Capítulo 21
—Esto está mal, completamente mal.
Mia no levantó la vista del informe al decirlo, el dedo detenido sobre una columna entera de proyecciones que Viktor acababa de presentar como base para la estrategia de todo el próximo trimestre.
La reunión había empezado como cualquier otra —él explicando los números, ella tomando notas, los dos a un lado y otro de la mesa con pilas de documentos entre ambos— pero la frase salió antes de que ella decidiera del todo dejarla salir.
Llevaban cuarenta minutos ahí, el café de ambos ya frío en las tazas, el sol de la tarde cambiando de ángulo despacio por la ventana.
Viktor había pasado los primeros treinta minutos presentando la lógica general de la estrategia, las diapositivas organizadas, cada gráfico numerado y titulado con el cuidado de quien ya lo había presentado antes a inversionistas importantes, cada transición entre una sección y otra ensayada lo suficiente como para parecer natural y espontánea.
Mia había seguido todo en silencio hasta ese momento, el bolígrafo corriendo por su propio bloc de notas, los números empezando a no cuadrar solos en su cabeza incluso antes de que ella decidiera verificarlos con toda su atención.
—¿Mal cómo, exactamente? —Su tono no era hostil, solo curioso, la respuesta de quien genuinamente quería saber más antes de descartar algo viniendo de ella.
—La proyección asume un crecimiento del doce por ciento en todo el sector de logística basándose en los últimos dos trimestres.
Pero esos últimos dos trimestres incluyen el contrato extraordinario con el consorcio báltico, que no se va a repetir.
Si se saca ese contrato específico de la base de cálculo, el crecimiento real es del cuatro por ciento.
Quizás cinco, si somos generosos con los márgenes.
Viktor no respondió de inmediato. Tomó su propio informe, lo hojeó hasta la página que ella había citado, los ojos recorriendo la columna de números con atención redoblada, el silencio estirándose mientras verificaba cada línea contra lo que ella acababa de decir, el pulgar siguiendo cada número de la tabla.
—El consorcio báltico es ingreso recurrente, previsible. Ya lo renovamos dos veces sin ningún problema.
—Renovaron dos veces un contrato extraordinario que surgió de una oportunidad específica y puntual, no de un crecimiento estructural de todo el sector. Si la próxima renovación no llega en el plazo esperado, toda la base de la proyección se derrumba por completo.
—La próxima renovación va a llegar, seguro. Ya hablé con ellos la semana pasada, personalmente.
—Hablar no es lo mismo que un contrato firmado, nunca lo fue. —Mia por fin levantó la vista, encontrando la de él al otro lado de la mesa—. Estás construyendo toda la estrategia del trimestre sobre una conversación informal, sin nada firmado.
Algo cambió por completo en el rostro de él —la neutralidad habitual que mantenía en casi toda reunión de trabajo había desaparecido, sustituida por una atención más afilada.
Se inclinó hacia adelante, los codos sobre la mesa, la distancia entre ambos reduciéndose sin que ninguno de los dos comentara el movimiento, el informe entre ellos casi olvidado sobre la mesa.
—Estás leyendo los números completamente mal. El crecimiento estructural incluye la expansión del puerto de Riga, que no depende del consorcio báltico.
—La expansión de Riga todavía está en fase de licenciamiento completo. No genera ingresos hasta el próximo año, en el mejor de los casos, y eso considerando que el licenciamiento salga sin ningún retraso. Estás contando ingresos futuros como si ya estuvieran en la cuenta ahora mismo.
—Llevo quince años trabajando en este mercado. Sé cuándo un contrato se va a renovar antes de que salga en papel, sé leer entre líneas una negociación en curso.
—Y yo leí el informe entero dos veces esta mañana, línea por línea, número por número, con toda mi atención.
—Ella también se inclinó hacia adelante, el espacio entre ambos haciéndose aún más pequeño, los antebrazos casi tocándose sobre la mesa—.
Quince años de experiencia no cambian lo que dicen los números ahora, hoy, en este informe específico.
El silencio que siguió no era de rendición.
Viktor la miró durante más tiempo del que cualquier respuesta exigiría, los ojos recorriendo su rostro como si buscara alguna falla en el argumento que todavía no había encontrado ni en las palabras ni en los números.
Un reloj de mesa marcaba los segundos con un tictac bajo, el único sonido en la sala además de la respiración de ambos, el café olvidado enfriándose aún más en las dos tazas.
—Rehaz toda la proyección con los números que estás sugiriendo ahora.
—Ya la rehice, anoche. Está en la última página.
Él pasó hasta la última página, la releyó en silencio, la mandíbula tensándose levemente con cada línea nueva, el dedo siguiendo cada columna de números como si estuviera recalculando todo mentalmente al mismo tiempo, sin prisa, sin admitir derrota todavía.
Mia no apartó los ojos de él mientras leía, el cuerpo todavía inclinado sobre la mesa, ninguno de los dos retrocediendo a la distancia con la que había empezado la conversación.
El olor del café frío de las dos tazas olvidadas flotaba entre ellos, ignorado.
—Esto cambia toda la asignación de recursos financieros de todo el próximo semestre.
—Sí, cambia, considerablemente.
—Estás sugiriendo que cancele inversiones ya completamente aprobadas por el consejo, decisiones que tomaron semanas enteras en cerrarse, negociadas personalmente con cada miembro.
—Estoy sugiriendo que mires con toda tu atención los números reales antes de aprobar nada más sobre una base que en realidad no existe.
Los dos se quedaron quietos, cara a cara sobre la mesa, el informe entre ellos olvidado por un momento.
Ninguno de los dos parpadeó primero. El reloj de pared marcó un minuto entero sin que ninguno se moviera —ni para alejarse, ni para seguir el argumento.
Mia podría haber retrocedido la silla, haber creado distancia, y no lo hizo.
Viktor podría haber apartado el cuerpo, haber vuelto a la postura formal de cualquier otra reunión, y no lo hizo.
Los dos se quedaron exactamente donde la discusión los había dejado, demasiado cerca para cualquier distancia profesional razonable, cada uno eligiendo, segundo tras segundo, no ser el primero en apartarse.
La luz de la tarde entraba por la ventana en ángulo bajo, iluminando el polvo suspendido entre los dos, el único movimiento visible en la sala además de la respiración de ambos.
Mia podía ver los detalles del rostro de él con una claridad que la distancia normal de una reunión nunca permitía —la línea exacta donde empezaba la barba sin afeitar, un músculo tensándose cerca de la mandíbula, los ojos que no se apartaban ni por un segundo, fijos en los de ella con una atención que no tenía nada que ver con números ni proyecciones.
Él también sostuvo la posición. Los codos seguían apoyados en el mismo lugar, el peso del cuerpo inclinado hacia adelante, la misma distancia mantenida con una constancia demasiado deliberada para ser solo física.
Un mechón de cabello le había caído sobre la frente en algún momento de la discusión, y él no hizo ningún gesto por acomodarlo —ni ese, ni ningún otro que los alejara.
Empezó el segundo minuto. El pulso de ella latía más rápido de lo que la discusión por sí sola justificaría, los dedos todavía presionando la página del informe con más fuerza de la necesaria, las puntas de los dedos blancas contra el papel.
Viktor por fin se recostó, el cuerpo apartándose unos centímetros, el aire entre ambos volviendo a existir de verdad.
El movimiento llegó despacio, casi reticente, como si estuviera eligiendo apartarse en lugar de simplemente hacerlo por instinto, los ojos todavía atrapados en los de ella un instante más antes de finalmente desviarlos hacia el informe sobre la mesa.
—Puede que tengas razón.
Cuatro palabras cortas. Ninguna aclaración después, ningún "pero", ninguna salvedad que les restara peso.
Era la primera vez que ella lo oía decir algo parecido a eso —no un acuerdo genérico, no un cumplido cortés, sino un repliegue real, directo, sin ninguna defensa.
Mia lo había visto discrepar de socios importantes sin titubear, lo había visto corregir a gente con décadas más de experiencia que ella sin pestañear, sin ceder nunca una posición después de asumirla en público.
Nunca lo había visto admitir que podía estar equivocado, mucho menos de un modo tan directo, sin rodeos, sin intentar salvar su propia imagen en el proceso.
—Voy a revisar toda la asignación con base en tus números —continuó él, ya recogiendo sus propios papeles, la voz volviendo al registro profesional de siempre, como si los últimos dos minutos no hubieran ocurrido de ese modo específico, como si fuera posible borrarlos de la memoria de ambos con la misma facilidad—.
Deja el informe revisado en mi escritorio para mañana, antes del mediodía si es posible.
—Lo dejaré, puedes contar con eso.
Su voz sonó más firme y controlada de lo que esperaba, considerando que sus manos ya no estaban del todo estables, un ligero temblor que ocultó apretando el puño un segundo antes de soltarlo.
Recogió también sus propios papeles, las manos organizando las hojas en una pila más despacio de lo necesario, ganando un segundo antes de levantarse del todo.
Viktor ya había vuelto la atención a otro documento, el rostro de nuevo en su neutralidad habitual, como si la cercanía de hacía unos minutos hubiera sido solo un accidente de geometría y no una elección —pero él no se había apartado hasta que ella cedió primero, y los dos lo sabían aunque no lo dijeran en voz alta, aunque fingieran que la reunión iba a continuar como cualquier otra.
Mia se levantó y caminó hacia la puerta, el informe apretado contra el pecho, los pasos regulares, controlados, el rostro manteniendo la misma expresión profesional que había usado durante toda la reunión, cada músculo de la cara disciplinado para no delatar nada de lo que acababa de suceder.
La puerta se abrió bajo su mano sin ningún esfuerzo.
Cuando salió de la sala, sus manos temblaban.
No de miedo.