Capítulo 11
Luke
—¿Dónde estás? —le preguntó Sol a Luke en cuanto este cogió el teléfono.
—Intentando decidir si debería comer en Gjelina o en un sitio que se llama The Butcher’s Daughter, que parece el lugar perfecto para guionistas en paro y sus perritos. —Luke estaba famélico, pero parecía incapaz de tomar una decisión.
—Ante la duda, Gjelina siempre es la respuesta —sentenció Sol.
—Pero si te acabo de decir que en el otro sitio había perros adorables.
—¿Y cómo es que todavía no has comido? —preguntó ella. ¿Acaso sonaba molesta?
—No tenía hambre y, de repente, estoy absolutamente muerto de ganas de comer —explicó Luke.
—¿Cuántas veces tengo que explicarte cómo funciona el jet lag ?
—Parecía que él se las había apañado para hacerle perder su no muy amplia paciencia...
otra vez—. ¡Si quieres salir de este bucle de fatiga del viajero, tienes que empezar a hacer las cosas cuando toca aquí, no en el horario de Londres!
Él soltó un suspiro.
—Siento decepcionarte.
—No es eso, yo también estoy cansada. No hemos podido tener ni un momento para estar el uno con el otro. Y ahora este nuevo caso se mete por medio. Además, sé que odias estar aquí.
—No odio estar aquí, simplemente no me entusiasma demasiado —admitió Luke—.
Pero tú sí que me entusiasmas y mucho. Sé que este era un viaje de trabajo importante.
Y, de repente, también se ha convertido en un viaje de trabajo para mí, lo cual no es ideal, pero Divya me dice que tenemos que aceptar este caso porque estamos básicamente sin un duro.
No es que necesitara que me lo recordaran; el estado de mi cuenta bancaria habla por sí solo.
—Y odias la idea de tener que pasar todavía más días en Los Ángeles y lejos de Londres —dijo Sol.
—Sí, pero sobre todo odio la idea de estar lejos de ti. Especialmente teniendo en cuenta que no hemos pasado tiempo de calidad últimamente y, desde luego, nada desde que llegamos a Los Ángeles.
—No te preocupes por eso, no estarás lejos de mí —dijo ella con un tono juguetón.
—¿A qué te refieres? Se suponía que volábamos de vuelta a Londres mañana. Tendré que cambiar mi vuelo para trabajar en este caso —dijo él. Realmente no podía creer que fuera él quien se quedara.
—Yo también voy a posponer el regreso. Me ha llamado Julie. Ya que estamos aquí, quiere que cubra un junket de última hora para Red Carpet. En realidad es una entrevista con Victor Lago. Por lo visto, están haciendo una segunda ronda de prensa para Haughty Horizons .
—¿Acaso Red Carpet no tiene ya un corresponsal aquí?
—¿Es que te quieres librar de mí o qué?
—¡Claro que no quiero librarme de ti! Solo me aseguro de que no hayan desaparecido más periodistas —protestó él.
—¡No ha desaparecido nadie más! El corresponsal habitual de Red Carpet tiene que cubrir otra cosa.
Es algo muy común. Julie quería que su corresponsal intentara hacer las dos cosas, pero ahora ha decidido aprovechar que yo estoy aquí y me ha puesto a trabajar —explicó Sol—.
Sigue queriendo que encontremos a Simon.
—Claro que sí y repito: no hay un “nosotros” en lo que respecta al caso —dijo Luke, sonando tan autoritario como le fue posible—. No quiero que te involucres.
—Vale, vale. Prometo mantenerme al margen de tu caso —concedió ella finalmente.
—Bien, porque me alivia mucho saber que no estaré solo en este espantoso laberinto de autopistas y centros comerciales al aire libre que se hace llamar ciudad.
—¡Madre mía! ¡Qué snob eres!
—Y estoy deseando verte a menudo en una capacidad estrictamente ajena al caso —dijo Luke.
—¿Te refieres a si por fin encontramos el momento de follar?
—No hemos estado haciéndolo tanto como antes, ¿verdad? —dijo él.
Luke se alegró de que ella también se hubiera dado cuenta y de que no fuera que lo estuviera evitando activamente porque estuviera pensando en dejarlo o cualquiera de las otras teorías que le asaltaban a veces.
—Desde luego que no y ni siquiera te he visto desnudo —por no hablar de tocarte— desde que aterrizamos en LA.
—Y te preguntas por qué no me convence este sitio...
—No te gusta porque no te lo he enseñado. Una vez que te descubra Los Ángeles, te vas a enamorar de la ciudad.
—Permíteme que mantenga mi escepticismo al respecto. Pero seré feliz viendo la ciudad contigo —admitió él.
—Vale, esto es lo que va a pasar. Te vas a ir a Gjelina, donde con suerte te darán mesa enseguida, porque ¿quién come a las dos y media?
—¿Guionistas en paro con sus perritos? —intentó tomarle el pelo, pero pudo oír su risa contenida mientras ella seguía hablando fingiendo ignorar su comentario.
—Vas a pedir la pizza pomodoro con burrata y una de las ensaladas. Confío en que seas capaz de tomar una decisión inteligente. El tráfico está tirando a mal —dijo Sol. A él le gustaba cuando se ponía mandona.
—Obviamente —dijo él, pero Sol volvió a ignorar su comentario.
—Debería estar allí en unos cuarenta minutos. Podemos pedir algún postre y luego ir a la playa.
—¿Otra vez?
—¿Podrías ser un poco menos obtuso? El otro día fuimos a la playa en Santa Mónica. Esto es Venice. Te prometo que te gustará.
—Pero que quede claro que no estás sugiriendo que nos vayamos a bañar ni nada parecido, ¿verdad? —dijo él, sin entender todavía la obsesión de ella con la playa en enero.
—¡Claro que no! ¡El agua está helada! —exclamó Sol—. Vamos a pasear y a ver gente.
—Será una de nuestras passeggiate .
—Exacto. Pero esta vez no nos quedaremos a ver la puesta de sol. Porque quiero llegar pronto al hotel y verte desnudo.
—Puede que por fin me esté empezando a gustar la idea de quedarme en esta ciudad —dijo él con un tono travieso.
Sol
Había sido una tarde gloriosa. Casi perfecta. Parecía la secuencia de una película: la pareja sexy paseando, abrazados. Aprovechando cualquier oportunidad para tocarse, mirarse, sonreír.
A Sol le gustaba la idea de crear nuevos recuerdos en una ciudad que había estado entre sus favoritas durante tanto tiempo, pero que se había visto obligada a borrar de su mente tras el divorcio.
Era como si todo lo que asociaba con Los Ángeles —el sol, el océano, el ambiente relajado y la energía surfera— se hubiera vuelto indistinguible de su matrimonio con David.
Había evitado pensar en Los Ángeles solo para mantener a David fuera de su cabeza. Pero estaba empezando a tener nuevas experiencias allí y algunas de ellas eran ahora sinónimo de una nueva Sol. Y de su relación con Luke.
Tras un paseo por el Ocean Front Walk, donde Sol habría dicho que Luke empezaba a mostrar algunos signos de afecto por el lugar, habían cogido un Uber y regresado al hotel.
Por fin estaban frente a la puerta de su habitación en el Fairmont. Ella habría sido capaz de abrir si Luke no hubiera estado distrayéndola desde el momento en que entraron en el ascensor. No le había dado tregua ni siquiera al salir de él.
—Tienes que dejar de besarme el cuello dos segundos —le suplicó ella.
—¿Ah, sí? —susurró él, presionando el pecho y las caderas contra su espalda, mordiéndole un lóbulo y haciéndola estremecerse.
—Estoy tan... —intentó decir ella.
—¿Excitada? —la ayudó él, pasando la lengua lentamente por su cuello.
Ella arqueó la espalda contra él, asintiendo.
—Que no consigo que se abra la puerta.
Había probado la tarjeta de la habitación cuatro o cinco veces, obteniendo siempre una luz roja en el proceso. Estaba empezando a sentirse extremadamente frustrada.
—Prueba con mi tarjeta —le dijo él, todavía haciéndole cosquillas en la nuca—. Pero tendrás que encontrarla primero.
—¿En serio? —dijo ella, pero no pudo evitar sonreír.
Se giró, quedando frente a Luke, con la espalda contra la puerta de la habitación y el cuerpo de él presionado contra el suyo. Él continuó torturando el cuello de Sol de forma diabólica mientras ella empezaba a registrar el contenido de los bolsillos traseros de él.
—Ahí no. —Le mordió el lóbulo otra vez.
Ella necesitaba encontrar esa dichosa llave y abrir la puerta o entraría en combustión en el pasillo.
Tras palpar la redondez perfecta del culo de Luke, metió la mano derecha en uno de sus bolsillos delanteros, pero decidió que él no iba a ser el único en jugar a mantener al otro excitado.
—Definitivamente, eso no es —dijo él con la voz temblorosa y todavía más sexy de lo habitual mientras ella tensaba la tela de su bolsillo y acariciaba lentamente su erección con la palma de la mano—.
Vale, deja que te ayude —dijo finalmente Luke, sacando su tarjeta del otro bolsillo e intentando abrir la puerta él mismo. Pero eso tampoco funcionó.
—¡Grrr…! —gritó Sol al ver la luz roja en la cerradura de la puerta. Estaba oficialmente frustrada.