Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

—Y esa debe ser la razón por la que cancelaste nuestra cena en marzo, Viktor.

El comentario vino de Yelena, esposa de uno de los dos socios presentes en la mesa, el tono ligero, más curiosidad social que provocación.

Su marido, Grigori, reía de algo que la otra pareja había dicho segundos antes, el sonido mezclándose con el tintineo de los cubiertos contra la porcelana.

El restaurante privado ocupaba el último piso de un edificio que Mia nunca había visitado antes, una sala reservada solo para esa mesa, ventanales enteros dando a las luces de la ciudad allá abajo, el tráfico reducido a puntos móviles de luz muy por debajo de ellos, casi silencioso a esa altura.

Mia acomodó la servilleta sobre su regazo, el vestido prestado —una vez más elegido por alguien que no era ella— ajustado a la perfección al cuerpo, como siempre estaba, sin una sola costura fuera de lugar.

La mesa redonda dejaba poco espacio para escapar de conversaciones que no la incluían directamente, pero también poco espacio para escapar de las que sí.

Un mesero circulaba discreto, rellenando copas sin interrumpir ninguna frase, el vino tinto casi intacto en la copa de ella desde el inicio de la cena.

Las luces bajas del restaurante teñían todo de un tono ámbar, los rostros alrededor de la mesa suavizados, los cubiertos de plata reflejando puntos de luz con cada movimiento mínimo.

—Viktor cancela la mayoría de sus compromisos en marzo —dijo el otro socio, Pavel, sin ninguna malicia en la voz, cortando un trozo de pescado con precisión exagerada, el tenedor y el cuchillo en movimiento constante, casi mecánico—. No necesita un motivo especial.

—Esta vez lo necesitaba —insistió Yelena, los ojos yendo de Viktor a Mia con un interés que no tenía nada de hostil, solo la curiosidad genuina de quien disfrutaba entender las piezas de un tablero social, la copa de vino girando despacio entre sus dedos, el líquido meciéndose sin derramarse—.

Nadie nos dijo nada de ti. Solo que Viktor traería compañía.

Viktor no intervino. Cortaba su propia carne con atención exagerada, los ojos bajos, dejando que el silencio se extendiera lo suficiente como para que quedara claro que no iba a presentar a Mia por iniciativa propia —no la había presentado al principio de la cena, solo un gesto general hacia ella, "esta es Mia", sin apellido, sin cargo, sin explicación alguna, una presentación que dejaba más preguntas que respuestas.

Pavel había intentado llenar el vacío con un comentario cualquiera sobre el tráfico de la ciudad, pero Yelena no estaba dispuesta a dejar morir el tema tan fácilmente, la curiosidad demasiado evidente para disimularla con cortesía.

La segunda esposa, más callada hasta entonces, se inclinó un poco hacia adelante, el collar de perlas balanceándose con el movimiento, los ojos yendo de Viktor a Mia con una atención más afilada que cualquier cosa dicha en la mesa hasta ese momento, la copa de champán olvidada en su regazo.

—¿Y tú eres...?

La pregunta cayó sobre la mesa como un plato extra que nadie había pedido.

Las cuatro miradas convergieron en ella de golpe, el tenedor de Pavel deteniéndose en el aire a mitad de camino hacia la boca, Grigori interrumpiendo su propia risa para prestar atención.

Hasta el mesero, rellenando una copa al otro lado de la mesa, pareció frenar el movimiento por un segundo, como si el aire hubiera cambiado de densidad, la botella suspendida a medio servir, olvidada allí por un instante entero.

Ella abrió la boca para responder —tenía una respuesta lista, "consultora, trabajo con él desde hace unos meses", la misma variación que ya había usado otras veces, probada y aprobada en situaciones parecidas, la lengua ya formando la primera sílaba, el aire ya tomado hacia los pulmones, lista para salir.

—Indispensable.

La palabra salió de Viktor antes de que ella terminara de tomar aire para hablar, la voz baja pero lo bastante firme como para cortar cualquier otra cosa a punto de decirse, cada sílaba pesada y definitiva, sin ninguna prisa.

Él no levantó la vista del plato al decirla, el tenedor todavía cortando un trozo de carne, como si la palabra se le hubiera escapado en medio de un gesto cotidiano y no fuera gran cosa.

Silencio por un segundo entero. Pavel terminó de llevarse el tenedor a la boca, masticando despacio, los ojos yendo de Viktor a Mia y de vuelta, calculando algo que no llegó a decir en voz alta a nadie.

Grigori miró a su propia esposa, como quien espera una reacción que ella todavía no había dado, los dedos golpeando levemente el pie de la copa de vino, el sonido casi inaudible bajo el resto del ambiente.

La esposa que había preguntado sonrió, satisfecha con la respuesta, la expresión de quien recibe una broma amable y la acepta como tal sin examinarla demasiado, el tenedor ya volviendo a su plato como si el asunto se hubiera cerrado ahí mismo, sin dejar rastro.

—Qué suerte la tuya, Viktor. Los asistentes indispensables son difíciles de encontrar.

Ya se estaba girando para comentarle algo más a Yelena, el tema cerrado para ella antes incluso de haber empezado de verdad, la atención migrando hacia la carta de postres que el mesero acababa de traer en una bandeja de plata.

Mia se quedó mirando el plato frente a ella, el tenedor detenido a mitad de camino entre la mano y la comida, sin ninguna gana real de completar el movimiento.

La palabra seguía ahí, entre los dos, ocupando un espacio que ninguna otra respuesta habría ocupado —no "colega", no "empleada", no "amiga".

Indispensable. La palabra tenía un peso propio, un peso que la mujer al otro lado de la mesa ya había olvidado, demasiado ocupada riéndose de otra cosa, sin notar que la respuesta no había llegado con ninguna sonrisa, ninguna ligereza, nada que sugiriera broma.

Una palabra así no necesitaba contrato para significar algo.

Viktor siguió comiendo, el rostro tan neutro como lo había estado toda la cena, como si las propias palabras no le hubieran costado nada al salir.

Pero su tenedor se detuvo un instante de más entre un corte y el siguiente, un detalle demasiado pequeño para que cualquier otra persona en la mesa lo notara, visible solo para quien ya había aprendido a descifrar cada gesto suyo como si fuera texto escrito en letra diminuta.

El resto de la cena transcurrió en conversación sobre negocios, sobre un viaje que ambas parejas planeaban hacer juntas en verano, sobre un restaurante nuevo en Moscú que Yelena insistía en que todos debían probar en cuanto tuvieran oportunidad.

Nadie volvió al tema de la presentación.

Nadie necesitaba hacerlo —la pregunta ya había sido respondida, archivada, olvidada por todos alrededor de la mesa, menos por una persona.

Mia sonrió cuando tuvo que sonreír, respondió cuando alguien le dirigía una pregunta, y lo hizo todo sin escuchar realmente la mitad de lo que se decía, la palabra ocupando todavía demasiado espacio como para dejar entrar ninguna otra cosa, incluso cuando llegó el postre y todos comentaron lo bueno que estaba.