Undercover (Mafia Italiana: Señores del inframundo 2) Capítulo 29
75%

Capítulo 29

Donato

Salí del dormitorio levantando la cara hacia el sol de la mañana. Nunca me había pasado, pero imaginé que resucitar debía de ser así.

Cuando nos encontramos junto al auto que me esperaba, Angelo me miró con una expresión agridulce y me dijo:

—¿Así es como se siente uno al verla regresar?

Estaba tan lleno de felicidad que sentía que podía desbordarla incluso sobre Angelo. Le agarré por su ancho hombro.

—Quizá algún día.

No respondió, apretó los labios sin replicar.

Mi apretón se convirtió en una palmada en el hombro y, sin decir nada más, Angelo se subió al asiento delantero del auto.

Yo me senté en mi sitio en el asiento trasero y, como tantos otros días, comencé el primero de este nuevo capítulo de mi vida: aquel en el que estaba realmente convencido de que Valentina formaría parte de él para siempre.

Valentina

Me desperté envuelta entre sus sábanas en el dormitorio de Villa Casella. Prácticamente desde el día del tiroteo vivíamos juntos.

Le había enviado otro correo electrónico a Magliotti, explicándole que se había presentado la oportunidad de obtener un resultado inesperado. Le pedía dos meses de plazo para ese intento; después, daría por concluida la misión, tal y como le había dicho anteriormente.

Magliotti se había opuesto con otro correo electrónico de respuesta y yo lo había ignorado.

Pero como no había visto ningún auto que me citara en el Cuartel General de la policía, imaginé que Magliotti se había convencido o que alguien por encima de él se había interesado por esa oportunidad que yo había planteado.

El brazo de Donato se estaba curando: ya no llevaba vendaje, pero la piel del tríceps estaba marcada por una cicatriz de color rosa intenso.

Esa herida se estaba curando poco a poco, día tras día. Mientras yo me hundía poco a poco, día tras día.

¿Cómo había llegado a encontrarme en esa situación?

Donato salió del baño, me miró y sonrió. Así fue como había sucedido: bastaron una mirada y una sonrisa.

Es a partir de detalles tan simples como esos que se generan las tragedias más complicadas.

—¿Has estado nadando en el mar? —le pregunté.

—En el peñasco —me respondió.

Alcé la vista hacia el mar, que brillaba bajo el sol de la mañana. En la dirección que había aprendido a reconocer, podía ver los rayos del sol reflejándose en una zona opaca.

Después de decir esa frase, tomó el paquete de cigarrillos de la mesita de noche y se llevó uno a los labios. Sabía qué gestos vendrían a continuación: el encendedor, luego los pasos rápidos hasta el balcón para fumar fuera, a pesar del frío de la mañana.

Cuando aún tenía el encendedor en la mano, le dije:

—Fumas mucho para ser un deportista.

Él se quitó el cigarro, aún apagado, de los labios y precisó:

—No soy deportista, medito en el agua.

Reaccioné a ese sofisma levantando las cejas. Donato sonrió, encendió el cigarro y salió al balcón con paso rápido para fumárselo.

Una ráfaga de aire frío entró por la ventana cuando la abrió.

Durante el resto del día, Donato y yo estuvimos separados. Ya tenía pocas ocasiones de encontrarme con Aurelio porque mis días transcurrían en la órbita de Donato.

Por el contrario, en aquellos días me ocurría con bastante frecuencia encontrarme con Leo, tanto en presencia como en ausencia de Donato; habíamos compartido muchas comidas y aperitivos juntas.

Tuve la impresión de que, tras nuestro reencuentro, Leo había aceptado por fin que yo me hubiera cargado con todo el peso que suponía continuar mi relación con Donato.

En cuanto a nuestro amor, yo sin duda había tomado algunas decisiones, pero podía estar segura de que lo que había en mi cabeza y en la imaginación de Leo eran escenarios completamente diferentes entre sí.

Magliotti podría estar sin duda orgulloso de mi trabajo, o quizá no lo estaría en absoluto.

Si realmente hubiera convencido a Donato de colaborar con la justicia, todas las infracciones del protocolo que estaba acumulando se habrían justificado ante el resultado que había obtenido.

Eso era sin duda lo que esperaba, porque la única alternativa que veía a ese escenario era que no hubiera logrado convencer a Donato de que abandonara su vida e, inevitablemente, ese escenario conducía a mi muerte a manos del único hombre al que había amado de verdad.

Valentina

Cuando esa noche volví a Via dei Gigli, en el salón con los sofás blancos no solo estaba Donato, sino también Angelo.

Su presencia allí sonó como una señal de alarma. Dejé la bolsa sobre la mesa del comedor y me acerqué a los sofás en los que estaban sentados los dos hombres.

Ni que decir tiene que estaban en silencio: habían interrumpido cualquier conversación que estuvieran manteniendo en el momento en que crucé el umbral de la casa.

—¿Va todo bien? —le pregunté a Donato con el tono más ligero que pude darle a esa pregunta.

—Siéntate, tenemos que hablar —fue su respuesta, poco alentadora.

Lo primero que pensé fue que me había descubierto; a esas alturas ya no sabía si se trataba realmente de una situación aterradora, ya que, de todos modos, había decidido contarle la verdad.

Apartando de mi mente y, en la medida de lo posible, de la expresión de mi rostro ese pensamiento, me senté en el sofá junto a Donato y me alisé los pliegues de la falda.

—Soy toda oídos —dije, desviando la mirada del rostro serio de Donato al inexpresivo y sombrío de Angelo.

El guardaespaldas dirigió la mirada hacia Donato, quien se tomó unos segundos más antes de empezar a hablar:

—Volverán a intentar matarme —dijo.

Esa breve frase dio voz a un temor que ya tenía, una sospecha que, a pesar de mi escasa información, me permitía albergar.

Fingiendo más consternación de la que realmente sentía, desvíe la mirada de uno a otro de los dos hombres:

—¿Por qué? ¿Cómo es eso?

Sabía que Donato no dejaría escapar ningún tipo de información concreta; de hecho, la siguiente frase que pronunció fue:

—Esta es una guerra que solo puede terminar con el muerto adecuado.

—¿Y el muerto adecuado serías tú? —le pregunté con un tono agudo que esta vez me brotó de forma totalmente espontánea de la garganta.

—Según Emilio Moretti, sí —admitió.

Negué con la cabeza, desconcertada por lo que me estaba diciendo.

—Sabes que no te revelo información a menos que tenga un motivo para hacerlo —continuó Donato.

Volví la cabeza hacia él, esperando a ver adónde quería llegar con ese discurso.

—Es necesario que tengas guardaespaldas.

—Tus hombres ya me siguen a todas partes, me acompañan a cualquier sitio.

Donato asintió, mostrando que era consciente de esa costumbre.

—Habrá que reevaluar tu nivel de seguridad personal, al igual que el mío.

Recosté la espalda contra los cojines del sofá.

—¿Es tan grave? —pregunté.

—Me temo que sí —respondió Donato.

Tragué saliva con dificultad. Desvié la mirada de Donato a Angelo, prometiéndome a mí misma que no podía esperar mucho tiempo antes de dar el paso y salvar a Donato de la trampa mortal en la que se había convertido su vida.