Venenosamente tuyo (La serie de misterio y romance de Sol y Luke 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Sol

—¡Esto no puede estar pasando! —protestó Sol cuando llegaron a su mesa dentro del enorme hangar donde se celebraría la ceremonia.

Luke la miró entornando los ojos, cuestionándola en silencio.

—Sol, no dejas de decir eso y, aun así, las cosas siguen pasando.

—Se va a sentar con nosotros —dijo Sol, refiriéndose al nombre de Claudia Hopkins en una tarjeta colocada junto a la suya en la mesa número 13—.

En todos los años que llevo asistiendo a esto, nunca me habían dado un sitio mejor.

Casi puedo tocar el escenario desde aquí.

Incluso hay algunas estrellas sentadas con nosotros en la mesa.

¡Y ella tiene que estar aquí también! ¡Para una vez que tengo suerte con el sorteo de los asientos en una entrega de premios, por supuesto no podía ser todo bueno!

—Quizá sea algo positivo y pueda contarte más sobre ese puesto que ha mencionado —dijo Luke.

Sol quería estrangularlo. ¿Por qué tenía que ser tan jodidamente razonable?

Sí, siempre le había atraído esa parte de él que respetaba y apoyaba su carrera, ¿pero de verdad estaba sugiriendo que debería dejar Londres?

Era, literalmente, la persona más apegada a Londres que había conocido jamás.

Una oferta de trabajo en Los Ángeles debería parecerle una propuesta descabellada.

Todavía no estaba segura de cómo había aceptado acompañarla cuando eso significaba dejar su querida ciudad natal durante cuatro días enteros (más aún si se contaban las horas de vuelo).

Y sin embargo, ¿de repente quería que se planteara un trabajo lejos de Londres?

¿Podría ser que se estuviera cansando de ella y por eso insistía tanto con la idea?

Sol decidió que no podía esperar a descubrir las respuestas a esas preguntas tan acuciantes hasta más tarde, cuando por fin terminaran con el circo de la ceremonia y estuvieran a solas.

Iba a intentar llevarlo a un lugar más privado para hablar de todo, incluido el desastre de las Navidades.

Pero, aunque tener esa conversación era lo único que Sol necesitaba, volvieron a interrumpirlos.

—¡Mirad quién está aquí! —La voz aguda de Claudia retumbó a espaldas de Sol, quien decidió que a la persona que más ganas tenía de estrangular era a su antigua editora y no al hombre que estaba a su lado, con un aspecto imponente.

—Parece que nos han sentado juntos, sí —dijo Sol, intentando sonar cordial y no molesta, aunque no estaba segura de haberlo conseguido.

—Tienes que contarme qué has estado haciendo en Londres —le dijo Claudia a Sol—. Aparte de ligarte a hombres sexys, por supuesto.

Sol no sabía cómo decirle a Claudia que no estaba bien objetivar a Luke de esa manera, aunque a veces pareciera más el personaje de un culebrón que una persona real por lo guapo que era.

Ella podía dar fe de que, efectivamente, era un ser humano de carne y hueso cuyos sentimientos podían salir heridos.

—También es muy listo, ¿sabes? —dijo Sol.

No quería enfrentarse a Claudia de forma demasiado abierta.

La ceremonia se alargaría más de tres horas y no quería pasarse todo ese tiempo sentada junto a una persona con la que acababa de discutir, hirviendo de rabia.

Pero tampoco le gustaba la forma en que Claudia hablaba de su pareja.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo te trata la vida al otro lado del charco?

—He estado escribiendo un libro y trabajando como freelance para Red Carpet. Normalmente trabajo con Julie McQueen. ¿Es posible que me dijera que os conocéis? —le preguntó Sol a Claudia, intentando ser educada y esperando que captara la indirecta.

—Sí, sí, la mujer más aburrida del sector.

—Claudia hizo un gesto con la mano, restándole importancia.

Sol no estaba de acuerdo. Elegiría a Julie como editora antes que a Claudia cualquier día, pero no pudo protestar porque Claudia siguió dando voz a todos sus pensamientos—.

¡Pero mírate, haciendo cosas de mayores y escribiendo un libro!

Sol decidió no decir nada. Tenía cuarenta y tres años.

Objetivamente, habría dicho que empezó a comportarse como una adulta al menos una década atrás.

Eso es lo que le hacía a la gente tener una casa en propiedad, ¿no?

Acababa con su juventud. Además, su libro no solo no estaba publicado, sino que, desde que escribió el último párrafo, sentía una especie de pavor ante la idea de no poder pasar más tiempo en ese mundo.

—Sabes quién más estaba escribiendo un libro, ¿verdad? —dijo Claudia, sacando a Sol de sus pensamientos—. Simon Smith.

—¿En serio? —dijo Sol. Notó cómo el cuerpo de Luke se tensaba a su lado, prestando más atención.

—Se suponía que era un relato en primera persona donde lo contaba todo sobre su experiencia como crítico de cine. Me han dicho que intentó venderlo por toda la ciudad y nadie se lo compraba. —Un amago de sonrisa de satisfacción asomó en los labios de Claudia.

—Bueno, puedo identificarme con eso —dijo Sol—. Los agentes tampoco es que se hayan pegado por la oportunidad de representarme a mí.

Pero no pudo preguntarle a Claudia más detalles sobre los frustrados pinitos literarios de Simon, ya que en ese momento llegaron los otros invitados que ocupaban su mesa y se sorprendió al reconocer entre ellos nada menos que al cineasta Victor Lago.

···

Visto con perspectiva, Sol debería haber imaginado que Victor Lago sería uno de los invitados de su mesa.

Mantenía una relación sentimental con la showrunner Abbie Domingo desde hacía más de una década y el nombre de Abbie figuraba en una de las tarjetas de la mesa junto a otra en la que se leía “Acompañante de Abbie Domingo”.

La segunda temporada de la serie de Abbie, Slowing Down , había sido nominada en varias categorías y era una de las favoritas de la noche en el apartado de drama televisivo.

Estaba claro que Lago había querido apoyar a su pareja, a pesar de que su propia película, Haughty Horizons , había sido la joya de la corona hacía apenas unas semanas pero no había logrado ningún reconocimiento tras la crítica de Simon Smith.

—Hola a todos, soy Abbie —dijo la amable showrunner al llegar a la mesa.

La mujer, de unos cincuenta años, era de constitución menuda pero tenía una presencia que llenaba la sala, vestida con un impresionante vestido palabra de honor de color berenjena—.

Estoy encantada de estar aquí esta noche.

Es un honor estar nominada. Aunque estoy un poco nerviosa.

Abbie se rió con ansiedad mientras estrechaba las manos de Claudia, Luke y Sol.

—¿Nerviosa? —dijo un Victor Lago malhumorado, dejándose caer con brusquedad en una silla, sin saludar al resto de los presentes en la mesa 13—. ¡Esta entrega de premios es de chiste!

La risa de Abbie pasó de repente de los nervios a la vergüenza.

Las cosas empezaron a ponerse especialmente incómodas en la mesa 13 cuando un par de periodistas se unieron al grupo: Jason Zit, que era el editor de Simon Smith en The Showbiz Reporter y había supervisado la publicación de su crítica de Haughty Horizons , y el crítico Travis Wise, de Performance Weekly.

—Esto se pone cada vez más interesante —le comentó Sol a Luke en un tono casi inaudible. Acto seguido, se presentó ella misma y a Luke a los recién llegados—. No sé si os acordáis de mí —dijo Sol al dirigirse a Jason Zit y Travis Wise.

—Claro, Sol, ¿cómo te va? —dijo Travis con su habitual estilo afable. Era un hombre negro de unos sesenta años que tenía algunas canas más que la última vez que Sol lo había visto.

—Yo no te recuerdo, la verdad —dijo Jason con brusquedad.

—Trabajó para mí una temporada —intervino Claudia, ya que todos ellos habían coincidido en Performance Weekly unos años antes, cuando Sol todavía vivía en Los Ángeles.

—Ah, trabajaste en Performance Weekly. Yo también trabajé en Performance Weekly —dijo Jason—. Ahora soy editor ejecutivo en The Showbiz Reporter.

—Coincidimos allí un par de años. Aunque Travis y yo trabajamos juntos más tiempo —dijo Sol.

—¿Ah, sí? Sigo sin acordarme de ti —dijo Jason.

Sol parpadeó. No sabía qué pensar. Aquel hombre de unos cincuenta años, pelo escaso y dientes amarillentos, había trabajado en su misma planta, apenas a un par de mesas de ella, cuatro años atrás.

Tenía que admitir que entre medias había habido una pandemia y que ella también parecía haber olvidado algunas cosas, pero aun así.

—Oh, por favor, no se lo tengas en cuenta —le dijo a Sol una mujer pelirroja, alta y delgada de unos cincuenta años—. No lo admitirá, pero Jason es totalmente incapaz de reconocer caras. Su principal fallo es que ni siquiera intenta ocultarlo.

—Vale, supongo —dijo Sol, confundida.

—Soy Emily, la esposa de Jason. Si te sirve de consuelo, yo sí te recuerdo de un par de fiestas navideñas organizadas por Performance Weekly —continuó la pelirroja y eso hizo que Sol se sintiera mal porque ella no la recordaba.

Y sabía que no tenía problemas para reconocer caras—.

Pero entonces venías con alguien diferente.

—Emily señaló a Luke, que estaba al lado de Sol.

—Probablemente asistiría con mi marido —dijo Sol e inmediatamente se dio cuenta del error.

¿En qué estaba pensando? Estar en Los Ángeles y rodeada de antiguos compañeros había evocado con nitidez una etapa de su vida que ya había terminado.

Sintió a Luke a su lado, mirándola con ojos confusos—. Mi exmarido —se corrigió.

—Ah —dijo Emily.

—Sí —añadió Sol con incomodidad.

—Yo personalmente creo que ha salido ganando con el cambio —se sintió inexplicablemente obligada a decir Claudia.