Capítulo 27. Negación #2
Lemn no dijo nada. Mara sí sintió el ajuste casi de inmediato. Como si al cambiar el nombre el grupo dejara de mirar esos cuerpos solo como monstruos o restos y empezara a reconocerlos como personas fijadas por una lógica concreta, atrapadas en una función.
—Sí —dijo al fin Mara—. Enraizados.
La palabra se instaló entre ellos con un peso nuevo. También moral. Porque llamarlos así hacía más difícil tratarlos como paisaje sin más.
La noche siguió cayendo y con ella la necesidad de seguir hablando. No por gusto, sino porque el encuentro con Lía había abierto una herida que el silencio total solo habría vuelto más peligrosa. Narel fue el primero en decir algo que llevaba rato fermentando.
—Entonces, ¿qué hacemos mañana? Porque no me vale con que nos quedemos todos aquí fingiendo que esa palabra nueva arregla nada.
Lemn apoyó los codos en las rodillas, el anillo aún entre los dedos.
—Bajamos de nuevo.
Mara sintió el golpe antes de oír la reacción de los otros.
Narel soltó una maldición sorda.
—Joder.
Oren cerró los ojos un momento.
—Claro.
Mara no habló enseguida. Ya sabía que Lemn diría eso.
Y precisamente por saberlo había pasado la última hora intentando decidir si su lugar estaba en apoyarlo o en frenarlo.
La peor parte del amor, pensó con una lucidez casi cruel, no era solo acompañar al otro al borde.
Era saber cuándo no dejarlo seguir hasta la forma de sí mismo que más desea en ese instante.
—¿Para qué? —preguntó por fin.
Lemn la miró. No con desafío. Con agotamiento.
—Para verla otra vez. Para comprobar si lo de hoy era todo. Para leer mejor el lugar. Para saber si hay una vía real o no.
Mara apretó los dedos sobre la tela de la manta.
—Eso último ya lo sabes.
—No. Lo sospecho.
La diferencia, pensó Mara, era exactamente el terreno donde la negación podía seguir pareciendo virtud.
—Y si bajas otra vez con esa intención —dijo ella muy despacio—, no vas a leer mejor. Vas a darle otra oportunidad al sitio.
Lemn apretó la mandíbula. No respondió. La frase había dado en el centro.
Narel, por una vez, no se puso de parte de ninguno. Miró a Oren.
—¿Tú qué harías?
Oren tardó. La pierna vendada descansaba extendida frente a él, como si también ella escuchara.
—Yo ya estoy metido en otra clase de problema para dar consejos limpios —murmuró—. Pero sé una cosa. Si mañana bajamos, no puede ser para buscar consuelo. Ni salida. Ni explicación que nos deje tranquilos. Solo datos. O una decisión.
La última palabra se quedó vibrando en el refugio.
Mara miró a Lemn. Él seguía con la vista baja, clavada en el anillo.
—Eso es lo que no quieres todavía —dijo ella.
Lemn levantó la cabeza.
—No.
La franqueza la desarmó más que una discusión. No era un hombre fingiendo valentía ni liderazgo. Era un hermano agotado, enamorado además en el peor momento posible, obligado a distinguir entre verdad y esperanza cuando ambas se parecían demasiado desde cierta distancia.
La conversación se fue apagando no porque el conflicto se resolviera, sino porque ya había quedado nombrado en su forma más desnuda.
En algún punto de la noche, Oren volvió a quedarse medio dormido.
Narel aceptó el primer turno de guardia sin protestar.
Mara se ocupó de humedecer un paño para la frente de Oren, de revisar por última vez la venda y de ordenar los restos mínimos de provisiones que quedaban.
Todo eso con el cuerpo todavía recordando la cercanía de Lemn en el techo roto, el beso breve, el modo en que esa intimidad había resistido sin convertirse en otra forma de obediencia al bosque.
Y, sin embargo, ahora el amor le pesaba de otra forma. No como consuelo. Como responsabilidad.
Cuando por fin salió al exterior a tomar aire, Lemn ya estaba allí, apoyado contra una piedra baja, la mirada perdida en la oscuridad donde el campo de enraizados respiraba más allá de lo visible.
Mara se detuvo a su lado sin tocarlo. La noche llevaba esa mezcla característica de humedad retenida, ámbar lejano y vegetación caliente que nunca terminaba de enfriarse del todo, como si el suelo tuviera su propia fiebre lenta.
—No me apartes mañana —dijo él sin mirarla.
Mara sintió la frase antes de responder. No era exactamente una repetición de otras noches. Era más cruda. Más concreta. Más peligrosa.
—Depende de cómo bajes.
Lemn soltó aire por la nariz, una exhalación corta.
—Ya.
—No te estoy amenazando.
—Ya.
—Te estoy diciendo que, si te veo entrar como hoy al principio, te voy a sacar.
Él volvió por fin la cabeza hacia ella. La oscuridad no le borraba el cansancio. Solo lo profundizaba.
—Y si eso te hace perderme a mí.
Mara sostuvo la mirada. Ahí estaba el verdadero miedo. No el bosque. No Lía. La posibilidad de que el amor, al intentar proteger, se convirtiera en la fuerza que lo hiciera apartarse de ella.
—No te voy a perder por impedirte hacer lo que ellos quieren —dijo.
Lemn la observó un largo momento. Luego habló más bajo.
—No estás tan segura como suenas.
La honestidad de la frase le dolió porque era cierta. No lo estaba. Pero había cosas que ya no podía permitirse no decir con firmeza.
—No —admitió—. Pero estoy más segura de eso que de dejarte bajar sin hacer nada.
Lemn cerró los ojos por un segundo. Cuando los abrió, había en ellos algo cansado y rendido en una forma extraña, no de derrota, sino de confianza impuesta por el dolor.
—Entonces hazlo.
Mara tragó saliva.
—No me lo pongas así.
—No sé ponerlo mejor.
El silencio que siguió fue íntimo de una forma casi insoportable.
No se acercaron enseguida. No se tocaron.
Ambos sabían demasiado bien qué clase de mundo los rodeaba.
Pero precisamente por eso, cuando Lemn alzó la mano y le rozó apenas la muñeca, el gesto le recorrió a Mara todo el cuerpo con una claridad feroz.
No había espinas expuestas. No veneno evidente.
Aun así, el contacto siempre arrastraba ese conocimiento de fondo: en él había una toxicidad que para otros resultaba mortal o deformante, y con ella, misteriosamente, el cuerpo de Mara no reaccionaba igual.
Habían tenido solo roces, besos, cercanías medidas.
Todavía no una entrega sexual completa, en parte por el mundo, en parte por el miedo real al cuerpo de él.
Con todo, ya se había insinuado una anomalía más: la piel de Mara no ardía donde otras personas habrían sufrido la agresión de ciertas espinas o residuos venenosos.
Lemn pareció pensar lo mismo.
—No deberías tocarme tanto —murmuró.
Mara lo miró con una mezcla de cansancio y ternura endurecida.
—Eso ya va un poco tarde.
Una sombra de sonrisa, triste y mínima, apareció un instante en la boca de él.
—No hablo por moral.
—Ya lo sé.
Lemn dejó el pulgar quieto un segundo sobre la cara interior de su muñeca.
—Si mañana salimos de ahí y seguimos vivos… tenemos que hablar también de eso.
Mara sintió el golpe cálido y extraño de la frase.
No era promesa de alivio ni invitación fácil.
Era el reconocimiento de otra frontera que se aproximaba entre ellos: la del cuerpo.
La del deseo. La de las espinas y el veneno y el hecho cada vez menos discutible de que ella parecía reaccionar de forma distinta.
—Sí —dijo, con la voz más baja de lo que quería.
Lemn retiró la mano. No por rechazo. Por prudencia.
Volvieron al interior sin más palabras. Mara se tumbó en la manta y permaneció largo rato con los ojos abiertos, oyendo el turno de guardia de Narel, la respiración contenida de Oren, el movimiento escaso de Lemn al otro lado de la sombra.
Enraizados, pensó, probando de nuevo el nombre.
Le parecía más verdadero y más triste que ombroles.
Más humano. Más irreversible. Y comprendió que todo había girado precisamente en torno a eso: a la negación como la última raíz que aún intentaba retener a Lemn antes de aceptar lo que ya sabía.
Mañana volverían a bajar. No porque no supieran suficiente, sino porque la verdad, cuando afecta a quienes amas, casi nunca entra de una sola vez.
Hace falta verla varias veces hasta que deje de parecer una forma de crueldad y se convierta, por fin, en decisión.