Vendida al mejor postor (Romance con el millonario mafioso italiano nº 1) Beginning
3%
Vendida al mejor postor (Romance con el millonario mafioso italiano nº 1)

Vendida al mejor postor (Romance con el millonario mafioso italiano nº 1)

Por Florencia Palacios

© inepub.com

Beginning

Vendida al mejor postor

Florencia Palacios

Primera parte-un millonario busca una esposa

Ron Stratford entró en la habitación muchas miradas se volvieron para ver al imponente conde de Stratford, heredero del antiguo linaje llegar y tomar posesión de la herencia.

Era el único heredero del fallecido conde y no era su hijo sino su sobrino.

Una serie de trágicos e inesperados sucesos convirtieron al conde en un hombre solitario y de mal carácter.

Nunca se había casado por una historia de amor igualmente truncada y triste. Algo que solo recordaban los más viejos. Amores contrariados con una dama casada que no tuvo el final esperado y luego, la soledad, la apatía, los negocios y algunos ratos de ocio y esparcimiento en la gran ciudad.

Como resultado ahora el sobrino lo heredaría todo. o eso esperaban sus familiares que miraron con envidia al hijo del hermano del fallecido que ya era rico, pero ahora lo sería mucho más.

Algunas damas se movieron inquietas pues Stratford era un hombre guapo, como todos los de su linaje.

Hombres fuertes y viriles, capaces de enamorar a cualquier mujer y volverla loca también.

Allí estaba ese magnífico ejemplar de macho alfa, fuerte, dominante, de cabello oscuro y corto como era la moda de entonces, el rostro ancho vital y los ojos de un inesperado tono índigo.

Pero lo que en otros ejemplares habría suavizado la expresión de su rostro en él ocurría lo contario, lo acentuaba más.

Hasta la voz era fuerte y viril, como un toro rugiente.

A su paso despertó suspiros y algunas especulaciones pues sabían que ese se quedaría con todo.

Y encima era soltero. Todavía era soltero.

Ni siquiera tenía novia. Es decir, no lo que las damas presentes habrían considerado novia.

Para esa gente distinguida y formal, novia se le llamaba a la dama que ostentara un anillo de compromiso, novia era la que estaba a punto de casarse, no la que salía con un hombre soltero para pasear y acostarse.

De esas había muchas por supuesto, pero con un anillo ninguna.

—¿Es muy guapo no lo crees, Elie? —dijo una mujer de traje color rosa y un sombrero muy pintoresco con flores y cuernos.

Elaine miró a su madre molesta, ya estaba la vieja casamentera en busca de un hombre adinerado para casarla. Miró a su madre furiosa.

—Es un primo lejano, ¿se te olvida? —replicó.

Su madre hizo un gesto de: “y eso qué?”

—Hoy día nadie se casa con un primo ni cercano, ni lejano—aseguró Elaine.

Sí que era guapo el primo Ron y siempre le había gustado, pero sabía que no era para ella y punto.

—Pero necesita una esposa, ¿se te olvida? —insistió su madre.

La joven rubia vestida de negro hizo un gesto de no puede ser, pero al ver la ansiedad en la cara de su madre respondió:

—¿Y crees que me elegirá a mí? Tengo treinta, soy abogada y hago lo que quiero. Además, ya me conoce.

—Oh por favor, deja de menospreciarte así. Tú tendrías posibilidad si te mostraras menos reticente.

—¿Bromeas? Ese presumido se buscará una muy joven y tonta para poder llevar de las narices.

Su madre la miró horrorizada.

—Tonterías, tú pareces de veinte.

—Pero no tengo veinte, mami y él lo sabe. Sabe que conmigo no tendría suerte.

—La tendrías si te esmeraras y no salieras con imbéciles y escogieras mejor.

Elaine miró a su madre risueña.

—Bueno, ya llegará el indicado, mientras seguiré divirtiéndome con el equivocado como dicen por ahí.

Su madre no entendía. La pobre vivía en una burbuja donde hombres inteligentes, guapos y acaudalados caían rendidos a los pies de una mujer hermosa y se convertían en príncipes azules.

En su pequeño mundo no existía el divorcio, los cuernos, ni los hombres brutos que olvidaban, engañaban y se comportaban como patanes por supuesto.

Esos miserables eran una minoría de personas desagradables de las cuales prefería no enterarse.

Y tenía esa mentalidad retrógrada de atrapar al heredero.

Sí, igual que todas las novelas cursis que leyó en su adolescencia.

Su madre parecía salida de una novelita rosa romántica y no había manera de que cambiara el chip.

—No comprendo por qué eres tan necia y tan dura. Tú no te valoras. Si lo hicieras…—la mujer volvió al ataque, exasperada al ver que ese regio candidato se le escurría y seguramente (por desgracia) escaparía de sus garras por culpa de su necia hija.

—Mami, eres tú quien no sabe cómo piensan los hombres.

Ese es un pez gordo, lo sé, pero no seré yo quien lo atrape.

Sino alguna tontita de veinte, virgen y estúpida.

Conozco bien a Ron, sé cómo piensan los hombres como él.

Por eso jamás perdería el tiempo tratando de llamar su atención.

Él nunca se fijaría en una mujer como yo.

Ni creo que sea mi tipo tampoco. Es un macho rudo y egoísta que sólo busca a las mujeres cuando quiere sexo y placer.

No le interesa algo romántico, nunca lo he visto enamorado de ninguna mujer.

—Por eso tú tienes oportunidad. Eres guapa y muy lista, tú podrías atraparlo si te esmeraras. Eres de la familia, además, tienes la misma sangre.

—Mami deja de soñar. Atrapar al heredero como en las novelitas que tú lees, por favor, yo no lo necesito, estoy muy bien así.

—Estarías mejor si llevaras una sortija de compromiso.

Su hija la miró molesta.

—Por favor, con lo poco que duran los maridos hoy día. ¿Es que no te has enterado? Ocurre en todas partes.

El heredero saludó a los presentes con un gesto y luego se sentó y aguardó imperturbable la lectura del testamento.

A Ron Stratford sólo le interesaba el dinero. Y el sexo ocasional. Su prima Elaine lo conocía bien. Pero de pronto todos los presentes de esa sala lo vieron ponerse tenso y furioso.

—Debe haber un error—masculló entre dientes.

—No, no hay ningún error, señor Stratford. Sólo podrá recibir el legado cuando se case y tenga un heredero varón para el título. Hasta tanto el dinero será suyo, pero no podrá disponer de él. Ni de las propiedades ni de esta casa.

Hubo un murmullo de voces de fondo y el heredero se mostró cada vez más furioso, no podía creer lo que decía ese testamento.

—Ese testamento es un disparate. Lo hablaré con mis abogados—replicó Ron Stratford con un gesto muy determinado.

El albacea replicó en tono inflexible:

—Por supuesto que puede hacerlo, sir Stratford. Hable con sus abogados, pero le advierto que esta es la última voluntad de su tío y debe respetarse.

El heredero lo miró incrédulo y luego al notar la burla en esos parientes lejanos y fastidiosos, se tensó aun más.

No solía sociabilizar con ese puñado de cretinos.

Sabía que estaban allí como buitres, como cuervos, aleteando de un lado a otro, gruñendo y esperando con ansiedad algún legado por más insignificante que fuera, pero todos ellos sólo un par estuvo siempre junto a su tío hasta los últimos días.

Él sentía especial afecto por ese tío solterón, se parecían, como padre e hijo, pero no era su padre por supuesto.

Sin embargo, como el suyo murió siendo niño, el tío Louis de cierta forma ocupó ese lugar.

Su madre volvió a casarse con el tiempo, pero jamás tuvo simpatía por su padrastro y afortunadamente tampoco vivió mucho.

Con el tiempo los estudios y su entrada en el mundo de los negocios lo hicieron crearse su propio círculo de amistades. Relaciones estables pero que no habían dejado huella. Y por supuesto no tenía en mente casarse y mucho menos tener un hijo.

Por esa razón era muy cuidadoso en sus relaciones y jamás cometía un desliz.

Era muy controlado y no sentía inquietud alguna por cambiar su estado civil.

Durante años tuvo una novia que tuvo que dejar porque comenzó a insistir en eso de bodas y anillos.

Tuvo que decirle adiós y era una buena chica, la quería sí, la quiso mucho pero no creía que debiera casarse.

A él le gustaba hacer las cosas a su modo. Tenía todo ordenado y organizado. Era un maniático del orden, de la higiene y odiaba el caos de tener a una mujer en su vida metida en su departamento. Ya lo había vivido, ya lo había probado y no le gustó.

Su tío estaba loco. Claro. Él fue un solterón toda su vida, pero no quería lo mismo para él y se lo dijo en varias ocasiones.

Pensó que bromeaba, él bromeaba con eso.

jamás pensó que redactaría una cláusula tan ridícula, le dejaba toda su fortuna sí pero antes debía casarse en el plazo de un año o dos y también tener un hijo varón.

Eso ya era demasiado. ¿Dónde iba a encontrar una esposa?

¿Dónde podía alquilar una esposa que además estuviera embarazada para ganar tiempo?

Abandonó la mansión deprimido ese día. La muerte de su tío era muy reciente.

Su larga y penosa enfermedad que lo fue devorando lentamente quitándole hasta el último hálito de vida lo dejó mal, muy mal, todavía lo sufría y se preguntaba qué rayos con este mundo, nacer, vivir y terminar siendo un cadáver dentro de un féretro.

Qué porquería era todo. ciertamente que no era un hombre religioso, nunca lo había sido y toda esa historia del cielo, infierno, pecadores y castigos le parecía una fábula absurda en la que no creía para nada, cada vez menos.

Si su madre en algún momento se esmeró por inculcarle fe pues la había perdido.

Hace tiempo. Pero él fue el único de sus parientes que estuvo hasta el final junto a su pobre tío y pensó que la vida era la cosa más absurda y sin sentido.

Tanta lucha, tanto dolor y amargura para terminar encerrado en un cajón o incinerado dentro de una urna, paseando de un lado a otro… una vida entera convertida en polvo.

El funeral, el testamento, todo lo dejó agotado y bastante irritable. Ese día no tuvo humor para hablar de nada más, pero en respeto a la memoria de su tío se tomó el día libre y el siguiente.

************

—Me temo que no hay nada que podamos hacer, señor Stratford.