Capítulo 25
Valentina
Al día siguiente fuimos a comer a Villa Casella.
Atravesamos la casa hasta llegar al comedor con el suelo de mármol amarillo; sabía que Donato había querido que comiéramos allí y no era casualidad.
Saludé a Marco con besos en las mejillas; olía bien, una fragancia masculina y elegante.
Saludé a Mimmo; noté que, incluso en medio del salón con las ventanas abiertas, sus pupilas seguían grandes y brillantes como las de un gato en la noche.
Intercambiamos unas palabras de saludo y me di cuenta de que estaba alterado, pero se controlaba y sonreía.
Empezamos a hablar y a comer. Esta comida era en todo y para todo un asunto de familia, y cada vez más me preguntaba qué estaba haciendo. Temblaba al pensar en lo que eso podría significar para Donato, para Valentina, para mí.
Mientras estaba en ese torbellino de pensamientos, un nombre me llamó la atención:
—¿Raffaele Amato? —pregunté sorprendida.
Donato intervino:
—Yo te voy a contar una historia que te dice quién es en realidad Raffaele Amato.
El sastre de nuestro abuelo tenía un aprendiz llamado Carlo; se pelearon hace muchos años porque él se la pasaba robando dinero de la caja.
Raffaele Amato se hace mandar a hacer sus trajes con Carlo. Eso dice todo de quién es.
Así lo delataba el desprecio con el que pronunciaba su nombre.
—Se hace mandar a hacer los trajes con Carlo y ahora hasta lleva un anillo... —ironizó Marco.
Por la vehemencia con la que lo dijo, le salió el dialecto mientras hablaba.
—Déjalo estar, no hablemos de esa persona —concluyó Donato.
—Nuestro zapatero tiene en el taller las hormas con las medidas de los pies de papá, del abuelo y del bisabuelo —continuó Marco.
—¿Todos llevan los mismos zapatos del mismo zapatero? —pregunté sorprendida.
—Una vez que pruebas unos zapatos hechos a medida, ya no puedes ponerte otros —respondió Marco con su sonrisa fría.
Seguimos hablando mientras comíamos, aparentemente de forma relajada. Durante una conversación sobre sus respectivos planes para el año siguiente, Marco declaró:
—Volveré a Cuba. Tengo toda la intención de quedarme exactamente en el mismo lugar haciendo las mismas cosas.
Un comentario de Mimmo rompió el hielo en la mesa:
—A menos que acabemos metidos hasta el cuello en esta guerra —dijo Mimmo.
—¿Qué guerra? —pregunté yo.
—Ninguna guerra —dijo Donato.
—Ninguna —repitió Mimmo, mirando fijamente a Donato.
—No hablemos de trabajo cuando ella este aquí —siseó Donato.
—Te pareces a papá cuando haces eso —gruñó Mimmo.
—¿Eso es un insulto?
—Sí, y sabes que lo es.
—Domenico —lo llamó Donato, por su nombre completo.
Mimmo dejó los cubiertos y se levantó, advirtiéndonos en un susurro:
—Necesito tomar aire.
Lo vimos dirigirse hacia el balcón este. Al llegar a la puerta, se apoyó en el marco y luego desapareció tras ella.
Marco resopló:
—Mimmo tiene razón esta vez.
Donato se volvió hacia él.
—¿En qué?
Marco lo miró de reojo, una respuesta silenciosa que respondía a su orden de no hablar de trabajo en mi presencia. Lo único que se permitió fue comentar su actitud:
—No deberías tratarlo así, después de lo que ha hecho por ti. Después del problema que él ha sido capaz de resolver.
Me incliné en la silla, dándome cuenta de que ese problema del que hablaba Marco era una persona.
—¿Tengo que darle las gracias por haber hecho su trabajo? —preguntó Donato con cinismo.
—Solo te estoy recordando que Mimmo es un activo para la familia, cuídalo.
—Y yo te estoy diciendo que no le incites. Tú no estabas allí para verlo.
Marco arqueó una ceja; se notaba lo molesto que estaba por ese comentario y Donato, al darse cuenta, se pasó de la raya:
—Deberías haber estado allí. Si lo hubieras visto, ahora no lo incitarías; al contrario, serías el primero en preocuparte por él.
—¿Crees que no me preocupo por él?
Donato respondió con desdén:
—Nunca te has preocupado por nadie de esta familia.
—¿Que nunca me he preocupado? —repitió Marco con los ojos muy abiertos.
Yo me quedé callada, sentada en mi sitio, esperando hacerme invisible e inmóvil. Marco alzó la voz, ahora furioso:
—¿Quién se ha ocupado de los sudamericanos mientras tú ibas y venías? Es algo que tú decidiste hacer y que yo estoy llevando adelante aunque no esté de acuerdo —concluyó Marco.
—No hablemos de eso aquí.
Marco estaba demasiado alterado para escucharlo:
—¿Te interesa esto? Esa locura que has decidido montar en lugar de hacer lo que habíamos acordado juntos con papá hace más de un año.
Donato logró mantener la calma y dijo:
—Ya lo hemos hablado en la reunión, no lo vamos a repetir. Desde luego, no será ahora.
Marco estalló:
—¿Quién crees que fue a buscar a ese chico cuando murió nuestra madre? —exclamó señalando la puerta por la que había salido Mimmo.
—¿Quién crees que se ocupó de todo mientras tú te lo pasabas en grande con las turistas en Lanzarote? Deberías haberte quedado allí.
—Marco, déjalo ya —dijo Donato.
Su voz había vuelto a ser inflexible, sin rastro alguno de ira.
Marco se puso de pie y dio un golpe con la servilleta sobre la mesa:
—Te equivocaste al dejar el Alfort. Ahora te estás equivocando con Mimmo.
Donato también se puso de pie, enfrentándose a Marco:
—No tienes permiso para decirme lo que debo hacer.
A Marco se le marcaba una vena en la sien, y tenía el rostro enrojecido por la ira.
—Tú solo estás gestionando todo esto en ausencia de nuestro padre, por mandato suyo.
Donato respondió con calma, articulando bien las palabras para que quedara claro en su mente:
—Te equivocas, Marco. Es nuestro padre quien se ha encargado de todo esto en mi nombre mientras yo era demasiado joven para ocuparme de ello.
Marco abrió los labios, pero Donato hizo un gesto seco con la mano, quitándole la palabra de la boca. La conversación terminaba ahí. Marco no respondió, apartó ruidosamente la silla y se marchó.
Donato se volvió hacia mí y dijo:
—Perdona, sigo ilusionándome con poder tener una comida, solo una comida en la que mi familia, no digo que parezca normal, pero al menos no dé lo peor de sí misma.
Se masajeó las sienes:
—Necesito cinco minutos a solas en el balcón para fumarme un cigarro.
—Claro —le respondí, sentada en mi sitio.
La silla que se arrastraba bajo él hizo un ruido que me pareció ensordecedor. Se dirigió al balcón oeste e inmediatamente empecé a oler a humo.
Miré la mesa puesta a mi alrededor, ahora sentada sola.
Buen provecho para mí y para los hermanos Karamázov, pensé.
Valentina
Yo también me levanté y me dirigí al balcón este, para dejarle a Donato tiempo para fumarse un cigarro y ver si Mimmo necesitaba ayuda.
Estaba sentado en un sofacito blanco, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Sin embargo, al oír mis pasos, abrió los ojos y se enderezó en el asiento; por la expresión que puso, parecía que eso le supusiera un enorme esfuerzo.
—¿Va todo bien? —le pregunté con voz amable.
—Bien, solo necesitaba un poco de aire —murmuró.
Reconstruí lo que había sucedido: Mimmo debía de haber torturado a alguien llamado Cristiano, Cristiano Moretti, supuse, el primo de Emilio Moretti, sobrino del patriarca Lorenzo.
Debía de haber sido espeluznante si Donato había bebido whisky aquella noche hasta emborracharse y Mimmo no era capaz de afrontar sobrio lo que había hecho.
Debería haber preguntado a la policía si habían encontrado el cadáver de Cristiano.
Crucé el umbral.
—Eres un chico listo, juegas muy bien al póquer. Tienes que tomártelo con calma.
Mimmo sonrió. Algo en su mirada me provocó inquietud: un sentimiento de desesperación y nostalgia que me repugnaba tanto que quería estar lo más lejos posible de él.
—¿Seguro que estás bien? —repetí.
—Estoy bien —respondió él.
Golpeé nerviosamente con los dedos el marco de la puerta, lista para irme, ya que había recibido esas respuestas telegráficas y, al fin y al cabo, Mimmo no parecía correr ningún peligro inmediato para su salud.
—Vale, trata bien a Donato —me dijo sin poder articular bien las palabras—. No le hagas daño.
Fruncí el ceño, y Mimmo continuó:
—Nunca ha sido tan feliz como desde que estás tú —me soltó, con una sinceridad para la que no estaba preparada.
Me quedé aturdida en el umbral del balcón, mientras Mimmo me miraba con sus pupilas dilatadas y quién sabe qué en el cuerpo a la hora del almuerzo de un domingo de otoño.
—Gracias por decirlo —respondí incómoda.
Le di la espalda en lo que me pareció, a todos los efectos, una huida, y volví al comedor, que aún estaba puesto.
Una vez sola, tuve que soltar un largo suspiro: Mimmo no estaba en sus cabales hoy, me tranquilicé.
Lo que decía no tenía mucho sentido. Y, sin embargo, quizá precisamente porque no estaba lúcido, tuve la sensación de que sus palabras eran tan veraces como lo habrían sido las de un oráculo.
Intenté no pensar en ello, no preguntarme si era cierto que Donato era feliz desde que yo estaba allí. Esperaba que sí. Esperaba que se acordara de mí con cariño, incluso después de que yo hubiera desaparecido y le hubiera roto el corazón.
Con ese nudo en la garganta, alcancé a Donato en el balcón oeste. Fumaba nerviosamente y no podía descartar que el que tenía entre los labios no fuera su primer cigarro.
Me apoyé con el costado en las columnas de la balaustrada.
—¿A qué se refería Marco cuando habló de Lanzarote?
—Al hecho de que no sabe mantener la boca cerrada —respondió nervioso, exhalando una bocanada de humo.
Pasaron unos segundos, una espera en la que me pareció oír cómo el latido de Donato se ralentizaba hasta situarse por debajo de un nivel de alarma y, con un tono más tranquilo, añadió:
—Cuando tenía veintiún años me fui de vacaciones a Lanzarote. Al terminar las vacaciones me quedé otra semana en un apartamento con unos surfistas. Luego otras dos semanas. Después llamé a mi padre y le dije que no volvería nunca más.
Me acerqué un paso más a él:
—¿Te habrías quedado en Lanzarote?
—A hacer surf de día, de fiesta en la playa de noche y a pasar el tiempo libre con las turistas. Sí, tenía veintiún años y me parecía un plan estupendo.