Capítulo 12
DAMIAN
Apreté los puños a los costados, paralizado bajo el viejo roble, mientras la pregunta de Camille todavía resonaba en mis oídos como un disparo. ¿A quién vas a elegir, Damian? ¿A tus padres… o a mí y a nuestro hijo?
Las palabras se me atascaron en la garganta.
La luz del final de la tarde se filtraba entre las hojas sobre nosotros y proyectaba sombras cambiantes sobre su rostro.
Abrí la boca, pero no salió nada. Algo en lo más profundo de mí tiraba con fuerza hacia ella, exigiéndome que acortara la distancia, mientras el peso de treinta años de lealtad y expectativas me mantenía clavado en el lugar.
No solo me pedía que eligiera un bando. Me pedía que mirara los cimientos de toda mi vida y admitiera que quizá estaban construidos sobre mentiras.
La creencia de que mis padres me habían protegido de la ruina, de quienes solo querían nuestro poder y nuestro apellido, de errores que podrían haber destruido el imperio que mi padre había dedicado su vida a construir.
Los había amado por eso, incluso cuando sus métodos dejaban cicatrices.
Pero ahora la ira me abrasaba el pecho. ¿De verdad habían intentado que la mataran aquella noche?
¿O todo aquello era otra mentira calculada, otra forma de mantenerme en el camino que habían elegido para mí?
Camille esperaba, con los ojos fijos en los míos, esta vez no con ira, sino con una esperanza tan frágil que me aterraba.
Me preguntaba si el hombre al que una vez amó todavía existía debajo de todo aquello en lo que mis padres me habían convertido.
De un lado estaba la familia que me había criado, protegido y dado poder y propósito.
Del otro, la mujer a la que había amado y el hijo que ella había llevado sola en su vientre, la familia que podría haber tenido si no hubiera estado tan ciego.
Mi teléfono sonó y rompió el silencio asfixiante entre nosotros.
Lo saqué del bolsillo. Marcus. Durante un vergonzoso latido, me invadió el alivio. La interrupción me libraba de responder la pregunta que me había dejado al desnudo.
Sostuve la mirada de Camille, aquellos enormes ojos grises que escudriñaban los míos, a la espera de una respuesta que aún no podía darle.
—Tengo que contestar —dije con la voz más áspera de lo que pretendía. Sin esperar su respuesta, di media vuelta y me alejé a grandes zancadas. Sentía su mirada ardiéndome en la espalda, un roce fantasma que persistió mucho después de que doblara la esquina.
—Marcus —contesté al adentrarme en las sombras del ala este de la propiedad—. Dígame.
—Señor, tenemos una situación urgente. Acaban de llamar de las oficinas de Londres. La fusión con Harrington se está viniendo abajo. El señor Blackthorn exige que se una a la videoconferencia cifrada en quince minutos.
Me apreté el puente de la nariz.
—Mi padre —murmuré. Siempre mi padre—. Organice la videollamada con Harrington. La atenderé en el estudio.
Quince minutos después, estaba de pie detrás del pesado escritorio de caoba, con las mangas arremangadas y la mandíbula tensa. El gran monitor mostraba los rostros crispados del director ejecutivo de Harrington y su equipo jurídico.
Una mujer de la junta directiva habló primero.
—Señor Blackthorn, nuestra junta todavía está inquieta por las minas abandonadas. Las repercusiones regulatorias y el rechazo público podrían ser graves si se concreta esta fusión.
La interrumpí con suavidad mientras caminaba frente a la cámara.
—Las inquietudes son válidas. Ampliaremos en un veinticinco por ciento la recuperación de terrenos y la reforestación, y cubriremos los costos de auditoría de los primeros dos años. A cambio, ustedes abandonan las tácticas dilatorias.
El director ejecutivo se inclinó hacia delante, frustrado.
—Es una oferta generosa, pero ¿qué garantía tenemos de que esto no nos estallará en la cara dentro de seis meses?
Apoyé las palmas en el escritorio y miré directamente a la cámara.
—Mi garantía personal. Habrá auditores independientes desde el primer día y el financiamiento de la siguiente fase dependerá del pleno cumplimiento de las normas. Ningún otro comprador asumirá ese riesgo.
El silencio se apoderó de la llamada. Los ejecutivos intercambiaron miradas inquietas.
—No tienen tiempo para discutirlo —dije con frialdad—. Acepten ahora o el trato se cancela esta noche y les presentaré la propuesta a sus competidores. ¿Qué deciden?
El director ejecutivo se secó la frente y luego asintió.
—Está bien. Aceptamos.
Cuando terminó la llamada, me dejé caer en la silla de cuero y mi mente volvió a Camille bajo aquel roble. La frágil esperanza en sus ojos. La pregunta que todavía no había respondido. Contemplé el escudo de la familia Blackthorn colgado en la pared.
Lealtad.
Me habían inculcado esa palabra desde la infancia.
Mi padre había construido nuestro imperio sobre ella: acuerdos comerciales despiadados, alianzas familiares inquebrantables.
Hasta ese momento, nunca había cuestionado lo que podía ocultarse debajo.
Pero los relatos de Camille sobre mis padres…
parecían ciertos de maneras que me dejaban vacío por dentro.
La manipulación, la crueldad, la forma en que la habían arrancado de mi lado.
Me froté el pecho, donde el vínculo de pareja dolía como una herida abierta.
Unos suaves golpes sonaron en la puerta del estudio. Marcus entró sin esperar una invitación formal, con la tableta en la mano y su habitual eficiencia silenciosa.
—Señor, ¿cómo salió la llamada con Harrington?
—Está resuelto —dije mientras me frotaba la sien—. Cedieron. Envíe las condiciones actualizadas al departamento jurídico y pídales que redacten el acuerdo definitivo esta noche.
Marcus asintió, pero no le permití marcharse. El peso que sentía en el pecho hizo brotar las palabras antes de que pudiera dudar de ellas.
—Una cosa más. Mis padres dejaron claro que pensaban investigar los antecedentes de Lena Ashford. Retrase la investigación como pueda. Sabotéela discretamente si es necesario. Consígame todo el tiempo posible.
La expresión de Marcus permaneció impasible, aunque percibí el fugaz destello de sorpresa en sus ojos.
—Entendido.
Continué, con la voz más áspera de lo que pretendía.
—También consiga las grabaciones de seguridad del hospital de la manada. De hace siete años. La noche en que ingresaron a Camille: la sala de partos. Todo lo que haya de esa noche exacta. Hágalo con discreción. No quiero que nadie sepa que estamos investigando.
—Podría tomarme uno o dos días acceder a los archivos antiguos sin activar ninguna alarma.
—Haga lo que sea necesario. —Apreté la mandíbula—. Y, Marcus… si ve a mis padres cerca de su habitación aquella noche, quiero saberlo de inmediato.
Asintió con firmeza y se marchó.
Horas más tarde, mucho después de que el silencio se apoderara de la propiedad, yo todavía no podía quedarme quieto.
Mis padres habían salido antes para asistir a una ceremonia en la ciudad, algún evento para establecer contactos políticos que los mantendría ocupados durante los siguientes tres días.
La oportunidad se sentía a la vez como un regalo y una traición.
Empecé por el estudio de mi padre y luego pasé a su dormitorio.
Revisé el escritorio antiguo y los compartimentos ocultos donde siempre habían guardado los documentos importantes.
Buscaba la carta que Camille había descrito, la que, según ella, estaba escrita con mi letra y le decía que jamás la había querido ni a ella ni al bebé.
Al principio no encontré nada. La ausencia casi me produjo alivio.
Entonces la vi, escondida dentro de una vieja carpeta de cuero en el cajón inferior del tocador de mi madre.
La carta. La misma que Camille había descrito esa tarde. Sus palabras resonaron en mi cabeza cuando por fin todas las piezas encajaron. Mi madre había falsificado mi letra y la había usado para destruirnos. El estómago me dio un vuelco.
Era verdad.
Durante varios segundos interminables no pude respirar. La habitación se inclinó a mi alrededor.
Todos aquellos años de silencio. Las mentiras. Cada una de las «pruebas» con las que mis padres me habían alimentado.
Habían intentado matar a Camille.
Habían intentado matar a mi hijo.
Y yo les había creído.
Me desplomé en la silla junto al tocador, todavía con la carta apretada en la mano.
La culpa y la furia se retorcían con tanta fuerza en mi pecho que apenas podía respirar.
Esas personas a las que había defendido, obedecido y amado durante treinta años…
habían estado a punto de destruir a la única familia que de verdad importaba.
Deslicé la carta dentro del sobre y la devolví exactamente al lugar donde la había encontrado. No hacía falta que lo supieran. Todavía no.
Ahora sabía la verdad. Pero una parte de mí todavía quería que fuera mentira.
* * *
Los dos días siguientes se convirtieron en una cuidadosa representación.
Antes de partir hacia la ciudad, mis padres se habían reunido con Camille para hablar del encargo.
Para cuando se marcharon, ella ya había aceptado su oferta de diseñar y supervisar una instalación multimedia de gran escala para el atrio de la nueva sede de Blackthorn.
Como artista de renombre, conocida por sus inquietantes obras sobre la memoria y el poder, necesitaría al menos dos semanas más para realizar el proyecto.
Sabía que su decisión era en parte profesional. Pero también esperaba, con egoísmo, que en parte fuera por nosotros.
Busqué excusas para mantenerme cerca, cuidándolos mientras la verdad me quemaba como ácido bajo la piel.
Las mañanas en la terraza, David parloteando sobre los personajes de su nuevo cómic, con sus pequeñas manos pegajosas de jarabe.
La risa suave de Camille, la ternura con que le limpiaba el rostro.
Cada mirada compartida me parecía preciosa y peligrosa.