Capítulo 27 #3
Me tambaleé bajo el peso de esas palabras.
Se quedó en silencio, dándome la espalda, dejándome pensar en ese tiempo pasado que había usado y en todo lo que había pisoteado para llegar a Rowena.
Era un traidor y un delincuente, pero por ella lo volvería a hacer.
Aunque hubiera sabido desde el principio que Raffaele se daría cuenta de nosotros, lo habría hecho de todos modos.
El Don volvió a mirarme:
—¿Sabes lo que tengo que hacer? ¿Justo contigo?
Raffaele no lo dijo, porque sabía que entendería lo que quería decir. Conocía bien el sendero que llevaba al acantilado y podía ver ante mis ojos la ensenada a lo largo de la costa, el saliente de roca blanca donde la corriente siempre tiraba hacia el fondo.
Lo conocía tan bien que sabía llegar ahí conduciendo en la oscuridad y con las luces apagadas.
—Tienes que servir de ejemplo —murmuró, hablando ya de mi cadáver.
Si todo había terminado, más valía poner las cartas sobre la mesa; a estas alturas ya no tenía nada que perder.
—Raffaele, me enamoré de Rowena.
El hombre se detuvo en medio de la habitación y se volvió para mirarme:
—Te enamoraste. Te enamoraste —repitió.
Sacudió la cabeza y frunció los labios en una mueca de asco:
—Si de verdad la quisieras, si te importara aunque fuera un poquito, entonces sí que te habrías mantenido alejado de ella. ¿Has pensado en lo que podría pasar? ¿Alguien como tú? ¿Alguien como nosotros? Le arruinarías la vida. Su madre se fue al otro lado del mundo para alejarse de todo esto.
—Ella no es su madre —murmuré.
Al contrario, había sido precisamente Rowena quien se había imaginado que tal vez era posible que ella se quedara aquí.
—No sabes nada ni de ella ni de su madre. No hables de ellas —me respondió Raffaele, rechinando los dientes.
—Si ella quisiera quedarse aquí…
—¡Renuncié al amor de una hija con tal de que no se quedara aquí! —gritó.
Sentí cómo se me ponía la piel de gallina en los brazos.
Raffaele había renunciado a ser padre con tal de mantener a Rowena alejada de esta vida y, cuando se vio obligado a acercarla a nuestro mundo, yo la había arrastrado hasta el fondo.
—Mañana los perderé a los dos —murmuró.
Después de la rabia y la decepción, ahora tenía que presenciar su dolor. Me honró darme cuenta de que Raffaele no quería matarme, que hubiera preferido evitarlo, si tan solo hubiera podido.
Pero sabía que no podía. Porque con todo el clan Casella pisándole los talones, no podía dejar que anduviera suelto el hombre que se había acostado con su hija bajo su techo; la amara yo o no, eso era lo que verían los demás.
Su clemencia habría sido una debilidad que, en tiempos de guerra, Raffaele no podía permitirse.
Además, una vez que yo ya no estuviera, Rowena no querría tener nada que ver con nuestro mundo de locos y se escaparía de nuevo a Estados Unidos, más convencida que nunca de mantenerse lejos de Villa Rovelli, más convencida que nunca de mantenerse lejos de su papá.
Si mañana era el día en que quería matarme, estaba a punto de perderme tanto a mí como a Rowena. A uno por muerte, a la otra por odio. Y Raffaele sabía que, en ambos casos, sería para siempre.
Y a pesar de saberlo, me iba a matar de todos modos.
Lo peor era que, si Raffaele me hubiera pedido mi opinión, ejecutarme era lo que yo mismo le habría aconsejado que hiciera.
Raffaele señaló el arco que llevaba a mi dormitorio:
—Elige con qué quieres morir y ordena tus cosas. Los demás te esperan afuera.
Levantó la mosquitera y salió, despidiéndose de mí con esas palabras, un final muy apropiado para los diez años que habíamos pasado juntos.
Podía morir con la ropa que llevaba puesta, no me importaba. Si había vivido la última década como quería Raffaele, al menos moriría como me parecía a mí: dejando que el azar decidiera qué me ponía.
Fui al dormitorio sabiendo que era la última vez que entraría allí. Pensé que tenía mi pistola en la mesita de noche; sopesé si me convenía pegarme un tiro allí mismo, mientras estaba solo, en lugar de enfrentarme a lo que fuera que Raffaele estuviera preparando para mí.
Pero no le iba a quitar la oportunidad de dar un ejemplo conmigo: habría sido una demostración de fuerza en la guerra con los Casella y, por lo tanto, también lo mejor para que Rowena estuviera a salvo.
Además, si moría mañana, iba a disfrutar las pocas horas que me restaban. Era un pequeño botín de vida que me quedaba y que pensaba dosificar hasta mi último suspiro.
Así que ordené mis cosas. Ya estaban listas porque no sabía cuándo llegaría mi hora y guardaba los documentos importantes aparte por si acaso llegaba de repente.
Abrí la caja fuerte dentro del armario y puse en la mesita de noche el dinero en efectivo que tenía guardado, ya que de todos modos no me serviría de nada. Tomé un paquete de hojas y las revisé de nuevo.
Eran los documentos de la tutela de mi hermana. Había dejado un fondo para Lucía, con suficiente dinero para que pudiera vivir bien. El abogado que sería su tutor era un buen tipo, manejaría bien ese dinero y Lucía se las arreglaría incluso sin mí.
Estaba a punto de irme, pero sabía que había algo más en la caja fuerte y que también tendría que llevarme eso. Metí la mano y saqué un reloj de pulsera.