Vengando a Sofía (Valle de Cortés 1) 2. Capítulo 1
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2. Capítulo 1

California, Estados Unidos

La vida de Joshua Geary no podría haber sido más perfecta.

Sentado en el despacho de su casa, saboreaba el aroma a café ecológico recién hecho, cultivado por su vecino en la Colombia rural.

Al mirar por la ventana que tenía al lado del escritorio, Josh se maravilló ante la vista de las estribaciones de un verde intenso recortadas contra las lejanas montañas nevadas y la columna de vapor del volcán Nevado del Ruiz.

El olor a beicon chisporroteante flotaba en el aire, preparado por la mujer de Josh, Sofía, un capricho diario del que disfrutaban con huevos de granja y arepas caseras.

Blondie —una gata de color negro azabache con ojos de color ámbar— yacía enroscada en el borde del escritorio mientras Josh examinaba de cerca el monitor de su ordenador, dando los últimos retoques a su última fotografía.

La imagen formaba parte de una serie de abstracciones naturales —capturadas en bosques y granjas cercanas— que planeaba enviar a un laboratorio de impresión profesional de Estados Unidos.

Una vez terminadas, las fotos colgarían en las paredes de la Wellington Gallery de Carmel-by-the-Sea, California, una de las salas de exposiciones de fotografía artística más prestigiosas de Norteamérica.

Dos perros revoltosos —Bowie y Charlie— entraron en el despacho de un salto y se zambulleron en una gran cama para perros situada frente a la ventana.

Bowie tenía cuerpo de pastor alemán, con los ojos multicolores de un husky siberiano, y Charlie lucía todas las características físicas de un Labrador retriever negro.

—Buenos chicos —dijo mientras se frotaban el uno con el otro y se acomodaban para echarse una siesta matutina.

Blondie se levantó, arqueó el lomo y dio tres vueltas sobre sí misma antes de volver a su postura anterior, dispuesta a pasar la mañana en el mundo de los sueños gatunos.

Josh miraba fijamente la fotografía en su monitor, ajustando la configuración de contraste y brillo en Photoshop. Casi está, pensó.

—Oye, el desayuno está casi listo —dijo Sofía asomando la cabeza por el marco de la puerta—. Tengo plátanos con yogur griego. ¿Quieres papaya también?

Josh sonrió como un adolescente enamorado, deleitándose con el resplandor de la belleza de su mujer. —Sí, por favor. Suena perfecto.

El sonido de Tatiana Manaois cantando Yesterday Everyday Always resonaba por la casa mientras Josh miraba por la ventana del despacho a Sofía, que cruzaba el jardín.

Caminando tranquilamente hacia una fila de papayos, se estiró con un cuchillo de cocina y cortó el tallo de una de las frutas de color amarillo y naranja brillante.

Se giró, segura de que sorprendería a Josh mirándola, como un adorable admirador secreto, absorto en cada uno de sus movimientos.

Cuando ella alzó la papaya por encima de la cabeza, Josh se puso en pie, se acercó a la ventana y le hizo una seña con el pulgar hacia arriba.

En cierto modo, Josh era su adorable admirador secreto.

Desde luego, era su mayor fan. Le encantaba su forma de andar, tan serena, llena de confianza, con la elegancia de una bailarina y la determinación de un maestro de orquesta.

Por otro lado, también le encantaba verla crear sus obras de arte o subir una colina o vadear las olas del Caribe o dormitar en una hamaca en una tarde de ocio.

Desde el momento en que conoció a Sofía, Josh se había sentido el hombre más afortunado del mundo.

Ella diría que se lo merecía, pero él nunca se sintió del todo digno de tanto de su tiempo y afecto.

Para todos en sus vidas, Sofía y Josh parecían la pareja perfecta.

Desde el principio de su relación, siempre habían tenido una visión clara de la vida juntos.

Pensaban que sus lugares en el mundo estaban prácticamente ordenados por la divinidad: Sofía como autora e ilustradora de libros infantiles y Josh como fotógrafo artístico.

Pero la vida no había sido tan complaciente, sino que los había enviado por un camino juntos por el mundo empresarial estadounidense.

Experimentaron los altibajos de la montaña rusa económica, las trampas de compañeros de trabajo traicioneros y la destrucción causada por ejecutivos incompetentes empeñados en su beneficio personal a toda costa.

Pero ese día, todo eso había quedado atrás.

Tenían una casa nueva en una zona rural de Colombia.

Sofía acababa de recibir un considerable anticipo por su primer libro y a Josh le faltaban pocos meses para su primera gran exposición de arte en solitario.

Estaban viviendo el sueño, con un pie en el mundo contemporáneo y el otro en la mística cordillera de los Andes, donde reinan los lazos familiares y la tradición.

—En cinco minutos —anunció Sofía desde la cocina. Era una señal para que Josh terminara su trabajo y se dirigiera a la mesa.

—Voy enseguida —movió Josh el cursor por la pantalla del monitor y pulsó el botón Guardar antes de cerrar Photoshop. ¡Listo para enviar a la imprenta!

—No encuentro a mi mamá —dijo una vocecita.

Josh giró la silla y se encontró con un niño pequeño, de unos cinco años, de pie en el umbral.

Llevaba un peto vaquero OshKosh B’Gosh, con una camiseta de La guerra de las galaxias y unas Converse rojas de caña alta.

Las lágrimas le corrían por la cara mientras suplicaba—: ¡Por favor, ayúdame a encontrar a mi mamá!

—¿De dónde has sa...? —empezó a decir Josh cuando una mujer apareció en el umbral.

—Vamos, cariño, tenemos que irnos de aquí —dijo, cogiéndolo por debajo de los brazos para levantarlo mientras corría desde el umbral hacia el final del pasillo.

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

El ruido parecía venir de la cocina. Josh se levantó de un salto y corrió hacia el umbral. Asomando la cabeza por la esquina, el olor acre de la pólvora sin humo le quemó las fosas nasales, pero no vio a nadie.

Se giró y miró por el pasillo. La mujer yacía boca abajo en el suelo, con manchas rojas que se extendían por la espalda de su camiseta blanca.

Tenía los brazos doblados bajo el pecho y las piernas estiradas hacia la puerta del despacho.

Dos piernas más pequeñas, vestidas con un peto vaquero y zapatillas rojas, sobresalían por debajo de su costado izquierdo.

Josh se giró y se dirigió a la cocina. ¿Qué está pasando? ¿Qué coño está pasando? Al llegar al salón, se detuvo y escudriñó el espacio en busca de algo que pudiera explicar el ruido y quién había invadido su casa.

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

Ahora parecía venir de la otra dirección, hacia el final del pasillo. Josh se dio la vuelta, pero antes de que pudiera dar un paso en la otra dirección, Sofía apareció frente a él. Articuló algo indistinguible, como en un idioma que él nunca había oído.

—¡¿Qué?! —gritó él.

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

Las manchas rojas se extendieron por la parte delantera del delantal amarillo de Sofía. Ella volvió a pronunciar algo, ininteligible. Josh se quedó helado, mirando el pecho de Sofía mientras ella permanecía estupefacta frente a él, con la mirada perdida en la distancia.

—¡¿Qué te ha pasado?! —dijo, frenético, mientras su mente buscaba claridad, desesperadamente confundido sobre qué hacer a continuación.

Sofía masculló algo más, sus ojos se encontraron con los de Josh, con una mirada de puro terror.

—¡¿Qué?! ¡No te oigo! ¡No lo entiendo!

—¡Despierta de una puta vez, Josh! —gritó ella.

*

Josh se incorporó de golpe en la cama, su mente luchando por interpretar dónde terminaba la pesadilla y dónde empezaba la realidad.

El tiempo había pasado muy lentamente desde que Sofía murió el año anterior, su voz aún resonando en su mente, acariciando su alma destrozada.

El sudor le caía por la cara. Sus ojos luchaban por enfocar, y sus pensamientos nublados trataban de descifrar dónde estaba.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal y se le puso la piel de gallina en los brazos.

Un viento helado le soplaba en la cara mientras le castañeteaban los dientes.

Cuando sus ojos recuperaron el enfoque, se volvió a su derecha para ver la ventana abierta, una brisa soplaba la cortina en su dirección.

Saltó de la cama y se tambaleó hasta la ventana, cerrándola para detener la corriente de aire frío.

Al echar un vistazo a la pequeña habitación, vio una cómoda en una pared, un armario alto en otra y una cama de matrimonio en el centro. La casita de la abuela, pensó .

La casita había pertenecido a su abuela paterna, Louise Geary, antes de que muriera hacía cinco años.

Ahora era suya. La vivienda de dos dormitorios era todo lo que quedaba del extenso rancho de caballos de sus abuelos en Carmel Valley, California.

Josh había pasado parte de su infancia viviendo en el rancho después de que sus padres murieran, desde los quince años hasta que se fue a la universidad.

Antes de que su madre y su padre fallecieran, se había criado en la cercana ciudad costera de Monterey, enclavada en el codo sur de la bahía de Monterey.

Incluso antes de que Josh viviera en el rancho, había sido como su segundo hogar.

Un trayecto de treinta minutos en coche separaba las casas de sus padres y sus abuelos, lo que facilitaba que toda la familia se reuniera durante la semana.

El abuelo de Josh, Hank Geary, le había enseñado a montar a caballo antes de que cumpliera los cinco años, y su abuela organizaba una comida familiar todos los domingos por la tarde.

Josh era su único nieto y su único pariente vivo.

Habían estado presentes cuando él vino al mundo, habían asistido a todos sus eventos escolares y lo habían mimado en cada etapa de su vida.