Capítulo 27
Capítulo Veintisiete
Maximilian Anders.
Por primera vez desde su muerte, Emma se permitió pensar en él, pensar de verdad en él.
Su presencia dominaba sus pensamientos, desplazaba cualquier otro recuerdo, cualquier otra percepción.
Ni siquiera la alegría del reencuentro con Karlchen había cambiado nada de eso.
A pesar de su propia debilidad, el perrito debía de haber sentido lo que Emma necesitaba de verdad.
Porque cuando ella se sentó al volante del coche de servicio de Marcus y arrancó el motor, él se le acurrucó casi en silencio y desde entonces yacía despierto y atento sobre ella, como si tuviera que vigilarla mientras por fin se enfrentaba a su propia pérdida.
Emma sabía que en realidad no debía pensar en Max.
Estaba huyendo de la policía porque la acusaban del asesinato de su padre.
Su propio hermano e incluso su madre creían en su culpabilidad.
Y aun así, el hombre con el que Emma una vez había querido pasar su vida era lo único en lo que podía pensar mientras conducía el discreto coche de policía fuera de Hamburgo, hacia Altes Land.
Había sido Marcus quien había devuelto a la vida en ella el recuerdo de Max.
Sin saberlo en absoluto, le había regalado a Emma algo que ella necesitaba para enfrentarse por fin a su difunto marido.
No tenía ni idea de qué era, pero permitió que las imágenes de su vida con Max volvieran a ella y se concedió algo que hasta hoy siempre se había negado.
Emma estaba de duelo. Por Max. Por su padre.
Por la vida que una vez se había imaginado.
Cuando por fin dejó el coche en un granero abandonado, a algo más de un kilómetro de la casa de su madre, Emma ya no lloraba.
En cambio, tenía una expresión serena en el rostro.
Mientras tomaba a Karlchen en brazos y estrechaba contra sí al viejo teckel, se sentía extrañamente tranquila y decidida.
Tras la muerte de Max había perdido el rumbo en la vida, se había sentido como un espíritu sin asideros que el viento llevaba en todas direcciones.
Ahora presentía que ese tiempo llegaba a su fin.
Pero aún no había llegado el momento. Quedaba una cosa por hacer.
Volvía a llover cuando llegó a la casa. La tarde estaba inusualmente oscura. Emma había envuelto a Karlchen en la chaqueta de Marcus para proteger al perrito y ella misma estaba completamente empapada. Cuando por fin entró en silencio por la puerta principal, el agua goteaba al suelo.
Alzó la cabeza y lo vio a él . Aleksander estaba a solo unos metros de ella. Seguía llevando la ropa vieja de Max, que le quedaba como si se la hubieran hecho a medida. La luz estaba apagada y, entre las sombras, Aleksander casi parecía el marido de Emma.
—Emma —la saludó con una voz profunda en la que se percibía claramente el alivio—. ¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Luego. —Emma negó con la cabeza, pasó junto a Aleksander y dejó a Karlchen sobre uno de los sillones cómodos. El perro salchicha se hizo un ovillo y cerró, agradecido, los ojos.
Cuando se volvió de nuevo, Aleksander estaba justo detrás de ella.
Su aroma le llegó a la nariz y desplazó el olor a lluvia.
Sal, arena y viento. El pensamiento en el mar, en la libertad y en la añoranza se extendió por Emma.
Pero aún seguía pensando solo en Max, en su sonrisa, en la fuerza con la que siempre había rodeado su mano.
Solo entonces se dio cuenta de que el interior de la casa parecía extrañamente desordenado. Una de las sillas de la mesa del comedor estaba volcada.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó, igual que antes Aleksander, y alzó la vista hacia él. Él la sobrepasaba por una cabeza y sus ojos grises e intensos encontraron los de ella.
—Luego —murmuró él.
Emma asintió, miró a Aleksander con todo detalle y, al final, apoyó una de sus manos temblorosas sobre su pecho. Él deslizó sus dedos cálidos sobre los de ella y un escalofrío agradable recorrió su cuerpo. Sin pensarlo, se acurrucó contra él, casi absorbiendo su calor.
Él lo permitió, levantó con cuidado un brazo y luego la rodeó con él para que pudiera estar aún más cerca de él.
Aleksander dominaba ahora cada uno de sus sentidos. Emma se detuvo un instante, absorbió cada percepción antes de rodear con las manos el cuello de Aleksander y atraerlo hacia ella.
La sensación de sus labios cálidos sobre los de ella la hizo temblar.
Se separó un momento de él, volvió a mirarlo a los ojos, abrió la boca.
Entonces él la besó, con menos cuidado, con más pasión, hasta que ella pudo rozar su lengua con la suya.
A Emma le pareció que ponía en ese beso todo lo que hasta entonces había enterrado en su interior: los sentimientos que había negado, los miedos que había querido olvidar y el amor que había perdido.
Lo dejó salir todo y se entregó a ese remolino en el que nada era negro o blanco, bueno o malo, correcto o incorrecto. Solo existía ella. Solo existía él.
Las manos de Aleksander se deslizaron por su espalda hacia abajo y una deliciosa tensión se extendió por el centro del cuerpo de Emma. Ella se apretó aún más contra él y lo fue empujando a través de la sala de estar hasta que el dormitorio apareció a la vista.
Aleksander se detuvo, se separó de Emma, respirando con dificultad, y apoyó su frente en la de ella.
—No deberíamos hacer esto —jadeó.
—No —respondió Emma. Aleksander tenía razón. Él se había fugado de prisión preventiva. A ella la buscaban por asesinato. Algo había ocurrido en esa casa durante su ausencia. Fuera lo que fuese lo que estuviera a punto de suceder, no tenían tiempo para ello.
Pero cuando Emma echó un poco la cabeza hacia atrás, miró de nuevo a Aleksander y, al deslizar los dedos bajo la camisa de Max, decidió que tenían que tener tiempo. Lo necesitaba. Lo necesitaba a él.
Sin decir una palabra más, Emma volvió a presionar sus labios sobre los de Aleksander, que respondió a su beso con vehemencia.
Él le sujetó las nalgas y la levantó del suelo con aparente facilidad mientras ella enroscaba las piernas alrededor de sus caderas.
Ella se apretó con fuerza contra él cuando él la llevó hasta la cama sin separarse de ella ni un instante.
Hamburgo, 17 de noviembre. Hace dos años, penúltimo año
Nervioso, observa cómo el guardia habla por el auricular del teléfono.
El corazón le late tan fuerte que cree que se debe de oír incluso a través del cristal antibalas.
¿Se le nota lo inquieto que está? ¿Se vuelve sospechoso por presentarse de pronto en el tribunal administrativo?
¿Lo están observando en estos mismos segundos?
Antes de que pueda seguir con ninguno de esos pensamientos, el funcionario de justicia deja el auricular de nuevo en la base y lo examina con escepticismo.
—Así que usted es el marido —murmura, levantando una comisura de los labios.
Él asiente, porque no se le ocurre ninguna otra respuesta.
—Ya me había preguntado cómo sería usted.
—Ahora el vigilante sonríe ampliamente y le guiña un ojo antes de indicarle con un gesto de cabeza que pase por el arco detector de metales, ahora desactivado.
Al parecer, como esposo de una jueza de esta casa, pertenece a las personas en las que se confía.
No tienes ni idea , le cruza por la cabeza y, por un instante, la conciencia le pesa tanto que tiene que contener la respiración.
—¿Todo bien? —le pregunta ahora el funcionario, ya un poco desconfiado, pero él ya se ha puesto en marcha y pasa con un gesto de cabeza. Sin embargo, antes de que pueda seguir orientándose, el portero vuelve a llamarlo—. ¡Pero sea amable con ella!
Confundido, se vuelve hacia el vigilante, que solo se encoge de hombros.
—Su esposa parecía un poco pálida esta mañana.
Lo entiende, frunce las cejas y dice:
—Le cae bien Emma, ¿verdad?
El funcionario asiente y en sus facciones no se aprecia ni el más mínimo atisbo de segundas intenciones. Max Anders no sabe cuándo fue la última vez que se encontró con alguien que fuera tan abierto y amable con él.
—¡Es de las simpáticas de aquí! —dice por fin el funcionario y se permite una mirada furtiva a una jueza mayor que en ese momento cruza el vestíbulo con la toga ondeando y la expresión malhumorada.
La reconoce. Esa mujer pequeña y discreta es la presidenta del Tribunal Administrativo Superior, la superior jerárquica máxima de Emma y conocida por su brutal inflexibilidad. Claudia Petersen es una de las pocas personas a las que incluso su esposa les tiene auténtico miedo.
Se da la vuelta, dedica al vigilante una última mirada amistosa antes de encontrar el camino hacia las escaleras y subir con paso decidido hasta el segundo piso.
Nunca ha visitado a Emma en su despacho.
Aun así, conoce la distribución del juzgado y la ubicación de cada una de las salas hasta el más mínimo detalle. Ha tenido que aprendérselo de memoria.
Cuando llega a la puerta de Emma, alza la mano para llamar, pero antes de que los nudillos lleguen siquiera a rozar la madera se detiene un momento.
Al recordar la pelea de esa mañana, siente frío.
Emma lo había mirado con un horror en los ojos como nunca antes en su relación.
Al final, simplemente había cogido sus cosas, se había subido al coche y se había ido al trabajo.
Pero su conversación no había terminado.
Ahora mismo tendrían que continuarla y solo podía tener un único resultado.
Se anima, aspira aire con fuerza y llama a la puerta. El «Adelante» que sigue de inmediato suena objetivo y delata que Emma no tiene ni idea de quién va a entrar ahora por su puerta.
—¡Max! —se le escapa cuando él entra en su despacho de jueza, cierra la puerta a su espalda y se planta delante de su escritorio.
Ella se levanta, hace ademán de acercarse a él, pero se queda a mitad de movimiento.
Al final cruza los brazos y se limita a dedicarle una expresión de enfado—. ¿Qué haces aquí?
—Tenemos que hablar, Emma.
—¿Ahora? —Niega con la cabeza, irritada—. Por si no te has dado cuenta» Abre los brazos y señala el entorno en el que se encuentran—. estoy trabajando.
Con un suspiro, rodea ahora el escritorio y se arregla el cuello blanco de la blusa que suele llevar debajo de la toga—. Y la vista no ha ido bien. Nos hemos llevado una recusación, dos solicitudes de prueba y las tonterías que ha soltado el abogado del demandante...
—Emma —dice él con un tono que la hace callar al instante.
Habla con total calma, casi con suavidad.
Pero en su voz resuena todo el peso que carga sobre sus hombros.
Emma percibe enseguida lo en serio que va.
Una sombra se extiende por su rostro y empieza a girar su anillo de boda.
La piedra no ha vuelto a aparecer y deja un feo hueco en la que, por lo demás, es una joya impecable.
—Max, ¿podemos hablar de esto esta noche, por favor? —pregunta con diplomacia.
Pero él solo niega con la cabeza—. No. Tenemos que aclararlo ahora.
—¿Por qué? —La compostura de Emma empieza a tambalearse—. ¿Por qué tiene que ser ahora? No puedes hacerme esto así como así. No pretenderás en serio que ahora tome esta decisión contigo.
Él guarda silencio mientras ella abre la boca y comprende que eso es exactamente lo que él espera.
—¿De verdad quieres que ahora salga de mi boca que vamos a coger todos nuestros trastos, vender nuestra casa y dejar atrás todo lo que hemos construido para irnos a vivir a otro sitio?
—Sí —dice sencillamente y se odia a sí mismo por ello—. Y quiero irme lo antes posible.
—¿Qué te pasa? —Emma se acerca ahora a él y apoya las manos en su pecho.
Probablemente, por pura familiaridad, desliza los dedos por la hilera de botones de su camisa, de modo que él siente su piel sobre la suya.
Un cálido cosquilleo se extiende por su pecho—.
Suena como si se tratara de una cuestión de vida o muerte.
Abre la boca, pero antes de poder decirle que con su comentario despreocupado ha dado justo en el clavo, se contiene. Algún día tendrá que contarle toda la verdad. Pero hoy no es capaz. No lo soportaría si ella lo odiara.
—Max, no puedo dejarlo todo aquí tirado. Simplemente no puedo. No… ―Añade en voz más baja—: No precisamente ahora.
Ella cree que él no sabe a qué se refiere. Pero desde que esta mañana entró al baño después de ella, tiene claro qué es exactamente lo que pasa por la cabeza de Emma.
—Lo sé, Emma.
El susto en su rostro le rompe el corazón. Con cuidado, da un paso atrás y lo mira fijamente con sus grandes ojos verdes, atónita y conmocionada.
—¿Lo sabes? —susurra.
Avergonzado, él mete una mano en el bolsillo interior de su chaqueta y saca la prueba de embarazo que esta mañana estaba entre las cosas de Emma en el baño. Es positiva.
—Quería decírtelo el fin de semana —murmura en voz apagada—. Quería darte una sorpresa. —Las lágrimas le suben a los ojos.
—Estoy muy contento —le explica, y su propia voz suena quebrada.
—Pero ¿por qué quieres entonces irte de aquí de repente?
Max, ¿qué pasa? ¿Por qué quieres dejarlo todo, pese a que por fin estoy embarazada?
—Su tono es conciliador, esta vez abierto.
Lo mira seria y afectada, casi preocupada.
Él da un paso hacia ella, la toma en brazos y le pone suavemente una mano en el vientre.
—Tenemos que irnos de aquí. —Le acaricia el pelo y la mira profundamente a los ojos—. justamente porque lo estás.