Veintitrés Capítulo 1
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Veintitrés

Veintitrés

Por E. A. Sazen

© inepub.com

Capítulo 1

James Miller levantó el trofeo del torneo Dakota del Norte Knock Out, mientras los asistentes en el Salón Europa del Hotel Radisson lo reconocían con sus aplausos.

El Salón Europa del Hotel Radisson en Bismarck seguía lleno de aficionados que comentaban la partida final.

Más de ciento veinte personas permanecían frente al gran tablero proyectado, reviviendo cada movimiento.

James Miller acababa de superar en la final a Akeem Rizik, contratista de la construcción, campeón del torneo anterior y ahora excampeón, en tan solo veinticinco jugadas.

De pronto, la voz profunda del detective Harold Brooks resonó desde el fondo de la sala:

—¡No hay mejores jugadores que los policías, tanto en las calles como en el tablero!

Un silencio incómodo se instaló en el salón.

El comentario, carente de tacto, contrastaba con las normas no escritas del tablero, donde el respeto al oponente es fundamental.

Aun así, el periodista destacó en su nota la confianza del cuerpo de policía local y publicó la notación completa de la partida final.

Harold Brooks, detective de tercer grado, medía 1.90 m. Su imponente presencia y su costumbre de hablar sin filtro solían incomodar incluso a sus propios compañeros. Era leal, pero rara vez diplomático.

James recibió su trofeo y reconocimiento: una placa detalladamente grabada con la imagen del rey y tres peones a su alrededor, bajo el nombre «James Miller / Knock Out Champion».

Tras despedirse de los jueces y de muchos de los allí reunidos, salió del hotel a las 17:30 horas y condujo hacia su casa, ubicada a escasos quince kilómetros del río Missouri y a treinta y cinco minutos del Hotel Radisson, donde se había celebrado el torneo.

En esta ocasión decidió cruzar el puente Memorial para disfrutar de la vista del río más largo de Norteamérica —que, en algunos tramos, es considerado río salvaje y, en otros, reserva natural—, escuchar el fluir del agua mientras atraviesa Bismarck, Sioux Falls y Kansas City, entre otras ciudades.

Verlo y oírlo le hacía sentir que estaba en el lugar correcto, el lugar al que pertenecía.

James llevaba la ventanilla del conductor abierta y manejaba a 60 km/h, con la mano izquierda ligeramente fuera del automóvil, moviendo los dedos al compás del aire.

La tarde era cálida y seca. No había tráfico, como si la vía estuviera reservada únicamente para el nuevo campeón de Bismarck.

Mientras conducía repasaba la partida con la que había ganado la final y recordaba que, días antes, su rival había asegurado en la radio que conservaría el campeonato gracias a su habilidad para crear estrategias de desviación y ataque.

Precisamente por no caer en una desviación, James logró comprender el plan de Akeem, llevarlo a un zugzwang —«te toca mover y todos tus movimientos son malos»— y finalmente darle jaque mate.

Al llegar a su casa, el primero en recibirlo fue Rufus, un labrador dorado de tres años que había adoptado en un albergue cuando apenas tenía ocho meses.

Como cualquier perro de su edad y raza, Rufus poseía una energía inagotable, la cual parecía duplicarse cada vez que James llegaba a casa.

Siempre salía corriendo hacia él y, justo a un metro de distancia, daba un salto y giraba para caer de costado cuando James le decía:

—¡Perro herido!

Acto seguido, James lo acariciaba y Rufus volvía a levantarse para seguir corriendo a su alrededor.

Segundos después apareció Sofía en el recibidor.

Con una sonrisa capaz de desarmar inmediatamente a James, preguntó:

—¿Tenemos nuevo campeón?

—¡Así es! Tienes a otro campeón en casa.

—Lo sabía. Entra. Te preparé algo especial para celebrar.

Sofía, esposa de James, no necesitaba hacer grandes preguntas para comprenderlo.

Le bastaba observar su expresión para saber cómo había terminado el torneo.

Su sensibilidad, cultivada durante años frente al piano, le permitía percibir matices que otros pasaban por alto.

Ya en la sala, mientras disfrutaban una copa de vino que Sofía había servido para celebrar, preguntó:

—¿Cómo estuvo el torneo?

—Muy reñido. El nivel general estuvo por encima del de años anteriores y Akeem, con quien disputé la final, es sumamente hábil. Pero, en realidad, haber escuchado sus comentarios en la radio días antes del torneo fue la clave para vencerlo.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Tu oponente nunca debe conocer tu estrategia. No imaginó que quien jugaría la final estaría escuchándolo y, en este juego, ese tipo de descuidos se pagan caro.

—¿Y adivina quién no podía faltar en toda esta historia?

—¿Quién?

—Harold. Para no variar, hizo uno de sus comentarios fuera de lugar. Su voz se escuchó hasta el estacionamiento.

James se encogió de hombros y ambos rieron.

Después fue a cambiarse para regresar a cenar con Sofía.

Ella había preparado espagueti a la boloñesa, al dente, acompañado de pan de ajo recién horneado y la botella de merlot que ya habían degustado.

A James se le hizo agua la boca.

Le dio un beso a Sofía y ambos cenaron tranquilamente, sin hablar de nada en particular. La comida bastaba para llenar el momento.

Al terminar la cena, Sofía levantó la mesa y comentó:

—No olvides hablarle a Greta antes de las nueve.

Greta Miller estaba a punto de salir de la clínica veterinaria donde trabajaba cuando, alrededor de las 20:30 horas, sonó su celular con un tono formado por varios perros ladrando al unísono.

—Hola, papá.

—Hola, hija. ¿Cómo está mi veterinaria favorita?

—Muy bien. Ya voy de salida. Acabo de terminar de colocar una lente intraocular a un gatito persa.

—Excelente. Seguro ese gatito podrá ver mucho más allá de sus nueve vidas con ese ojo.

Greta era una mujer de veintiséis años, de figura esbelta y, al igual que su padre, cabello negro y ojos cafés.

Amaba el ajedrez y había ganado algunos campeonatos durante su etapa estudiantil, aunque nunca con la intensidad de James.

Su verdadera pasión eran los animales.

A pesar de llevar apenas cuatro años ejerciendo como veterinaria, ya había enfrentado casos complejos de distintas especies domésticas.

—Dime, papá. ¿Cómo estuvo el torneo?

—Muy emocionante. Hubo un gran nivel de competencia y logré ganar gracias a una enfilada combinada con un jaque a la descubierta.

—Wow…, así como lo cuentas, suena genial. Entonces... ¿ahora eres el campeón de Dakota del Norte? —preguntó Greta con una sonrisa, fingiendo cierta solemnidad.

—Pues sí. Me preparé mucho para este torneo y ahora tengo el premio a mi esfuerzo.

—¿Cuándo vienes a casa, Greta? Hace meses que no te vemos.

—Dentro de dos semanas tengo un par de días libres y estaré con ustedes.

—Esa sí que es una buena noticia. Voy a decirle a tu madre..., aunque seguramente ya lo sabe. Pero me gusta pensar que soy el primero en enterarme.

Ambos rieron.

Después se despidieron y colgaron.

James le contó a Sofía la conversación.

Ella sonrió y preguntó:

—¿Y te contó?

—¿Qué debía contarme?

—Lo de su amigo...

—¿Cuál amigo? —preguntó James con tono serio.

—Ups... creo que ya metí la pata. Pero prometí no decir nada.

James fingió desaprobación.

En realidad, desde hacía meses sospechaba que Greta mantenía una relación sentimental.

La idea no le molestaba.

Simplemente le recordó, con una mezcla de orgullo y nostalgia, que su hija ya había comenzado a construir una vida propia.