Versos para Caronte Chapter 32
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Chapter 32

CAPÍTULO XII. LOS JARDINES DE LA DISCORDIA

N o era difícil entender que no tenía muchas opciones más que seguirla, así que la acompañé.

Salimos a la parte trasera del palacio, donde un inmenso jardín se extendía por el terreno.

Me golpeó de nuevo el fuerte olor a rosas, y entonces comprendí la razón: en toda la extensión del jardín, no había más que rosales de rosas blancas, alineados con una inquietante perfección.

No entendía su obsesión con estas flores, pero el dulzor en el aire ya comenzaba a empalagarme.

Seguimos caminando, esquivando los rosales que invadían el camino de azulejos dorados, como si la naturaleza misma también estuviera atrapada bajo el control de Lady Sire.

Finalmente, ella se sentó con elegancia en un banco bajo la sombra del único árbol en todo el jardín: un imponente manzano.

Me fijé en los frutos que colgaban de sus ramas y me quedé boquiabierto.

Las manzanas tenían un brillo dorado intenso, casi irreal.

Lady Sire levantó la vista y sonrió, como si supiera exactamente lo que estaba pensando.

—¿Te gustan? Más de uno que conozco sería capaz de iniciar una guerra por una sola de ellas, incluso los mismísimos dioses —su mirada reflejaba orgullo, con su sonrisa pérfida intensificándose mientras arrancaba una rosa del rosal a su derecha—. ¿Sabes por qué me gustan tanto las rosas, pequeño?

Le negué con la cabeza. Suponía que era por el olor, pero después de sus últimas palabras, me negué a contestar, temiendo que me volviera a ridiculizar.

—Lo imaginaba —continuó, esbozando una mueca de soberbia y superioridad—. Verás, las rosas, al igual que el amor, tienen una apariencia preciosa, elegante, atrayente incluso. Pero nada más lejos de la realidad.

El tono de Lady Sire se tornó misterioso, como si estuviera disfrutando de cada segundo de su discurso. De pronto, tras oler la rosa y mirarme con una sonrisa maliciosa, arrancó el capullo y continuó.

—De hecho, basta con quitar la parte que todos idealizan para descubrir la verdad —comentó mientras acariciaba cada espina del tallo—. Incluso el amor más maravilloso y precioso, como las rosas, es siempre peligroso y doloroso.

—No te voy a negar que he sufrido por amor, pero te aseguro que el amor verdadero existe. Ahora lo sé… —respondí sin vacilar, sosteniendo su mirada desafiante.

—¿Y qué pasó con esos otros amores? Esos que te rompieron. —su voz se volvió cantarina mientras se levantaba y empezaba a pasearse a mi alrededor—. Debe haber algún dolor ahí, algo que puedas compartir, algo más… real.

Lady Sire se detuvo justo frente a mí, sus ojos brillando con malicia, como si disfrutara escarbando en mis cicatrices. Sabía que había atravesado amores fallidos, que conocía ese dolor punzante que deja una traición o una pérdida. Estaba ansiosa por oírlo de mis labios.

—Vamos, Atlas, dime… ¿cómo te sentiste cuando tu corazón se rompió por primera vez?

—dijo con voz melosa, pero sus palabras eran como veneno filtrándose lentamente—.

No necesitas mentirme. Sé que lo recuerdas.

Al final, es ese tipo de dolor el que realmente inspira.

El verdadero arte nace de la tragedia, no de los cuentos de hadas.

Claro que lo recordaba. De hecho, ese dolor se había convertido en mi musa durante mucho tiempo. Pero, como tantos otros poemas, aquellos escritos sobre mi sufrimiento fueron los primeros que arranqué y arrojé al fuego.

—Lo siento, Lady Sire, pero para su desgracia, esos poemas terminaron siendo cenizas. Literalmente —respondí con un tono de falsa decepción.

—Ese dolor jamás se olvida, pequeño —dijo Sire mientras tocaba mi nariz con su dedo índice—.

De hecho, con el amor pasa como con las almendras: a veces te tocan dulces y suaves, y otras veces resultan amargas y ásperas.

Pero, por desgracia, no importa cuántas dulces pruebes antes o después. La amarga es siempre la que marca.

Sus palabras resonaron en mi mente como una campana distante, lenta y pesada.

La comparación del amor con las almendras era absurda, pero la manera en que lo decía, con ese tono dulce y venenoso, hacía que todo pareciera una verdad irrefutable.

Sentí un nudo formarse en mi garganta, pero me forcé a no mostrar ninguna señal de debilidad. No iba a darle ese placer.

—El amor verdadero también sana, Lady Sire —contesté finalmente, esforzándome por mantener la voz firme—. Puede que haya conocido el dolor, pero eso no significa que me defina. Y desde luego no significa que vaya a rendirme ante su versión amarga de la realidad.

Ella sonrió, un gesto que parecía casi compasivo, pero sus ojos seguían siendo crueles, llenos de una oscura satisfacción.

—Oh, pequeño bardo —susurró, acercándose más—. No te preocupes, aún eres joven. Ya aprenderás. Siempre lo hacen. Y cuando llegue ese momento, cuando el amor que tanto defiendes te falle de nuevo, recordarás mis palabras. Al final, todos caemos en la trampa del corazón.

Sentí su aliento cálido, dulce como las rosas que llenaban el aire.

Estaba demasiado cerca, y el eco de sus palabras empezó a calar más profundo de lo que quería admitir.

Traté de retroceder, pero me encontré paralizado, como si sus palabras hubieran formado cadenas invisibles que me mantenían en mi lugar.

—Sufrir es parte del juego, querido. Y tú, tan joven y lleno de esperanzas…

tienes mucho por lo que sufrir aún. ¿No lo sientes?

El miedo a perderlo todo, a ser traicionado…

—susurró, sus palabras envolviéndome como un hechizo—.

Háblame de esa persona que te lo arrebató todo.

Esa que te hizo sentir la dura realidad del corazón.

Lady Sire apoyó su mano en mi pecho, en la región del corazón.

De pronto, un calor incendiario brotó de mi interior, sentí como si algo dentro de mí se hubiera prendido fuego.

Ardía, quemaba demasiado. Quise gritar y pedirle que parara, pero no fui capaz de pronunciar ni una palabra.

Ella, impasible, continuaba con la mano postrada, como si esperara algo en concreto.

De pronto, noté cómo los rosales a mi espalda comenzaron a envolverme, trepando lentamente hasta rodear todo mi cuerpo.

—No te preocupes, chiquitín. Te aseguro que te dolerá menos que el desamor —me dijo con voz dulce, casi compasiva—. Déjame entrar. Deja que sea tu corazón el que me muestre sus cicatrices.

Los rosales finalmente me cubrieron por completo, clavando sus espinas sin piedad en mi piel.

Me envolvieron, apretando, hasta que no pude ver ni sentir nada más que la oscuridad y el dolor penetrante.

Intenté zafarme, pero cuanto más me movía, más dolor sentía.

Era imposible escapar de este castigo. Por si el sufrimiento no fuera suficiente, la voz de Lady Sire seguía resonando, implacable, como si intentara infiltrarse en los rincones más recónditos de mi mente.

—De acuerdo, Atlas. Háblame de ese amor, aquel que te dañó tanto —su voz transmitió una calidez horripilante—. Deja de resistirte tanto…

—Déjame en paz, Sire. No pienso caer en tus juegos —respondí, soportando el dolor de las espinas.

—¿Caer? —rio con una soberbia desmedida—. Querido bardo, desde que pisaste mi palacio ya habías entrado de lleno en ellos… Abre los ojos, hazme el favor.

Supuse que «abrir los ojos» era solo una expresión, hasta que Lady Sire se acercó y, literalmente, me los abrió a la fuerza.

En lugar de encontrarme cara a cara con los rosales que sentía apretando mi rostro, me hallaba en un espacio oscuro, en la mismísima nada.

Solo podía ver a Lady Sire en todo su esplendor, mostrando la realidad que me ofreció en su momento el reflejo del charco de vino.

Era la más pura representación de una arpía: su vestido se había vuelto negro como la noche, a juego con las enormes alas que nacían de su espalda.

Su cara seguía mostrando un rostro hermoso de mujer, pero había algo en su expresión que me aterraba todavía más que haberla visto matar a uno de sus siervos.

Noté que disfrutaba de mi incertidumbre, como si este vacío fuera parte de su propio juego macabro.

—¿Dónde estamos? ¿¡Quién eres realmente?! —pregunté desafiante—. ¡Libérame ahora mismo!

—¿Y perderme todo este entretenimiento? No te lo crees ni tú —contestó Lady Sire, esbozando una sonrisa maliciosa—. Bienvenido a tu corazoncito, pequeño bardo. No saldremos de aquí hasta que me recites hasta la última de tus tragedias.

Con desprecio, Lady Sire lanzó mi poemario a mis pies, como si despreciara todo lo que tuviera que ver conmigo. Era irónico sentir tanto desdén de alguien que, al mismo tiempo, parecía obsesionada con manipularme a su antojo. Su contradicción era desconcertante.

—Ya te dije que los poemas de desamor los arranqué. Se siente. —respondí con falsa modestia, sacudiendo el polvo del poemario—. Si quieres, puedo leerte un cuento, mi lady. Aunque pensándolo bien... no leo a desconocidos y aún no me has dicho quién eres.

—Ríete cuanto quieras, pero más me reiré yo cuando te ahogues en tu propio lamento —replicó Lady Sire con seriedad obviando de nuevo la pregunta—. Podrás haber arrancado todas las páginas que quieras, bardo inútil. Pero el corazón no olvida, y por eso estamos aquí.

Se notaba que, a pesar de esquivar continuamente la pregunta de su nombre, estaba deseando decirlo.

Como si vomitara de orgullo de saber ella misma quién es.

Sin embargo, era notable que prefería hacerme sufrir ignorándome y dejándome la duda.

Se acercó lentamente, con el sigilo de una serpiente acechando a su presa.

Sonreía con una seguridad aplastante. Tenía el control, y yo sabía que mis opciones eran limitadas.

Pero, por supuesto, no iba a rendirme sin luchar.

—¿Y bien, por dónde empezamos? —dijo frotándose las manos frente a mí—. Ya sé… empezaremos por lo más reciente. Háblame del último amor que te destrozó, ese que rompió tus sentimientos en pedazos.

—Pierdes el tiempo conmigo, arpía —contesté, abrazando mi poemario con firmeza—. No te voy a contar nada. Así que ve olvidándote de resarcirte con mi dolor.

—¿De verdad? Jo… qué lástima —dijo fingiendo pucheros antes de soltar una carcajada mientras se situaba a mis espaldas—. Bueno, tendré que usar otro de mis truquitos. ¿Estas listo, pequeñín?

De repente, noté cómo se acercó todavía más a mi y sentí un beso en la mejilla.

Me quedé petrificado por el pánico. Recordé al instante cómo uno de sus sirvientes había muerto después de recibir el mismo gesto.

Un ardor insoportable empezó a extenderse por mi mejilla, como si mis venas se inflamaran al contacto.

El dolor era atroz, inaguantable. ¿Por qué iba a matarme si lo que quería era información?

El fuego ardiente descendió hasta mi pecho, envolviendo mi corazón en llamas.

Grité de dolor, incapaz de soportarlo. Entonces, una pequeña ascua de fuego salió de mi boca y flotó en el aire, iluminando tenuemente la habitación hasta perderse en el fondo de la nada.

Lady Sire sonrió, orgullosa, como si hubiera logrado lo que se proponía, mientras yo, sin entender nada, trataba de recuperarme del tormento insoportable que acababa de sufrir.

Justo en el lugar donde cayó la ascua, una pequeña llama prendió y comenzó a crecer lentamente al principio, hasta convertirse en un incendio descontrolado.

Parecía que una hoguera gigantesca se hubiera encendido en el centro de la oscuridad.

El rostro de Lady Sire se iluminó, sorprendida y fascinada a la vez.

Comenzó a dar saltos de alegría y a girar, bailando como una niña, mientras el fuego se extendía impasible a nuestro alrededor. Creando casi una cárcel de llamas.

—¿No te parece precioso? —exclamó con entusiasmo desbordante—. Tanto dolor, tanta rabia y lamento… ¿cómo has podido disimular todo esto?

Su voz estaba cargada de una extraña mezcla de admiración y perversión.

Como si estuviera orgullosa de aquel espectáculo que estaba vislumbrando.

El fuego seguía creciendo, envolviendo el entorno en llamas que, sin embargo, no me quemaban.

Sentí como si mi alma estuviera expuesta, como si cada herida, cada cicatriz invisible que había enterrado durante años ahora ardiera ante sus ojos.

—¿Qu-qué demonios es esto? —dije mientras tosía tratando de recuperarme todavía de la tortura sufrida antes.

—Esto, pequeño mío, es el espejo de tu corazón. Hogar de tus más oscuros tormentos —dijo Lady Sire completamente emocionada por el hito que había conseguido—. Ya te dije que no ibas a poder escapar de ti mismo, pequeño bardo. Nadie puede hacerlo.

—Eres una desgra- —traté de replicarle con rabia, pero algo en el fuego captó de lleno mi atención.

Del centro del incendio, las llamas empezaron a retorcerse y a tomar forma.

Primero vagos contornos, figuras borrosas que poco a poco se definieron hasta convertirse en escenas claras, como si el fuego hubiera dado vida a mis recuerdos más oscuros.

Frente a mis ojos, comenzaron a proyectarse momentos que creía enterrados, cada uno de ellos envolviendo la habitación en su propio resplandor abrasador.

Fue entonces cuando me vi a mí mismo sentado frente a un escritorio secándome las lágrimas.

Mi corazón se detuvo al reconocer el momento exacto que estábamos viendo.

El fuego proyectaba la escena como si fuera real, y justo cuando quise gritar para detenerlo, escuché una voz.

Mi propia voz. Era un poema, uno de los que había arrancado y destruido.

Las palabras fluían desde las llamas, casi como si el fuego las cantara: