Una visita inesperada (Maplewood Falls 3) 17 Margot
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17 Margot

MARGOT

Según el correo de Helen, el cóctel de globos y licores empezaba a las siete de la tarde.

Le había dicho al Dr. Músculos que estaría allí, y una parte de mí se lo creyó de verdad mientras me daba la ducha más larga que me había dado en meses, frotándome, exfoliándome y haciendo cosas que requerían una valentía innecesaria.

Incluso me depilé las piernas y me hice la cera en la cortina de terciopelo.

Y grité como una loca.

¿Para qué? Para ponerme unos jeans y una sudadera.

Muy inspirador.

Aun así, me puse unos jeans y una sudadera, les di de comer a la pandilla, tomé a Zeus —porque no iba a perderlo de vista ni un segundo— y fui a la posada alrededor de las 18:45. Quería enfrentarme al Dr. Músculos y decirle que no podía asistir al cóctel porque no podía participar en la carrera.

Enfrentarlo como una adulta madura. No como la mujer que casi se le había lanzado encima en su cocina.

Y Helen podía enviarme la factura. Eso era todo. Ruina financiera, crecimiento personal. Lo que fuera.

Entré al estacionamiento, apagué el motor y bajé del auto.

Tomé a Zeus, me dirigí a la puerta principal y me colé dentro.

En la entrada colgaba una gran pancarta que decía BALLOONATICS & BOOZE.

El vestíbulo y el comedor estaban decorados con miniglobos aerostáticos, cada uno con una vela en el centro.

Cestas de verdad, pero diminutas. Cuerdas diminutas. Globos diminutos flotando sobre velas titilantes, como si una fantasía de Helen hubiera cobrado vida.

El lugar se veía… bien.

Las mesas redondas estaban cubiertas con manteles blancos y caminos dorados al centro.

La cristalería ya estaba colocada, como si la gente que iba a asistir supiera comportarse en este tipo de eventos.

Racimos de globos en tonos pastel —rosas, crema, azules claros— estaban atados a las sillas, flotando cerca del techo como si estuvieran juzgando a todos los de abajo.

Una mesa larga junto a la pared se había convertido en barra. Las botellas estaban alineadas en filas perfectas. El champán se enfriaba en cubetas de plata. Alguien incluso había añadido pequeños carteles de cócteles con nombres como arriba, arriba, hasta arriba, y viva el piloto alcoholizado.

De fondo sonaba música suave, algo con toques de jazz y a bajo volumen, de esa que te hace sentir mal vestida con solo estar presente.

Me miré.

Jeans. Sudadera. Pelo de perro.

—Perfecto —suspiré—. Encajamos de maravilla.

Zeus entró como si fuera el dueño del lugar, con la cola en alto y lleno de confianza, probablemente esperando una copa de bienvenida.

La gente ya empezaba a reunirse: mujeres con vestidos, hombres con camisas abotonadas. Todos llevaban el pelo arreglado, el maquillaje perfecto y parecían vivir en pareja.

Divisé a Lola cerca de la barra, con su cuerpo voluptuoso envuelto en un minivestido dorado que brillaba cada vez que se movía.

Ya sostenía una copa de algo espumoso mientras se apoyaba en un hombre que parecía haber sido ensamblado por un profesional.

Me vio y sus ojos me recorrieron lenta y deliberadamente de la cabeza a los pies.

Su sonrisa se amplió.

—Cariño —me llamó—. Te ves… cómoda.

—Lo estoy —dije—. Es una elección.

Se rio.

—Una elección atrevida.

Seguí mirando a mi alrededor antes de que pudiera decir algo más. Cuanto más tiempo permanecía allí de pie, más lo sentía. Esa atracción. Esa estúpida, molesta y completamente innecesaria atracción.

Quería verlo.

Lo cual era ridículo.

Yo no hacía esto. No sentía… lo que fuera que fuera esto. Atracción, distracción, una leve combustión interna… elige la palabra que quieras. Yo no hacía eso.

Sin embargo…

Ahí estaba.

Instalada en lo más profundo del estómago, volviendo a dar esas molestas palpitaciones.

—Dime que trajiste algo para cambiarte —dijo Lola, frunciendo el ceño en señal de desaprobación.

—Solo vine a hablar con alguien —respondí, mirando por encima de su hombro mientras seguía intentando localizar al Dr. Músculos sin que pareciera que lo estaba buscando con desesperación—. No me voy a quedar.

—¿No te vas a quedar? —dijo una voz.

Me giré y vi a Dottie acercándose. Tenía las mejillas sonrojadas y algo que parecían tiras de cáscara de zanahoria enredadas en el pelo. En su delantal de hoy se leía: LA COL RIZADA ES UNA SUGERENCIA. EL PAN ES UN ESTILO DE VIDA.

—Hola, Zeus —dijo Dottie, acariciándole la cabeza.

El perro movió la cola como si ella hubiera encendido un motor.

Suspiré.

—No puedo. No tengo a nadie que cuide a los perros mañana. Así que… solo vine a decírselo.

—¿A él? —preguntó Lola, animándose—. ¿A él, él? ¿Te refieres al veterinario guapo con ese trasero espectacular?

—Sí —respondí, sintiéndome estúpida por estar ahí parada.

—Yo puedo cuidarlos —dijo Dottie de repente.

Me quedé boquiabierta.

—¿Qué? ¿Puedes? Pero ¿no te necesitan en la carrera?

Dottie negó con la cabeza.

—No. Solo tengo que estar aquí para el desayuno en la posada. La carrera de globos aerostáticos no incluye desayuno. Tengo toda la tarde libre. Puedo pasarme por tu casa y lo pasaremos genial. ¿Verdad, Zeus?

El perro gimió y movió la cola todavía más.

—¿Lo dices en serio?

No podía creer mi suerte.. ni mi estupidez. Debí habérselo preguntado a Dottie desde el principio.

—En serio —dijo ella, con una sonrisa radiante—. Será divertido. Haremos galletas y veremos películas.

—Entonces puedo quedarme…

Sentía como si tuviera el cerebro lleno de algodón.

Lola me agarró del brazo.

—No vas a ir a ver a ese veterinario guapísimo con pinta de vagabunda. Ven conmigo.

—¿Adónde vamos? —pregunté, mientras dejaba que me arrastrara hacia las escaleras, con Zeus pisándome los talones.

—A buscarte algo que ponerte —dijo Lola, subiendo las escaleras con tacones de quince centímetros como si fuera su ejercicio cardiovascular habitual.

Cuando llegamos al segundo piso, Lola abrió la puerta marcada con el número 204 y entró.

La habitación daba a un espacio amplio y diáfano, con grandes ventanales con vistas al agua.

La luz del atardecer entraba a raudales, suave y dorada, reflejándose en las cortinas blancas que se movían apenas con la brisa.

Olía levemente a ropa de cama limpia y al perfume caro que Lola se había puesto.

—De acuerdo —dije, deteniéndome apenas crucé la puerta—. Esto es innecesario.

—Es imprescindible —me corrigió Lola, dirigiéndose ya hacia el armario como si tuviera una misión.

Zeus entró, echó un vistazo rápido a la habitación como si estuviera evaluando posibles amenazas, y luego se dejó caer en medio de la alfombra con un profundo suspiro.

—Lola, no me voy a quedar —dije, apoyándome contra la pared—. Solo vine a hablar con él y marcharme. Esto… —señalé la habitación, el armario, toda la situación— es demasiado.

—Te vas a quedar —dijo Lola, abriendo las puertas del armario—. Y no vas a bajar con ese aspecto, como si acabaras de sobrevivir a un accidente de jardinería.

—No sobreviví —murmuré—. Sigo en medio de todo esto.

Empezó a rebuscar entre las perchas a una velocidad alarmante.

—Nunca te lo vas a perdonar si desperdicias esta oportunidad.

—¿Qué oportunidad?

Me lanzó una mirada.

—Ese hombre. Cualquier mujer de este pueblo arruinaría una amistad por él.

Crucé los brazos.

—No estoy aquí por un hombre.

Sí que lo estaba. Claro que sí.

—Claro que no —dijo, sacando un vestido—. Estás aquí por el ambiente.

—Ni siquiera…

Me detuve.

—No me va a quedar nada tuyo. Tú eres…

Hice un gesto con la mano.

—Tú.

—¿Delicada? —sugirió con una sonrisa.

Me encogí de hombros.

—Esa es una palabra.

—Y tú eres…

Me miró de arriba abajo, pensativa.

—Con curvas donde corresponde.

Resoplé.

—Eso es generoso.

Hace años que dejé de pesarme. Prefería un sistema más… flexible, que implicaba negación y cinturillas elásticas.

—Es exacto —dijo, volviéndose hacia el armario—. Y tengo justo lo que necesitas.

Sacó un vestido cruzado negro y lo levantó.

—Esto… esto te va a quedar espectacular.

Lo miré fijamente. Luego la miré a ella.

—No.

—Sí.

—No.

—Desnúdate.

—Ni hablar.

—Margot.

—Lola.

Ni siquiera pestañeó.

—Desnúdate.

Me señaló con el dedo.

—No me obligues a sacar el látigo.

La miré fijamente.

—¿Tienes un látigo?

¿A quién quería engañar? Claro que lo tenía.

Lola sonrió de oreja a oreja.

—Y es rosa.

Suspiré, largo y dramático.

—Si esto acaba en una humillación pública, te voy a echar la culpa a ti.

—No será así —dijo ella—. Acabará en admiración y, posiblemente, en un orgasmo o dos.

Puse los ojos en blanco.

—Eres increíble.

—Y sexy —me guiñó un ojo—. No te olvides de lo de sexy.

Aun así, me quité los zapatos y me saqué la sudadera por la cabeza, murmurando entre dientes todo el tiempo.

—Menos mal que llevabas ropa interior a juego —dijo Lola.

—Ja, ja. No lo hice por ti —le espeté.

Me abrió el vestido de un tirón y me lo envolvió alrededor del cuerpo antes de que pudiera pensármelo dos veces. Tiró, lo ató y lo ajustó.

Parpadeé.

—Oh.

Me quedaba bien.

De verdad me quedaba bien.

—Eso pensé —dijo Lola con aire satisfecho, dando un paso atrás para admirar su obra—. Ahora… el pelo.

Antes de que pudiera protestar, me quitó la liga de un tirón. Mi pelo cayó suelto sobre mis hombros en ondas suaves, después de haber estado recogido todo el día.

Lola tomó un bote de laca como si fuera un arma.

—No te muevas.

—Siento que debería moverme.

—No lo hagas.

Roció un poco y me acomodó el pelo con los dedos.

—Listo. Sin esfuerzo.

—A mí me parece que sí requirió esfuerzo —dije.

—Parece que no requirió esfuerzo —me corrigió.

Luego me miró expectante.

—El maquillaje. ¿Dónde está tu bolso?

Negué con la cabeza.

—No traje nada.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué? ¿No llevas maquillaje contigo?

Me encogí de hombros.

—¿Eso es algo normal? Yo no llevo maquillaje. Nunca.

—¿Ni siquiera un labial?

—No tengo labial.

Me dio un golpe en el brazo. Fuerte.

—¡Ay!

Lola me miró con el ceño fruncido, escandalizada.

—Todas las mujeres del mundo deberían tener al menos un labial.

Me eché a reír sin poder evitarlo.

—Bueno, está claro que no estoy a la altura de ser mujer.

—No por mucho tiempo —dijo, dirigiéndose ya al baño.