Capítulo 15 El regreso #2
La misma mano de siempre. Aldren le dio la vuelta a la mano y entrelazó los dedos con los de ella. Así estuvieron un rato, sin hablar, mirando el fuego.
Luego su madre dijo, en voz muy baja:
—¿Estás bien?
—Creo que sí —dijo Aldren—. Todavía no sé exactamente qué significa eso hoy. Pero creo que sí.
Su madre asintió. Y en ese asentimiento había algo que Aldren reconoció — la versión del alivio que tiene la gente que ha aprendido que el alivio completo no existe y que esto, lo que había ahora, era suficiente.
Era suficiente.
— ✦ —
Mucho después, cuando el fuego se había reducido a brasas y su madre se había ido a dormir, Aldren se quedó solo en su habitación.
Se sentó en el borde de su catre.
Miró el catre de Eira al otro lado de la habitación. Las mantas dobladas. La almohada en su sitio. El ovillo de lana cerca. Exactamente igual que siempre, con esa permanencia de las cosas que nadie ha movido porque moverlas significaría algo que todavía no ha llegado el momento de que signifique.
Pensó en Eira.
Lo hacía siempre, pero esta noche era diferente.
No el pensamiento agudo de los primeros años, el que llegaba como un golpe.
Tampoco el pensamiento sordo de después.
Era algo más parecido a una conversación — el tipo de conversación que uno tiene con las personas que ya no están y que ocurre en silencio, solo con la presencia de lo que esa persona dejó.
El miedo no dura para siempre.
Tenía razón. El miedo no había durado. Había durado mucho — más de lo que Eira habría pensado, quizás. Pero no para siempre. Había llegado a algún sitio donde el miedo era todavía real pero ya no era lo más grande que había.
Las cosas injustas cambian.
También tenía razón en eso. Habían cambiado — no solas, no sin un precio, no de la manera limpia y sin coste que uno imagina de niño. Pero habían cambiado.
Aldren sonrió — no una sonrisa grande, solo esa variante pequeña y privada que uno tiene cuando algo le parece exactamente lo que es.
— ✦ —
No pudo dormir todavía. Salió.
La aldea estaba en silencio a esas horas — el fuego de la plaza reducido a ascuas, las casas oscuras, el camino principal vacío con la luna proyectando sombras largas sobre la tierra.
Llegó al extremo sur de la aldea.
Desde ahí, en las noches despejadas de verano, se veía el paso de Keth con una claridad poco habitual — la luna llena iluminaba las cumbres desde un ángulo que hacía que la ranura entre los dos picos fuera visible incluso a esa hora, oscura contra la nieve blanca.
Aldren la miró.
Pero esta vez era diferente a todas las otras veces que había mirado esa ranura.
No el paso de alguien más, controlado por alguien más, pesando sobre él de la manera en que pesan las cosas que uno quiere y no tiene.
Era el paso de los Vorn. Su paso. El que su padre había muerto defendiendo sin saber que lo defendía.
El que Eira nunca había llegado a ver recuperado.
El que él había tomado esa mañana con cuarenta y dos hombres y el cuchillo de Maren y la memoria de todos los que lo habían llevado hasta aquí.
Suyo. Y alguien, en las sombras del norte, tendría sus propios planes.
Fue entonces cuando lo notó.
En el margen del campo de visión — ese espacio periférico que Aldren había aprendido a no ignorar — había algo en la ladera que bajaba desde el norte, a quizás trescientos pasos de donde él estaba.
Una figura. Quieta, entre los árboles del borde del bosque, con esa quietud específica de quien no quiere ser visto pero que tampoco se ha movido lo suficientemente rápido para evitar ser notado.
Aldren no giró la cabeza directamente. Siguió mirando el paso durante un momento más, como si no hubiera notado nada, dejando que la visión periférica siguiera registrando. La figura no se movió. Era simplemente una presencia — sin amenaza visible, sin movimiento hacia él, solo ahí. Observando.
No era ninguno de los aldeanos. Conocía a todos los aldeanos.
Después de un momento, Aldren se giró levemente hacia el norte — no hacia la figura, sino en esa dirección, como si mirara las montañas del norte en lugar de las del sur.
Y en ese ángulo confirmó lo que había notado: una figura entre los árboles, a la sombra, que se quedó completamente inmóvil cuando Aldren giró la cabeza.
Luego, despacio, se retiró hacia el bosque y desapareció.
Aldren la siguió con los ojos hasta que la oscuridad del bosque la absorbió por completo.
Luego volvió a mirar el paso de Keth.
La ranura oscura entre las cumbres nevadas. Suya ahora. De los Vorn. El lugar que su padre había muerto defendiendo, que Eira nunca había llegado a ver recuperado, que él había tomado esa mañana.
Suyo.
Y alguien, en las sombras del bosque del norte, lo sabía.
Aldren respiró el aire de la noche de verano — fresco, con el olor de los pinos y de la tierra y del río Keld discurriendo invisible hacia el valle — y pensó que Edvar tenía razón. Tomar el paso había sido la parte clara.
Lo que venía ahora era diferente.
Pero él también era diferente.
Se giró y volvió hacia la aldea, con el paso tranquilo de quien ha terminado algo y sabe que mañana empieza otra cosa, y con los ojos — uno gris, uno dorado — mirando hacia adelante en la oscuridad.