Capítulo 33. Después #2
Acamparon esa noche en los restos secos de una casa de labor aislada, con el tejado medio hundido y un patio cubierto por malas hierbas demasiado coloridas, pero lejos del agua gruesa y de la música directa de las campanillas.
La diferencia se sintió enseguida en el cuerpo.
El hambre seguía. El cansancio también. Oren no estaba mejor.
Lemn seguía roto por dentro. Aun así, la simple posibilidad de pensar sin que cada pensamiento pareciera rebotar de inmediato contra una pared viva del paisaje les devolvió una franja mínima de libertad.
Fue allí, al caer la noche, cuando hablaron de verdad del después.
Empezó Oren, quizá porque ya había comprendido que el tiempo no iba a dejarle muchas ocasiones limpias para decir ciertas cosas.
—No hemos ganado.
Nadie reaccionó con ofensa. Aquello era demasiado cierta para eso.
—No —respondió Mara.
—Pero tampoco nos ha tragado como quería —añadió él.
Narel se dejó caer contra un muro y miró un buen rato la oscuridad del patio antes de hablar.
—A mí eso me vale de momento.
Lemn seguía en silencio. Había hablado poco en todo el día.
No por distancia con los otros, sino porque cualquier palabra alrededor de Lía parecía costarle una cantidad desproporcionada de energía.
El anillo ya no estaba con él. Mara no sabía si eso le aliviaba o le vaciaba más. Tal vez ambas cosas.
—No sé qué queda de ella —dijo al fin.
El tono era tan bajo que casi pareció una confesión involuntaria.
Mara lo miró. Oren también. Narel apartó la vista con una delicadeza torpe que en otro tiempo le habría parecido imposible.
—Yo tampoco —respondió Mara—. Pero sé lo que no queda igual.
Lemn alzó la cabeza. La estaba escuchando de verdad.
—La forma en que la tenían —continuó ella—. La forma en que te usaban a través de ella. La forma en que el lugar se sostenía en torno a ese centro. Todo eso no quedó igual.
Lemn tragó saliva. La frase no lo consolaba. Tampoco debía. Pero le ofrecía una estructura menos cruel que la pura idea de haber destruido sin más.
Oren intervino con esa precisión seca que lo hacía parecer a veces más sereno de lo que estaba.
—Quizá eso sea lo único decente que podíamos hacer allí. No salvarla como queríamos. Negarles lo que seguían haciendo con ella.
Narel dejó escapar aire por la nariz.
—Suena horrible.
—Lo era —dijo Mara.
La claridad de la respuesta cerró el paso a cualquier tentación de embellecer retrospectivamente la elección. No la volverían gesta. No iban a dejar que el dolor se disfrazara de grandeza para resultar más digerible. Ese rechazo a la épica, pensó Mara, era otra manera de conservar algo suyo.
La conversación derivó luego hacia Oren.
Ya no podían evitarlo. El cuerpo del hombre se había convertido en otra cuenta pendiente y, quizá, en la más urgente.
La ruptura del centro no lo había curado.
Pero sí había desordenado el avance. Mara y Lemn expusieron lo que veían sin mentir: el proceso seguía, aunque de forma menos clara, menos lineal, quizá menos afilada. Oren escuchó sin dramatismo.
—Entonces no tenemos respuesta —dijo.
Lemn negó.
—No completa.
—Pero tenemos más que antes.
—Sí.
Oren apoyó la cabeza contra la piedra.
—Me conformaré con eso unas horas.
A Mara la golpeó la frase con una tristeza espesa. En otro tiempo “unas horas” habría sonado a exageración. Ahora era una medida honesta de esperanza.
Más tarde, cuando Narel y Oren durmieron de puro agotamiento, Mara salió al patio.
Allí la noche era distinta. Seguía siendo peligrosa.
Pero no tenía la presión central de la zona profunda.
Las flores raras se balanceaban con el viento sin que el cuerpo sintiera de inmediato la necesidad de acercarse.
Los árboles cercanos crujían sin esa modulación casi lingüística.
Incluso el cielo parecía recuperar una distancia que en los últimos días había perdido.
Lemn la siguió al poco rato. No caminaba como antes de Lía.
Ni siquiera como durante el descenso. Caminaba como alguien que todavía no sabe qué ha hecho exactamente con el amor que le quedaba y que tendrá que aprender a vivir con esa forma nueva sin esperar que un relato claro lo absuelva.
Se quedaron un momento en silencio. Mara no necesitaba apremiarlo. El cuerpo de él ya estaba diciendo demasiado.
—Sigo esperándola a veces —dijo al cabo, mirando el patio, no a ella.
Mara no fingió sorpresa.
—Lo sé.
—No como si fuera a volver andando por ese camino. No soy idiota.
La brusquedad de la frase no iba contra ella. Era una defensa contra sí mismo.
—Pero el cuerpo… —continuó— todavía la coloca en sitios. La voz, el gesto, el anillo. Como si no aceptara del todo que ya no tengo hacia dónde llegar.
La confesión le rompió algo a Mara de una manera limpia. Porque entendió entonces que el después no consistía solo en cargar con una decisión. Consistía también en convivir con la persistencia física del vínculo aunque la mente ya supiera que no puede ser obedecido igual.
—Eso no es negación necesariamente —dijo ella—. También es duelo.
Lemn soltó una risa breve y vacía.
—Nunca pensé que iba a odiar una palabra tan poco.
Mara se acercó un paso. No demasiado. Lo suficiente para que la proximidad dejara de ser una idea abstracta.
—No lo tienes que hacer bien ya.
Lemn la miró entonces, cansado hasta un lugar que parecía antiguo.
—Y tú no tienes que quedarte para arreglarme esto.
Lo dicho la golpeó con una doble verdad.
Porque sí: una parte de ella quería quedarse a reparar, sostener, ordenar el dolor de él hasta hacerlo habitable.
Y precisamente esa pulsión, tan amorosa en apariencia, podía ser otra forma de permanencia si la convertía en razón para no seguir avanzando, para no salir de todo aquello del todo.
—No quiero arreglarte —respondió con honestidad—. Quiero estar.
La sencillez de la frase dejó el aire quieto un segundo. Lemn bajó la vista a sus manos. Luego volvió a alzarla.
—Eso sí me da miedo.
Mara asintió. No le sorprendía.
—A mí también.
Porque estar, después de la zona profunda, ya no era una promesa fácil.
Implicaba atravesar juntos no solo el deseo y el cuidado, sino también el duelo, el miedo al cuerpo de él, la anomalía de ella, Oren, la posibilidad de que el bosque siguiera dejando restos de sí en todo lo que tocaba.
Y, sin embargo, al oírse decir la palabra, Mara supo que era la única que quería seguir usando.
Lemn dio un paso. Esta vez sí la tocó él primero.
Muy despacio. La mano fue a su cintura con esa cautela permanente que arrastraba su propio cuerpo: el recuerdo del veneno, de las espinas ocultas, de todo lo que en él debía ser tocado con cuidado.
Mara no sintió daño. Sintió el calor cansado de alguien que seguía conteniéndose incluso al buscar consuelo.
—Tendremos que hablar de esto —murmuró él.
Ella supo que no se refería solo a Lía. Ni solo al duelo.
También al cuerpo entre ambos. A esa frontera cada vez menos evitable donde el deseo ya no podía seguir siendo únicamente roces contenidos, besos interrumpidos y una prudencia abstracta.
El cuerpo de Lemn seguía siendo peligroso.
El de Mara seguía reaccionando de una forma que no encajaba con lo esperable.
Y ese hecho, después de todo lo que habían visto sobre la integración, ya no podía ser tratado como una curiosidad lateral.
—Sí —dijo ella.
Lemn mantuvo la mano donde estaba un instante más. Luego la retiró apenas, como si el propio gesto necesitara seguir aprendiendo a no confundirse con otra forma de quedarse.
—No hoy.
Mara asintió. No por falta de deseo. Por respeto a todo lo que aún se estaba asentando.
—No hoy.
Se quedaron todavía un rato en el patio, mirando la oscuridad sin centro que se abría más allá de las tapias rotas.
Lo que quedaba, pensó Mara, quizá se pareciera a eso: una noche aún llena de peligro, sí, pero sin la precisión de una voluntad única apretándote la garganta.
Un espacio donde el dolor ya no estuviera organizado a favor del lugar, sino disperso dentro de ellos, y por eso mismo más humano, más torpe y acaso más habitable.
Cuando regresaron al interior, Oren dormía con la mano mala abierta sobre la manta.
Narel roncaba apenas, agotado. Lemn se tumbó sin tocar a Mara, pero cerca.
Lo bastante para que la presencia fuera real.
Lo bastante poco para seguir dejándole espacio al duelo.
Antes de cerrar los ojos, ella comprendió que el futuro no podía resolver más que eso.
No habría restitución limpia, ni mundo nuevo completamente seguro, ni desaparición del bosque, ni promesa inmediata de futuro.
Habría residuos, cambios, heridas, rutas nuevas y nombres distintos para lo que habían visto.
Habría enraizados aún en el mundo. Habría agua.
Habría campanillas, árboles y espinas. Habría deseo y miedo.
Y, aun así, por primera vez desde que todo comenzó, el después no parecía una forma de quedarse dentro del mecanismo, sino una tarea. Dura, incierta, incompleta. Pero suya.