Exámenes
XXVII
El día del examen de Adam, amanecieron juntos y salieron temprano rumbo al hospital.
Sofía y William lo habían ayudado con todos los preparativos del brindis de celebración que esperaba más tarde, pero, aun así, él caminaba con esa mezcla de nervios y determinación que a Sofía le aceleraba el corazón.
Él había despertado radiante. Llevaba una camisa de mangas largas, planchada con pulcritud, y una corbata sobria que se asomaba bajo la bata.
El pelo, revuelto por el viento, le daba un aire despreocupado, aunque en sus ojos brillaba una seriedad enfocada.
Sofía lo observaba mientras caminaban por un pasillo iluminado del hospital, con esa punzada dulce de orgullo y deseo.
Estaba tan apuesto… «Tan seguro. Tan concentrado. Tan suyo».
Cuando llegaron al salón, ella se detuvo en la puerta.
—No creo que deba quedarme —dijo en voz baja—. Demasiados ojos…, demasiada testosterona neuroquirúrgica y no estoy lista para asumir este rol delante de todos.
Adam le acarició la mejilla con el dorso de la mano y asintió, sin presionarla.
—Lo entiendo. No hace falta que te quedes. Te buscaré cuando acabe. Gracias por todo.
—¡Acaba con ellos! —le susurro al oído antes de despedirse con un beso discreto en los labios.
El examen fue impecable. William le enviaba los audios a Sofía. Por supuesto que agarró la nota máxima…brillando en su propio terreno, y luego del brindis, él no perdió tiempo y salió a buscarla. La encontró esperando junto a las ventanas de su salón de conferencias.
Cuando ella lo vio, corrió a abrazarlo fuerte. Ya sabía que había sido un éxito, él casi la cargó con entusiasmo, eufórico.
—Estoy orgullosa de ti— le dijo desde adentro, con el corazón contraído de la admiración que le tenía.
En eso entró su jefa, la doctora Nerina, quien tras felicitar a Adam le dio la sorpresa a Sofía de dejarla ir temprano.
—Tú también tienes examen en dos días —le dijo—. Vete a estudiar.
Esa noche salieron a comer juntos, como dos cómplices celebrando una victoria. Adam, todavía con la euforia en la piel, le tomó la mano sobre la mesa.
—Ahora te toca a ti y también lo vas a hacer genial —le dijo—. Yo me voy a ocupar de todo. Tú concéntrate en estudiar.
Y cumplió su promesa. De regreso en casa, Sofía se instaló en la cama con los apuntes.
Adam se movía a su alrededor en silencio, cuidando cada detalle, asegurándose de que nada la interrumpiera.
Cuando el sueño por fin le venció, él se deslizó a su lado y durmieron abrazados, respirando al mismo ritmo.
El día antes de su examen, Sofía decidió quedarse en su casa para relajarse sola. Adam llegaría más temprano el otro día al hospital, como había prometido, para tenerlo todo listo y que ella no tuviera preocupaciones.
Pero la inquietud hizo que Sofía se despertara más temprano de lo habitual.
Se levantó y se miró al espejo con la determinación de quien va a enfrentar algo grande.
Dejó su cabello suelto, lo peinó con ondas suaves, eligió un vestido largo, negro y blanco, ajustado, que abrazaba su figura con discreción, y unos tacones que hacían sonar su seguridad con cada paso.
El maquillaje era sencillo pero impecable, realzando sus ojos y dándole un aire sereno…
y, por supuesto: los labios rojos. Recogió sus apuntes, respiró largo y salió rumbo al hospital.
Ya en el pasillo caminaba repasando una y otra vez los temas. Subió directo a la sala de Adam, para avisarle que ya había llegado y pasar unos minutos en calma con él. Cuando llegó, la puerta del cuarto médico estaba entreabierta. La empujó con cuidado… y se congeló.
Adam y Julia estaban allí, de pie, demasiado cerca, casi discutiendo en un tono que no necesitaba mucha traducción.
Era la clase de proximidad cargada que solo existe entre quienes arrastran demasiada historia.
Sofía sintió un golpe seco en el abdomen.
Julia fue la primera en girar la cabeza; sus miradas se cruzaron. Adam se volteó enseguida.
Pero Sofía ya no estaba. Salió veloz por el pasillo, sin mirar a nadie, sin escuchar nada. El corazón le retumbaba en los oídos y los tacones martillaban el suelo, mientras la seguridad con la que había despertado se desmoronaba como un castillo de naipes.
—¡Sofía! —la voz de Adam la persiguió, grave y urgente—. ¡Sofía!
Ella solo siguió caminando, con los ojos cristalizados y el corazón deshecho, hecha tierra… justo minutos antes de entrar al examen que llevaba semanas preparándose para enfrentar.
Las puertas del elevador estaban a punto de cerrarse cuando Adam por fin la alcanzó.
—¡Sofía! —gritó otra vez, mientras traspasaba la puerta antes que se cerrara.
Por suerte —o por desgracia— estaban solos. El ascensor comenzó a subir con un zumbido suave, pero el silencio que los rodeaba era ensordecedor. Sofía solo miraba el número cinco iluminado del panel, temblando, parpadeando para contener las lágrimas.
Adam intentó acercarse, estiró la mano para tomar la suya, pero ella dio un paso atrás como si el contacto quemara.
—No te atrevas a tocarme —soltó, con la voz rota y una rabia que nunca le había mostrado.
Adam se quedó helado, la mano suspendida en el aire.
—Sofía… por favor, escúchame.
—¿Escucharte? —lo interrumpió, con un amago de rabia—. Déjame en paz, Adam. ¡Esto no es justo! ¡Es el día de mi examen! ¡Sabes muy bien cómo estoy…! Hoy no era el día para esto.
Su voz se quebró al final de la frase. Todo lo que había contenido en el pasillo se le vino encima. El corazón se le contrajo de golpe, los ojos estallaron.
—¡No tenías derecho! —logró decir con la respiración contenida antes de cubrirse la cara con una mano y doblarse hacia adelante. Ya el dolor, también era físico.
Adam, desconcertado, dio un paso más, dudando un segundo… y entonces la sostuvo. La abrazó con fuerza, sintiendo cómo ella se resistía al principio, golpeándole el pecho con la carpeta, hasta que un poco de llanto la venció y dejó de luchar.
—Lo siento…, lo siento, Sofía… —murmuró él contra su cabello, con la voz temblorosa —pero, por favor, no te atormentes con lo que no es.
El abrazo no duró. De pronto, Sofía recobró conciencia de dónde estaba y de lo que ocurría, y se apartó bruscamente. Lo miró con los ojos enrojecidos, el gesto quebrado en una mueca de vergüenza feroz.
Se limpió las lágrimas con el dedo índice flexionado, tratando de recomponerse, de borrar cualquier señal de lo que acababa de ocurrir. Sentía el maquillaje corrido, el cabello despeinado, las manos temblando… hasta que reaccionó: «¿Qué estoy haciendo? ¡Qué escena más patética estoy dando!».
La vergüenza le ardía más que la rabia. Una fisura honda se abría en ella, dejándola desnuda frente a él y frente a sí misma.
¡Qué golpe tan retorcido del destino! ¡Qué ironía brutal!
Lo que Adam llevaba meses temiendo para sí mismo le estaba ocurriendo ahora a Sofía…
y era por culpa de él. Por su incoherencia, por su torpeza, por esa conversación con Julia que no supo evitar ni explicar.
Él la observaba y sintió que algo se le atoraba en la garganta, como si una mano invisible lo apretara por dentro.
Un nudo áspero le subió hasta el cuello y, antes de poder contenerlo, los ojos se le llenaron de lágrimas.
No era un llanto abierto, sino ese brillo insoportable que quema por dentro cuando descubres que has herido justo a quien menos querías lastimar.
Su mirada buscaba alcanzarla, pero los ojos de Sofía eran acusadores, le gritaban sin palabras: «¿Ves lo que has hecho?».
Adam tragó saliva, intentando encontrar algo que decir, algún modo de frenar aquel derrumbe, pero no halló nada. Solo sintió el peso de la culpa y la certeza de haber traicionado algo sagrado sin siquiera advertirlo.
Quiso dar un paso hacia ella, pero Sofía lo detuvo sin miramientos. Su voz, trémula pero afilada, lo cortó en seco:
—No te atrevas a dar un paso más. Vuelve a lo tuyo… y déjame en paz.
Sofía salió casi corriendo por el pasillo, los tacones marcaban un ritmo frenético contra el piso, la respiración entrecortada, la garganta cerrada por completo. Atravesó su sala sin mirar a nadie y se encerró en el baño del cuarto médico, tirando la puerta de un golpe.
Apoyó la espalda contra la pared y se dejó deslizar hasta quedar sentada en el suelo, abrazada a las rodillas.
Las lágrimas ya no eran suaves ni contenidas: eran violentas, inconsolables, cada sollozo le arrancaba algo de adentro.
Dolía imaginar el porqué de aquella escena, pero lo que más la devastaba era que él no hubiera podido posponerla, que hubiera escogido justo esa mañana para estar con Julia.
Ese día, ella tendría que haber sido lo más importante para él…
como él lo había sido para ella el día que se examinó.
El maquillaje se deshacía, el vestido elegante se arrugaba contra el piso frío, pero nada importaba. Se sintió traicionada hasta los huesos, aunque sobre todo por ella misma. Y lo peor: se sintió tonta. Tonta por confiar, por ilusionarse, por haberlo idealizado como su lugar seguro.
No había espacio para la razón ni para escuchar explicaciones. Solo quedaba un agujero inmenso en el pecho y la certeza de que, en ese estado, no sería capaz de responder ni la primera pregunta de su examen.
«Estoy a punto de romperme completa», pensó, apretando los ojos con las palmas de las manos, intentando apagar un mundo que ya se le venía encima, con solo suponer.