CAPÍTULO 3 LARA
Nos empezamos a arreglar para la fiesta de esta noche.
Me quedaré a dormir en el piso de May y mañana, cuando me despierte, nadie sabe a qué hora será eso, me trasladaré al Airbnb que he alquilado.
Aunque, a decir verdad, May ya lo había reservado antes de enseñármelo.
Me lo confesó cuando le dije que lo reserváramos sin dudarlo.
Ella debía tener planeada la opción «b» para cuando evidentemente descartara la «a».
Siempre va un paso por delante, le gusta tener las cosas bajo control.
Y, con el giro inesperado que ha dado su vida, necesitaba asegurarse de que yo tenía un sitio en el que dormir antes de sumergirse al completo en esta nueva etapa.
Ahora ya puede disfrutar de su convivencia con Bruno.
Les deseo mucha suerte, porque van a necesitarla.
Estaréis pensando que soy una pésima amiga, ya que no hago sino criticar la relación de May y Bruno.
Pero de verdad os digo que, en mi situación, vosotras haríais lo mismo.
No tengo muchas más opciones. Muchas de las cosas que pienso no puedo decírselas a May, porque no me toca a mí abrirle los ojos con Bruno, por mucho que le vaya soltando pullitas cuando tengo ocasión.
Además, de todos es sabido que meterse en una relación que no es la tuya siempre trae problemas.
Y no me gustaría que mi relación con mi mejor amiga se jodiera por culpa de entrometerme en su vida de pareja.
Ya que muchas veces las amigas terminan eligiendo a los novios o novias, en vez de a las amigas que las han apoyado toda la vida.
Esta reflexión es muy interesante para generar un debate.
Bruno estará al llegar, porque May no deja de mirar el móvil cada pocos segundos, a la espera de alguna notificación que parece no llegar todavía.
—Ya debería estar aquí —dice, más para sí misma que para mí.
—Seguro que para cuando nos demos cuenta está picando al timbre —intento animarla, porque empiezo a notar que se está viniendo abajo. Y, desde luego, con ese mood no podemos irnos de fiesta. Tenemos que estar activas para darlo todo en la pista de baile.
—Tiene llaves, así que puede entrar sin necesidad de llamar —me recuerda con cierto enfado en su voz. Está enfadada y sin darse cuenta lo expresa con quien no debe.
—Verás como no tarda —insisto con un tono alegre. Lo último que debo hacer es entrar en el trapo y contestarle del mismo modo.
Aunque me encantaría que no viniera, sé que si eso pasa, May no va a querer salir de fiesta.
La conozco. Ahora ya lo tiene todo calculado para que él venga, y, si se tuercen los planes, todo se irá al garete en cuestión de segundos.
Yo quiero salir, necesito salir de fiesta, y deseo que May me acompañe.
—Sin lugar a duda, el vestido blanco —comento cuando veo que está dudando entre varias opciones.
Ella me mira, vuelve a probarse el vestido que le acabo de decir, y sonríe satisfecha ante el espejo. Esto ya me va gustando más; ver una May sonriente es lo que quiero.
—Gran elección. Tú también deberías ir de blanco, es nuestra tradición.
—¿Quieres que nuestros outfits hagan match ? —Ella asiente, entusiasmada, cuando se lo pregunto. Es algo que hacíamos mucho cuando empezamos a salir de fiesta. Íbamos vestidas del mismo color, nos hacía gracia. Como ella misma ha dicho, era nuestra tradición—. No se hable más.
Rebusco entre toda la ropa, no solo la mía, sino también la suya. Y me acabo decantando por un top blanco junto con una falda ajustada del mismo color.
—Menudos pibonazos —comento sin dejar de silbar. Esto provoca una sonora carcajada en mi amiga.
—El que no sepa verlo, ahí tiene la puerta. —Señala la puerta de su casa y yo asiento. Ay, amiga, si eso fuera así de fácil nos ahorraríamos muchos quebraderos de cabeza.
—No es que no sepan, sino que no quieren hacerlo —comento convencida. Pero al momento dudo de mis palabras, así que añado—: O lo hacen y les da igual. A estas alturas, yo ya no lo sé. Sea como sea, paso de tíos, al menos para tener una relación. Ya me la han jugado una vez, no habrá una segunda.
Esto último es algo a lo que le he dado muchas vueltas.
Siempre he creído en el amor, cosa que me ha llevado a ilusionarme muy rápido algunas veces y a llevarme alguna hostia por no ver las señales.
Nunca he sido de esas personas que no se comprometen, que prefieren ir de flor en flor.
He sido todo lo contrario, alguien que ha buscado relaciones serias, y creo que justo ahí está el problema.
En buscar, cuando lo que se debe hacer es esperar, dejarse llevar y ver lo que surge.
No forzar, porque cuando se fuerza… Se sabe de antemano cómo terminará.
Me he ilusionado, han jugado conmigo, me han roto el corazón, me han utilizado…
Por todo eso y más, he decidido que ahora mismo no quiero nada serio.
No quiero ninguna relación, porque de la última he salido escaldada.
Solo quiero disfrutar, ver lo que me depara la vida, y no ir en busca del amor romántico como en las películas y los libros.
—Se arrepentirá —comenta convencida, y yo niego al momento.
«Qué equivocada estás, May». Pienso para mí.
Ella tiene una manera de ver las cosas muy diferente a la mía.
Está convencida de que John, el idiota egocéntrico y egoísta que solo piensa en él, en su fama y en su dinero, volverá a mí muy arrepentido por lo que ha hecho.
No sé si eso ocurrirá o no, porque no soy adivina, pero tengo muy claras algunas cosas.
—No quiero que lo haga. No quiero que vuelva conmigo. Me he dado cuenta de la clase de persona que es. Solo me había utilizado para dar bombo a la serie que protagonizamos. No me quería, nunca lo hizo. La que se arrepiente soy yo. Me arrepiento de no haberme dado cuenta antes de todo.
Ella me mira con lástima y compasión. Sabe que este tema me ha afectado, por todo lo que ha significado.
Por eso mismo estoy aquí. También sabe que no me gusta sacarlo a relucir, que ha quedado enterrado en el pasado.
Que lo he dejado atrás en Nueva York, y por eso imagino que se ha sorprendido de que hablara de él.
Aunque ella haya sacado el tema, yo lo he seguido.
Pero es que necesito que sepa lo que pienso y siento.
No me ayuda un «se arrepentirá» o un «volverá», porque no quiero que lo haga.
Muchas veces, cuando la gente rompe con su pareja, está deseando que su círculo de amigos o su familia le diga eso.
Hay personas que quieren escuchar esas frases.
May, sin ir más lejos, es una de ellas. Las veces en las que lo ha dejado con Bruno desea escuchar eso, porque en el fondo es lo que quiere que ocurra.
—No necesitas que te diga eso, mis palabras no han sido acertadas. —Ella se da cuenta y rectifica.
—La verdad es que no, lo último que quiero es que eso pase. No quiero volver a saber nada de John Davis.
Pronunciar su nombre en voz alta consigue traer una gran ola de recuerdos a mi memoria, pero tan rápido como han aparecido se van.
Porque recuerdo cómo sucedió todo, la falsedad que hubo en cada encuentro por su parte, y lo único que consigue es que me dé asco.
Me repugna él. Hasta tal punto que no he podido volver a ver la serie que he protagonizado.
Supongo que con el tiempo se me pasará, pero todavía estoy enfadada con toda la situación.
Espero poder volver a verla con la ilusión que lo hice el primer día. O incluso con más.
—De ahora en adelante, ese tipo no existe para nosotras —zanja el tema May.
—Eso ya me gusta más.
Pese a lo diferentes que somos May y yo en muchos aspectos, nos entendemos. No compartimos algunas ideas ni opiniones, pero nos respetamos. Algo que es imprescindible en cualquier relación.
El sonido de una nueva notificación capta toda la atención de mi amiga, que no duda ni un segundo en ir a por el móvil y leer el mensaje.
Sé que es Bruno quien le ha escrito, porque tiene un sonido diferente para cuando él le habla.
Aunque llevo poco tiempo con ella, ya me he dado cuenta de eso.
La observo atenta; no quiero perderme detalle alguno de su reacción.
Cuando veo que la sonrisa que tenía instalada se borra de un plumazo, sé que las cosas no van bien.
Mierda. Nadie debería borrarle esa sonrisa.
—Ahora dice que no viene —me explica sin levantar la mirada del móvil. Imagino que seguirá recibiendo mensajes—. ¿Tú te crees? Después del tostón que me dio para venir con nosotras, ahora resulta que no puede.
Ya sabía yo que había insistido para convencer a May de unirse a nuestro plan. Porque ella le diría que era una salida solo de chicas y él buscaría cualquier cosa para no dejarla sola.
—Volvemos al plan inicial: noche de chicas —digo, intentando animarla.
No debe verlo como algo negativo. Puede seguir saliendo de fiesta conmigo, tal y como habíamos hablado.
Veo el momento exacto en el que frunce el ceño y, al segundo, se pone a teclear como una loca antes de lanzar el móvil al sofá—.
Te ha dicho algo más, ¿verdad? —me aventuro a preguntar.
May no sabe ni dónde mirar. Veo cómo tiene una lucha interna entre dejar el teléfono donde está o volver a cogerlo. Camina de arriba abajo por el salón, dejando claro que está nerviosa y enfadada. Y, lo que es peor, sin saber cómo actuar.
—Cree que no debería salir si no viene con nosotras —suelta con un hilo de voz, sin mirarme a la cara.
Respira. Inspira. Vuelve a respirar. Intenta controlar el tic que amenaza con salir.
Aparenta normalidad y deja de lado las ganas de asesinar al novio de tu mejor amiga antes de contestar.
Me digo mentalmente a mí misma. Porque os juro que me falta poco para perder los nervios.
¿Qué es eso de que no debería salir si él no viene?
Automáticamente me pregunto cuántas veces ha pasado eso.
Sabía que no le hacía gracia que saliera de fiesta, aunque a ella le encanta.
Pero no me imaginaba que fuera capaz de decirle que cree que lo mejor es que no salga.
Me estoy imaginando la conversación y me estoy poniendo de mala hostia. Respira. Expira. Vuelve a respirar.
—¿Y tú qué crees que deberías hacer? —pregunto con mucho sigilo. Sin querer meter la pata y meterme de más donde no me llaman. Con estos temas siempre hay que ir con pies de plomo—. Lo que importa es lo que quieras tú, no lo que Bruno crea que es lo mejor porque…
—Voy a salir, Lara —contesta decidida. Levanta la mirada y nos encontramos. Hay algo que le ronda la mente—. Pero sé lo que va a ocurrir si lo hago.
—No puede ocurrir nada malo si haces lo que quieres, May. Lo sabes, ¿verdad? Nada ni nadie debe privarte de hacer lo que te gusta.
Siento que siempre le suelto el mismo discurso, pero ella parece no interiorizarlo. Cosa que me genera mucha impotencia.
—Lo sé, pero Bruno tiende a enfadarse si no se sale con la suya. —Casi me cuesta escuchar y entender lo que acaba de decir—. Y no me gusta esa situación entre nosotros.
—Es una situación que no debería ocurrir —comento tajante.
Debe tenerlo claro. Ninguna persona se puede enfadar por algo así.
Si lo hace, es que no tiene dos dedos de frente y es un tóxico de manual.
Sí, Bruno me encaja en esa descripción—.
Solo vas a salir de fiesta con una amiga.
Además, él estaba invitado, pero no puede venir.
¿Qué vas a hacer? ¿Quedarte en casa porque tu novio no puede unirse al plan?
No quiero ser dura, May. Pero no me dejas otra opción.
Tienes que vivir tu vida y esta no puede depender de lo que haga otra persona.
Tampoco deberías estar pensando en cómo va a sentarle cada movimiento que hagas, May.
—¿Crees que no lo sé? —pregunta, mirándome a los ojos. Es entonces cuando me doy cuenta de que están bañados en lágrimas y siento que es de pura impotencia.
—A veces no lo parece, amiga.
Acorto la distancia que nos separa para rodearla entre mis brazos. Ella me devuelve el abrazo y noto cómo las primeras lágrimas caen por sus mejillas.
—Quiero mucho a Bruno. Estoy tan enamorada que no me imagino una vida sin él.
Sé que igual no lo entiendes, pero estoy convencida de que él es mi gran amor, Lara.
Estamos hechos el uno para el otro. Hemos pasado mil movidas, pero siempre hemos tenido claro que nos amamos y queremos compartir una vida juntos.
Tiene sus cosas, sí. Pero como todas las personas. Nadie es perfecto.
Le enjuago las lágrimas con la palma de mi mano.
Qué difícil es esta situación. May está enamorada, o al menos eso es lo que ella cree.
Yo creo que hay personas que a veces llegan a un punto de dependencia hacia la otra persona, que no saben estar solas, que se conforman con lo que tienen por miedo a lo que vendrá… Y todo eso lo confunden con amor.
—Nadie es perfecto, May, tienes razón. Pero el amor no duele y las personas que te quieren no te prohíben cosas, no te cortan las alas.
Al contrario, hacen que sean todavía más grandes para que puedas volar mejor.
Quiero que eso se te grabe a fuego en la memoria.
—Ella asiente. Ya no está llorando. Supongo que se ha puesto así por un cúmulo de emociones.
—Gracias por no juzgarme.
—Es tu vida. Nunca me atrevería a hacer algo así.
Ella es la que toma las decisiones, y puede que yo esté de acuerdo o no, pero no me toca a mí decidir.
Nunca la juzgaría, igual que ella tampoco a mí.
Como amiga puedo aconsejarle, pero no me interpondría, porque es ella la que debe darse cuenta de la situación y decidir lo que quiere en su vida.
No es fácil estar en mi posición, pero mucho menos en la de ella.