Versos para Caronte Chapter 56
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Chapter 56

Para cuando terminé de leerla, mi padre y yo éramos un mar de lágrimas.

Sin embargo, no era tristeza, sino una emoción reconfortante la que nos invadía.

Estábamos ambos en paz. En una paz evidente, de la que se contagia con solo sentirla.

Entre risas nos abrazamos de nuevo, esta vez sin dolor alguno, sin resentimiento. Solo se respiraba cariño en ese abrazo.

—Gracias, papá —le susurré al oído antes de separarme de nuevo del abrazo—.

Créeme que haré todo lo posible por recordarte desde el cariño y no tanto desde la pena o la rabia.

Como te dije en la carta, quiero que ambos seamos libres de tanto dolor.

Y como bien me ha enseñado la vida, tengo mucha responsabilidad en este aspecto.

Solo yo puedo decidir si revolcarme en el sufrimiento o construir a partir de él.

Mi padre me miró orgulloso. Tan orgulloso como miró a mi joven yo al bañarse en calzoncillos y gritar al viento. De nuevo, me había visto crecer de golpe. Y eso, para un padre, es el mayor regalo que se puede tener.

—Ahora tienes que seguir adelante, Atlas.

Mi camino puede que ya haya acabado, pero el tuyo no ha hecho más que empezar —sonrió mientras lo decía—.

Sé que has tenido que tomar decisiones muy duras.

Y por desgracia, más de uno creerá que son propias de un cobarde o un necio.

Sin embargo, no puedo estar más orgulloso de verte volver a nacer.

Sentí un pinchazo intenso en el corazón al escuchar las palabras de mi padre.

Por fin lo entendía todo. Había partido este viaje con la premisa de haber muerto en vida; o al menos, de haberme sentido así.

Y en cierto modo así era, pero realmente no era ese el único motivo: estaba en proceso de nacer una nueva versión de mí.

Creía que este viaje era únicamente un castigo por el maltrato que me había permitido vivir.

Que rememorar aquellas escenas y recuperar sus versiones en verso eran fruto del capricho de un dios vengativo.

Pero nada más lejos de la realidad. Todos y cada uno de los desafíos habían sido la prueba más certera de mi renacer.

Era mi oportunidad de firmar la muerte de mi antiguo yo: ese que aceptó el dolor, el que permitió que le humillaran y maltrataran hasta terminar de apagarlo.

Pero, sobre todo, era mi oportunidad de demostrar que, el nuevo Atlas, estaba preparado para enfrentarse a la vida con una convicción: jamás dejaría de ser fiel a sí mismo.

Tras mi revelación, un temblor sacudió las aguas y, bajo nuestros pies, nació una grieta dorada que fue extendiéndose hasta un montículo que se encontraba a nuestra izquierda.

Sin pensarlo dos veces, mi padre y yo salimos del agua y nos vestimos para investigar lo ocurrido.

No tuvimos que recorrer mucho camino, ya que la grieta justo terminaba en un tocón de árbol que parecía marchito y seco.

La luz dorada iluminaba rítmicamente el interior del tronco como si fuera un corazón latiendo.

Acerqué la mano al tocón y, nada más rozar la corteza de este, un árbol nació de golpe lanzándome por los aires.

Cuando me incorporé, la imagen que tenía delante me maravilló: el tronco antiguo permanecía partido en dos y de él brotaba un árbol enorme florecido por completo.

Por el color rosado de sus flores, lo reconocí de inmediato: era un almendro.

Me incorporé de inmediato y miré a mi padre, que estaba tan sorprendido como yo. Sin embargo, no pudimos evitar reírnos ante tal escena.

—Parece que no voy a ser el único que va a nacer de nuevo —dije entre risas mientras observaba lo precioso que era el almendro.

De pronto, mi poemario salió disparado de mis manos vibrando como nunca lo había hecho antes y se postró en el interior del tocón, justo a los pies del nuevo árbol.

Tras acercarme, vi cómo la luz dorada de la grieta se introducía de lleno en el poemario haciendo que este pasara las páginas como un loco.

No podía creerme lo que estaba pasando. La luz estaba reparando todos y cada uno de mis poemas arrancados. Por fin lo había conseguido, tenía justo lo que Hades me había pedido para rescatar a mi esencia. Mi padre se acercó a mí, pasando un brazo por mi espalda mientras observaba conmigo la escena.

Por suerte, no eran muchos los poemas que quedaban por restaurar. Al fin y al cabo, durante todo mi camino había conseguido recuperar la gran mayoría; pero desde luego, si no hubiera llegado a este punto de inflexión con mi padre, jamás hubiera podido encontrar el resto tan rápido como ahora.

—Vaya, parece que ya ha terminado el momento brujería.

Tenía razón, el poemario por fin había parado de pasar páginas.

Me dirigí hacia él con la intención de sacarlo del tocón, pero me fue imposible.

Por mucha fuerza que hiciera, el libro parecía que se había convertido en parte de él.

Mi padre también lo intentó, pero le fue imposible.

Sin embargo, tuvo más picardía que yo y se fijó detenidamente en él.

—Me da a mí que hasta que no leas lo que te tiene preparado no te va a dejar que lo liberes —me dijo con una sonrisa pícara y tono burlón.

No entendía para nada a lo que se refería, así que me acerqué esta vez sin usar la fuerza. Cuando vi el título del poema donde había parado el libro, entendí perfectamente a lo que se refería mi padre. Sin duda alguna, parecía que ese poema se había escrito justo para ese momento.

Me dispuse frente al poemario, acariciando sus hojas como quien recita ante un atril. Y en cuanto verbalicé el título del poema, el árbol por completo se llenó de luz dorada.