Venenosamente tuyo (La serie de misterio y romance de Sol y Luke 2)
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Capítulo 1
Sol
—Esto no puede estar pasando —dijo Sol por décima vez.
Pero aunque se empeñara en negar los hechos, todos apuntaban a una única, espantosa y horrible conclusión: le habían extraviado la maleta facturada.
Ella misma, como la experta que era, la había hecho con sumo cuidado para que cupiera toda la ropa, cosméticos, zapatos, bolsos y accesorios varios que necesitaría para su estancia de cuatro días en Los Ángeles; además de algún extra por si surgía una emergencia o una invitación de última hora a una fiesta exclusiva.
Sin embargo, a pesar de la perfección de su contenido y de lo mucho que Sol Novo lo necesitaba todo, la maleta no aparecía por ninguna parte.
Ella y Luke llevaban más de cuarenta minutos frente a la cinta número tres de la terminal internacional de LAX. Los últimos pasajeros procedentes de Londres ya habían recogido su equipaje, pero la maleta de Sol no estaba entre las entregadas.
— Andiamo al banco bagagli, Sol . Están empezando a salir las maletas de un vuelo de Roma —le dijo Luke, pero ella no lo escuchaba. Ni siquiera le importó que su amante, nacido y criado en Londres, le hubiera hablado en italiano, aunque eso siempre conseguía que se derritiera.
Pero no pensaba ir al mostrador de equipajes. Sabía lo que pasaba allí: a la gente siempre le daban la misma noticia terrible; que sus maletas se habían perdido para siempre.
—Esto no puede estar pasando —repitió una vez más.
Se había quedado tirada por culpa de volcanes.
Había deambulado sonámbula por terminales esperando conexiones con retrasos infinitos.
Había dado cabezadas en asientos de aeropuerto incomodísimos.
Había estado en aviones de larga distancia con los baños averiados y sin agua corriente.
Incluso le había tocado volverse a casa —en más de una ocasión— tras pasar el día entero en el aeropuerto para que su vuelo pasara de estar eternamente retrasado a ser cancelado.
Pero Sol se consideraba afortunada porque nunca, en sus muchas décadas como viajera experimentada, le habían perdido las maletas.
Ni siquiera se las habían extraviado momentáneamente.
Luke arrastraba su maleta de fin de semana con una mano y había cogido la de Sol con la otra. La estaba guiando hacia el mostrador de su compañía aérea en la zona de llegadas de LAX. Una vez allí, se dirigió al único empleado que ocupaba el puesto.
—Hola. La maleta de mi pareja no ha salido por la cinta y nos preguntábamos si...
—¡Tiene que estar en alguna parte! —dijo Sol, llevándose las manos a las mejillas encendidas.
—Señora, cálmese. ¿Tiene el resguardo de la maleta facturada? —dijo el empleado de la aerolínea.
Sol le entregó el resguardo, dolida por lo de “señora”. ¿Cuántos años se pensaba el empleado que tenía?
Tras lo que pareció una eternidad —aunque probablemente solo fueron un par de minutos introduciendo el número del resguardo en un ordenador—, el empleado dijo lacónicamente:
—La hemos encontrado.
—¡La tienen! —Sol sintió algo parecido al éxtasis. Así de apegada estaba a sus cosas—. ¡Pensaba que iba a tener que comprarme un armario entero nuevo!
—Puede que todavía tenga que hacerlo —continuó el empleado con su estilo cortante.
—¿A qué se refiere? —preguntó Sol.
—Le he dicho que la hemos encontrado, no que la maleta esté aquí —el empleado se encogió de hombros sin levantar la vista de la pantalla.
—Eso suena inquietante —Sol arqueó las cejas, confundida.
Y era inquietante, pero no tanto como lo que pasó a continuación.
Su editora la estaba llamando. Tenía que ser urgente, porque Julie McQueen nunca tenía la costumbre de llamar por teléfono.
Al menos no a Sol. Lo suyo eran más las cadenas infinitas de correos electrónicos.
Pero Sol tenía que coger esa llamada porque Julie era la única editora que le pasaba trabajos como freelance bien pagados con regularidad.
Sol dejó a Luke lidiando con el empleado de la aerolínea para que supieran dónde entregar su maleta una vez que regresara de su ubicación desconocida.
No era propio de ella dejar que otra persona se encargara de algo así, pero en los últimos meses que habían pasado juntos, había aprendido a confiar en Luke.
Él había demostrado ser constante y de fiar.
Así que Sol estaba segura de que haría todo lo posible para recuperar sus cosas y les transmitiría toda la prisa necesaria a los de la aerolínea.
—Julie, hola. ¿Va todo bien?
—¿Ya estás en Los Ángeles? —respondió su editora de inmediato.
Era una mujer competente a la que Sol apreciaba mucho como colega profesional.
Creía firmemente en el lema de que “menos es más”, nunca editaba en exceso y aún tenía un presupuesto decente para colaboradores.
No era una gran conversadora, pero Sol podía pasarlo por alto.
—Acabo de aterrizar. Estoy intentando solucionar un tema con el equipaje.
—Te han perdido la maleta —afirmó Julie. No lo preguntó, lo afirmó.
Sol caminaba hacia arriba y abajo, nerviosa, a unos metros de Luke, con los ojos clavados en él mientras gestionaba su problema.
—Sí. Estoy un poco en pánico, la verdad.
—No lo estés, no servirá de nada. Seguirás sin tener nada que ponerte y encima estarás en pánico. Y, créeme, nadie quiere ver a una mujer de más de cuarenta en pánico —argumentó Julie. Su editora sonaba tristemente razonable—. Pero no tengo tiempo para cháchara.
—Ya —dijo Sol. ¿Cuándo había tenido Julie tiempo, o ganas, para cháchara?
—Supongo que has leído mi correo.
—Me temo que has supuesto mal. Como te decía, acabo de aterrizar y no he tenido tiempo ni de pasar la aduana ni de salir del aeropuerto.
Si no llevara unos meses trabajando con Julie y no hubiera aprendido a entender su forma de comunicarse, el tono de su editora la habría hecho entrar en pánico.
Pero a diferencia de la mayoría de los editores con los que Sol había trabajado a lo largo de su carrera, Julie era de las que ladraba mucho —un rasgo común en los editores— pero no mordía —uno bastante poco común—.
—¿No había wifi en el avión? —preguntó Julie.
—Dios, Julie, ¿te has tomado ya tu dosis de cafeína de hoy?
—Lo siento, cariño, pero puede que haya muerto un querido amigo y creo que estoy más afectada de lo que esperaba.
—Lo siento mucho —dijo Sol, sintiéndose mal ahora por su comentario mordaz hacia la editora—. ¿Qué ha pasado?
—Bueno, por eso te preguntaba si habías leído mi correo. Allí lo había puesto perfecto. Ahora te va a tocar la versión hablada y no tan pulida. Simon Smith ha desaparecido.
Sol frunció el ceño. No entendía lo que Julie intentaba explicarle.
—¿Desaparecido como...?
—Desaparecido tal cual: kaput , cariño. A mí me parece que ha pasado algo malo.
Llevo años diciéndole que tenía que rebajar su acidez.
Y lleva siglos recibiendo correos de odio.
¡Pero esto! —continuó Julie, sin que Sol le encontrara mucho sentido a lo que estaba diciendo.
Ni siquiera sabía quién era Simon Smith.
—¿Podemos recapitular un poco? ¿Has dicho que alguien ha muerto?
—¡Sí! Probablemente... —dijo Julie—. Simon, obviamente. ¿Es que no sabes de quién te hablo?
—Siento si me estoy repitiendo, pero ¿te das cuenta de que acabo de bajar de un vuelo de once horas y me han perdido la maleta? Y no, lo siento, no he leído tu correo. El nombre me suena, pero ahora mismo no lo ubico.
Sol siguió paseando de un lado a otro, vigilando a Luke mientras seguía hablando con el empleado de la aerolínea. Empezaba a notar que le venía un dolor de cabeza y se masajeó las sienes.
—Simon Smith, el crítico de cine principal de The Showbiz Reporter y una de las personas más polémicas en este negocio.
—¿Por qué es polémico?
—La última vez que le gustó una película fue probablemente en 1999 —dijo Julie.
—A ver, fue un año buenísimo, pero...
—Hay vida después de Fight Club , American Beauty y Eyes Wide Shut ...
—No te olvides de The Matrix —aportó Sol, dejando de caminar.
—Sí, pues a Simon no le gustó The Matrix , de hecho.
—¿En serio? ¿Qué problema tiene?
—¡Ves, por eso estoy tan preocupada por él!
—dijo Julie—. Todo el mundo le odia. Hasta su editor en The Showbiz Reporter, Jason Zit.
Acabo de llamarle y no está preocupado. ¡Y hace dos días que no sabe nada de Simon!
Parecía aliviado de habérselo quitado de encima.
¡Le tiene ganas a Simon desde hace años!
—Vale, Julie, veo que estás claramente afectada. ¿Qué puedo hacer por ti?
—¡Pues necesito que encuentres a Simon, por supuesto! Aunque me temo que es demasiado tarde y va a estar bajo tierra, enterrado en algún lugar del desierto de California. ¡Y esa es una forma espantosa de morir!