6. Capítulo 5
Valle de Cortés, El Tisbe, Colombia
Machete Man estaba subido a una escalera con una manguera en la mano, regando el tejado de Josh.
No se conformaba con dirigir el agua a los canalones, que la llevaban hasta el depósito de recogida de agua de lluvia.
Sentía la necesidad de apuntar con la boquilla a la cumbrera del tejado para verla gotear.
De vez en cuando, se apuntaba con la manguera a la cara o por encima de la cabeza para refrescarse del calor de la tarde.
—¡Vale, ya es suficiente! —dijo el señor Sierra, frustrado por las payasadas de Machete Man.
Había observado atentamente la tubería de entrada para detectar fugas y estaba satisfecho de que su trabajo de fontanería de aficionado hubiera tenido éxito.
Machete Man se estaba divirtiendo y habría dejado correr la manguera todo el día, pero el señor Sierra quería evitar echar demasiada agua de la red municipal en el depósito.
—Ya puedes cerrar el grifo. No hay fugas, gracias a Dios.
Dentro, Josh enroscaba el último de los tres filtros en un sistema de purificación de agua que había montado en la pared del lavadero.
El sistema tenía un diseño sencillo: el agua de lluvia se recogería en la cisterna a nivel del suelo antes de ser bombeada a un depósito elevado sobre una torre.
Luego, la gravedad transportaría el agua hasta el sistema de filtración y de ahí a la cocina y los baños.
Muchas casas colombianas tenían un depósito montado en una torre como reserva para los cortes de agua, pero la de Josh contaba con las características añadidas de la recogida y filtración de agua de lluvia.
Josh salió para reunirse con el señor Sierra, que estaba de pie junto al depósito de agua. —Creo que ya está todo listo. Solo necesitamos un poco de lluvia para probarlo —dijo Josh, mirando hacia un cielo parcialmente nublado.
—Oh, no tendrá que esperar mucho. Esta noche se acerca una gran tormenta —dijo el señor Sierra—. Lo siento en los huesos. —En el poco tiempo que Josh llevaba viviendo en el valle de Cortés, había aprendido que los huesos del señor Sierra solían ser más precisos que las previsiones meteorológicas.
Las nubes ocultaban el volcán, pero, por suerte, el riesgo de erupción había disminuido.
El nivel de amenaza había bajado a naranja —un nivel por debajo de la erupción inminente—, pero las autoridades gubernamentales habían dicho que podrían reducirlo a alerta amarilla en los próximos días.
El ciclo eruptivo podía durar un año o más.
La amenaza podía seguir siendo alta durante meses, con poca o ninguna ceniza, o una erupción podía producirse de la nada.
Josh contempló el jardín. Se sentía aprisionado por la valla metálica, pero de momento quería mantenerla.
Aunque su propiedad abarcaba una hectárea y media, el contratista había instalado la barrera cerca de la casa, con espacio justo para crear un patio de tamaño razonable.
Josh anhelaba el día en que él y los perros pudieran vivir sin protección adicional y disfrutar de una vista sin obstáculos desde su cenador.
Pero desde el incidente del envenenamiento, sabía que la valla debía permanecer, al menos por ahora.
Delia seguía mostrándose escéptica ante la teoría de Josh de que Walter había intentado matar a Rafi, pero había accedido a llevar al chucho a la granja de un pariente situada más cerca del pueblo.
Josh empezó a cerrar la cancela para no permitir que Bowie y Charlie camparan a sus anchas por los alrededores.
Se daba cuenta de que los perros echaban de menos a Rafi y odiaban el encierro.
—¿Ya sabía cómo se instalaba un sistema de filtración de agua? —preguntó el señor Sierra—. ¿O simplemente ha improvisado? Las instrucciones de esas cosas siempre son terribles.
—Ha sido la primera vez. He visto unos cuantos vídeos en YouTube para aprender a instalarlo.
El señor Sierra se rio. —¿Qué harían los jóvenes sin su internet? ¿Cómo sobrevivirían?
—Probablemente no lo sabríamos…
—¡Eh, tío, déjame entrar! —gritó Delia desde la cancela cerrada, con los dedos entrelazados en la valla metálica como una reclusa. Josh se acercó a la cancela y la abrió. Usó las rodillas para evitar que Charlie y Bowie se escaparan del jardín antes de que pudiera volver a cerrarla.
—No parecen muy contentos —dijo ella, bajando la mirada hacia los perros mientras estos metían el hocico por la valla y gemían de frustración.
—Están fatal, pero no sé qué otra cosa hacer —dijo Josh—. ¿Cómo está Rafi?
—Mi primo me ha dicho que está triste. Supongo que echa de menos a Bowie y a Charlie tanto como Santiago a él.
Josh volvió a mirar el jardín mientras él y Delia entraban por la puerta principal al salón.
Echó un vistazo por la ventana y vio al señor Sierra, que estaba en el patio dando instrucciones a Machete Man sobre la forma correcta de vaciar y enrollar una manguera.
—El señor Sierra es bueno para Machete Man —dijo Josh—.
Creo que está intentando ser el padre que Machete Man nunca tuvo.
—El señor Sierra es el padre que mucha gente nunca tuvo —dijo Delia—. Él y la señora Sierra son la razón por la que compré un terreno aquí abajo para construirme una casa. Ahora son como de la familia para mí.
—¿Quieres un café?
—Sí, claro —dijo Delia mientras se dejaba caer en el sofá junto a Blondie.
Josh le dio a Delia una taza de café y se sentó en una silla junto al sofá. —Hablando de construir una casa, ¿vas a construir la tuya alguna vez? Necesito un vecino, alguien además de Walter Parrish.
—Ya tengo una casa en El Tisbe —dijo ella, mirando a Josh por encima del borde de la taza mientras sorbía su café.
—Ya sabes a lo que me refiero. No la casa de tu madre, sino la tuya propia. Además, la casa de tu madre también es de tus hermanos, por si se te ha olvidado.
—No, no se me ha olvidado. Voy a empezar a construir pronto, lo prometo.
—Entonces, ¿qué te lo impide? ¿Estás esperando a que aparezca la mujer de tu vida? —dijo Josh en tono de broma.
Esperaba una carcajada instantánea, que no llegó. En lugar de eso, Delia se quedó como una estatua, con la mirada perdida. —No, no es eso —dijo, desviando la mirada hacia la ventana—. Es algo personal.
—Oh, lo siento. Creía que solo estabas dejando las cosas para más tarde —dijo Josh, dándose cuenta con los ojos como platos y la boca abierta de que se había pasado de la raya—. No tienes que contármelo si no quieres.
—No pasa nada. Es solo algo de lo que no suelo hablar, algo de lo que nadie de mi familia habla. Pero han pasado más de veinte años, así que debería. —Josh la miró, con la vergüenza extendiéndose por el rostro.
Delia señaló hacia el horizonte. —¿Ves ese pueblecito en la cresta de aquella montaña?
Josh se acercó a la ventana y miró la cordillera lejana. —Lo veo, pero no sabía que era un pueblo, pensaba que era una hilera de casas.
—Es diminuto, pero es un pueblo. Ahí es donde nací… donde viví los primeros diez años de mi vida. Donde viví hasta que todo cambió para siempre.
—¿Estás segura de que quieres hablar de esto? —dijo Josh.
Delia hizo un gesto displicente con la mano y se giró hacia la ventana.
—Vivíamos con mi abuela. Mi abuelo murió mucho antes de que yo naciera, pero, de alguna manera, mi abuela consiguió conservar la granja.
Teníamos una casa grande. Del tipo tradicional…
ya sabes, con tejado de tejas y puertas de dormitorio que dan al exterior.
Era vieja y estaba un poco destartalada, no era lujosa, pero tenía seis dormitorios.
—Delia miró de reojo a Josh —que la observaba con atención— antes de volverse de nuevo hacia la ventana.
—Así que mi padre y mi madre le ayudaban a llevar la granja.
Nosotros, los niños, también ayudábamos.
Los hermanos y hermanas de mi madre ya se habían ido para entonces, la mayoría a España, y mi tío y su mujer vivían en Monterey.
En realidad, vivían en Seaside cuando llegué a California, pero se mudaron a Monterey después de que mi tío montara un concesionario de coches.
En fin, eso no es importante para la historia.
—Por aquel entonces, había muchos enfrentamientos por aquí entre la guerrilla y los paramilitares.
Rebeldes, paramilitares, cárteles… para los colombianos son todos lo mismo.
Todos son narcos. Los paramilitares y los rebeldes controlaban las rutas del narcotráfico.
En aquellos días, el Gobierno no aparecía por aquí.
Claro que de vez en cuando había policía en el pueblo, pero los paramilitares los tenían comprados.
Y los oligarcas eran los dueños de los paramilitares.
El Gobierno y los oligarcas dejaban que los paramilitares hicieran el trabajo sucio por ellos, así que campaban a sus anchas.
Josh parecía confundido. —Ahí me has perdido, probablemente porque soy un gringo ignorante. ¿Cuando dices «guerrilla» o «rebeldes» te refieres a las FARC? —preguntó.
—Esos términos podrían aplicarse a muchos grupos: las FARC, el ELN y varios ejércitos disidentes más pequeños de los que probablemente nunca hayas oído hablar.
Pero por aquí, los paramilitares y las FARC tenían todo el poder.
Había batallas todo el tiempo. Un grupo atacaba al otro, y unos días o semanas después, había un ataque de represalia.
No es que a nadie de la comunidad le importara un bledo quién empezaba nada.
Solo queríamos paz, la libertad de vivir sin un conflicto constante.
—La mirada lejana de Delia se enfocó más allá de las montañas que tenían delante, en un lugar y un tiempo diferentes.