Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 1
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Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18)

Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18)

Por Antonio Mon Morales

© inepub.com

CAPÍTULO 1

UN CAMINO IMPOSIBLE

El quejido del metal se había convertido en la banda sonora de su viaje.

Con cada legua que avanzaban a través del páramo helado, los armadillos emitían un lamento prolongado, un chirrido de acero contra acero que helaba la sangre casi tanto como la ventisca polar que azotaba las planchas exteriores.

Y con cada legua, el sonido iba en aumento.

El interior del vehículo principal mantenía una temperatura adecuada que contrastaba con el frío del exterior.

El calor residual desatado por Darius y los dragones aún latía en el metal.

Las gruesas placas de aleación, diseñadas para resistir el ataque de los dragones, habían absorbido gran parte del calor, lo que los protegía por el momento.

Sin embargo, tal y como Owen le dijo a Cerón, siempre podían usar la habilidad de Freya para mantenerse calientes.

Darius era un tema más complicado. El Cazador de ojos rojos permanecía separado del resto, cuidado por Ronan y bajo el constate cuidado de Liora.

—¿Piensas impedirme que detenga a tu amiga?

—preguntó Owen tras unos minutos de ausencia mientras hablaba con el resto de Cazadores a través de Kyran.

Cerón se vio obligado a esperar durante varias horas en las que Nefrén siguió comportándose como siempre.

Sin embargo, pudo apreciar que el drugano se mostraba impresionado por los Cazadores.

—No será necesario, yo mismo la detendré —aseguró el mago.

Owen volvió a sentarse ante él. La bolsa que contenía las Esencias de los cinco dragones abatidos permanecía en su mano.

—¿Qué sabes de la Academia?

—Nada o casi nada. Sé que allí os entrenáis.

Es vuestra ciudad o algo así. —Cerón pasó por alto decirle lo que había visto en la visión de Kyran.

El reverencial respeto que el Cazador sentía por el lugar lo habían sobrecogido.

La Academia era más de lo que parecía. Los ojos de Owen brillaron por un segundo.

—No sabes mentir.

—Me lo han dicho antes.

—¿Qué escondes?

Cerón suspiró.

—Solo conjeturas inconexas. En mi mundo había una raza de criaturas parecidas a los Calán que buscaban algo llamado El Conducto de la Diosa . Al parecer, a través de él podían interactuar con los dioses.

—¿ Los dioses?

—Sí. No sé cuántos son, pero en mi mundo se cree que había uno, pero al parecer hay más. Esa mujer de la que hablas…

—Tu amiga.

Cerón carraspeó.

—Hubo un tiempo que la hubiese podido llamar así. Ahora, sin embargo, la situación es muy diferente.

—Háblame de ella.

—Me tomará un buen rato contarte todo lo que sé…

—Tenemos tiempo. La Academia está muy lejos de aquí y algo me dice que debemos prepararnos para su encuentro.

—Y tanto…

“¿Tú qué opinas? —preguntó a la quisquillosa voz de su cabeza”.

“¿Por una vez quieres saber mi opinión?”

“Sí”.

“Que no hay vuelta atrás. Nos has metido en un viaje sin salida —masculló Nefrén. Sin embargo, su voz se relajó tras un segundo de pausa—. Owen es un buen líder que además se ha demostrado de confianza. Confía en él”.

“Es solo un humano voluble —dijo Cerón recordándole su propia opinión sobre los humanos”.

“Sí. Y tú también, ¿no es así?”.

Nefrén desapareció de su consciencia. Sin embargo, Cerón sentía al drugano atento a la conversación.

—Está bien —aceptó el mago. A continuación relató todo lo que sabía de Tarnicis, de Kelldom y de sus teorías sobre quién era y su relación con él. Si Owen confiaba en él tras aquella conversación, ya nada lo apartaría.

El líder de los Cazadores escuchó cada una de sus explicaciones y recuerdos con una sorpresa genuina.

No conocía nada sobre Kelldom o los druganos, lo que obligó a Cerón a ampliar mucho más sus explicaciones.

No supo cuánto tiempo le llevó aclarar todo lo que sabía, pero Elyndra apareció varias veces con comida.

Eran pequeños roedores asados, lo que agradecieron ambos hombres.

—De nada —dijo con una enorme sonrisa en su pequeño rostro—. Se me da muy bien cazar. Los animales son muy lentos.

—Tienes cierta ventaja, me parece —contestó el mago.

—Soy muy rápida, es verdad. ¿Quieres ver hasta qué punto puedo moverme rápido? —preguntó guiñándole el ojo.

—Oh, estaría genial que… —respondió el mago, desconocedor del ardor de los Cazadores y curioso por naturaleza.

En una fracción de segundo la joven estaba desnuda ante él.

—No es el momento —interrumpió Owen—. Quizá más tarde, Elyndra.

—Lástima. —Elyndra se volvió a vestir con la misma rapidez. Cerón enrojeció hasta el extremo y abrió los ojos de par en par. Comenzó a balbucear excusas mientras apartaba la mirada, si bien ya no había nada que mirar.

—En la Academia la menos ardiente es Freya, Cerón. Tenlo en cuenta ante la próxima insinuación.

—Lo… lo lamento, no pretendía…

Elyndra desapareció de nuevo y permitió que ambos continuaran su conversación sin más ardientes interrupciones.

—Y eso es todo lo que sé sobre ella —concluyó el mago.

Owen se recostó en el banco a pesar de carecer de respaldo. Meditó unos instantes antes de tomar una determinación sobre el mago. Todo lo que le había dicho era extraño y peligroso. Cerón provenía de un mundo desconocido por completo con criaturas tan peligrosas como los propios dragones.

—Tu mundo es…

—Complicado.

—Peligroso encajaría mejor.

—Los dragones de hace unas horas se veían muy poco peligrosos —ironizó, a lo que Owen respondió con una sonrisa apenada.

—Cada vez lo son más y temo que la Academia no lo esté viendo llegar.

—¿Por qué lo dices?

—Tu amiga camina a sus anchas por ella y hay muchos que responden a sus órdenes. A ella y a otros como los que me has descrito.

Owen se puso en pie y comenzó a caminar por el armadillo comedor.

Se estiró y chasqueó su cuello. Su expresión era de agotamiento absoluto.

Cerón se preguntó cómo funcionaría su habilidad o si necesitaría descansar como los magos.

Imaginó que debía ser así, ninguna habilidad podía mantenerse para siempre, todo tenía un límite o un freno.

Ignoró la carcajada de Nefrén en su cabeza.

—¿Hay… hay druganos negros en la Academia? —preguntó sorprendido.

—Eso solo me lo puedes decir tú. Yo no los conozco, pero sospecho que son lo que tú has dicho. Naturalmente, no hacen uso de sus alas, sería… llamativo para nosotros. Sin embargo, creo que son ellos.

“¿Cuántos hay? —preguntó Nefrén incapaz de mantenerse al margen. El mago repitió la pregunta”.

—¿En la Academia? Quizá media docena.

—¿Están en más lugares? ¿Dónde?

Owen se encogió de hombros y miró al mago con franqueza.

—No lo sé.

“Pues vaya un… —masculló la irónica voz de su cabeza”.

—Pero lo intuyes. ¿Por qué?

—Porque los rumores corren entre los Destacamentos. No somos los únicos que viajamos por el territorio. Las ciudades hablan.

—¿Las ciudades?

—Sí. Hablan de Esencias extrañas y extranjeros. Hasta que te conocía no los creí, pero ahora… todo encaja.

—¿Cómo es que la Academia los ha dejado entrar?

—¿Cómo dejó entrar tu mundo a Praedesi?

—Comprando voluntades frágiles y escalando —respondió Cerón con desgana recordando su primer contacto con los magos de Praedesi.

No le costó imaginar un resultado similar cuando era el mismo Kem quien movía los hilos, por muy lejos que estuviera de su hogar.

Además, era incapaz de imaginar de lo que Tarnicis sería capaz.

—Los hombres son hombres en todos los lugares, por desgracia. Siempre deseé que los Cazadores fueran diferentes, pero no ha resultado así.

Una sacudida hizo trastabillar a Owen que se agarró a la mesa con fuerza. Sujetó las Esencias de la bolsa antes de que estas cayeran al suelo. El armadillo se equilibró lentamente de nuevo emitiendo un terrible chirrido de metal desgarrándose.

—¡Kyran! —reclamó Owen. El Cazador se materializó ante Cerón, que ni siquiera se inmutó ante su presencia. Con aquel grupo de Cazadores, cada uno con su propia habilidad, nunca tendría intimidad—. ¿Qué ocurre?

Sin embargo, Elyndra llegó antes para informar.

—Se ha roto uno de los ejes —anunció risueña a pesar de la mala noticia—. Thorgum y Rhogar hacen lo que pueden.

—Mierda —gruñó Owen. Corrió hacia la parte delantera y salió al exterior donde el frío le golpeó. Miró hacia arriba en busca de Terra, que mantenía suspendido al armadillo lo justo para aligerar la carga.

El Cazador se asomó al escuchar la puerta del armadillo abrirse.

—¡No aguantará mucho más! —gruñó Terra. Sudaba copiosamente a pesar del frío del exterior—. Hay más daños de los que creíamos.

Owen repitió el improperio.

—Elyndra, averigua cuánto aguantarán así. —La pequeña Cazadora desapareció sin hacer uso de la puerta. Regresó a los pocos segundos y esta vez su rostro no era jovial. Owen chasqueó la lengua, conocía demasiado bien a la pequeña.

—Avanzamos gracias al Rhogar. Thorgum cederá pronto.

—¿Qué es pronto?

—Horas, un día a lo sumo.

Un tercer improperio emergió de sus labios.

—Que sigan. Terra, baja aquí. —El Cazador apareció ante Owen.

Sus ojos brillaban con intensidad. Cerón tomó nota mental de que podía usar dos habilidades a la vez, tanto transportarse como mantener alzados los armadillos.

Tal control debía ser extremadamente complicado, debía requerir mantener su mente dividida en al menos dos lugares a la vez—.

Opciones, rápido. Tenemos empuje para un día como mucho.

Owen se acercó a la mesa que mantenía el mapa extendido.

A aquellas alturas, Cerón se conocía el mapa de memoria.

El lugar más cercano era Vyr, una de las ciudades aisladas de aquel mundo.

Sin embargo, solo podía entrever el tiempo que les llevaría llegar hasta allí.

Esperó a que Owen, líder del Destacamento, llegase a la misma conclusión que él.

A decir verdad, no tenían ninguna opción más.

—Podemos ir corriendo —dijo Elyndra con inocencia. Para ella era realmente rápido. Cerón se preguntó cuánto tiempo o distancia podría correr antes de agotarse, pero imaginó que no sería poco.