Valdorn: Libro primero: El paso de Keth (Valdorn 1) Capítulo 15 El regreso
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Capítulo 15 El regreso

Llegaron a la aldea a media tarde.

El sol estaba todavía alto — los días de finales de verano eran largos en el norte, con esa generosidad específica de la estación que parece querer compensar por adelantado la escasez de luz que viene después — y la luz entraba sesgada entre los tejados, convirtiendo el polvo del camino en algo casi dorado.

Alguien los vio llegar desde el extremo de la calle.

En cuestión de minutos había gente en los umbrales, en el camino, en los bordes de la plaza.

No corriendo — nadie corrió. Salieron de sus casas con esa mezcla de urgencia y contención de quien lleva días esperando algo y ahora que lo ve llegar no sabe exactamente cómo recibirlo.

Aldren contó a sus hombres mientras avanzaban por la calle principal.

Cuarenta y dos.

La gente también contaba. Lo vio en sus caras — ese cálculo involuntario que hacen los ojos cuando esperan un número y encuentran otro.

Algunos sabían inmediatamente a quién le correspondía la ausencia.

Otros tardaron un momento. Y cuando lo entendieron, la mezcla que Aldren había visto en las caras se separó en sus componentes: los que celebraban, con esa alegría contenida de quienes no se permiten demasiado todavía; y los que lloraban, o que no lloraban pero que tenían en los ojos lo mismo que el llanto contiene.

La madre de Kael estaba junto al pozo.

Aldren la vio desde lejos — una mujer de unos cuarenta años que había estado mirando el camino desde antes de que llegaran y que cuando los contó hizo ese movimiento pequeño e involuntario de quien recibe un golpe que esperaba pero que duele igual.

No gritó. No se derrumbó. Se quedó de pie con las manos cruzadas delante y los ojos buscando entre los hombres lo que ya sabía que no iba a encontrar.

Maren se adelantó. Fue hacia ella sin prisa, con ese paso suyo de hombre que no dramatiza nada pero que hace las cosas cuando hay que hacerlas.

Se paró frente a ella. Le dijo algo en voz baja que Aldren no oyó desde donde estaba.

La mujer asintió una vez, despacio, y luego Maren se quedó de pie junto a ella durante un momento — sin tocarla, sin añadir nada, simplemente ahí — antes de volver con los demás.

Aldren lo observó todo desde el centro de la calle y pensó que Maren era el tipo de persona que no necesitaba que nadie le dijera qué hacer en los momentos que importaban. Simplemente lo sabía.

— ✦ —

La aldea encontró su manera de procesar el día.

No de una vez — esas cosas nunca se procesan de una vez.

Pero a lo largo de la tarde y la noche que siguió fueron ocurriendo los gestos pequeños que son la manera en que la gente maneja lo que es demasiado grande para manejarlo directamente.

Alguien encendió fuego en la plaza, que era lo que los Vorn hacían cuando algo importante había ocurrido.

Alguien llevó comida. Alguien más llevó algo para beber.

Y la gente fue llegando al fuego por grupos.

Aldren estuvo en el fuego un rato. Respondió las preguntas que le hicieron — cómo había ocurrido, cuándo, qué pasaría ahora con el paso. Las respondió con honestidad, con la misma voz que había usado en las negociaciones con los Mereth y los Sael.

En algún momento de la noche, alguien mencionó a Kael.

No con dramatismo — con esa sencillez de quien pone un nombre en el centro de una conversación porque el nombre merece estar ahí.

Y otros lo siguieron, y durante un rato los que le habían conocido contaron cosas pequeñas sobre él — cómo era, qué decía, ese gesto suyo de levantarse antes de que nadie más lo hiciera.

Y en esas cosas pequeñas Kael existió de una manera que Aldren pensó que era quizás la única manera real en que uno existe después.

Aldren escuchó. No dijo nada sobre Kael esa noche. Guardó lo que tenía de él en ese lugar donde guardaba las cosas que importaban.

Cuarenta y dos.

— ✦ —

Se fue del fuego cuando la noche estaba ya avanzada y fue directamente al banco de Edvar.

El anciano estaba ahí. No era sorprendente — Edvar siempre estaba ahí.

Esta noche tenía el gorro de lana y la capa y el bastón entre las manos y los ojos en las montañas.

Cuando Aldren llegó no dijo nada — simplemente hizo espacio, en el sentido no físico sino de presencia, para que Aldren se sentara.

Aldren se sentó en el suelo. Apoyó la espalda en la pared de piedra fría.

Recogió las rodillas. La postura de siempre, desde que tenía cuatro o cinco años.

Por primera vez en mucho tiempo pensó en que quizás esta fuera una de las últimas veces que lo haría — no porque Edvar fuera a irse o el banco fuera a desaparecer, sino porque el mundo a partir de ahora iba a requerir que Aldren estuviera en otros sitios.

Estuvieron en silencio durante un rato largo.

—¿Cómo te sientes? —dijo Edvar.

Aldren lo pensó.

—Como alguien que ha terminado algo —dijo—. Y que todavía no sabe bien qué empieza ahora.

—Eso es lo correcto —dijo Edvar—. El que sabe exactamente lo que empieza después de algo grande probablemente no entiende lo grande que fue lo que terminó.

Silencio.

—Edvar.

—Dime.

—¿Qué querías decirme? —dijo Aldren—. Llevas un rato con algo que no dices.

El anciano lo miró. Esa mirada suya que Aldren conocía desde antes de tener memoria de conocer nada.

—Esta mañana llegó un mensajero —dijo Edvar—. Del territorio Mereth.

Aldren esperó.

—Quieren revisar las condiciones del acuerdo.

—Lo dijo sin inflexión, simplemente como un hecho—.

No todas las condiciones. Algunos términos específicos sobre los meses de invierno cuando el paso está cerrado.

—Una pausa—. El mensajero llegó antes de que vosotros llegarais.

Antes de que nadie supiera todavía si habíais tomado el paso.

Aldren procesó eso.

—¿Antes?

—Antes.

Lo que eso significaba era perfectamente claro sin necesidad de explicarlo.

Los Mereth habían mandado al mensajero sin saber todavía si el plan había funcionado.

Lo habían mandado en el momento en que consideraron que el acuerdo original podía revisarse — que era, precisamente, el momento en que Aldren y sus hombres estaban en el paso y no podían responder.

Era una prueba. O era pragmatismo puro. O era las dos cosas, que en el mundo del comercio con frecuencia eran lo mismo.

—¿Y los Sael? —dijo Aldren.

—Todavía no —dijo Edvar—. Pero llegarán.

Aldren miró las montañas durante un momento.

Pensó en Edvar diciéndole en el camino hacia el territorio Mereth: entra con algo que resuelva un problema que ya tienen.

Pensó en que resolver un problema de alguien no significaba que ese alguien dejara de tener intereses propios.

Pensó en que el mundo después del paso no iba a ser más sencillo que el mundo antes.

—¿Qué me estás diciendo exactamente?

—Que tomaste el paso —dijo Edvar—. Y que tomar el paso era la parte clara.

Aldren lo miró.

—¿La parte clara?

—La más clara —dijo Edvar—. Tenías un objetivo.

Sabías quién era el enemigo. Sabías lo que querías y lo que necesitabas para conseguirlo.

—El anciano miró las montañas—. Gobernar el paso es diferente.

Los que querían que fallaras antes ahora querrán que dependas de ellos.

Los que te ayudaron querrán su parte. Y los que no participaron querrán saber qué lugar tienen en lo que viene.

—¿Y los Drak?

Edvar tardó un momento.

—Los Drak nunca olvidan —dijo—. Y el hombre que mataste hoy tenía hijos.

Lo dijo simplemente, sin dramatismo. Como un hecho del mundo tan cierto como que en invierno nieva o que el río Keld baja crecido en primavera.

Aldren asintió.

—Lo sé.

—Bien —dijo Edvar.

Se quedaron en silencio otro rato. El fuego de la plaza sonaba al fondo. La luna había subido otro tramo en el cielo y las montañas eran más visibles, con esa claridad azulada de la noche despejada de verano.

Aldren se levantó despacio. Miró al anciano — esa cara que conocía desde antes de tener memoria de conocer nada, esas manos en el bastón, esos ojos que habían visto setenta años de cosas.

Y vio algo que no había visto antes exactamente.

No exactamente paz — Edvar no era de los que encontraban paz fácilmente.

Pero algo más parecido al descanso. A la satisfacción específica de quien ha cargado con algo durante mucho tiempo y ha llegado a un punto donde puede soltarlo.

—Edvar —dijo.

—Dime.

—Gracias. —Lo dijo por segunda vez en su vida con ese peso específico, sin adornos—. Por todo. Por el banco. Por las preguntas. Por esperar.

Edvar lo miró durante un momento.

—Cuida el paso —dijo al fin—. Y cuídate tú.

No añadió nada más. Volvió a mirar las montañas con esa constancia suya de siempre. Y Aldren entendió que eso era el cierre — no una despedida, porque no era una despedida, sino simplemente el fin de este capítulo de lo que eran el uno para el otro.

— ✦ —

En casa, su madre estaba junto al fuego.

No cosiendo — simplemente sentada, con las manos en el regazo y la vista en las llamas.

Lo miró cuando entró. Y en su cara había esa expresión que Aldren había aprendido a leer con los años — la de alguien que ha llegado al fondo de lo que puede controlar y ha encontrado ahí, en ese fondo, algo que no es exactamente paz pero que funciona igual.

Aldren abrió los brazos brevemente, un gesto pequeño que decía aquí estoy, entero, y su madre asintió y volvió al fuego.

Se sentó junto a ella. No en su sitio habitual junto a la mesa sino en el banco junto al fuego, más cerca.

Estuvieron en silencio.

Era el silencio de siempre entre ellos — el que no necesitaba llenarse — pero con algo diferente dentro de él esta noche.

No la tensión de las cosas no dichas. Solo el calor del fuego y la presencia de los dos y el conocimiento compartido de que lo que había empezado muchos años atrás con el pan de menos y los hombres del pozo y el anciano en el banco de piedra había llegado a algún sitio esa mañana en el paso de Keth.

Su madre puso la mano sobre la suya.