294. EPÍLOGO UN FINAL FELIZ
LILIAN:
Lo miro nerviosamente, cierro la puerta detrás de nosotros mientras el aire fresco de la noche nos envuelve.
La terraza está iluminada tenuemente por pequeñas luces que serpentean por las barandillas.
Las estrellas parecen más cercanas esta noche, como si quisieran ser testigos de lo que está a punto de ocurrir.
Alessandro se gira hacia mí, con las manos en los bolsillos y esa expresión entre curiosidad y fastidio que siempre adopta cuando siente que estoy a punto de romper algún esquema que ha trazado en su mente.
—No me culpes a mí sin saber de qué se trata. También es culpa tuya; es más, creo que es más tuya que mía —le digo sonriendo mientras al fin salimos del salón.
—¿Qué quieres decir? —inquiere intrigado.
No le respondo de inmediato. Lo dejo que se impaciente un poco. Luego me le acerco despacio y le tomo una mano colocándola en mi vientre.
—De esto —digo con una sonrisa, aunque estoy nerviosa. Nunca hablamos de tener hijos—. Tengo ya varias semanas de retraso; creo que estoy embarazada, Ale. ¿Qué te parece? ¿Lo tenemos?
Alessandro pierde todo el color de su rostro. Su mano se estremece encima de mi vientre, pero no la retira. Al fin logra hablar.
—¿Estás segura? —asiento con timidez ante su reacción—. ¿Y por qué no dijiste nada? Y hemos estado haciendo todas esas locuras. Dale, vamos ahora a la farmacia a comprar un test para asegurar si es cierto.
No esperaba esa reacción suya. En verdad pensaba que se iba a negar a que tuviéramos hijos después de lo sucedido con su primero. Me toma de la mano dirigiéndose hacia la puerta de salida. Lo detengo.
—No hace falta, tengo dos en la habitación. ¿Me acompañas a hacerlo? —le pido nerviosa.
—Sí, corre, vamos a ver si es verdad —se detiene y me abraza—. Ojalá lo estés, Lili, me daría tremenda alegría, amor.
—¿De veras, cariño? —pregunto sin poder creer que se alegre así. Nunca antes lo mencionó.
—Sí, sí, ven, deja que te cargue —y sin poder impedirlo, me toma en sus brazos sin importarle cómo nos miran todos.
Trato de bajarme avergonzada, pero él no me suelta y casi corre conmigo atravesando todo el salón ante las miradas asombradas de todos.
—Suéltame, no estoy enferma —le pido, pero luego agrego—: aunque, pensándolo bien, cárgame, me gusta, ja, ja, ja…
Salimos felices del elevador y entramos en nuestra habitación. De inmediato entro en el baño y realizo todas las pruebas por si acaso. Luego salgo con ellas y ambos nos sentamos con ellas delante, ansiosos.
—¿Cuánto falta? —pregunta de nuevo Alessandro, como si no tuviera un reloj en su mano.
—Lo mismo de hace un ratito —respondo riendo nerviosamente—. No seas impaciente, amor.
—¡Nunca había sentido que los minutos corrieran tan lentos! —dice, moviendo sus piernas impacientes.
Suelto una carcajada, más de nerviosismo que de burla. Mientras le pido que no sea impaciente, aunque yo me muero por conocer el resultado.
—¡Mira, ya apareció una raya! —exclamo, señalando uno—. ¡Oh, apareció la segunda, Ale! ¡Estoy embarazada, cariño, lo estoy!
Alessandro se queda mirando ambas pruebas en la mesita, aguantando la respiración. Lo miro, dejando de reír a la espera de su reacción.
—Sí, las dos marcan muy firme las dos rayas —señala y de pronto salta y me levanta, apretándome con mucha emoción—. Gracias, Lili, muchas gracias. Adoro a los niños. No había querido presionarte, por miedo a que no aceptaras.
—Tonto, a mí también me gustan —digo, respirando aliviada.
—Debemos regresar a Roma —afirma de pronto—. Quiero que hagamos nuestra boda y asegurarme de que siempre estés segura. No quiero que me vuelva a pasar lo mismo, amor.
—Ale, yo sé que puede asustarte todo, pero no echemos a perder las vacaciones; me cuidaré, tú lo harás también —me niego rotundamente—. Y al regresar nos casaremos en esa gran ceremonia que quieren tus padres.
—Lili, ¿se te olvidó que debemos hacer esa coreografía del baile del dragón? —cuestiona preocupado.
Niego con la cabeza, argumentando que el dragón negro, el verdadero UNO, regresó. Ese baile era para anunciar que éramos los uno. Ahora no lo somos. Vamos a hablarlo con mi suegro y que hagan ellos esa parte.
—¿No viste que lindos bailan? —le recuerdo—. Pero lo haremos mañana; esta noche es de las gemelas, ¿está bien? Promételo, no se lo dirás a nadie.
—Lili, quiero decirles a todos ahora que estamos felices y reunidos —declara caprichosamente.
—Que no, Ale, esta noche es de ellos —lo convenzo con un beso—. Lo haremos mañana en el yate, ¿quieres?
Se niega, diciendo que ahora no quiere que nos vayamos en yate.
Mandará a buscar el avión y nos iremos en él; es más seguro.
Lo observo con la ceja levantada, como hace él; está siendo un alarmista.
Pero continúa obstinadamente, diciendo que no lo voy a convencer, y asegura que cuando todos lo sepan, estarán de acuerdo.
—No quiero que hagas eso. ¿Por qué no nos vamos en auto como hice yo con los chicos?
Yo no correré, pero lo harás tú con Rufo, Migue y los chicos —propongo, no queriendo que mi embarazo interrumpa el viaje de mi hermana—.
Dale, Ale, vamos a hacerlo. Es lindo el recorrido de aquí hasta Italia; se lo prometí a Luci, es lo último que falta de su lista de deseos.
Ya controlaste a todos los dragones y enemigos; solo da la voz de aviso que tu papá los estará visitando y ya.
—Eso es muy buena idea; lo hablaré con papá —al fin cede para mi alegría—. Si está de acuerdo, lo haremos. Gracias, amor, por darme ese regalo. Hay algo que te aclaro desde ahora: no se llamará Alessandro; con cuatro es más que suficiente. Ponle el nombre de tu papá.
—Eso mismo te iba a pedir, Ale, que me dejaras ponerle su nombre —contesto agradecida—. Muchas gracias, ahora vamos a la fiesta, deben estar extrañándonos.
Los años han pasado, para todos felices.
La vida ha transcurrido lo más tranquila posible para una familia de mafiosos.
Yo tuve una preciosa niña en mi primer embarazo, pelirroja.
Y un niño en mi segundo embarazo. Luci tuvo un precioso niño, al igual que su hermana Ellie.
Ambas trabajan en la empresa con Damián y Renart.
Hoy los padres de Alessandro han decidido renovar sus votos de matrimonio. La casa es un alboroto total. Se hará en el jardín; tienen muchos invitados, por lo que la seguridad es extrema. Todo está listo; mi suegro, el señor Minetti, con el padre, el anciano Minetti a su lado, esperan en el altar.
Alessandro Minetti, hijo, lleva a su madre del brazo rumbo al altar.
Al llegar, le da un beso y se la entrega a su padre para colocarse a un lado.
La ceremonia se realiza sin problemas, hasta que dos torbellinos de pelo rojo entran corriendo; un zapato vuela y le da en la cabeza a Alessandro, que se gira para ver a su pequeña hija, toda colorada, que le dice:
—¡Ups! ¡Me equivoqué, papá, me equivoqué!
FIN.