Us Defiant Few (Los oscuros 3)
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1. Puede que no estuvieras al principio, pero me alegro de que estés al final.
Puede que no estuvieras al principio, pero me alegro de que estés al final.
A Khalani la habían definido de muchas maneras.
Huérfana.
Criminal.
Renegada.
Pero no bastaba con un único adjetivo. Ya no. Una rabia desatada hervía en su interior. Como si hubiera perdido la cordura para siempre.
Le habían mentido, durante toda su existencia.
Se suponía que el amor iba a liberarla. Sin embargo, con ese frío puñal presionándole la garganta, fue terriblemente consciente de que el amor siempre era el punto final de la historia.
Solo que jamás había pensado que la suya terminaría así.
—Takeshi… —susurró Khalani con aspereza, escudriñando esa mirada oscura sin indicios de reconocerla.
El cuerpo firme y robusto era el mismo. Su rostro cincelado y su sedoso cabello negro no parecían distintos. Pero esos ojos negros como el carbón eran glaciales y estaban del todo desprovistos de vida, como si alguien lo controlara.
La hoja se hundió más en su yugular. Khalani se estremeció al notar que un hilillo de sangre le resbalaba por la garganta.
—Solo lo preguntaré una vez más —siseó Takeshi—. ¿Cómo sabes mi nombre?
Khalani entreabrió los labios, pero de ellos no salió ningún grito ni súplica. Buscó en su expresión, esperando que la reconociera.
En cualquier momento, volvería en sí. Estaba segura.
Tenía que hacerlo.
Pero, antes de que pudiera responder, una figura enorme embistió a Takeshi como un ariete.
Khalani ahogó un grito al ver el cuerpo robusto de Brock, que intentaba quitárselo de encima.
Takeshi, sin embargo, le clavó el codo en el estómago y después lo golpeó en la garganta, y lo apartó con facilidad.
Apretando los dientes, Takeshi volvió a fijar su atención en Khalani, aunque ahora parecía diferente. Un destello brillaba en sus ojos glaciales. Avanzaba con los músculos completamente rígidos. Con unos escalofríos que le recorrían la columna, Khalani retrocedió poco a poco.
Takeshi aferró el cuchillo y, sin dudarlo, arremetió contra ella, apuntando la hoja brillante hacia su corazón.
Khalani alzó las manos y cerró los ojos por instinto. Pero no sintió el dolor de la estocada.
Cuando los abrió de nuevo, vio a Adan y a Serene forcejeando con Takeshi. Gruñían y jadeaban, tratando de contenerlo por todos los medios.
—¡Por favor, Takeshi! ¡Basta! —gritó Khalani mientras Serene le sujetaba a duras penas el brazo izquierdo con ambas manos y tiraba de él con todas sus fuerzas.
Takeshi, sin embargo, siguió avanzando, clavando sus ojos letales en el rostro sorprendido de Khalani.
—Joder, tío, reacciona de una vez —refunfuñó Adan, aferrándose con desesperación al otro brazo de Takeshi.
Takeshi soltó un gruñido y trató de zafarse.
Ya casi lo había conseguido.
De repente, Brock apareció y lo atacó por la espalda: le rodeó el cuello con el grueso bíceps y trató de asfixiarlo.
El rostro de Takeshi, que había empezado a temblar, adquirió un matiz morado.
—¡No lo matéis! —gritó Khalani.
Pero ellos la ignoraron y siguieron forcejeando para contener su furia desatada.
Apenas podía respirar; no conseguía pensar.
Se puso en pie a trompicones mientras sus compañeros seguían luchando con él, que no dejaba de mirarla con ojos feroces y de apretar los puños como si ella fuera la causa de todo el sufrimiento del mundo.
Takeshi cuadró los hombros de repente y embistió hacia delante.
Pese a que Brock, Serene y Adan lo sujetaban, no pudieron hacer nada.
¡Pum!
Un taburete se estrelló contra la cabeza de Takeshi, que se tambaleó mientras trataba de enfocar la mirada.
Winnie estaba tras él, jadeando y con los ojos abiertos de par en par.
Brock aprovechó de inmediato la oportunidad, le arrebató el taburete a Winnie y lo estrelló de nuevo contra la cabeza de Takeshi.
Todos se sobresaltaron al ver que Takeshi se desplomaba, inconsciente.
Con manos temblorosas, Brock dejó caer el taburete. Este se estrelló en el suelo con un ruido metálico que resonó por el lúgubre callejón.
Todos estaban sin aliento, pero nadie se atrevió a moverse, como si el cambio más insignificante pudiese despertar a Takeshi y reavivar de nuevo en él esa furia asesina. Sin embargo, Khalani se llevó una mano al pecho, al corazón que tanto le dolía, a punto de venirse abajo.
Qué alivio habría sido sentirse vacía.
De hecho, habría preferido cualquier cosa antes que ese grito de dolor que ahora rugía por todo su ser.
«¿Cómo sabes mi nombre?», no dejaba de repetir Takeshi.
¿De verdad no la recordaba?
Khalani negó con la cabeza, porque no quería —o más bien no podía— aceptarlo.
¿Acaso la oscuridad no le había permitido reconocerla? ¿La habría confundido?
Buscó otra explicación. El rostro sonriente del doctor Strauss cruzó durante un segundo sus pensamientos, y un escalofrío la recorrió.
Recordó cómo le había cortado la pierna, como si fuera un sangriento pedazo de tarta. Cómo le había despellejado los brazos. Cómo le había amputado las extremidades. Y cómo le había administrado un medicamento especial que había curado sus heridas a una velocidad extraordinaria.
Y la última vez que había visto a Takeshi, había recibido un disparo al tratar de huir del campo. Quizá le habían administrado el mismo suero.
Pero ¿era ese el motivo de que la hubiera olvidado?
No, tenía que ser otra cosa.
No dejaba de pensar en el chip. El que el doctor Strauss había querido insertarle en el cerebro.
El doctor Strauss había dicho que, para que el chip funcionara, era necesario inducir la pérdida de memoria a través de la tortura.
Y, en el laboratorio, Khalani lo había vivido en carne propia: su mente había empezado a fragmentarse, a resquebrajarse.
Sus recuerdos, sus poemas… Todo se desintegraba poco a poco.
Lo único que Khalani podía hacer era repetir su nombre una y otra vez para no perderlo todo.
Takeshi, en cambio, llevaba días desaparecido. Solo. Sufriendo. Esperando a que ella lo rescatara.
Una lágrima le resbaló por la mejilla, embargada por el remordimiento.
Lo había abandonado. Takeshi había arriesgado la vida para salvarla y, a cambio, ella lo había abandonado.
Bajó la mirada hacia el suelo y lo contempló, ansiosa por acostarse junto a él.
«Joder, lo siento tanto…».
—¿De dónde ha salido el taburete?
Serene rompió el silencio con un hilillo de voz y el cuerpo aún dolorido.
—Winnie no se lo ha pensado dos veces —afirmó la anciana, pasándose los dedos temblorosos por el pelo gris y encrespado—. Ha regresado a toda prisa al bar y ha cogido lo primero que ha encontrado. Los hombres del interior estaban demasiado ocupados peleando como para prestarle atención.
Khalani desvió la mirada hacia el Corazón Negro, la sede de los Ases. En un abrir y cerrar de ojos, habían pasado de estar discutiendo planes a vérselas con los crupieres, que habían irrumpido para dar caza a los prisioneros que habían escapado del campo.
El fragor de la batalla se había atenuado. En el callejón reinaba ahora un inquietante silencio, pero no tenían ni idea de quién había salido victorioso.
Quizá todos los Ases estuvieran muertos.
Los crupieres podían aparecer en cualquier momento en el callejón, buscando a posibles supervivientes.
—Tenemos que irnos —apremió Khalani, dando un paso mientras un torbellino de ideas le asaltaba la mente—. Brock, ¿me ayudas a llevar a Takeshi? Tenemos que encontrar un lugar donde escondernos.
—¿Has perdido la puta cabeza? ¡Ha tratado de matarte! —gruñó Brock en voz baja para no llamar la atención.
Sus palabras la destrozaron.
—No, no lo comprendes. No es él —aclaró enfrentándose a sus miradas de incredulidad—. Los crupieres le han hecho algo. Algo para que olvide. Tenemos que ayudarlo.
—Khalani… —intervino Adan—. Quizá sería mejor hablarlo.
—¡No hay nada que hablar! —casi gritó.
Estaba pálida y los ojos casi se le salían de las órbitas, como una criatura arrinconada que arremete contra todo y todos.
No le importaba quién se interpusiera en su camino. Prefería morir antes que volver a abandonarlo.
Brock tensó la mandíbula. Justo cuando iba a replicar, la puerta trasera del Corazón Negro se abrió de repente y golpeó bruscamente la pared. Jack salió hecho una furia, cubierto de sangre y con expresión asesina mientras sujetaba a Ryder de la cintura con un brazo.
Ryder jadeaba, tenía el rostro manchado de sangre y las fosas nasales dilatadas y se presionaba las costillas con una mano ensangrentada. Raziel y Spade lo seguían de cerca; llevaban el atuendo negro descompuesto y salpicado de rojo.
Un par de hombres más salieron a trompicones tras ellos, aferrando sus armas con miradas frenéticas.
Khalani se quedó atónita al ver que la última figura que salía era Elise.
Bajó los pocos peldaños que había entre la puerta y la calle cojeando, con la melena rubia que le llegaba hasta la cintura completamente despeinada y con la mirada perdida y conmocionada.
No se parecía en nada a la impetuosa y valiente muchacha que Khalani había conocido en el campo de detención.
En cuanto Elise pisó la calle, Spade cerró de golpe la puerta del Corazón Negro. Jadeando, apoyó la espalda contra la madera, como si así pudiera contener la violencia que habían dejado atrás.
—Tenemos que largarnos de aquí —declaró Jack, sujetando con más fuerza a su compañero herido—. Ryder necesita un médico.
—Uno de esos putos crupieres me ha apuñalado —escupió Ryder.
El charco de sangre se extendía por su camiseta gris.
—¿Qué ha pasado con los otros? —preguntó Brock.
—Todos muertos —sentenció Raziel sin un ápice de compasión. Se restregó un brazo ensangrentado por la nariz mientras, con el otro, sostenía una pistola pegada al muslo—. He contado siete en la redada, pero vendrán más en cuanto vean que no regresan.
—¿Y el resto de los Ases?
Jack y Spade intercambiaron una mirada sombría. Raziel soltó entre dientes unos insultos demasiado explosivos como para repetirlos. Khalani se estremeció ante el silencio que ofrecieron como respuesta.