Capítulo 14 La conquista del paso
La noche antes de partir, Aldren no durmió.
No era miedo exactamente — o no solo miedo.
Era esa concentración específica de antes de las cosas importantes que no deja espacio para el descanso, que ocupa el interior con una atención tan completa que el cuerpo olvida que necesita otras cosas.
Se quedó en su catre mirando el techo oscuro durante horas, con el catre de Eira vacío al otro lado de la habitación como siempre, y dejó que la mente fuera donde quería ir.
Fue a muchos sitios.
Fue a la fragua de Maren y al banco de Edvar y al tronco caído al borde del mercado donde Mira le había dicho tú tienes los ojos de tu abuela.
Fue al río Keld en las tardes del duelo, sentado en la roca sin hacer nada mientras el agua seguía hacia el valle.
Fue a la plaza de la aldea y a Kael levantándose antes de que nadie más lo hiciera, con esa energía impulsiva de los diecinueve años.
Fue al roble torcido.
La rama baja, vacía. La luz de luna iluminándola con esa claridad azulada. Y Eira antes de eso, con los pies colgando sobre el vacío, diciendo el miedo no dura para siempre con la convicción tranquila de quien todavía no sabe lo que cuesta creerlo.
Tenía razón. El miedo seguía ahí — lo había tenido toda la noche, lo tendría mañana. Pero no duraba de la misma manera. Se había vuelto más manejable con los años, como se vuelven manejables las cosas que uno aprende a llevar.
Cuando el cielo empezó a palidecer al este, se levantó.
Se vistió en silencio. Tomó la bolsa que había preparado el día anterior. Y antes de salir se quedó un momento de pie en el umbral de su habitación, mirando el catre de Eira.
Las mantas dobladas. La almohada en su sitio. El ovillo de lana.
—Ya —dijo, en voz muy baja.
Y salió.
— ✦ —
Su madre estaba despierta.
Sentada en el borde de su catre, con la capa echada sobre los hombros, como si hubiera estado ahí un rato esperando que él saliera.
Lo miró cuando abrió la puerta. Y en su cara había esa expresión que Aldren había aprendido a leer con los años — la de alguien que ha llegado al fondo de lo que puede controlar y ha encontrado ahí, en ese fondo, algo que no es exactamente paz pero que funciona igual.
No dijo nada durante un momento.
Luego se levantó, fue a la pequeña caja de madera que guardaba junto a la pared, y sacó algo envuelto en tela.
Aldren lo reconoció antes de que lo desenvolviera. El peso, la forma. El cuchillo de su padre.
—Ya lo tienes —dijo Aldren.
—Lo sé. —Su madre lo sostuvo un momento, mirándolo—. Pero esta noche quería tenerlo en la mano.
Lo volvió a envolver. Lo puso en la mesa.
—Ya tienes el tuyo —dijo su madre—. El de Maren.
—Sí.
—Úsalo bien.
Aldren asintió. Luego su madre extendió la mano y la puso sobre la de él durante un momento. Solo un momento. El calor de esa mano sobre la suya, concreto y real.
—Vuelve —dijo.
—Voy a intentarlo —dijo Aldren. Las mismas palabras de siempre, con el mismo significado honesto de siempre.
Su madre asintió. Retiró la mano. Y Aldren salió a la oscuridad del amanecer con los dos cuchillos en el cinto — el del padre en la izquierda, el de Maren en la derecha — y el paso de Keth esperando al sur.
— ✦ —
Partieron cuando el cielo todavía no había decidido si iba a ser de noche o de día.
Cuarenta y tres hombres moviéndose en silencio por los caminos del norte, con el paso de Keth como punto de llegada y la oscuridad como cobertura.
Aldren iba al frente con Maren a su lado — el herrero con esa solidez suya de siempre, sin el entusiasmo visible de los jóvenes pero con algo más duradero que el entusiasmo, esa determinación quieta de quien ha decidido algo y no va a desdecidir.
Kael iba en algún punto detrás.
Aldren lo había notado durante los días de preparativos — algo había cambiado en Kael desde la plaza. No que la energía hubiera desaparecido — seguía ahí, reconocible. Pero había algo más junto a ella ahora. Como si la cercanía de lo real hubiera añadido un peso que lo completaba.
Era mejor guerrero con ese peso que sin él.
El camino al paso era uno que Aldren había mirado toda su vida desde lejos.
De cerca era diferente — más estrecho de lo que parecía desde la aldea, con paredes de roca que se cerraban progresivamente a medida que se subía, canalizando el viento en una corriente constante que olía a nieve y a piedra mojada.
—Las caravanas Mereth deberían estar cerrando el acceso sur —dijo Maren, en voz muy baja.
—Sí —dijo Aldren.
Si todo funcionaba según lo previsto, en este momento las caravanas Mereth estaban bloqueando el camino sur. Y Dorvn había hecho lo que había dicho que podía hacer con la deuda familiar. El grupo de refresco saldría tarde. La ventana estaría abierta.
Si todo funcionaba según lo previsto.
Siguieron subiendo.
— ✦ —
El primer puesto de control apareció cuando el cielo empezaba a aclarar.
Había dos hombres. Vieron a los Vorn cuando ya era demasiado tarde para hacer otra cosa que no fuera quedarse donde estaban.
Aldren se adelantó solo. Manos visibles, sin arma en la mano, paso deliberadamente tranquilo.
—No vais a ganar nada resistiendo —dijo, en voz suficientemente alta para que los dos lo oyeran—. El acceso sur está cerrado. El grupo de refresco no ha llegado y no llegará a tiempo. Podéis soltar las armas y marcharos, o podéis elegir otra cosa. —Una pausa breve—. Os recomiendo la primera opción.
Los dos hombres se miraron. Luego el más joven soltó la lanza. El sonido seco del hierro contra la piedra resonó en el paso con esa claridad que tienen los sonidos en los espacios estrechos.
El otro lo siguió un momento después.
Aldren los dejó pasar hacia el norte. Maren los vio alejarse sin cambiar de expresión.
—Bien —dijo, en voz baja.
Siguieron subiendo.
— ✦ —
Hubo tres puestos más.
Dos cedieron como el primero — hombres que hacían sus cálculos y llegaban a la conclusión correcta. No por cobardía — por pragmatismo. No eran fanáticos. Eran soldados que hacían un trabajo y que entendían que ese trabajo no merecía morir por él.
El tercero no.
Eran cinco, bien posicionados en un punto donde el camino se estrechaba entre dos paredes de roca. Su capitán era un hombre de mediana edad con esa mirada de quien ha tomado una decisión y no tiene intención de revisarla.
Aldren hizo el mismo ofrecimiento. El capitán dio una orden a sus hombres.
Lo que siguió duró menos de un minuto.
Fue violento y concreto y sin gloria — el tipo de violencia que no tiene nada de épica sino que es simplemente el resultado de que dos grupos de personas hayan llegado al mismo punto con intenciones incompatibles.
Dos hombres Drak cayeron heridos. Los otros tres retrocedieron.
El capitán recibió un golpe que lo dejó en el suelo.
Y Kael estaba de pie cuando terminó, con la mano apretada contra el costado derecho.
Aldren lo vio desde donde estaba — ese gesto específico, la mano buscando el lado, y supo antes de llegar lo que iba a encontrar.
—Estoy bien —dijo Kael, cuando Aldren llegó junto a él. Lo dijo con esa convicción de los jóvenes que a veces confunden el querer estar bien con el estar bien.
—Enséñame —dijo Aldren.
Kael retiró la mano.
La herida era profunda. No enorme — no del tipo que mata de inmediato — pero sí del tipo que en las condiciones en que estaban, sin ayuda cercana, no era una herida menor.
Aldren miró a Maren. Maren lo miró a él. Ninguno dijo nada, porque no había nada que decir que los dos no supieran ya.
—¿Estamos bien? —dijo Kael. Su voz intentaba ser normal y no llegaba del todo.
—Estamos bien —dijo Aldren.
No era del todo verdad. Pero era lo que Kael necesitaba oír, y a veces eso también importa.
El asesino de Kael — el hombre que había atacado desde el flanco en el momento de confusión — murió tres minutos después, cuando los Vorn terminaron de asegurar el puesto. No fue un acto calculado. Fue el resultado natural de lo que ocurre cuando los hombres de un lado ven caer a uno de los suyos.
Aldren no lo detuvo.
— ✦ —
Kael murió veinte minutos después, cuando el sol acababa de asomar por encima de las cumbres del este y el paso de Keth estaba casi completamente en manos de los Vorn.
Aldren no se movió de su lado hasta el final. Maren tampoco. Se quedaron los dos arrodillados junto a él mientras el sol subía y el paso se volvía más claro y más nítido.
Kael no dijo nada más después de ¿estamos bien?
Perdió la consciencia antes de que pudiera decir nada más, y lo que siguió fue simplemente el cuerpo terminando lo que la herida había empezado, con esa inevitabilidad tranquila y terrible de las cosas que no se pueden detener una vez que han empezado.
Cuando terminó, Maren se levantó despacio. Se limpió las manos en la ropa con ese gesto suyo automático. Luego miró a Aldren, que seguía arrodillado.
Aldren se levantó.
Miró el paso — la piedra gris, el camino central, las paredes de roca cerrándose a los lados. El lugar donde su padre había muerto sin saber quién era. El lugar que era suyo ahora, o casi.
Casi.
— ✦ —
El representante del consejo estaba fuera del edificio de control cuando llegaron.
Era un hombre de unos sesenta años, de pie frente a la puerta con las manos a los lados y esa postura de quien ha evaluado la situación y ha llegado a la conclusión de que la dignidad es lo único que le queda por gestionar. Vestía ropa de autoridad, no de combate.
Miró a los Vorn que se acercaban. Luego su mirada llegó a Aldren. Y se detuvo.
Aldren lo vio ocurrir — ese momento en que los ojos del hombre se fijaban en los suyos y algo cambiaba en su expresión.
Despacio, como cuando la luz cambia en una habitación.
El representante miró los ojos de Aldren — uno gris, uno dorado — y Aldren vio el reconocimiento instalarse con esa precisión silenciosa de las cosas que uno lleva tiempo sabiendo aunque no lo sepa.
Luego el representante se giró hacia los soldados Drak que quedaban en el paso y dijo, con una voz clara:
—Mirad sus ojos.