¡Ups! ¡No me equivoqué! 32. UN NUEVO AMANECER
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32. UN NUEVO AMANECER

ALESSANDRO:

Miré a Lilian en medio de mi cama. Seguía dormida, con la cara tranquila y apenas dibujando una pequeña sonrisa, tan hermosa que dolía.

Era otro día, otro amanecer sin que ella despertara.

Mi mirada se dirigió hacia la ventana, maldiciendo en silencio.

Necesitaba un buen baño y lo tomé. Mientras lo hacía, la charla con Rufo se repetía en mi cabeza, helando mi alma ante el miedo de que se hicieran realidad. Me incliné para besar sus labios.

—Amor, voy a la oficina; tu mamá y hermana te cuidarán. Pero si despiertas, no me olvides —susurré mientras le daba un beso en los labios.

Cerré la puerta de la habitación detrás de mí.

Al salir al pasillo de mi villa en las afueras de Roma, caminé despacio rumbo a la escalera.

Suspiré mientras miraba alrededor; todo estaba en orden.

Cada hombre y sirviente en posición. Era tanto mi hogar como mi fortaleza, reflejando el estatus que siempre había poseído mi familia.

Pero en mi interior maldecía la decisión que habían tomado mis padres de meternos en la mafia.

Y luego, cuando desaparecieron ellos, mi abuelo no me había sacado de ese mundo, todo lo contrario.

—Buenos días, mi suegra —saludé a la señora Libia, que estaba lista junto a Lucila para subir a atender a Lili.

—Buenos días, hijo, ¿no despertó hoy tampoco? —Negué con la cabeza—. Pobre Lili.

—Ya lo hará, no desesperes, mi suegra —traté de consolarla, aunque yo ya dudaba de ese hecho—. Solo está cansada.

Mi suegra no respondió, se limpió una lágrima mientras se alejaba con su hija menor, Luci, que me sonrió con el mismo miedo reflejado en su mirada.

Las vi subir las escaleras, soltando todo mi aire.

Al girar, me dirigí al despacho. Al igual que siempre, mis hombres estaban cerca.

Humberto, el jefe de la seguridad, después de James, estaba apostado en la entrada; junto a Estefan, su segundo al mando, supervisaba las operaciones de seguridad.

Rufo estaba a solo unos pasos, esperando cualquier indicio de que necesitara su consejo.

—¿Cómo va todo, Ale? —inquirió Rufo, sentándose frente a mí en el despacho con expresión seria—. ¿Algún indicio nuevo en Lilian?

—Nada, durmió abrazada a mí, pero sigue dormida. ¿Cómo puedes asegurar que padece de esa hipersomnia postraumática que mencionaste? —indagué, con frustración y desesperación que no pude esconder.

Rufo guardó silencio. Sabía que la situación de Lilian me consumía, convirtiendo cada decisión en una cuestión de vida o muerte.

—Te dije que esperemos unos días más y luego le haré de nuevo pruebas para comprobar mi teoría —respondió Rufo con la serenidad que lo caracterizaba—. Me tengo que ir al hospital; cualquier cosa, me llamas.

Me froté la frente, tratando de despejar mi mente de los pensamientos oscuros que me asediaban.

—Espera, Rufo —lo detuve—. Estamos limitados en nuestras opciones. Pero necesito respuestas, no solo con respecto a Lilian, sino también sobre los Dragones y lo que están tramando. Y sobre eso que me dijiste de los Conti.

Estaba preocupado, no podía negarlo. Las nuevas responsabilidades que habían caído sobre mis hombros eran muchas. Mis enemigos eran astutos y peligrosos; ese imperio que había heredado estaba lleno de traición y sangre.

—Jefe, estamos moviendo cielo y tierra para averiguar qué se traen los Conti entre manos —informó Humberto.

Lo miré fijamente, deseando que trajera alguna luz que iluminara un poco la oscuridad de mis pensamientos. Con mi abuelo sufriendo de Alzheimer y perdiendo todos los recuerdos, sentía la misma sensación de pérdida que con la situación de mi Lili.

—Estoy investigando con algunos de los nuestros —habló Rufo, ahora de pie, listo para irse—.

Han aparecido algunos personajes en Roma que llamaron la atención.

Me han llegado rumores de que un hombre está reuniéndose con los Dragones en secreto.

Pero hasta que no asumas bien y puedas conocerlos a todos, no sé qué pensar.

—¡Lo haré, Rufo, pero ya sabes qué me detiene! —Me sentía amarrado de pies y manos—. Humberto, organiza a los hombres para que mantengan un ojo en ellos en todo momento.

—Entendido, jefe —respondió Humberto, listo para actuar—. Como la jefa está aquí en la casa, Estefan y yo tenemos más tiempo para lo que ordene.

Miré por la ventana hacia los campos de golf meticulosamente cuidados, una buena fachada que guardaba mis grandes secretos.

Los Dragones representaban una nueva amenaza que debía dominar; yo era el UNO.

No dejaría que se salieran con la suya. Debía asegurar ese puesto para mantener a Lilian para siempre mía.

—Me voy, Ale —Rufo se puso de pie—. Estaré en el hospital; quedé en reunirme con unos especialistas para investigar el problema de Lili. Si me necesitas, llámame. Y cuida de Miguel, no lo dejes hacer locuras.

—De acuerdo, pero díselo a mi suegra; ella lo quiere como a su hijo —contesté, pensando en qué hacer primero—. No estaré todo el día aquí, mejor que ella lo cuide.

Lo vi alejarse mientras yo salía y me dirigía a la habitación del abuelo. Me lo encontré, como otras veces, sentado en su silla frente al enorme cuadro de mi abuela.

—Abuelo, ¿cómo te sientes? —pregunté, viendo cómo James, su guardia personal, negaba con la cabeza—. Soy yo, Ale. Debo ir a la oficina; te dejo al frente de la casa.

Tardó en reaccionar, pero giró la cabeza lentamente hacia mí. Cuando nuestros ojos se encontraron, no había nada. Ni amor, ni orgullo. Solo vacío. Hoy parecía no conocerme, y eso me llenó de terror. Sentí el suelo cediendo bajo mis pies.

Salí corriendo en busca de Rufo, que por suerte no se había ido. Vino de inmediato, pero al llegar nos sorprendimos.

—¿Por qué vienen corriendo? ¿Pasa algo, Alessandro? Rufo, ¿despertó Lili? —preguntó como si nada.

¿Qué demonios? Miré a Rufo. Él era el doctor, debía tener las respuestas, pero el abuelo se negaba a que él lo revisara.

—Tengo que hacerle pruebas —repitió en un susurro Rufo—. Te digo que no me parece que sea Alzheimer.

Ver al abuelo así me aterraba. Era mi abuelo, el que me había criado, la única familia que tenía. No podía perderlo ahora; necesitaba su sabiduría, no estaba aún listo para dejarlo ir. Cualquier cosa que estuviera pasando con los Dragones podía esperar. Ahora, él era mi urgencia.

—Abuelo —dije, deteniéndome frente a él—. Todo está bien. Lilian no ha despertado.

—No es nada, abuelo —dijo Rufo, extendiendo su mano para apretar la suya. Y mintió con soltura—: Dame un apretón de manos, tenemos una competencia.

El abuelo lo miró con desconfianza, pero lo hizo. Rufo luego lo miró a los ojos, y no dijo nada, pero podía ver que estaba preocupado.

—Gané, Ale —dijo, girando hacia mí—. Sigue tan fuerte como siempre.

—¿Qué demonios se traen ustedes dos? —preguntó de pronto el abuelo con una voz demasiado fuerte para alguien enfermo—. ¿Acaso creen que soy tonto?