlas —me contestó con voz entrecortada—. Que nadie jamás te detenga de crecer tan bonito.

Le sonreí de vuelta y, sin pensármelo dos veces, me lancé al interior del portal. No tenía claro dónde iba a acabar, ni siquiera si era seguro. Pero sí tenía claro que, cada paso que daba, me llevaba más cerca de recuperar mi esencia. Y eso, era lo único que importaba.