Versos para Caronte Chapter 40
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Chapter 40

—¡BASTA! —gritó Lady Sire, colérica—. Me estás cansando, maldito desgraciado.

—¿Qué pasa? ¿Te duele ver cómo fui encontrando poco a poco mi libertad? ¿Cómo me fui empoderando y librando de sus cadenas? ¿Es eso? —respondí, altivo y con acidez en mis palabras—. Lo que tú llamas amor tiene otro nombre: maltrato psicológico.

Lady Sire se giró enfadada, su rostro totalmente descompuesto, como si le hubiera metido el dedo en la llaga.

Vino hacia mí con paso firme, como si literalmente fuera a asesinarme, pero se detuvo en seco al llegar frente a mí y sonrió.

Sinceramente, prefería verla colérica a tener que soportar esa sonrisa envenenada.

Sabía que lo que venía a continuación no sería nada bueno.

—Con que soy una maltratadora, ¿no? —dijo con un tono dulce que me erizó la piel—.

Bueno, pues me va a tocar actuar como tal.

Voy a sacarte hasta el último pedazo de tu alma hasta que me pidas clemencia.

Que disfrutes del espectáculo. Vas a vivir el mayor castigo que la diosa Eris ha lanzado a nadie.

Vas a revivir la discordia en su mayor esplendor.

Me quedé atónito a la revelación que se había producido, aunque me daba rabia no haber sido consciente antes con lo evidente que podía llegar a ser.

Era como si continuamente me hubiera dado pistas de su verdadera naturaleza: el manzano dorado y su broma respecto a crear guerras por él, su continua necesidad de generar daño y disfrutar del mal ajeno, su obsesión con el amor tóxico…

Me había dado la respuesta incluso antes de dejarme atrapar.

Traté de responderle, pero me dejó sin palabras la escena.

Eris comenzó a bailar, agitando los brazos como hacía cuando removía las llamas, pero esta vez lo hacía frente a mí.

De pronto, sentí un fuego crecer en mi interior, muchísimo más intenso que el anterior.

Comencé a gritar de dolor. Era como si hubiera tragado un bidón de gasolina y alguien le hubiera prendido fuego.

Sentía un infierno ardiendo dentro de mí.

Entre gritos y lágrimas, pedí que parara ese calvario.

Fue entonces cuando una ascua gigantesca salió de mi boca, como si me hubieran arrancado el mismísimo corazón y ahora flotara por la estancia en forma de llama.

Eris la acompañó, con pasos ligeros, hasta el incendio del fondo.

Mientras tanto, yo intentaba recomponerme del tormento que acababa de sufrir.

Cuando el ascua llegó por fin, el incendio se avivó de una forma impensable. Las llamas bailaban con furia cubriéndonos por completo, y estas, por primera vez, producían calor. El espectáculo fue tan abrumador que incluso Eris se sorprendió por el resultado.

—Vaya, vaya… parece que me estabas escondiendo el premio gordo, jovencito —dijo Eris, mirando con entusiasmo el brillo del incendio—. Veamos qué tenemos aquí.

Las llamas empezaron a danzar, formando figuras sinuosas que se volvían cada vez más claras.

Yo seguía arrodillado, intentando recobrar el aliento, sin ser consciente aún de lo que estaba tomando forma frente a mí.

Al levantar la mirada, vi claramente la imagen de un niño pequeño, sentado en un rincón, abrazándose las rodillas mientras sollozaba desconsoladamente.

Eris se giró hacia mí, imitando falsos pucheros en un intento de burlarse.

—Ohhh, pero qué cosita… —su voz se tornó infantil, como quien habla a un cachorro—. ¿Quién rompió el corazón del mini bardo? ¿Su peluche favorito?

Eris estalló en carcajadas, como si hubiera contado el mejor chiste del universo.

Mientras tanto, una lágrima rodó por mi mejilla al ver la escena.

¿Ese era yo de pequeño? ¿Por qué el mayor dolor que he sentido por amor lo habría podido sufrir él?

Entonces, mi voz volvió a resonar en la habitación, recitando un poema.

Solo con escuchar el título, sentí cómo cada pelo de mi cuerpo se erizaba.