Capítulo 8 #2
Se me cerró la garganta. Los muros que había pasado siete años construyendo —cada noche en vela trazando planes con Theo, cada lienzo sobre el que había volcado mi dolor, cada promesa que le había hecho a la hija que creía perdida— se tambalearon bajo el peso de sus palabras.
Si de verdad creía que yo había muerto...
si le habían mentido de la misma forma en que me mintieron a mí...
¿entonces qué? Eso no borraba los años. No reparaba la cama del hospital ni la tumba que habían preparado.
Todos mis instintos me gritaban que no olvidara por qué había regresado: los años dedicados a planear su caída, los juramentos que me había hecho, la hija por la que había guardado luto.
Pero otra parte de mí —la parte que llevaba años intentando silenciar— no podía dejar de mirar al hombre que tenía delante.
Él no intentó tocarme. Se limitó a permanecer allí, mirándome como si yo pudiera desaparecer en cuanto parpadeara.
Debí retroceder.
Afuera, la luna llena pendía pesada y brillante sobre el lago; su influjo recorría el vínculo entre nosotros y amplificaba cada respiración, cada anhelo silenciado, hasta hacer que resistirse pareciera imposible.
En cambio, levanté la mano antes de poder detenerme.
Las yemas de mis dedos le rozaron la mandíbula y percibí el calor de su piel, el leve temblor que latía debajo. Él se inclinó hacia mi caricia como un hombre que había olvidado lo que se sentía al recibir ternura. Cerró los ojos durante un segundo y exhaló con un estremecimiento.
—No soy ella —susurré, y la mentira me supo a cenizas. Pero a mi cuerpo no le importaban los nombres, los planes ni la venganza. Me traicionó y eliminó la escasa distancia que quedaba entre nosotros antes de que mi mente pudiera protestar.
Damian levantó una mano para cubrir la mía y luego la deslizó hasta mi nuca con una ternura que desmentía la tormenta que veía en sus ojos.
Escudriñó mi rostro una vez, dándome la oportunidad de apartarme.
No lo hice. Cuando nuestras bocas se encontraron, al principio fue despacio, casi con cautela, como dos personas que tanteaban los bordes de una herida que jamás había sanado de verdad.
Después, el hambre tomó el control: profunda e inevitable, siete años de ausencia derramándose en la presión de nuestros labios, en el delicado roce de nuestras lenguas, en la forma en que su mano libre se posó en mi cintura, como si temiera que la noche volviera a arrebatarme.
Avanzamos juntos hacia el viejo sofá sin separarnos, dejando tras nosotros un silencioso rastro de ropa.
La tela de mi vestido susurró al caer al piso.
Su camisa la siguió, olvidada. Nuestras pieles se encontraron, ardientes bajo la luz plateada de la luna que se filtraba por las ventanas.
Sus manos recorrieron mi cuerpo con una reverencia que me hizo doler el pecho, demorándose en cada curva y cada hueco como si volviera a grabarme por completo en su memoria.
Ansiaba cada centímetro de él. Mis dedos trazaron la firme línea de su mandíbula y la conocida aspereza de la barba bajo mis yemas; luego descendieron por la amplia extensión de su pecho desnudo, sintiendo bajo mi palma el retumbar constante de su corazón.
Era sólido y real, y en ese momento nada más importaba.
El deseo anuló cada advertencia, cada defensa que había construido con tanto cuidado.
Lo deseaba. Su calor, su aroma, la forma en que su cuerpo encajaba contra el mío como si siempre hubiera conocido el camino a casa.
Susurró contra mi cuello, con la voz áspera por tantos años de añoranza.
—Camille... —El nombre se le escapó en una respiración entrecortada, como si la viera a través de la bruma.
No lo corregí. No me aparté. Escucharlo pronunciarlo solo ahondó el dolor, solo hizo que me apretara más contra él mientras mis dedos continuaban explorando lentamente su piel, como si pudiera volver a memorizarlo por completo.
Sin interrumpir el beso, Damian deslizó las manos bajo mis muslos y me levantó.
Rodeé su cintura con las piernas mientras él me llevaba por la pequeña cabaña, y el mundo se redujo al calor de su boca y a la fuerza de sus brazos.
Me recostó sobre la cama del cuarto trasero con una delicadeza sorprendente y se inclinó conmigo para que nuestros cuerpos nunca perdieran el contacto.
Allí nos unimos despacio, y cada caricia nos acercó más.
Me arqueé contra él, rozándole los hombros con las uñas mientras nuestros cuerpos encontraban un ritmo que resultaba a la vez profundamente familiar y completamente nuevo.
Cada movimiento cargaba con el peso de todo lo que habíamos perdido y de todo lo que nos atrevíamos a esperar.
Él murmuró contra mi cuello palabras que no alcancé a distinguir, pero las sentí en la forma en que su voz se tornó más ronca y su respiración se entrecortó.
El placer nos inundó al mismo tiempo en una oleada profunda y estremecedora.
Hundí el rostro en la curva de su hombro y un sonido suave y quebrado escapó de mis labios cuando el placer y la emoción me abrumaron.
Él me abrazó con fuerza y mantuvo sus brazos apretados a mi alrededor, mientras su propio gemido grave vibraba contra mi pecho.
Me permití abandonarme a él, pero, incluso mientras el placer me recorría, una parte de mí permaneció alerta, registrando cada palabra que susurraba, cada promesa.