Chapter 48
Levanté la mirada hacia el público, y por primera vez dejaron de jalear al aire.
Reinaba un silencio casi sepulcral, roto apenas por susurros y cuchicheos que surgían de forma intermitente.
Resultaba incomprensible: habían sido capaces de aplaudir la violencia, pero era la verdad lo que ahora les enmudecía.
Como si les resultara más incómodo ver a alguien expresar su dolor que presenciar cómo era agredido públicamente.
—No me lo puedo creer —murmuré casi maldiciendo a mi alrededor.
Me salí del foco que me cegaba, caminando hacia los palcos de aquel escenario que, instantes antes, había sido una arena de combate.
Quería ver sus rostros, poner cara a quienes disfrutaban de mi sufrimiento.
Pero me fue imposible. No porque la luz no alcanzara a mostrar sus facciones, sino porque literalmente no tenían rostro.
Todos parecían la misma persona. Solo sus vestiduras variaban.
En lugar de caras, lucían una superficie lisa y sin rasgos, una especie de máscara de piel que cubría por completo lo que deberían ser sus facciones.
Lo suficientemente opaca como para ocultar cualquier emoción, pero no tanto como para que yo no pudiera intuir los sutiles movimientos de sus no ojos y no bocas cuando se agitaban con incomodidad.
No me intimidó la escena, ya no. Seguí avanzando a pesar del dolor de cuerpo y les lancé una mirada asesina. Quería que tuvieran claro que ya no había vuelta atrás, ya no habría ningún espectáculo más que aplaudir.
—¿Qué? ¿Se os ha atragantado el aplauso? —pregunté con tono ácido mirando hacia todos los palcos—. ¡¿DÓNDE ESTÁN AHORA VUESTROS VÍTORES, EH?!
Seguían mudos y estáticos, casi como si fueran maniquís. Únicamente sabía que seguían ahí por el movimiento de sus respiraciones y porque alguno que otro se atrevía a cuchichear con el de su lado.
—Vosotros reíais. Gozabais con cada tirón, con cada bastonazo, con cada vez que me arrastraba por el suelo como un animal…
Y ahora que hablo, ahora que os muestro lo que hay debajo de esta piel rota…
os calláis. —continué mientras del abismal techo de la estancia empezaban a caer gotas—.
¿Es eso lo que os incomoda? ¿Mi voz? ¿MI VERDAD?
Poco a poco el goteo fue aumentando de intensidad.
Cuanto más hablaba, mayor era la frecuencia.
Casi como si el techo entero se hubiera llenado de goteras.
Yo estaba colérico. Me horrorizaba saber que, si hubiera seguido callado, obedeciendo, si me hubiera dejado hacer…
aquellos que tenía delante habrían seguido disfrutando impasibles ante tal barbarie.
Porque hasta el más necio se daría cuenta que algo fallaba, que yo estaba sufriendo en silencio.
—Sois vosotros los que, con vuestros aplausos, premiabais a quien me ha maltratado. Si el que portaba la correa se sentía con tal impunidad es únicamente por vuestra culpa. —dije al aire mientras señalaba a todos y cada uno de ellos—. Única y exclusivamente VUESTRA CULPA.
No había sido consciente de cuánta agua estaba cayendo mientras incriminaba al público.
Parecía que respondía a mi voz pues, cuanto más me liberaba, mayor era el agua que caía.
Miré hacia el suelo, viendo los charcos que se estaban formando.
Y pude ver cómo del reflejo de estos, algo parecido a un destello dorado aparecía tímido en el fondo.
¿Sería este otro de mis escritos? Si era así debía recuperarlo, aunque tuviera que ahogarme con tal de conseguirlo.
—Si solo uno de vosotros le hubierais plantado cara no me hubiera sentido tan solo. Tan vulnerable —dije prácticamente sollozando—. Al menos, así, no me hubiera sentido merecedor de tanto sufrimiento.
Rompí a llorar de impotencia. Verdaderamente me había sentido abandonado en un vórtice de dolor del que no era capaz de salir solo.
O eso creía. Porque a la hora de la verdad, el único que tenía la capacidad de sacarme de ese infierno…
era yo. Y si lo conseguía, tenía muy claro algo: se acabó fingir.
Se acabó disimular el dolor para que los demás se sintieran cómodos.
Estaba claro que el resto tenía ojos y sabía lo que estaban viendo, pero también reconozco que yo tampoco fui capaz de pedir auxilio…
Las goteras cada vez fueron creciendo más y más de tamaño, llegando a crear una tormenta de interior.
Estaba todo inundándose poco a poco y aun así el público seguía sentado, observando, en silencio.
No era capaz de reaccionar a mi realidad emocional.
Los miré a todos y cada uno de nuevo, mientras mis lágrimas caían en libertad, sin vergüenza, casi mostrándoles de forma desafiante mi vulnerabilidad emocional.
Quería que vieran que estaba destrozado y no pasaba nada por mostrarlo.
Que, si les molestaba la escena, solo podía significar que quienes estaban realmente rotos eran ellos.
Mis lágrimas fueron cogiendo un tono dorado brillante, aunque no me di cuenta hasta que bajé la vista de nuevo al reflejo del agua.
De hecho, ahora tintaban a su paso, casi dejando un reguero dorado que traspasaba una profundidad mucho mayor a la del suelo.
Como si el reflejo realmente me mostrara una dimensión paralela.
Me agaché con determinación y alargué la mano al destello dorado, que ahora brillaba con más fuerza al juntarse a él mis lágrimas doradas.
Efectivamente debía ser otra dimensión, pues no sentía mi mano húmeda al meterla.
De hecho, era todo lo contrario, una sensación cálida abrazaba mi mano a su paso.
Jugueteé unos segundos dentro del reflejo, casi olvidándome por completo de todo lo que había vivido hacía unos segundos.
Hasta que lo noté: mi mano acarició un objeto todavía más cálido que el propio brillo.
Cogí el destello con delicadeza y, al sacarla del charco, una página dorada se formó delante de mí.
Miré orgulloso sabiendo exactamente qué poema era y decidido a mostrarlo al mundo.
Por primera vez, tenía claro que se había acabado mostrar una máscara perfecta que oculta dolor y sufrimiento.
Iba a romper el escaparate por y para siempre.
—Damas y caballeros, no espero que os guste mi siguiente obra.
De hecho, espero que la sufráis tanto como yo al escribirla.
—dije mientras regresaba cojeando al centro del escenario mientras empujaba el agua a mi paso—.
Por todos aquellos que callamos por miedo a contagiar nuestro dolor, aun sabiendo que haciéndolo solo crecía más el propio. Os presento, La caída de la careta.