21. Capítulo 20 #2
—Lo haré. Me encantan los bebés. Me gustaría tener unos cuantos yo misma algún día —dijo Mónica, mirando a Delia.
—Dios, esto está delicioso —dijo Delia, llevándose una cucharada de arroz con leche a la boca mientras intentaba cambiar de tema.
—Desde luego que sí —secundó Mónica mientras Josh asentía masticando una galleta.
—¿Por qué no os mudáis aquí? —les dijo Delia a Kurt y a Anna.
—Nos encantaría —respondió Anna.
—Todavía quedan algunas parcelas libres que no se han vendido —dijo Josh. Sabía que no lo decían en serio, pero le encantaba la idea de tener a sus suegros de vecinos.
*
Al terminar el almuerzo, Delia y Anna comenzaron a recoger los platos y a llevarlos a la cocina. —Dejad que os ayude con eso —dijo Josh, ansioso por alejarse de Mónica López, aunque solo fuera por unos minutos.
—No, no —dijo Anna—. Tú siéntate y relájate. Delia y yo tenemos cosas que hablar.
—Odio ser un aguafiestas, pero creo que necesito una siesta —dijo Kurt.
—Me uniré a ti, cariño, en cuanto terminemos de limpiar estos platos —dijo su mujer desde la cocina.
Kurt se disculpó, dejando a Josh y a Mónica solos, mientras Blondie saltaba al centro de la mesa del comedor y comenzaba a asearse los genitales.
Mónica giró en su silla y dirigió su atención a los ventanales del salón y al paisaje que se extendía más allá.
Josh se sentó nervioso, con la mirada fija en el lugar de la mesa que había ocupado su plato.
—Creo que voy a tomar un poco el aire fresco —dijo Josh, levantándose y saliendo por la puerta principal abierta.
Bowie, Charlie y Rafi, que se habían pasado la tarde pidiendo trocitos de pavo, se levantaron de sus camas y siguieron a Josh hacia la puerta.
Delia, de pie junto a Anna en el fregadero de la cocina, observó a Josh cruzar el jardín y dejarse caer en una silla bajo el cenador. Los perros, con la barriga hinchada de sobras, se dejaron caer a su lado y se acurrucaron para echarse la siesta.
—¿Cómo está Josh? —preguntó Anna.
Delia se encogió de hombros. —Hace poco ha vuelto a decir palabrotas.
Anna se rio. —Supongo que eso es un avance positivo, pero no es exactamente lo que me preguntaba.
Delia se apoyó en la encimera y respiró hondo. —Ha estado bien, teniendo todo en cuenta —dijo—. A veces parece el mismo Josh de siempre, alegre y divertido, y a veces parece que está en otro lugar.
—Así es el duelo —dijo Anna—. A veces me encuentro sentada al volante de mi coche en un aparcamiento, con la mirada perdida en el espacio. Cuando vuelvo a la realidad, no sé cuánto tiempo he estado ausente.
—Voy a coger una cosa del coche —dijo Mónica, de pie en el umbral. Delia la vio salir y perderse de vista, en dirección al Jeep de Josh. Pero sabía que la agente del FBI tramaba algo.
Josh contemplaba el paisaje oscurecido y la densa columna de humo que salía del volcán Nevado del Ruiz.
Se preguntó si este ciclo de erupción sería como tantos otros —mucho ruido y pocas nueces— o si conduciría a un desastre natural como el que había arrasado el tranquilo pueblo de Armero décadas atrás.
Mientras sus ojos permanecían fijos en el paisaje, su mente se recreaba en los recuerdos de Sofía.
Su mujer y él habían hablado a menudo con gran entusiasmo del día en que recibirían a sus padres en su nuevo hogar.
Ese día por fin había llegado, pero sin Sofía, cuyas cenizas ahora flotaban en las aguas del Pacífico.
Josh dio un respingo cuando Bowie se irguió de un salto, y luego volvió a tumbarse para reanudar su siesta. —¿Le importa si la acompaño? —dijo Mónica, de pie sobre el hombro izquierdo de Josh.
Josh se giró, con una expresión de sobresalto en la cara. —Claro. Por favor, siéntese.
—Gracias. No pretendía asustarlo —dijo ella al sentarse.
—No, no es usted —mintió—. Es este día. Sin mi mujer, ya sabe.
—Sí, Delia me dijo que murió en el tiroteo del centro comercial de Sacramento. Siento mucho su pérdida.
—Gracias. Ha sido duro, pero estoy saliendo adelante.
Los dos se sentaron en silencio, mirando la escena que tenían delante, antes de que Mónica rompiera el silencio. —Su casa es preciosa. Debe de sentirse orgulloso de cómo ha quedado.
—Sí, estoy muy satisfecho con ella, pero todavía me queda mucho trabajo por hacer. —Charlie se puso en pie y cruzó el jardín, despertando a Bowie y Rafi, que lo siguieron de cerca. A los pocos segundos, el trío empezó a rodar y a dar volteretas, jugando bruscamente.
—¿Qué más piensa hacerle?
—La casa está terminada, pero tengo mucho trabajo que hacer en la propiedad.
Mónica escrutó el jardín. —A mí me parece que está muy bien. Me encanta el cenador.
—En realidad, tengo dos hectáreas. ¿Ve dónde acaba el jardín? —dijo Josh, señalando la hierba alta que crecía junto al césped bien cortado.
—Sí.
—Tuvimos una valla alrededor de una pequeña sección hasta hace poco. El contratista la puso, ya sabe, para proteger los materiales de construcción, pero la dejé puesta después de que Walter…, quiero decir, Raymond Tilley, intentara envenenar a Rafi.