Versos para Caronte Chapter 14
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Chapter 14

Tras leerlo, la luz tenue del poemario se fue desvaneciendo mientras una sensación cálida se introducía en mis manos.

Era como si hubiera absorbido aquel brillo tras leer el poema.

Volví a ver a Caronte con los ojos cerrados disfrutando de los últimos ecos que había dejado el poema.

Me miró directamente a los ojos y comenzó a hablar.

—¿Ves, Atlas? Guardas mucha sabiduría en tus versos. Pero tengo una duda… —dijo mientras volvía a girarse para asegurar la trayectoria de la barca.

—Claro, dime —le contesté intrigado.

—¿Por qué abrazaría el mar a aquello que frena su paso y enturbia sus aguas?

Me quedé callado mirando el poema como si quisiera encontrar la respuesta dentro de mis propios versos.

Nunca me había planteado el cambio de tono dentro del mismo poema.

Había pasado de una historia que encarnaba lo que parecía un enfrentamiento a otra que traía intimidad en sus palabras.

Como muchos otros, este había nacido de dejarme llevar y escribir sin planificar mis palabras, por lo que muchas veces, como ahora, me veía sorprendido con el resultado.

—No lo sé, Caronte…

—Claro que lo sabes, Atlas —me contestó con cariño—. Te voy a replantear la pregunta. ¿Crees que el mar desea tanta lucha o prefiere abrazarlo al caer la noche?

—El mar desearía que fuera de noche siempre para dejar definitivamente tanta lucha.

Caronte volvió a sonreír, como si deseara que diera justo con esa respuesta. Yo, en cambio, me quedé con una sensación amarga en mi interior.

—Ahora entiendo tanta insistencia de tu poemario en sacar este poema a la luz —Caronte me miró fijamente—.

Veo que tienes clara la naturaleza del agua y la fuerza que puede llegar a tener, pero, aun así, en tus versos se aferra en luchar contra su naturaleza.

Eso tiene sus riesgos, chico. Perder nuestra esencia es sinónimo de perdernos a nosotros mismos.

Esa última reflexión se clavó en mi corazón como si hubiera sido una daga. ¿Acaso yo era como el mar de mi propio poema? ¿Estaba luchando en contra de mi esencia? Mis ojos volvieron a llenarse de lágrimas que cayeron directamente en el poema. ¿Por qué me dolía tanto?

Caronte, viendo mi estado, recogió el remo para que no acabara en el agua y se acercó para tender su mano sobre mi hombro.

Ese gesto cálido consiguió que por fin rompiera a llorar.

Intenté tapar mis ojos por vergüenza, como si pudiera ocultar las lágrimas.

Pero Caronte se adelantó y frenó mis manos.

—No pasa nada por llorar, pequeño Atlas —dijo con ternura—. Guardas tanto que ni tú mismo te permites procesarlo. Estas lágrimas solo me demuestran lo ajeno que has vivido a tu propia realidad.

Me mantuve cabizbajo para que mis lágrimas no fueran tan evidentes. ¿Tendría razón Caronte? ¿Había vivido metido en una burbuja tan grande como para escribir sin darme cuenta de lo que salía de mi interior? De pronto Caronte soltó una risa tímida.

—Desde luego, chico. Haces justicia a su nombre —comentó al aire mientras negaba al aire con la cabeza.

—¿Por qué lo dices?

—¿Acaso no sabes quién fue el titán Atlas? —me respondió sorprendido—. Fue uno de los comandantes de los ejércitos de su tío Cronos durante la Titanomaquia. Tras su derrota, Zeus lo condenó a cargar eternamente la bóveda celeste sobre sus hombros.

Claro que sabía quién era Atlas. Pero no entendía qué relación podía tener ese monstruo conmigo. Desde luego, la mente de Caronte me sobrepasaba a veces. Tanto, que hasta él mismo se dio cuenta por la expresión de mi cara.

—¿No lo entiendes? —dijo Caronte mientras reía—. La lealtad de Atlas hacia su tío le llevó a perder completamente su libertad. Llegando incluso a soportar el peso de un mundo que no le pertenece.

Enmudecí. Tras esa apariencia desaliñada, Caronte guardaba un mundo interior increíblemente profundo. Era increíble la facilidad que tenía de soltar reflexiones que dolían como puñales. Y esta no iba a ser menos.

—Supongo que tienes razón —le contesté mientras miraba el agua del río, viendo mi reflejo en las ondas.

—Deja que sea yo quien ahora te recite algo —dijo Caronte con una sonrisa—.

Es una historia de amor imposible, de una lealtad casi venenosa; una que consume hasta la esencia del amante mientras intenta alcanzar su musa.

Una historia que llegó a escucharse hasta en los ecos del viento. Se llama Balada del lobo y la luna .

Caronte se aproximó al otro extremo de la barca y volvió a meter el remo en el agua. Tosió y se aclaró la voz carraspeando y empezó a recitar.