Capítulo 15
DAMIAN
Avancé por el corredor tenuemente iluminado hacia el estudio de mi padre, mientras un gélido presentimiento se enroscaba en mis entrañas.
Algo andaba peligrosamente mal, y todos mis instintos gritaban que la urgente convocatoria de mi padre sería la chispa que lo incendiaría todo.
Las conocidas sombras de la mansión parecían acecharme mientras los primeros indicios del amanecer se filtraban por los altos ventanales.
Había dejado a Camille con un beso y una mentira, pero los fantasmas de las últimas horas se negaban a permanecer enterrados.
Mi mente volvió de golpe a anteanoche. El informe de la prueba de paternidad de respaldo, el que había mantenido oculto como garantía, había desaparecido de mi suite.
Había puesto la habitación patas arriba en un frenesí, con el corazón latiéndome con la misma intensidad desesperada que ahora. Había salido disparado tras mi madre.
Afuera del ala familiar, una sirvienta salió del apartamento con una bandeja de té de plata. Hizo una elegante reverencia ante mi madre y luego se alejó deprisa.
Me detuve en seco unos pasos detrás de ella, con la mirada fija en el bolso que llevaba colgado del hombro: el mismo que cargaba cuando salió de mi suite.
—Madre. —La palabra salió más cortante de lo que pretendía—. ¿Qué tomaste de mi habitación?
Lydia se volvió y arqueó una ceja perfectamente delineada con lo que parecía auténtica sorpresa.
—Damian, ya te lo expliqué. Buscaba el reloj de bolsillo que te regalé hace años. ¿Por qué demonios pensarías que me llevé algo?
Me acerqué, apretando la mandíbula.
—Estás mintiendo. Sé que lo haces.
Ella se irguió, viva imagen de la dignidad maternal herida.
—¿Robar? ¿A mi propio hijo? ¿De verdad me estás acusando de eso? —Su voz se suavizó, teñida de decepción—. ¿Después de todo, Damian?
Me negué a flaquear.
—Muéstrame lo que llevas en el bolso. Demuéstralo.
Lydia vaciló el tiempo justo para que mis sospechas se dispararan. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre la correa antes de extenderme el bolso con un suspiro.
—Si eso te deja tranquilo...
Se lo arrebaté y revolví su contenido con los dedos temblorosos. Una cartera, un pequeño frasco de perfume, un espejo compacto. Ningún informe de ADN. Nada.
La ausencia me golpeó físicamente. Durante un latido, la duda se estrelló contra mí. ¿Me había equivocado? ¿Había acusado a mi propia madre en medio de un arrebato paranoico?
Lydia recuperó el bolso, con la decepción ensombreciéndole el rostro.
—Me heriste profundamente, Damian. Que mi propio hijo pueda desconfiar tanto de mí... Necesito estar sola. No vengas a buscarme ahora.
Dio media vuelta y se alejó.
Me quedé solo en el corredor, con la culpa asentándose como un peso en mi pecho.
Había registrado a mi propia madre como si fuera una criminal.
El informe seguía desaparecido. No tenía pruebas de que ella se lo hubiera llevado, solo el momento en que ocurrió, su visita a mi suite y mis crecientes sospechas.
O lo había escondido antes de que yo la alcanzara, o alguien más se lo había llevado.
Cualquiera de las dos posibilidades ponía a Camille y a David en la mira.
Mis pensamientos regresaron a aquella mañana en el jardín, cuando le mostré a Camille los resultados de ADN por primera vez. Mi madre había salido de detrás del seto en el peor momento posible. Camille se había marchado sin decir una palabra.
Después, Lydia simplemente se había vuelto hacia mí y me había preguntado si todo estaba bien, con voz serena y preocupada, casi maternal. La forma en que me miró... me hizo preguntarme si de verdad había oído lo suficiente para comprender lo que ocurría. Por un momento, casi le creí.
Aun así, la incertidumbre persistía. Todavía no podía arriesgarme a contarle a Camille sobre la desaparición del informe.
Sin pruebas, solo la abrumaría con miedo y la obligaría a mirar constantemente por encima del hombro antes de que yo supiera siquiera si existía un peligro real.
Hasta obtener respuestas, cargaría yo solo con ese peso.
Llevaría a cabo mi propia investigación y mantendría a ambos a salvo.
Ya le había fallado una vez. No volvería a fallarles.
El pensamiento se hizo añicos cuando empujé las pesadas puertas del estudio y el presente volvió a enfocarse de golpe. Mis padres no me esperaban. Marcus estaba solo, con el rostro ensombrecido por la urgencia.
—Heredero Alfa —dijo en voz baja—. Gracias a Dios que vino rápido. Tiene que escuchar esto.
Me detuve en seco, sintiendo el frío del mármol filtrarse a través de mis zapatos.
—¿Qué está pasando, Marcus? ¿Dónde están mis padres?
—No están aquí —respondió—. Perdone el engaño. Si le hubiera dicho que era yo quien lo llamaba, no estaba seguro de que viniera de inmediato. No había tiempo.
Se acercó.
—Mientras investigaba el inesperado regreso de sus padres de la cumbre, escuché rumores de mis contactos en territorio de Silverfang.
Dicen que los Blackthorns ya identificaron a Lena como Camille...
y que el niño es suyo. También afirman que sus padres se preparan para solucionar el problema discretamente.
Las palabras me dejaron sin aire. Durante un segundo, no pude respirar.
Di un paso vacilante hacia atrás mientras mi promesa de mantenerla a salvo resonaba en mi mente como una burla.
Lo había jurado. Siete años atrás le había fallado al permitir que las maquinaciones de mi padre nos separaran.
¿Y ahora? Había vuelto a ser imprudente.
Descuidado con la única prueba que debía haber protegido por encima de todo.
Había permitido que cayera en las manos equivocadas.
Me pasé los dedos por el cabello y tiré con fuerza de las raíces, como si aquel dolor agudo pudiera castigarme por mi imprudencia. Luego me obligué a pensar. Silverfang tenía motivos de sobra para esparcir veneno. Aun así, la posibilidad me heló la sangre. ¿Cuántas veces iba a fallarle?
Obligué a mi voz a mantenerse firme.
—¿Qué tan confiable es la fuente?
—No es confiable —admitió Marcus—. Es territorio rival. Se alimentan de la difamación. Pero los detalles eran tan específicos que no pude ignorarlos. Pensé que usted tenía que saberlo de inmediato.
Marcus me observó con cautela, pero no dijo nada, concediéndome el momento que tanto necesitaba para reprimir el pánico.
—¿Por qué sospecharían siquiera algo así?
Marcus habló con cuidado.
—Puede que esto sea culpa mía. Debí tener más cuidado con la información que transmití. Lamento haberle fallado, Heredero Alfa.
Lo interrumpí con brusquedad.
—No. Es culpa mía. —La confesión me supo a bilis—. Mi madre revisó mis cosas. El informe de ADN de respaldo que me diste desapareció. No puedo demostrarlo, pero sospecho que ella se lo llevó. Fui descuidado.
La expresión de Marcus se tensó, pero no insistió.
Se suponía que no regresarían hasta ayer por la mañana.
Lo que fuera que los había hecho volver antes de esa ceremonia...
¿podía estar relacionado? ¿O estaba permitiendo que lo que Marcus había oído en territorio de Silverfang envenenara mi juicio?
No tenía pruebas sólidas de que mis padres supieran la verdad, solo el informe desaparecido, la sospechosa oportunidad de la visita de mi madre y ahora aquel rumor sin verificar.
A pesar del escalofrío de la sospecha, no podía estar seguro. Y esa incertidumbre era precisamente la razón por la que debía ponerlos a prueba con cuidado.
Me temblaron las manos cuando los fragmentos de mi juventud inundaron mi mente.
Tenía diecinueve años, ebrio de libertad y furia, esa clase de rabia que nacía tras años de ser moldeado para convertirme en el heredero perfecto.
Aquella noche, el club vibraba al ritmo de los bajos y las luces de neón.
Sidney había estado allí: fogosa, hermosa, la chica que me hacía sentir vivo fuera de la sombra de mi padre.
Discutimos por una estupidez: mis celos porque otro tipo la había mirado.
Perdí el control y la empujé con demasiada fuerza durante la discusión en la terraza de la azotea.
Ella trastabilló y trató de aferrarse a la baranda, que ya no estaba allí porque una tormenta la había dañado a principios de esa semana.
La caída... Dios, el sonido de su cuerpo al golpear el pavimento todavía atormentaba mis pesadillas.
Apenas sobrevivió. Pasó meses en coma. Los médicos dijeron que era un milagro que despertara.
La policía invadió el lugar. Las preguntas llovieron.
Pero Victor intervino como solo él podía hacerlo: una llamada tras otra, un favor cobrado tras otro, hasta que las pruebas se «extraviaron» y dejaron de hacer preguntas.
Lydia se sentó junto a mi cama aquella noche, acariciándome el cabello como si todavía fuera un niño, y susurró: —La familia protege a los suyos, cariño.
Cueste lo que cueste. Nosotros no nos quebramos.
Me habían salvado. Me habían protegido de la ruina cuando mi violencia impulsiva debió destruir mi futuro. Su lealtad había forjado al hombre en el que me convertí: obediente, agradecido y ferozmente protector de quienes me habían protegido. Hasta ahora.
El estudio volvió a enfocarse. Marcus seguía observándome con atención.
—¿Cuáles son sus órdenes, señor?
—Organiza una vigilancia encubierta sobre mis padres. Sé discreto. Quiero saber con quién se reúnen, de qué hablan y si ese informe de ADN vuelve a aparecer. Prioriza la seguridad de David por encima de todo, pero que nadie lo note. La de Camille también.
Apreté la mandíbula.
—Voy a hablar con ellos.
Los hombros de Marcus se tensaron.
—Heredero Alfa...
—No para enfrentarlos. —Sostuve su mirada—. Todavía no. Necesito ponerlos a prueba. Si de verdad lo saben, tarde o temprano mostrarán sus cartas. Si los rumores son solo basura de Silverfang, no me arriesgaré a exponer a Camille poniendo sobre aviso a mis padres.
Marcus asintió.
—Entendido.