Valdorn: Libro primero: El paso de Keth (Valdorn 1) Capítulo 13 El territorio Drak
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Capítulo 13 El territorio Drak

Edvar no quiso ir.

No lo dijo con esas palabras. Lo que dijo era que alguien tenía que quedarse, que su presencia en territorio Drak levantaría más sospechas que la de un joven viajero solo, y que Aldren conocía a Mira y él no.

Todo era cierto. También era cierto que el anciano tenía setenta años y que el viaje más largo que había hecho en los últimos cinco era hasta el banco de piedra junto a su puerta y de vuelta, pero eso ninguno de los dos lo mencionó porque no hacía falta.

La noche antes de partir, Aldren pasó por la fragua.

Maren estaba trabajando — siempre estaba trabajando.

Cuando Aldren entró levantó los ojos del metal un momento, lo evaluó con esa mirada suya de medio segundo, y volvió al trabajo sin decir nada.

Aldren se quedó de pie junto a la pared, como tantas veces en los últimos siete años, viendo trabajar al herrero.

No dijo que se iba al día siguiente. No lo había planeado — simplemente había ido, con esa lógica de las visitas que uno hace cuando sabe que va a estar ausente aunque no lo nombre.

Maren trabajó durante un rato sin hablar. Luego paró. Dejó las tenazas en el yunque, fue a la mesa junto a la pared del fondo, y tomó algo que estaba ahí — pequeño, envuelto en un trapo de cuero viejo. Se lo dio a Aldren sin decir nada.

Aldren lo desenvolvió.

Era un cuchillo. No grande — del tipo que cabe en la palma de una mano, con hoja corta y doble filo y el mango de hierro sin adorno, del tipo que Maren hacía cuando quería que algo durara y no le importaba cómo se veía. Aldren lo sostuvo un momento, sintiendo el peso y el equilibrio.

Miró a Maren. El herrero lo miró de vuelta con esa expresión suya que no explicaba nada pero que contenía todo lo que habría dicho si hubiera sido el tipo de persona que decía esas cosas en voz alta. Aldren entendió — no las palabras, porque no había palabras, sino lo que había debajo de ellas.

—Gracias —dijo Aldren.

Maren asintió. Una vez. Luego tomó las tenazas y volvió al trabajo.

Aldren salió de la fragua con el cuchillo en el cinto.

— ✦ —

La mañana siguiente fue a ver a Edvar.

El anciano estaba en el banco, como siempre.

—¿Cuándo vuelves? —dijo Edvar.

—Tres días si todo va bien.

—¿Y si no va bien?

—Entonces no vuelvo en tres días —dijo Aldren.

Edvar asintió. No dijo ten cuidado ni que todo salga bien. Dijo lo único que consideraba que valía la pena decir:

—Si alguien te mira los ojos demasiado tiempo, no los apartes tú primero.

Aldren lo pensó.

—¿Por qué?

—Porque apartar los ojos primero siempre parece culpa. —Edvar miró las montañas—. Y tú no tienes culpa de nada.

Se quedaron en silencio un momento más. El paso de Keth estaba ahí, entre las cumbres. Veinte días, había calculado Aldren. Si el encuentro en el territorio Drak salía bien.

Se levantó.

—Edvar.

—Dime.

—Si no vuelvo en tres días —dijo Aldren—, no esperes más.

El anciano lo miró.

—Volverás en tres días —dijo, con esa certeza tranquila suya que no era predicción sino negativa a considerar la alternativa.

Aldren asintió. Y se fue.

— ✦ —

El territorio Drak empezaba donde el camino cambiaba de carácter.

No había frontera visible — nunca la había, Aldren había aprendido que las fronteras reales rara vez coincidían con las que la gente dibujaba en los mapas — pero había una diferencia en los caminos que era inmediata y concreta.

Más anchos. Mejor mantenidos. Con las rodadas de los carros más profundas y regulares.

Las cunetas despejadas. Las piedras que señalaban las distancias puestas con una regularidad que sugería que alguien se había ocupado de ponerlas.

Era el aspecto de un territorio que se administraba.

Aldren llevaba ropa de comerciante — nada llamativo, nada que dijera de dónde venía.

Una capa de viaje de color neutro, botas buenas pero sin adorno, la bolsa de cuero con las muestras de pieles que había preparado como cobertura.

Una historia simple: comerciante del este buscando compradores para un lote de piel de ciervo de calidad.

Simple era mejor. Las historias complicadas se deshacen solas cuando alguien hace la pregunta equivocada.

Lo que no podía cambiar eran los ojos. Lo sabía.

Había llegado a la conclusión de que el riesgo era real pero manejable.

La mayoría de la gente no miraba los ojos de los desconocidos con suficiente atención.

Los que sí lo harían serían personas que conocían la historia del bebé abandonado — y esas personas estarían en lugares específicos que Aldren iba a evitar.

Si alguien te mira los ojos demasiado tiempo, no los apartes tú primero.

Caminó.

El paisaje Drak era diferente al Vorn en maneras que Aldren fue notando a medida que avanzaba. Las aldeas eran más grandes y más frecuentes. Los campos cultivados más extensos y mejor organizados. Había más movimiento en los caminos. Era un pueblo en el poder, y el poder se notaba en todo.

Notarlo le producía algo complicado. No admiración exactamente.

Pero sí un reconocimiento de que era real, que tenía una lógica interna coherente, que no iba a desmoronarse solo.

Que para desmontar algo así hacía falta exactamente lo que él estaba construyendo — no una carga frontal sino una grieta en el lugar correcto, en el momento correcto, con las personas correctas.

La aldea donde vivía Mira apareció al final de la segunda jornada de camino.

Era grande — más que la aldea Mereth, casi una ciudad pequeña, con calles que se cruzaban en ángulos deliberados y un mercado que no se desmontaba entre días sino que tenía puestos permanentes.

El poder del paso se veía aquí con más claridad que en ningún otro sitio: todo ese comercio filtrado durante décadas había dejado un sedimento de riqueza que se notaba en los edificios, en la ropa de la gente.

Aldren entró a primera hora de la mañana siguiente, cuando el mercado empezaba y había movimiento natural.

Se mezcló. Era lo que había planeado — no esconderse, sino simplemente estar ahí con el mismo propósito aparente que cualquier otro comerciante.

Fue a los puestos. Miró mercancías. Habló con un vendedor de herramientas sobre precios del hierro en el norte.

Compró algo pequeño en un puesto de especias porque hacerlo le daba un motivo concreto para haber estado ahí.

Mantuvo a los hombres Drak en la periferia de su visión en todo momento.

Y buscó a la nieta de Mira.

Según lo acordado en el mercado del cruce de caminos tres años atrás — sabremos encontrarnos — había señales. La nieta de Mira tendría un puesto en el mercado de telas, en el lado oeste de la explanada principal, identificable por una tira de cuero marrón anudada en el poste izquierdo.

Tardó veinte minutos en encontrarla.

El puesto estaba donde debía. La tira de cuero estaba ahí. Y la nieta de Mira — la mujer de unos cuarenta años con pelo oscuro que Aldren recordaba del mercado del cruce de caminos — estaba doblando telas con esa calma profesional de quien ha estado esperando este momento con suficiente antelación.

Aldren se acercó al puesto como si fuera a comprar algo.

—Busco tela para una capa —dijo, en voz normal.

—Tengo varias opciones —dijo la mujer, sin levantar los ojos de las telas—. ¿Cuándo la necesitas?

—Esta tarde si es posible.

—Esta tarde es posible. —Una pausa breve, medida—. Vuelve cuando el mercado empiece a cerrarse. Te mostraré lo que tengo en el almacén.

Aldren asintió, dejó el puesto, y siguió con su recorrido del mercado.

— ✦ —

El almacén estaba detrás del puesto de telas, en un callejón estrecho entre dos edificios de piedra. La nieta de Mira lo guió hasta allí cuando el mercado empezó a vaciarse, con esa naturalidad de quien guía a un cliente habitual.

Mira estaba ahí. Y Dorvn.

La anciana estaba de pie con esa solidez suya inamovible, con las manos cruzadas delante y los ojos en Aldren desde el momento en que dobló la esquina.

Dorvn estaba a su lado — los mismos hombros anchos, la misma quietud evaluadora que Aldren recordaba, aunque ahora con algo diferente en la mirada.

No el recelo del primer encuentro. Algo más parecido al reconocimiento.

—Viniste —dijo Mira.

—Dije que vendría cuando estuviera listo.

—¿Y lo estás?

—Casi —dijo Aldren—. Por eso estoy aquí.

La anciana asintió. Luego miró a su nieta, que entendió el gesto y se fue hacia el otro extremo del callejón para vigilar la entrada.

Aldren buscó en el suelo del callejón. Era tierra compacta, seca con el calor del verano. Tomó un palo que había junto a la pared y se agachó.

—Corrígeme donde me equivoque —dijo.

Y empezó a dibujar.

El esquema del paso de Keth tal como lo conocía desde el norte — las dos entradas, el camino central, los puntos donde el terreno se estrechaba entre paredes de roca, la posición aproximada de los puestos de control según lo que Dorvn le había descrito en el encuentro anterior.

Dorvn se agachó junto a él.

Empezaron a trabajar juntos sobre el suelo.

—La entrada este está más al norte de lo que tienes —dijo Dorvn, con esa precisión de quien conoce el terreno con los pies y no solo con los ojos—. Aquí. —Trazó la corrección con el dedo—. Y hay un segundo puesto de control que no ves desde el norte porque está en un recodo. Aquí.

Aldren observó, memorizó, hizo preguntas. Cuántos hombres en cada puesto en un día normal. Cómo se organizaban los turnos. Dónde estaba el almacén de provisiones. Dorvn explicó que era el punto más defendible desde el sur, lo que significaba que desde el norte era exactamente lo contrario.

—Los relevos —dijo Aldren—. Cada quince días.

—Sí. —Dorvn señaló en el esquema—. El grupo saliente espera hasta que llega el entrante.

Durante el cruce hay dos o tres horas donde los dos grupos están en el paso pero nadie tiene claro exactamente quién manda qué.

—Una pausa—. En esas horas la coordinación es mala. No peligrosamente mala. Pero mala.

—¿Cuándo es el próximo relevo?

Dorvn lo pensó.

—Dentro de veintidós días.

Aldren calculó. Veintidós días era suficiente — no ampliamente, pero suficiente.

—Necesito una cosa —dijo—. El día del relevo, necesito que el grupo de refresco salga tarde. No mucho. Una hora. Hora y media como mucho.

Dorvn lo miró.

—¿Cómo?

—Eso lo dejo a vuestro criterio —dijo Aldren—. Vosotros conocéis el territorio y a las personas. Yo no. —Sostuvo la mirada de Dorvn—. Si no es posible, decídmelo ahora y busco otra manera.

Dorvn miró a Mira. La anciana no dijo nada — solo esperó. Luego Dorvn volvió al esquema en el suelo, con esa expresión de quien está calculando posibilidades concretas.

—Hay un hombre en el grupo de refresco —dijo al fin—. Le debe un favor a mi familia. Del tipo que no se niega. —Una pausa—. Puedo hacer que el grupo salga tarde sin que parezca deliberado. Una enfermedad menor. Un problema con el equipamiento. Algo que retrase pero no alarme.

—¿Es fiable?

—La deuda lo es —dijo Dorvn.

Aldren asintió. Miró el esquema en el suelo durante un momento más, grabándolo en esa parte de la cabeza donde las cosas importantes se guardan con la claridad de los mapas.

Luego tomó el palo y lo usó para borrar el esquema — no con prisa, sino con cuidado, pasando el palo por cada línea hasta que el suelo quedó tan liso como antes de que empezaran.

Dorvn lo observó hacer eso. Algo en su expresión cambió levemente.

—¿Qué queréis a cambio? —dijo Aldren, cuando terminó.

Fue Mira quien respondió. Con esa voz firme y directa suya que no había cambiado desde el tronco caído al borde del mercado del cruce de caminos.

—Nada que puedas darnos tú —dijo—. Lo que queremos ya no existe en ningún sitio donde puedas ir a buscarlo.

—Una pausa breve, sin dramatismo—. Queremos que el hombre que le quitó el hijo a mi hija pierda lo que más le importa.

El poder. El control. La certeza de que las cosas van a seguir siendo siempre como él quiere.

Sus ojos claros miraron a Aldren directamente.

—Eso es lo que queremos. Y tú eres la única persona en este mundo que puede dárnoslo.

El callejón estaba oscuro ya, con solo el resplandor lejano de las antorchas del mercado entrando por un extremo. En algún lugar cercano alguien reía, y el sonido resultaba completamente ajeno a lo que estaba pasando en ese espacio pequeño entre paredes de piedra.

Aldren miró a Mira. Luego a Dorvn. Luego a la nieta, que seguía en el otro extremo del callejón.

—Dentro de veinte días —dijo.

Mira asintió. Una vez. Con esa sonrisa pequeña y antigua que Aldren había visto en el mercado del cruce de caminos tres años atrás.

Aldren salió del callejón hacia las calles iluminadas de la aldea Drak con el paso tranquilo de un comerciante que ha terminado sus asuntos del día y está buscando dónde cenar.

Por dentro, las piezas se colocaban en su sitio con esa precisión silenciosa que tienen las cosas cuando han sido pensadas el tiempo suficiente.

— ✦ —

Volvió en dos días y medio, no tres.

El camino de vuelta tenía esa calidad diferente de los caminos que se hacen después de que algo importante ha ocurrido. La aldea estaba igual que siempre cuando llegó. El humo de los hogares. El sonido de la fragua de Maren. Las cabras de alguien protestando.

Edvar estaba en el banco.

Aldren se sentó en el suelo junto al banco, con la espalda apoyada en la pared de piedra, y no dijo nada durante un momento. Edvar tampoco. Era el silencio de siempre entre ellos.

Luego Aldren dijo:

—Dentro de veinte días.

Edvar no respondió de inmediato. Miró el paso de Keth — la ranura entre las cumbres, visible en ese atardecer de verano con esa claridad específica que tenía a esas horas.

—¿Cómo fue? —dijo al fin.

—Bien —dijo Aldren—. Mira y Dorvn harán lo que necesito que hagan. Y no quieren nada a cambio de lo que yo pueda darles.

—¿Qué quieren?

—Lo mismo que yo —dijo Aldren—. Solo desde hace más tiempo.

Edvar asintió. Despacio, con esa manera suya.

Se quedaron en silencio otro rato. El sol bajó otro tramo. Las sombras de los tejados se alargaron sobre la tierra del camino. En algún sitio al otro lado de la aldea, Maren había terminado con el trabajo del día y la fragua estaba en silencio.

—Veinte días —dijo Edvar.

—Veinte días.

—¿Estás listo?

Aldren miró el paso de Keth durante un momento. Pensó en los cuarenta y tres hombres de la aldea que habían dicho que estarían. Pensó en Maren, que lo había dicho el primero entre los adultos. Pensó en Kael, que lo había dicho el primero de todos, con esa energía impulsiva de los diecinueve años.

Pensó en Eira, en el roble torcido, en el miedo no dura para siempre dicho con los pies colgando sobre el vacío.

Pensó en su padre, que había muerto en ese paso sin saber quién era.

—Sí —dijo.

Edvar miró las montañas.

—Bien —dijo.

Y no añadió nada más, que era exactamente lo correcto.