Capítulo 19
Las dos de la madrugada, y el techo del cuarto no había cambiado de posición en las últimas tres horas.
Mia había contado las vigas del techo dos veces, probado tres posiciones distintas en la cama, bebido la mitad de un vaso de agua que ahora estaba tibio en la mesa de noche, el vidrio dejando un círculo húmedo sobre la madera.
Nada había funcionado. El sueño seguía al otro lado de una puerta que ella no lograba encontrar.
Los últimos días habían estado demasiado cargados de cosas pequeñas acumulándose —la cena con los socios, la palabra que Viktor había dicho sin que nadie se la pidiera, su silencio en el auto que nunca llegó a convertirse en respuesta.
Cada una de esas cosas se hacía más ruidosa en su cabeza cuanto más quieto quedaba el cuarto, como si el silencio de la casa prestara volumen extra a cualquier pensamiento que insistiera en volver, uno tras otro, sin ningún orden.
El reloj de la mesa de noche marcaba los minutos en números rojos, el único punto de luz en todo el cuarto además de la fina rendija que entraba bajo la cortina, una línea blanca y delgada contra el piso oscuro.
Se giró de lado, luego boca arriba, luego boca abajo, ninguna posición duraba más de unos minutos antes de volver a sentirse incorrecta.
Se sentó en la cama, dejó caer las piernas fuera, los pies descalzos encontrando el suelo frío, la alfombra del cuarto más delgada que la de la sala de abajo.
Se quedó quieta ahí un momento, mirando la puerta cerrada del cuarto, decidiendo algo que no llegaba a formar un pensamiento completo —solo el impulso de salir de allí, de estar en otro lugar por un rato.
Tomó la bata colgada en el respaldo de la silla, se la puso sin encender la luz del cuarto, los dedos encontrando el cinturón por costumbre de tantas otras noches parecidas.
Bajó las escaleras descalza, el pasamanos frío bajo la mano, el resto de la casa sumido en un silencio distinto al del día —más denso, más completo, solo interrumpido por el sonido lejano de un reloj de pie en algún cuarto de la planta baja.
No había bajado con ningún propósito claro.
Solo ya no soportaba más el techo, ni sus propios pensamientos dando vueltas en círculo sin llegar a ninguna parte, cada vuelta pareciendo más agotadora que la anterior.
Pasó por la cocina vacía, por el comedor con los cubiertos ya puestos para el desayuno del día siguiente, cada habitación oscura y silenciosa del modo en que la casa quedaba después de la medianoche, cuando hasta los guardias parecían moverse con pasos más ligeros, casi invisibles.
Uno de ellos cruzó el pasillo de servicio en la planta baja, la silueta reconocible solo por su contorno contra una ventana distante, sin notar o sin importarle que ella estuviera ahí, sus pasos perdiéndose hacia el fondo de la propiedad.
La luz de la sala estaba encendida.
Se detuvo en el último escalón, la mano todavía en el pasamanos. A esa hora, la luz encendida normalmente la habría hecho volver a su cuarto sin pensarlo dos veces —pero algo en el silencio de la casa parecía distinto esa noche, menos hostil, casi acogedor.
Viktor estaba allí, sentado en el sillón de siempre, traje completo, la corbata todavía en su lugar, como si fueran las tres de la tarde y no las dos de la madrugada.
Un vaso de whisky intacto en la mesita a su lado, el líquido quieto, sin hielo derritiéndose dentro —como si llevara poco tiempo ahí, o como si simplemente no lo hubiera tocado desde que se lo sirvió, la mano ni siquiera acercándose al vaso hasta entonces.
No estaba leyendo. No tenía el celular en la mano.
Solo sentado, mirando un punto cualquiera de la pared de enfrente, los codos apoyados en los brazos del sillón, el saco todavía perfectamente abotonado a pesar de la hora, los zapatos todavía puestos, como si pudiera ser llamado para algo en cualquier momento y necesitara estar listo para salir por la puerta sin perder un segundo.
Él no pareció sorprendido al verla en la puerta. Tampoco dijo nada, solo un leve movimiento de cabeza, casi un reconocimiento, casi nada, los ojos volviendo enseguida a la pared.
Mia cruzó la alfombra y se sentó en el sillón de enfrente, sin preguntar si podía, sin esperar invitación.
Las piernas dobladas bajo el cuerpo, la bata demasiado fina para el frío de la madrugada, pero no volvió a buscar otra, ni una manta, ni medias para los pies ya helados de tanto caminar descalza por la casa.
El sillón todavía guardaba algo del calor de otra noche, semanas atrás, cuando ella se había sentado allí por primera vez sin ser invitada, en una madrugada parecida a esta, con una pregunta distinta pesando en el aire entre los dos.
El silencio que se instaló entre ambos no pedía nada.
No era el silencio que exigía ser llenado, ese que hacía que los desconocidos se removieran en su lugar buscando algo que decir.
Era otro tipo de silencio —uno que ya habían habitado antes, en cuartos distintos de la misma casa, en momentos que ninguno de los dos había nombrado en voz alta.
Ella miró su propio regazo. Él siguió mirando la pared, el rostro tan quieto como el resto de su cuerpo.
La lámpara junto al sillón de Viktor proyectaba una luz amarillenta y baja, dejando el resto de la sala en sombras —los estantes, el piano cerrado en el rincón, la alfombra gruesa bajo los pies descalzos de ella, los cuadros en la pared reducidos a formas oscuras sin ningún detalle visible.
Afuera, un viento débil mecía algo contra la ventana —una rama, quizás, o una persiana mal sujeta en algún otro cuarto.
El sonido iba y venía, casi rítmico, sin interferir en el silencio principal de la sala.
Los minutos pasaron sin ninguna prisa. En algún momento, Viktor estiró la mano hasta el vaso de whisky, lo alzó hasta los labios, pero no llegó a beber —solo lo sostuvo ahí un instante antes de devolverlo al mismo lugar exacto en la mesita, el gesto interrumpido a mitad de camino, como si hubiera cambiado de opinión sobre algo demasiado pequeño para explicar.
Mia observó el movimiento sin comentar nada, los ojos siguiendo el vaso hasta que volvió a posarse, el líquido todavía intacto, la misma cantidad de antes.
El reloj de pie marcó los minutos, un sonido apagado que atravesaba las paredes desde algún lugar del pasillo.
Mia contó seis campanadas sin darse cuenta de que estaba contando, los ojos fijos en alguna mancha del tejido de su propia manga, los dedos alisando el mismo pliegue de la bata una y otra vez, un gesto que no parecía tener fin.
Afuera, un auto pasó por la calle lejana, los faros cruzando rápido por la cortina cerrada antes de desaparecer de nuevo.
—¿En qué estás pensando?
La pregunta salió antes de que ella decidiera del todo hacerla, la voz lo bastante baja como para no romper el silencio de verdad, solo ponerlo a prueba, ver si aún soportaba peso.
Viktor no respondió de inmediato.
El silencio que siguió era distinto al anterior —no amplio, no cómodo.
Tenso. El cuerpo de ella se acomodó solo en el sillón, un movimiento pequeño, involuntario, los pies acercándose el uno al otro bajo la bata, los hombros subiendo levemente.
Contó los segundos sin querer contarlos —tres, cuatro, cinco— el silencio estirándose más allá de lo que cualquier pregunta simple debería exigir.
Viktor no apartó los ojos de la pared. Su mandíbula se movió una vez, un músculo tensándose y relajándose bajo la piel, sin que saliera ninguna palabra junto con el gesto.
Los dedos de su mano derecha golpearon suavemente el brazo del sillón, un ritmo irregular, tres golpes y una pausa, tres golpes y una pausa, el único sonido en la sala además del reloj lejano y el viento esporádico contra el cristal.
Seis segundos. Siete. El reloj de pie afuera seguía marcando el tiempo sin detenerse, indiferente a lo que estaba ocurriendo dentro de esa sala.
El vaso de whisky seguía intacto en la mesita. Afuera, el viento había dejado de mecer lo que fuera que estuviera meciendo, el silencio de la casa haciéndose aún más completo alrededor de los dos, más profundo que cualquier silencio anterior de esa misma noche.
Ocho segundos. La respiración de Mia se volvió más superficial sin que ella decidiera dejar que sucediera.
Estuvo a punto de decir "olvídalo", casi retrocedió, la boca ya abriéndose para deshacer la pregunta antes de que él tuviera que responder.
Las manos apretaron la tela de la bata sobre su regazo, un gesto pequeño, los nudillos poniéndose blancos por un instante antes de soltar, la tela arrugada quedando marcada unos segundos más.
Viktor giró la cabeza hacia ella. Sus ojos se encontraron con los de ella por primera vez desde que había entrado en la sala.
—Tú.
Nada después.
Él no se movió hacia ella. No extendió la mano, no se inclinó hacia adelante, no añadió nada con el cuerpo que pudiera sustituir lo que la voz había dejado de decir. Se quedó exactamente donde estaba, los codos todavía apoyados en los brazos del sillón, los ojos todavía en los de ella, esperando.
Mia no respondió.
Se levantó del sillón, la bata resbalando un poco en el hombro, y cruzó la alfombra de vuelta hacia la escalera, los pies descalzos silenciosos contra la madera.
No miró atrás antes de subir. No dijo buenas noches.
Subió los escalones de uno en uno, la mano rozando levemente el pasamanos, la misma madera fría de antes, y se fue a su cuarto.
Se quedó despierta hasta que salió el sol.